viernes, 17 de diciembre de 2010



Infancia

"Siempre tengo el mismo sueño. 
Como si el sueño quisiera
obligarme a volver
a aquellos lugares amados
hasta el dolor
donde estaba la casa de mi abuelo,
donde hace cuarenta años nací
sobre la mesa de comer.
Cuando quiero entrar
en la casa, algo me lo impide.
A menudo veo ese sueño.
Y cuando veo las paredes
de troncos y la oscuridad
del zaguán, ya en sueños sé
que sólo es un sueño.
Y la alegría se ensombrece
a la espera del despertar.
A veces ocurre algo
y no vuelvo a soñar
con la casa y los pinos en torno
a la casa de mi infancia.
Entonces me hace falta
y espero con impaciencia
ese sueño,
en el que volveré
a ser niño
y volveré a sentirme
feliz sabiendo
que lo tengo todo por delante,
que aún todo es posible".


Lo de arriba son los subtítulos de la primera parte de esta escena en la película El espejo, de Andréi Tarkovski. Después, el asunto se pone en blanco y negro, y Tarkovski visualiza el sueño que antes describió. Es un viento, antes que nada, el sueño. Un viento empieza a soplar, y la imagen lo sigue, sigue al viento, mientras las plantas y las ramas de los árboles se sacuden, a medida que el viento pasa, y yo me digo cómo hace una cámara para seguir al viento que pasa; cómo hizo Tarkovski, en definitiva, para visualizar todo esto. 
Y entonces el chico. El chico que corre, como corro yo cuando corro soñando, escapándole a eso que se acerca, que envuelve, que tira; pero que no se ve, que no se deja ver; el viento es un brazo invisible, como la muerte, como el minuto, como los sueños ajenos. 
Pero puedo salvarme, porque ahí está la casa en la que nací. La casa de madera descascarada donde nací de mi madre. Yo me acerco, me acerco a la puerta, quiero entrar, tiro del picaporte, quiero meterme antes de que llegue el viento. Pero no; la puerta no se abre. Insisto, pero no hay caso; no puedo.  
Así que me voy. Se ve mi sombra diminuta proyectada en la puerta de la casa de madera, mientras me voy, mientras de a poco, en cámara lenta, me alejo. Y no bien me alejo, justo en ese momento, la puerta se abre. La puerta se abre, y ella, la mujer, asoma su mirada desde la casa para vigilarme, o para llamarme,  o nada más para hacerme saber que está ahí, que está acá, acá en el mundo.
De adentro de la casa en el sueño de Tarkovski también sale caminando un perro.


 


   

4 comentarios:

Pablo dijo...

están muy lindos ambos textos, ezequiel, linda continuidad...
abrazo
pablo

silbando bajito dijo...

muy lindo! justo estos dias me acordé de mi sueño recurrente de la infancia y me dio una nostalgia bárbara...
saludos!!!

Humberto Dib dijo...

Tengo la sensación de que ya leí -en otra entrada- esta unión que hacés entre cine y literatura. Esta muy bueno, deberías profundizar en ese campo y sacarle más provecho, me parece novedoso. Yo iría más adentro, aún, me jugaría más, tal vez encuentres un terreno muy fértil.
Te dejo un gran abrazo.
Humberto.

Un desvarío por jueves dijo...

Pablo, Silbadora, gracias por comentar, che, todo un aliciente.

Humberto, también muchas gracais por tu opinión, por supuesto, ahora que me lo decís voy a ver si me la juego más, sobre todo cuando se me pase esta pachorra veraniega-post finales de facu.

Y bueno, ya que estamos aprovecho para desearles a todos un muy buen fin de año, que coman hasta quedar ahítos y que brinden inmoderadamente para poder sobrellevar estas dos semanas de carete... perdón, quise decir para poder disfrutar estas dos semanas de amor, de buenos sentimientos y algarabía comunitaria.

Nos seguimos leyendo gente, abrazoo !