jueves, 30 de diciembre de 2010



Se la rallán

"También estaba Reynaldo, el santafesino, que esa noche parecía medio incómodo, él, tan tranquilo siempre. Estaban también dos morochos nuevos, muy sosegados, que sonreían siempre y decían lo justo. ¿Serían santiagueños? Y una bizquita medio gaita, una retacona de piernas feas, culo grande y tetas abiertas hacia los costados, que se hacía la otra cuando la pellizcábamos sin asco por debajo de la mesa. Creo que en un momento tenía tres manos debajo de la pollera. Pero ella dejaba hacer. Eso sí, si la cosa venía por encima de la mesa, ¡ahí no! Porque se veía, ¿no? Entonces miraba p´ al otro lado y rempujaba la mano suelta que la quería tetear. Carmelo, el que faltaba de la barra, se había soltao por un momento pa bailarse unos chamamés y algún valseado con una petisita dientuda y flaca de cabello teñido, prestada por dos o tres piezas nomás por una barra amiga, porque como siempre las minas escaseaban. Yo pellizcaba nomás, ¿pa qué iba a bailar?, y le metía al vinacho y la cerveza caliente. El aire estaba quieto, húmedo, sofocante. Una bruma rojiza descendía sobre la ribera. Los parlantes ensordecían. Pero yo tranquilo, sirviéndome nomás. Por´ai oía gritos de mujeres, puteadas, amenazas, voces roncas y machazas, ruidos de botellazos y vidrios rotos. También vi volar unas sillas y hasta tuve que cuerpear una mesa que andaba por el aire buscando dónde aterrizar. Pero yo tranquilo entre tintacho y pellizcón, mano izquierda y mano derecha, ¡el tinto del lao del corazón! Al rato, supongo que yo estaría diciendo macanas, pero ya me había instalado, ya estaba sumergido en una densa, en una gran mancha multicolor, con voces distantes. De pronto se iluminaba algún detalle: un brazo, un bracito, una blusita bien rellenita, unos dientachos blancos de jeta sucia, dos o tres cabecitas en la sombra, una enorme boca pintarrajeada de mujer... Después la mancha dentro de la cual estaba, se fue oscureciendo más y más hasta volverse negra, con una o dos lucecitas nada más, allá lejos. Y yo me sentía un botecito amarrao en la orilla, barquineando en las olitas y cabeceando, ¡poc! ¡poc! ¡poc!, la canoa ancha de al lado. Cuando la mancha se hizo negra del todo, mi cabeza se hundió plácidamente en un mar de tinieblas. Al rato largo, supongo, me desperté sobresaltado. ¡Un grito pelado, agudo, de mujer a la distancia! ¿Lo habría traído la brisa? Ya se venía la fresca desde el río inmundo. Yo estaba molido, tirado en un yuyal, en medio de los pajonales y juncales de la costa. ¡Y a mi lado roncaba a pierna suelta la petisita bizca y macetuda! ¿Qué me decís? ¿Yo era el ganador? ¿Me la había ganado a lo macho o me había tocado de último? Nunca lo supe."







(Fragmento de La piel de caballo, de Ricardo Zelarayán. La borrachera como una gran mancha multicolor chispeante. Y el laburo poético, sobre todo, en el lenguaje de la muchachada que año a año migra a Buenos Aires desde el norte argentino.)




jueves, 23 de diciembre de 2010

salsa




Me gustaría conocer a una mujer que no se parezca en nada a las que conocí hasta ahora. Lo cual es poco probable, dado que siempre me desenvuelvo por los mismos círculos, donde siempre me encuentro con la misma gente. Acá estoy, por ejemplo, en el cumpleaños de Gabriel. Hace más de veinte años que terminó el secundario, y con él y el resto de los ex compañeros del curso todavía nos seguimos juntando. De nuestras viejas compañeras, la mayoría están casadas, y las tres o cuatro que están solteras no me producen nada en especial. Lo que probablemente se deba a que tampoco yo les produzco nada en especial a ellas. Tengo ganas de conocer a una mujer que no tenga nada que ver con la gente que me conoce. Una que no sepa mi nombre. Que no sepa cómo soy, dónde nací, ni qué es lo que hago de mi vida.

Mientras estamos haciendo la sobremesa, una de las casadas se me acerca con un vaso de vino. Cómo estás, me pregunta. Yo le contesto: Estoy. Ninguna novedad en el trabajo. Tampoco nada nuevo en la familia. A mis hijos los veo muy poco. No salgo nunca y hace años que no me tomo vacaciones. Un tiempo más así y voy a terminar siendo lo que se dice un tipo pudiente. Ella no me pregunta por mi ex. Sabe que Mabel se casó el año pasado con un abogado rosarino. Ese tipo, mal que bien, me sacó un peso de encima. Pero vos, me dice mi amiga, ¿vos cómo estás? Bien, le digo yo, bien. Y apoyo el vaso de vino en la mesa, y me apuro en preguntarle por sus hijos. No es que realmente me interese saberlo. Pero esta mujer cuando le preguntan por sus hijos no para de hablar un segundo. Y eso me evita tener que hablar a mí.

No sé en qué momento empezaron a cansarme estos reencuentros. La verdad es que ya no puedo sentirme identificado con ninguna de estas personas. Esta noche me planteé seriamente no venir; pero a los pocos minutos ya me estaba bañando, preparándome para venir a la casa de Gabriel. Creo que me empujó la costumbre, que me arrastró la inercia. A veces siento que lo único que hice en todos estos años fue eso, flotar entre costumbres, vivir por inercia. Ya no reflexiono sobre lo que hago, mucho menos sobre lo que los demás opinan de mí. Me dicen que tengo que hacer algo de mi vida, que no puedo seguir así, que nunca llamo a nadie, que hace tiempo que me ven estancado. Mi ex mujer, por ejemplo, que me decía: Tu ego agota, Guillermo. Tu ego me agota a mí, y a la larga también te va a agotar a vos. Ella entendía por ego mi tendencia a reconcentrarme en mí mismo. Y yo nunca se lo negué. Acá estoy, de hecho, mirando a esta mujer que me habla de sus hijos sin poder escuchar una palabra.

A eso de las dos Gabriel se levanta de la mesa y pone música en el equipo a todo volumen. Durante la cena ya nos había comentado que estaba tomando clases de salsa. Y ahora ahí está, con los ojos cerrados, bailando solo en medio del living. Mientras baila sonríe con una mueca que nunca le vi. Yo sé que estoy borracho, pero incluso en este estado me avergüenzo por él. La mujer lo dejó a principios de año, todos en esta sala lo sabemos; no sé qué es lo que nos pretende demostrar. Pero él insiste, levanta de la silla a una de las casadas, y la hace dar vueltas alrededor de la mesa. Todos lo aplauden. Es un alivio cuando a los pocos minutos la canción termina.

Antes de que me vaya, Gabriel me dice al oído: Che, Guille, ¿por qué no te venís a tomar clases de salsa? No bien me lo dice, yo saco las llaves del auto. No, Gabi, dejá. En serio, me dice, venite a mover un poco el esqueleto; además eso está lleno de mujeres. Yo lo miro de reojo. Gabriel todavía tiene en la boca esa sonrisa, medio irritante, medio ridícula. Y a mí no sé qué me pasa, pero la sola idea de verlo bailar otra vez, de golpe, me tienta. Y le digo: Está bien. El martes pasame a buscar.

Así que el martes a las ocho estoy ahí, con Gabriel, en la puerta del gimnasio donde dan las clases de salsa. El salón es bastante amplio, hay un espejo inmenso en una pared, y, tal como Gabriel me había avisado, está lleno de mujeres. La gran mayoría de nuestra edad; lo que en una primera instancia me significa una decepción. El profesor, parado en el centro de la pista, tiene puesto un pantalón blanco y ajustado, y una camisa también blanca, desabrochada a la altura del pecho. Es morocho y alto, y mientras baila no deja de sonreír un segundo. Ahora entiendo de dónde sacó ese gesto irritante Gabriel. Este tipo bailando es un maestro, me dice mi amigo, antes de presentármelo.

Unos minutos después, cuando se da inicio a la clase, me entero de que para empezar a bailar tenemos que buscar una compañera. Estamos obligados a eso. Pero yo me niego. Por el momento prefiero esperar, le digo a Gabriel. Él se me queda mirando y yo le pido que primero vaya y baile él, así puedo ver cómo es el asunto. Bueno, pero en la próxima te quiero ver bailar sí o sí, ¿me escuchaste? Sí, le digo yo, sí. Él empieza a caminar entre la gente, saludando a algunos, hasta quedarse parado enfrente de una rubia. Es flaca y muy bajita. Se saludan con un beso en cada mejilla, y después de que se apaguen algunas luces en el techo, en los parlantes empiezan a resonar los timbales y las trompetas de la salsa.

Recién ahí me doy cuenta de que no tengo nada que hacer acá. La rubia baila como una gacela. Gira y gira alrededor de Gabriel, que se esfuerza, que intenta quebrar la cintura a la par de ella; pero que no puede seguirla. La idea de que en breve yo esté dando un espectáculo parecido me aturde. Miro para un lado, miro para el otro, y todos bailan como si tuvieran un demonio adentro del cuerpo. Simplemente no tendría que haberme expuesto a todo esto. Ahora podría estar en mi casa, con una cerveza en la mano, mirando el partido.

Me doy vuelta y me escondo en un rincón del salón, bien apartado del resto. Desde ahí puedo ver a Gabriel, bailando a un lado del espejo. Cuando la canción termina, veo que me busca con la mirada, pero que no me encuentra. Así que sigue bailando con la rubia un rato más. En el espejo inmenso que hay atrás suyo, diminuto y oscuro, yo puedo ver mi reflejo. Está mi cara en miniatura, quieta y muda en un ángulo, y a un lado el reflejo del cuerpo grueso y torpe de Gabriel.

Ya pasaron varios tema, cuando Gabriel se da vuelta para secarse la cara y me ve. Se acerca a mi refugio, con la rubia de la mano. ¿Dónde estabas?, me dice, pensé que te habías ido. Fui a tomar un poco de aire. ¿Te sentís bien?, me pregunta la rubia, estás pálido. Es el color natural de él, le dice Gabriel. La rubia asiente con alivio, y yo veo que su mano se acerca en el aire, que se acerca a mi brazo y me toca un codo: Entonces te venís a la pista con nosotros. Me lo dice como una orden, pero en su voz casi me parece un piropo.

Mientras caminamos, Gabriel y la rubia conversan entre ellos. De golpe ella cabecea, se mete entre el barullo ondulante de gente, y a los pocos segundos vuelve con una mujer. Es una morocha de pelo largo y enrulado. La morocha se para enfrente mío, se corre el flequillo a un costado, y me dice: ¿Bailamos? Veo que la rubia y Gabriel nos dejan solos. Yo sé que ya no hay vuelta atrás y le contesto: Está bien.

Pongo una mano en su cintura. La musculosa que la morocha tiene puesta es muy ajustada, y puedo sentir abajo de la tela la tensión de sus músculos, la solidez de sus caderas. Cuando sus piernas van para un lado, su cintura va para el otro, y también se sacude su pelo, su pelo largo y enrulado, y yo puedo sentir el perfume que tiene su pelo, cada vez que me toca la cara.

¿Es la primera vez que venís?, me dice. ¿Se nota mucho?, le contesto yo. Ella sonríe: Tenés que soltarte más. ¿Y cómo hago?, nunca había bailado salsa. Mirá, son solamente tres pasos. A ver. Primero adelantás un pie, lo retrocedés, y después retrocedés el otro. Yo miro mis pies; mis pies buscan hacerle caso a esta mujer. ¿Así? Así, pero fijate también de relajar un poco la cintura, y los hombros, sobre todo tenés que relajar los hombros. Y ella se endereza en la pista, mientras me lo dice, y me aprieta y relaja los hombros.

Quién es esta extraña que me está enseñando a bailar. Quién es esta mujer que me toca los hombros.

Mientras bailamos, el profesor de la clase se pasea por el salón dando indicaciones en voz alta. Acá adentro casi no corre aire, y él se desabrocha la camisa hasta el último botón. Sus abodminales perfectos me hacen pensar en lo que yo podría haber tenido, si me hubiera tomado la vida de otra manera. Todo él desborda energía. Cuando camina no pisa; zapatea. A mí me cae mal. Me doy vuelta, y la morocha que respira al lado mío mira de reojo al hombre, mientras yo la miro a ella. Nunca en mi vida me imaginé bailando salsa, le digo. Entonces estás haciendo bien, me mira la morocha, está bueno animarse a probar cosas diferentes.

Yo me esfuerzo en sintonizar mis movimientos con los de ella. Pero esta mujer es generosa y se cuida más bien de ir a la par de los míos. Así que hace mucho que venís a bailar. Sí, me dice, desde hace un par de años todos los martes estoy acá. ¿Y qué es lo que te gusta de esto? ¿Qué es lo que me gusta de esto?, a ver, nunca me lo pregunté, pero si tengo que dar una respuesta, te diría que porque me distiende, me relaja; cuando bailo me olvido de todo, no me hace falta pensar.

Yo la miro de reojo. Miro a la extraña que tengo entre los brazos. Miro su boca, sus pestañas largas y onduladas. Yo quiero bailar como vos. Yo también quiero olvidarme de todo, no pensar en nada. Quiero que se me meta en la sangre el latido de la tuya, sentir la música, el tumtum de tu sangre, morocha, mientras bailamos mudos con los cuerpos pegados. Veo que la estás agarrando la mano, me dice. ¿Te parece? Sí, se te nota en la actitud.

La clase termina. Yo me despido de la mujer como veo que hacen todos, con un beso en cada mejilla. Gracias por tu paciencia, le digo. No fue nada, me contesta, pero espero que insistas, que sigas así; te fue muy bien, por ser tu primera vez.

En el auto me siento realmente cansado. Gabriel no para de hablar. Yo no veo la hora de llegar a casa, de darme una ducha, de tomarme una cerveza negra helada. Ésa siempre fue mi música, mi baile. Mi manera de dejar de pensar.

De golpe el zumbido que había estado flotando en el auto se interrumpe. Miro a un costado y Gabriel me está mirando. ¿Pasa algo?, le pregunto. No, me contesta, te estaba preguntando si te gustó la clase, qué te pareció. Bien, le digo, me gustó; el profesor me pareció un boludo, pero el ambiente en general, sí, me gustó.

Gabriel frena el coche en la puerta de mi casa. ¿Y?, me dice, ¿el martes que viene te prendés? No creo, le contesto, la verdad es que no creo; ya no me siento para estos trotes. Pero a mediados de la semana lo llamo, al final, llamo a mi amigo, y le termino diciendo que sí.





viernes, 17 de diciembre de 2010



Infancia

"Siempre tengo el mismo sueño. 
Como si el sueño quisiera
obligarme a volver
a aquellos lugares amados
hasta el dolor
donde estaba la casa de mi abuelo,
donde hace cuarenta años nací
sobre la mesa de comer.
Cuando quiero entrar
en la casa, algo me lo impide.
A menudo veo ese sueño.
Y cuando veo las paredes
de troncos y la oscuridad
del zaguán, ya en sueños sé
que sólo es un sueño.
Y la alegría se ensombrece
a la espera del despertar.
A veces ocurre algo
y no vuelvo a soñar
con la casa y los pinos en torno
a la casa de mi infancia.
Entonces me hace falta
y espero con impaciencia
ese sueño,
en el que volveré
a ser niño
y volveré a sentirme
feliz sabiendo
que lo tengo todo por delante,
que aún todo es posible".


Lo de arriba son los subtítulos de la primera parte de esta escena en la película El espejo, de Andréi Tarkovski. Después, el asunto se pone en blanco y negro, y Tarkovski visualiza el sueño que antes describió. Es un viento, antes que nada, el sueño. Un viento empieza a soplar, y la imagen lo sigue, sigue al viento, mientras las plantas y las ramas de los árboles se sacuden, a medida que el viento pasa, y yo me digo cómo hace una cámara para seguir al viento que pasa; cómo hizo Tarkovski, en definitiva, para visualizar todo esto. 
Y entonces el chico. El chico que corre, como corro yo cuando corro soñando, escapándole a eso que se acerca, que envuelve, que tira; pero que no se ve, que no se deja ver; el viento es un brazo invisible, como la muerte, como el minuto, como los sueños ajenos. 
Pero puedo salvarme, porque ahí está la casa en la que nací. La casa de madera descascarada donde nací de mi madre. Yo me acerco, me acerco a la puerta, quiero entrar, tiro del picaporte, quiero meterme antes de que llegue el viento. Pero no; la puerta no se abre. Insisto, pero no hay caso; no puedo.  
Así que me voy. Se ve mi sombra diminuta proyectada en la puerta de la casa de madera, mientras me voy, mientras de a poco, en cámara lenta, me alejo. Y no bien me alejo, justo en ese momento, la puerta se abre. La puerta se abre, y ella, la mujer, asoma su mirada desde la casa para vigilarme, o para llamarme,  o nada más para hacerme saber que está ahí, que está acá, acá en el mundo.
De adentro de la casa en el sueño de Tarkovski también sale caminando un perro.


 


   

viernes, 10 de diciembre de 2010

luz



Analía siempre me invitaba a cenar a su casa. No teníamos nada formal en concreto, pero nos veníamos viendo desde hacía un año y la madre me quería conocer. Yo hacía todo lo posible por postergar ese momento. Pero una tarde, en tono de broma, Analía me dijo: O venís a casa o se acabó. La miré de reojo y ella sonreía. Pero Analía siempre sonreía cuando decía lo que pensaba en serio.

Así que el jueves a la noche estaba parado en la esquina de su casa. Le mandé un mensaje de texto. Hasta que no la vi salir a la puerta no me acerqué. Analía me saludó con un beso distraído y después se quedó quieta mirando mi chomba. Qué pasa, le pregunté. Nada, ¿pero hacía falta traer eso? Yo miré mi chomba blanca, con el escudo de Boca en el pecho. ¿Qué tiene?, ¿no te gusta? Sí, me contestó ella, sí. Se dio vuelta y avanzó por el pasillo que llevaba hasta la casa. Yo la seguí de atrás.

Durante el trayecto, mirando la espalda de Analía, tuve una conciencia clara de mis pensamientos: Qué carajo estoy haciendo acá. Ella me miró la frente, antes de abrir la puerta: Vamos a cenar carne con papas, ¿está bien? Sí, le dije yo. Entramos a un comedor grande, con cuadros de paisajes en las paredes, y una biblioteca colmada de libros viejos. Giré la vista y al final del comedor estaba la puerta que daba a la cocina. Y adentro de la cocina (por un segundo los vi), los padres.

El padre leía el diario, con los brazos cruzados encima de la mesa. La madre, sentada enfrente de él, levantaba un vaso de agua acercándoselo a la boca. Esa imagen fue lo último que alcancé a ver de ellos. En ese momento sentí un pum, un chispazo invisible de energía raspando el aire, y todas las luces de la casa se apagaron. Analía, que caminaba adelante mío, desapareció. Yo tardé medio segundo en darme cuenta de que se había cortado la luz.

Analía, dije con los brazos estirados, ¿dónde estás? Acá estoy, me contestó ella. Apreté los ojos en la oscuridad y vi el contorno de su sombra acercándose. ¿Qué pasó? Se cortó la luz, nene. ¿Y ahora? Ahora esperame que ya vengo. Entonces una voz de mujer habló desde la cocina: Ana, ¿estás ahí? Sí, mamá. ¿Por qué no traés velas de la despensa, hija? Es lo que estaba a punto de hacer. El contorno de Analía se alejó, y yo le dije en voz baja: Esperá, no te vayas. Es un segundo, Mauro, me contestó ella, esperame acá que enseguida vuelvo.

Me apoyé de espaldas en la pared, casi acurrucado, a esperarla. Mientras estaba ahí, podía escuchar las puteadas del padre en la cocina. El viejo de Analía era gallego, pero se desenvolvía en un castellano perfecto. Para qué carajo pagamos los impuestos, ineptos de mierda y la puta que los parió. Bicho, le decía la mujer en voz baja, basta. Pensé que por una cuestión de educación me convenía saludarlos. Pero el viejo de Analía se desahogaba como si yo no estuviera ahí, o quizás sin saber que yo estaba ahí, así que elegí no interrumpirlo.

A los pocos segundos Analía volvió al comedor. Me buscó con la luz de su celular, me dio la mano y me dijo que la siguiera. En ningún momento me avisó que en la puerta de la cocina había un escalón. Yo trastabillé, di dos pasos torpes y me llevé por delante un cuerpo. El cuerpo soltó un chillido: Qué susto, Dios. Mil disculpas, señora, le dije yo. Mamá, dijo Analía, él es Mauro. Qué tal Mauro, dijo la mujer, lamento mucho que tengamos que recibirte así. No se preocupe, señora, en mi casa también la luz se corta dos por tres.

Cuando Analía encendió las velas, las caras de los padres fueron apareciendo en la oscuridad. Primero la de la madre, enfrente mío; después, alta y con canas, la del padre, un poco más atrás. Las dos caras me miraban con fijeza, titilantes a la luz de las velas. Yo me acerqué a la madre y la saludé con un beso en la mejilla: Mucho gusto. El gusto es mío, Mauro. Después me acerqué al viejo y él se apuró en darme la mano. Mi mano era una cosa toda húmeda y blanda, pero no tuve otra opción. Buenas noches, le dije. Buenas noches, me contestó él, y la re puta madre que se cortó la luz. Bicho, le dijo la mujer, no lo asustes. Yo me reí en voz alta, con un espasmo agudo, y Analía me miró extrañada desde la mesa. Pero su cara se veía un poco difusa, y no puedo estar seguro de que realmente me haya mirado así.

Aunque Analía y el padre insistieron en cenar en la cocina, por decisión de la madre terminamos cenando en el comedor: En la cocina no, señores; hoy tenemos visitas. Puedo venir otro día, le dije a Analía al oído. Ella me contestó: No, mamá ya preparó todo; no te preocupes que enseguida vuelve la luz. La ayudé a poner la mesa, y los padres de Analía se sentaron de un lado, y nosotros dos del otro. En el medio estaban encendidas las velas. En otro momento, el ambiente podría haberme parecido romántico. Pero esa noche lo sentí más bien tétrico. Cada vez que una llama flameaba, las caras de los padres de Analía se llenaban de gestos oscuros. Cenamos carne al horno, con unas pelotitas amarillas que en mi vida había visto. Analía me dijo: Son ricas, probá; adentro tienen puré.

Así que trabajás de cadete, me preguntó en cierto punto la madre. Yo la miré de reojo a Analía. Sí, desde hace un mes. Qué bueno, y me contó Analía que también estás estudiando, ¿no?, ¿qué era lo que estudiabas? Economía. Economía, qué interesante. Sí, siempre me gustaron los números. Yo con los números siempre fui muy despistada, me sonrió la mujer, a matemática siempre me la llevaba a marzo. A mí en el colegio tampoco me iba muy bien, le contesté, pero después del secundario me empezó a interesar, me intrigan las leyes que rigen a los números, todo en la sociedad actual se ordena de acuerdo a cifras, y a mí lo que me interesa es encontrar ese orden, descubrir sus causas, estudiarlo. La madre miró su reloj pulsera tomando un sorbo de agua, y le dijo al viejo: Bicho, ¿querés más papas? Yo saqué los codos de la mesa y miré al padre de Analía, que durante la cena no había dejado de masticar un segundo. El viejo le contestó sin mirarla: No, ya está.

Cuando Analía y la madre llevaron los platos y los cubiertos a la cocina, el viejo y yo quedamos solos, en el comedor, sentados uno enfrente del otro. Yo crucé los brazos. Después los descrucé. Podía ver la cabeza del viejo proyectada en la pared, moviéndose al vaivén de las llamas. Lo miré a la cara, de golpe: ¿Me dijo Analía que usted es de Boca? El viejo se rascó el mentón: Por supuesto. Ah, le dije, porque ahora en un rato jugamos, ¿no? ¿También sos de Boca, vos? Me acaricié la manga de la chomba. Sí, de Boca en las buenas y también ahora, en las malas. ¿En las malas?, me miró el viejo, pero si no vamos tan mal. No, tan mal no, pero podríamos ir mejor, con los jugadores que tenemos. No, pero si no vamos tan mal, me dijo el viejo.

Cuando vi que Analía entraba de nuevo, el padre y yo nos habíamos quedado sin temas de conversación. Ella dio una vuelta alrededor de la mesa, levantó las fuentes y me guiñó un ojo. Me lo guiñó desde atrás de la silla del padre. ¿Querés que te ayude?, le pregunté levantándome. No, no hace falta, me contestó ella, vos quedate a conversar.

Apenas Analía se fue, el padre vació su vaso de vino de un sorbo, se levantó y cruzó el pasillo. Escuché el ruido de una puerta abriéndose, después cerrándose, y al final un chorro de meo fuerte, como echado desde una manguera a presión. En la mesa todavía quedaba la fuente de papas. Yo la levanté y la llevé hasta la cocina.

En la cocina solamente había encendida una vela. Analía estaba de espaldas a mí, acomodando los platos en la pileta. Yo me acerqué. Nena, le dije, qué onda con tu papá. Cuando el contorno se dio vuelta, vi que era la madre. Qué, me preguntó. Perdón, señora, pensé que era Analía. Analía ahora está en el baño, me sonrió la mujer. Después se dio vuelta y siguió acomodando los platos. Me preguntó: ¿Te gustan las frutillas? Sí. ¿Y la crema? También. Bueno, andá yendo al comedor que ahora llevo el postre para allá.

Comimos el postre en unas copas de vidrio redondas. Mientras tanto, Analía y la madre eran las que llevaban el peso de la conversación. Cada vez que se quedaban calladas, se escuchaba en el silencio el murmullo viscoso de las lenguas degustando las frutillas. Yo todavía me sentía en deuda con la madre. ¿Esos cuadros los eligió usted? Ahá, los pintó mi hermana, ¿te gustan? Sí, están muy buenos; sobre todo me gusta aquél, el del bote. Cuando dije la palabra aquél, un pedazo de frutilla se me escapó de la boca y fue a parar a la mesa. La madre estaba atenta al bote de acuarela y no lo vio. Pero sí lo vio Analía. Limpió el proyectil con una servilleta y después me dio una palmadita en el muslo. Yo la miré de reojo enseguida. Casi lo sentí una agresión. Pero ella había vuelto a comer de su copa y ya no me miraba.

A los pocos minutos los padres de Analía dijeron que se iban a dormir. Se levantaron y la madre me despidió con un beso en la mejilla, y lo mismo el viejo. Muy rico todo, le dije a la mujer, y al padre: Esperemos que esté ganando Boca. Se fueron los dos, por el pasillo, y Analía y yo quedamos solos a la luz de las velas. Me dio un beso. Me abrazó. Yo le dije: Tengo ganas de fumar.

Nos sentamos en el escalón de la puerta. La luna flotaba entre los árboles. Yo miraba la luna, de vez en cuando, y Analía de vez en cuando se ponía a bostezar. La miré de reojo no bien terminé el pucho. Oíme, Ana. Sí. Hoy vine, comí con tus viejos, la pasé bien; pero de verdad no quiero mezclar las cosas. Ella se enderezó en el escalón: Está bien, Mauro, yo tampoco quiero mezclar las cosas. Bueno, yo solamente necesitaba aclararlo. Es que no hace falta que me lo aclares, me dijo, yo ya sé lo que querés. Analía cruzó los brazos encima de las rodillas, bostezando. Pero qué mala suerte tenemos, ¿no?, me sonrió. Yo volví a mirarla. Qué querés decir. Ella me puso una mano en el brazo. Eso, qué mala suerte tenemos; justo cuando venís a mi casa se corta la luz.

Cuando me despedí de ella volví a casa mirando baldosas. Yo vivía en el mismo barrio que Analía, a unas pocas cuadras, así que en mi casa tampoco había luz. Mi hermano estaba despierto, fumando en la cocina, con la notebook prendida. Yo seguí de largo sin saludarlo, me encerré en la pieza y me acosté. Me quedé dormido a los pocos minutos.

Me despertó, en medio de la madrugada, un zumbido en la mesita de luz. Abrí los ojos y vi que se estaba moviendo el celular. Estiré un brazo desde la cama y lo levanté. Era un mensaje de texto de Analía. Decía: Gracias por venir hoy. Sé lo difícil que fue para vos. Te quiero.

Leí el mensaje de nuevo, con un ojo cerrado. Después me fijé en la hora. Eran las dos. Qué hacés despierta a esta hora, le contesté el mensaje. Ella me lo respondió enseguida. Me puso: Recién volvió la luz y me desperté. No te quise molestar. Besito.

Yo estiré la mano hasta la mesita de luz. Cuando apreté el botón de la lámpara, hubo una explosión silenciosa, un chispazo invisible, y el foco se encendió. Y no bien el foco se encendió, aparecieron las formas de la mesita y de la cama en la que yo estaba, y de la silla que había en un rincón del dormitorio, y los colores del póster de Boca en la pared y también el de las cortinas blancas. Vi todo desde mi modorra, desde mi entresueño, acurrucado en la cama. Entonces agarré el celular y escribí: Yo también te quiero. De verdad. Le mandé el mensaje de texto a Analía, y después apagué la lámpara y solté el celular en la mesita. Y al otro día, cuando me desperté, no me acordaba del mensaje que le había mandado a la noche, ni del mensaje que me había mandado ella apenas había vuelto la luz.
 
 
 
 
 
 
 
 

miércoles, 8 de diciembre de 2010



"UNA FOTO

¿Dónde está la mujer que en esta foto
se ríe con su vida brillándole en la risa
por algo que le dije en ese instante
en la luz del mediodía,
bajo unos paraísos que dejaban
caer el sol de mayo en nuestra mesa,
iluminando el pan, un vaso y un cuchillo
y al fondo unos barquitos que se duermen
en una playa pobre de juncos y sauzales
donde unos pescadores diminutos
caminan sin moverse hacia su pelo
desparramado al viento
sobre el suéter azul con el que cruza
los brazos y levanta los hombros por la risa?"






**





"CUANDO LA LENGUA ECLIPSA

Cuando la lengua eclipsa este presente,
cuando cubre las cosas
con un color grisáceo y nominal,
hay un ácido al fondo de la experiencia fresca,
porque es aquí y ahora pero en el verbo rancio,
en la estructura fúnebre del habla.

La fronda del verano, el aire inédito
atraviesan el viejo pulmón occidental.
La vida inaugurada,
el sol contemporáneo vistos siempre
con el anteojo fijo, mortal, judeocristiano;
o el transcurrir adánico, las moscas,
todo cautivo en este latín erosionado.
El colibrí veloz entorpecido
por este carromato colonial
que rueda lentamente en sus vocales,
esta siesta sintáctica en el polvo del aire castellano.

El cansancio de la filología
espanta la inocencia de esta luz,
agrava los objetos, va imponiendo
la herencia de las manos sobre el tacto,
el andamiaje helénico a los vientos,
fuerza a la sangre a andar en su adjetivo,
a la noche a estrellarse acordemente
con su cosmogonía.

Cayendo como un párpado, el imperio
cae en la voz, ahora, mientras digo
la arena de la piedra de mi nombre."











(Dos poemas que encontré en Consumidor final, de Pedro Mairal. "El mejor de los escritores argentinos vivos", me dijo un amigo el otro día.)




miércoles, 1 de diciembre de 2010

 

Revés


Hay

en la dimensión de cada segundo

un espacio

secreto

que se esconde

atrás de lo que nombro

o considero

en tu lengua

ancestral.


Es como si en el todo

que día a día vivo

hubiera un revés

más real

que lo que tus manos

tocan

y que nunca,

ya que estamos,

recuerdo.


Porque cuando pasa,

pasa siempre

de golpe.

Un silencio hondo

vela la foto

de lo cotidiano,

se cuela por entre

los ríos

de los lunes, y es un silencio

al que involuntariamente

vuelvo cada vez que siento

el peso

viscoso

de tanta

costumbre.


En este silencio

hay una paz

húmeda

y antigua

que lo disculpa todo; es como mirar

el almanaque

de un año anterior, poner

el dedo en un día

y preguntarse qué pasó

con los ojos cerrados.


Es un silencio, éste,

que se abre,

se expande

hasta abarcar

todo lo que tengo establecido

acerca de mí, de la

gente, y otros

prejuicios.


No soy hombre

ni animal,

ni árbol ni

piedra.

El silencio

del lenguaje

es un foso oscuro

en el que no tengo más forma

que la que me da la nada.

Soy una masa en la nada sin forma

hecha de pura

energía inexplicable.

Una luz que

en el recuerdo

oscila

a la manera de un brazo

que me barre.


Así, y siempre

involuntariamente

yo vuelvo

a ese silencio

como se vuelve

a la casa en la que uno

vivió en la infancia

con la esperanza de que nadie

pueda explicarme ahí

de qué se trata

vivir.