viernes, 10 de diciembre de 2010

luz



Analía siempre me invitaba a cenar a su casa. No teníamos nada formal en concreto, pero nos veníamos viendo desde hacía un año y la madre me quería conocer. Yo hacía todo lo posible por postergar ese momento. Pero una tarde, en tono de broma, Analía me dijo: O venís a casa o se acabó. La miré de reojo y ella sonreía. Pero Analía siempre sonreía cuando decía lo que pensaba en serio.

Así que el jueves a la noche estaba parado en la esquina de su casa. Le mandé un mensaje de texto. Hasta que no la vi salir a la puerta no me acerqué. Analía me saludó con un beso distraído y después se quedó quieta mirando mi chomba. Qué pasa, le pregunté. Nada, ¿pero hacía falta traer eso? Yo miré mi chomba blanca, con el escudo de Boca en el pecho. ¿Qué tiene?, ¿no te gusta? Sí, me contestó ella, sí. Se dio vuelta y avanzó por el pasillo que llevaba hasta la casa. Yo la seguí de atrás.

Durante el trayecto, mirando la espalda de Analía, tuve una conciencia clara de mis pensamientos: Qué carajo estoy haciendo acá. Ella me miró la frente, antes de abrir la puerta: Vamos a cenar carne con papas, ¿está bien? Sí, le dije yo. Entramos a un comedor grande, con cuadros de paisajes en las paredes, y una biblioteca colmada de libros viejos. Giré la vista y al final del comedor estaba la puerta que daba a la cocina. Y adentro de la cocina (por un segundo los vi), los padres.

El padre leía el diario, con los brazos cruzados encima de la mesa. La madre, sentada enfrente de él, levantaba un vaso de agua acercándoselo a la boca. Esa imagen fue lo último que alcancé a ver de ellos. En ese momento sentí un pum, un chispazo invisible de energía raspando el aire, y todas las luces de la casa se apagaron. Analía, que caminaba adelante mío, desapareció. Yo tardé medio segundo en darme cuenta de que se había cortado la luz.

Analía, dije con los brazos estirados, ¿dónde estás? Acá estoy, me contestó ella. Apreté los ojos en la oscuridad y vi el contorno de su sombra acercándose. ¿Qué pasó? Se cortó la luz, nene. ¿Y ahora? Ahora esperame que ya vengo. Entonces una voz de mujer habló desde la cocina: Ana, ¿estás ahí? Sí, mamá. ¿Por qué no traés velas de la despensa, hija? Es lo que estaba a punto de hacer. El contorno de Analía se alejó, y yo le dije en voz baja: Esperá, no te vayas. Es un segundo, Mauro, me contestó ella, esperame acá que enseguida vuelvo.

Me apoyé de espaldas en la pared, casi acurrucado, a esperarla. Mientras estaba ahí, podía escuchar las puteadas del padre en la cocina. El viejo de Analía era gallego, pero se desenvolvía en un castellano perfecto. Para qué carajo pagamos los impuestos, ineptos de mierda y la puta que los parió. Bicho, le decía la mujer en voz baja, basta. Pensé que por una cuestión de educación me convenía saludarlos. Pero el viejo de Analía se desahogaba como si yo no estuviera ahí, o quizás sin saber que yo estaba ahí, así que elegí no interrumpirlo.

A los pocos segundos Analía volvió al comedor. Me buscó con la luz de su celular, me dio la mano y me dijo que la siguiera. En ningún momento me avisó que en la puerta de la cocina había un escalón. Yo trastabillé, di dos pasos torpes y me llevé por delante un cuerpo. El cuerpo soltó un chillido: Qué susto, Dios. Mil disculpas, señora, le dije yo. Mamá, dijo Analía, él es Mauro. Qué tal Mauro, dijo la mujer, lamento mucho que tengamos que recibirte así. No se preocupe, señora, en mi casa también la luz se corta dos por tres.

Cuando Analía encendió las velas, las caras de los padres fueron apareciendo en la oscuridad. Primero la de la madre, enfrente mío; después, alta y con canas, la del padre, un poco más atrás. Las dos caras me miraban con fijeza, titilantes a la luz de las velas. Yo me acerqué a la madre y la saludé con un beso en la mejilla: Mucho gusto. El gusto es mío, Mauro. Después me acerqué al viejo y él se apuró en darme la mano. Mi mano era una cosa toda húmeda y blanda, pero no tuve otra opción. Buenas noches, le dije. Buenas noches, me contestó él, y la re puta madre que se cortó la luz. Bicho, le dijo la mujer, no lo asustes. Yo me reí en voz alta, con un espasmo agudo, y Analía me miró extrañada desde la mesa. Pero su cara se veía un poco difusa, y no puedo estar seguro de que realmente me haya mirado así.

Aunque Analía y el padre insistieron en cenar en la cocina, por decisión de la madre terminamos cenando en el comedor: En la cocina no, señores; hoy tenemos visitas. Puedo venir otro día, le dije a Analía al oído. Ella me contestó: No, mamá ya preparó todo; no te preocupes que enseguida vuelve la luz. La ayudé a poner la mesa, y los padres de Analía se sentaron de un lado, y nosotros dos del otro. En el medio estaban encendidas las velas. En otro momento, el ambiente podría haberme parecido romántico. Pero esa noche lo sentí más bien tétrico. Cada vez que una llama flameaba, las caras de los padres de Analía se llenaban de gestos oscuros. Cenamos carne al horno, con unas pelotitas amarillas que en mi vida había visto. Analía me dijo: Son ricas, probá; adentro tienen puré.

Así que trabajás de cadete, me preguntó en cierto punto la madre. Yo la miré de reojo a Analía. Sí, desde hace un mes. Qué bueno, y me contó Analía que también estás estudiando, ¿no?, ¿qué era lo que estudiabas? Economía. Economía, qué interesante. Sí, siempre me gustaron los números. Yo con los números siempre fui muy despistada, me sonrió la mujer, a matemática siempre me la llevaba a marzo. A mí en el colegio tampoco me iba muy bien, le contesté, pero después del secundario me empezó a interesar, me intrigan las leyes que rigen a los números, todo en la sociedad actual se ordena de acuerdo a cifras, y a mí lo que me interesa es encontrar ese orden, descubrir sus causas, estudiarlo. La madre miró su reloj pulsera tomando un sorbo de agua, y le dijo al viejo: Bicho, ¿querés más papas? Yo saqué los codos de la mesa y miré al padre de Analía, que durante la cena no había dejado de masticar un segundo. El viejo le contestó sin mirarla: No, ya está.

Cuando Analía y la madre llevaron los platos y los cubiertos a la cocina, el viejo y yo quedamos solos, en el comedor, sentados uno enfrente del otro. Yo crucé los brazos. Después los descrucé. Podía ver la cabeza del viejo proyectada en la pared, moviéndose al vaivén de las llamas. Lo miré a la cara, de golpe: ¿Me dijo Analía que usted es de Boca? El viejo se rascó el mentón: Por supuesto. Ah, le dije, porque ahora en un rato jugamos, ¿no? ¿También sos de Boca, vos? Me acaricié la manga de la chomba. Sí, de Boca en las buenas y también ahora, en las malas. ¿En las malas?, me miró el viejo, pero si no vamos tan mal. No, tan mal no, pero podríamos ir mejor, con los jugadores que tenemos. No, pero si no vamos tan mal, me dijo el viejo.

Cuando vi que Analía entraba de nuevo, el padre y yo nos habíamos quedado sin temas de conversación. Ella dio una vuelta alrededor de la mesa, levantó las fuentes y me guiñó un ojo. Me lo guiñó desde atrás de la silla del padre. ¿Querés que te ayude?, le pregunté levantándome. No, no hace falta, me contestó ella, vos quedate a conversar.

Apenas Analía se fue, el padre vació su vaso de vino de un sorbo, se levantó y cruzó el pasillo. Escuché el ruido de una puerta abriéndose, después cerrándose, y al final un chorro de meo fuerte, como echado desde una manguera a presión. En la mesa todavía quedaba la fuente de papas. Yo la levanté y la llevé hasta la cocina.

En la cocina solamente había encendida una vela. Analía estaba de espaldas a mí, acomodando los platos en la pileta. Yo me acerqué. Nena, le dije, qué onda con tu papá. Cuando el contorno se dio vuelta, vi que era la madre. Qué, me preguntó. Perdón, señora, pensé que era Analía. Analía ahora está en el baño, me sonrió la mujer. Después se dio vuelta y siguió acomodando los platos. Me preguntó: ¿Te gustan las frutillas? Sí. ¿Y la crema? También. Bueno, andá yendo al comedor que ahora llevo el postre para allá.

Comimos el postre en unas copas de vidrio redondas. Mientras tanto, Analía y la madre eran las que llevaban el peso de la conversación. Cada vez que se quedaban calladas, se escuchaba en el silencio el murmullo viscoso de las lenguas degustando las frutillas. Yo todavía me sentía en deuda con la madre. ¿Esos cuadros los eligió usted? Ahá, los pintó mi hermana, ¿te gustan? Sí, están muy buenos; sobre todo me gusta aquél, el del bote. Cuando dije la palabra aquél, un pedazo de frutilla se me escapó de la boca y fue a parar a la mesa. La madre estaba atenta al bote de acuarela y no lo vio. Pero sí lo vio Analía. Limpió el proyectil con una servilleta y después me dio una palmadita en el muslo. Yo la miré de reojo enseguida. Casi lo sentí una agresión. Pero ella había vuelto a comer de su copa y ya no me miraba.

A los pocos minutos los padres de Analía dijeron que se iban a dormir. Se levantaron y la madre me despidió con un beso en la mejilla, y lo mismo el viejo. Muy rico todo, le dije a la mujer, y al padre: Esperemos que esté ganando Boca. Se fueron los dos, por el pasillo, y Analía y yo quedamos solos a la luz de las velas. Me dio un beso. Me abrazó. Yo le dije: Tengo ganas de fumar.

Nos sentamos en el escalón de la puerta. La luna flotaba entre los árboles. Yo miraba la luna, de vez en cuando, y Analía de vez en cuando se ponía a bostezar. La miré de reojo no bien terminé el pucho. Oíme, Ana. Sí. Hoy vine, comí con tus viejos, la pasé bien; pero de verdad no quiero mezclar las cosas. Ella se enderezó en el escalón: Está bien, Mauro, yo tampoco quiero mezclar las cosas. Bueno, yo solamente necesitaba aclararlo. Es que no hace falta que me lo aclares, me dijo, yo ya sé lo que querés. Analía cruzó los brazos encima de las rodillas, bostezando. Pero qué mala suerte tenemos, ¿no?, me sonrió. Yo volví a mirarla. Qué querés decir. Ella me puso una mano en el brazo. Eso, qué mala suerte tenemos; justo cuando venís a mi casa se corta la luz.

Cuando me despedí de ella volví a casa mirando baldosas. Yo vivía en el mismo barrio que Analía, a unas pocas cuadras, así que en mi casa tampoco había luz. Mi hermano estaba despierto, fumando en la cocina, con la notebook prendida. Yo seguí de largo sin saludarlo, me encerré en la pieza y me acosté. Me quedé dormido a los pocos minutos.

Me despertó, en medio de la madrugada, un zumbido en la mesita de luz. Abrí los ojos y vi que se estaba moviendo el celular. Estiré un brazo desde la cama y lo levanté. Era un mensaje de texto de Analía. Decía: Gracias por venir hoy. Sé lo difícil que fue para vos. Te quiero.

Leí el mensaje de nuevo, con un ojo cerrado. Después me fijé en la hora. Eran las dos. Qué hacés despierta a esta hora, le contesté el mensaje. Ella me lo respondió enseguida. Me puso: Recién volvió la luz y me desperté. No te quise molestar. Besito.

Yo estiré la mano hasta la mesita de luz. Cuando apreté el botón de la lámpara, hubo una explosión silenciosa, un chispazo invisible, y el foco se encendió. Y no bien el foco se encendió, aparecieron las formas de la mesita y de la cama en la que yo estaba, y de la silla que había en un rincón del dormitorio, y los colores del póster de Boca en la pared y también el de las cortinas blancas. Vi todo desde mi modorra, desde mi entresueño, acurrucado en la cama. Entonces agarré el celular y escribí: Yo también te quiero. De verdad. Le mandé el mensaje de texto a Analía, y después apagué la lámpara y solté el celular en la mesita. Y al otro día, cuando me desperté, no me acordaba del mensaje que le había mandado a la noche, ni del mensaje que me había mandado ella apenas había vuelto la luz.
 
 
 
 
 
 
 
 

3 comentarios:

Paula Sol dijo...

hey me gustó, me parecióocurrente y tierno aunque a Mauro me dieron ganas de trompearlo un poco

Dionisia dijo...

Es una delicia que en tus cuentos siempre haya algo que "titile". Una vez más me arrancás la risa (el episodio de la frutilla es genial), y ojo! que también soy de las que sonríen mientras dicen lo que piensan en serio.

Humberto Dib dijo...

Mi querido colega de letras, bueno el texto, excelente la ambientación y el clima que transmite, así como el lenguaje de los personajes; pero es de destacar el final, muy bien logrado.
Admiro que subas un escrito tan extenso, yo no me animo, la verdad.
Te dejo un gran abrazo.
Humberto.