jueves, 23 de diciembre de 2010

salsa




Me gustaría conocer a una mujer que no se parezca en nada a las que conocí hasta ahora. Lo cual es poco probable, dado que siempre me desenvuelvo por los mismos círculos, donde siempre me encuentro con la misma gente. Acá estoy, por ejemplo, en el cumpleaños de Gabriel. Hace más de veinte años que terminó el secundario, y con él y el resto de los ex compañeros del curso todavía nos seguimos juntando. De nuestras viejas compañeras, la mayoría están casadas, y las tres o cuatro que están solteras no me producen nada en especial. Lo que probablemente se deba a que tampoco yo les produzco nada en especial a ellas. Tengo ganas de conocer a una mujer que no tenga nada que ver con la gente que me conoce. Una que no sepa mi nombre. Que no sepa cómo soy, dónde nací, ni qué es lo que hago de mi vida.

Mientras estamos haciendo la sobremesa, una de las casadas se me acerca con un vaso de vino. Cómo estás, me pregunta. Yo le contesto: Estoy. Ninguna novedad en el trabajo. Tampoco nada nuevo en la familia. A mis hijos los veo muy poco. No salgo nunca y hace años que no me tomo vacaciones. Un tiempo más así y voy a terminar siendo lo que se dice un tipo pudiente. Ella no me pregunta por mi ex. Sabe que Mabel se casó el año pasado con un abogado rosarino. Ese tipo, mal que bien, me sacó un peso de encima. Pero vos, me dice mi amiga, ¿vos cómo estás? Bien, le digo yo, bien. Y apoyo el vaso de vino en la mesa, y me apuro en preguntarle por sus hijos. No es que realmente me interese saberlo. Pero esta mujer cuando le preguntan por sus hijos no para de hablar un segundo. Y eso me evita tener que hablar a mí.

No sé en qué momento empezaron a cansarme estos reencuentros. La verdad es que ya no puedo sentirme identificado con ninguna de estas personas. Esta noche me planteé seriamente no venir; pero a los pocos minutos ya me estaba bañando, preparándome para venir a la casa de Gabriel. Creo que me empujó la costumbre, que me arrastró la inercia. A veces siento que lo único que hice en todos estos años fue eso, flotar entre costumbres, vivir por inercia. Ya no reflexiono sobre lo que hago, mucho menos sobre lo que los demás opinan de mí. Me dicen que tengo que hacer algo de mi vida, que no puedo seguir así, que nunca llamo a nadie, que hace tiempo que me ven estancado. Mi ex mujer, por ejemplo, que me decía: Tu ego agota, Guillermo. Tu ego me agota a mí, y a la larga también te va a agotar a vos. Ella entendía por ego mi tendencia a reconcentrarme en mí mismo. Y yo nunca se lo negué. Acá estoy, de hecho, mirando a esta mujer que me habla de sus hijos sin poder escuchar una palabra.

A eso de las dos Gabriel se levanta de la mesa y pone música en el equipo a todo volumen. Durante la cena ya nos había comentado que estaba tomando clases de salsa. Y ahora ahí está, con los ojos cerrados, bailando solo en medio del living. Mientras baila sonríe con una mueca que nunca le vi. Yo sé que estoy borracho, pero incluso en este estado me avergüenzo por él. La mujer lo dejó a principios de año, todos en esta sala lo sabemos; no sé qué es lo que nos pretende demostrar. Pero él insiste, levanta de la silla a una de las casadas, y la hace dar vueltas alrededor de la mesa. Todos lo aplauden. Es un alivio cuando a los pocos minutos la canción termina.

Antes de que me vaya, Gabriel me dice al oído: Che, Guille, ¿por qué no te venís a tomar clases de salsa? No bien me lo dice, yo saco las llaves del auto. No, Gabi, dejá. En serio, me dice, venite a mover un poco el esqueleto; además eso está lleno de mujeres. Yo lo miro de reojo. Gabriel todavía tiene en la boca esa sonrisa, medio irritante, medio ridícula. Y a mí no sé qué me pasa, pero la sola idea de verlo bailar otra vez, de golpe, me tienta. Y le digo: Está bien. El martes pasame a buscar.

Así que el martes a las ocho estoy ahí, con Gabriel, en la puerta del gimnasio donde dan las clases de salsa. El salón es bastante amplio, hay un espejo inmenso en una pared, y, tal como Gabriel me había avisado, está lleno de mujeres. La gran mayoría de nuestra edad; lo que en una primera instancia me significa una decepción. El profesor, parado en el centro de la pista, tiene puesto un pantalón blanco y ajustado, y una camisa también blanca, desabrochada a la altura del pecho. Es morocho y alto, y mientras baila no deja de sonreír un segundo. Ahora entiendo de dónde sacó ese gesto irritante Gabriel. Este tipo bailando es un maestro, me dice mi amigo, antes de presentármelo.

Unos minutos después, cuando se da inicio a la clase, me entero de que para empezar a bailar tenemos que buscar una compañera. Estamos obligados a eso. Pero yo me niego. Por el momento prefiero esperar, le digo a Gabriel. Él se me queda mirando y yo le pido que primero vaya y baile él, así puedo ver cómo es el asunto. Bueno, pero en la próxima te quiero ver bailar sí o sí, ¿me escuchaste? Sí, le digo yo, sí. Él empieza a caminar entre la gente, saludando a algunos, hasta quedarse parado enfrente de una rubia. Es flaca y muy bajita. Se saludan con un beso en cada mejilla, y después de que se apaguen algunas luces en el techo, en los parlantes empiezan a resonar los timbales y las trompetas de la salsa.

Recién ahí me doy cuenta de que no tengo nada que hacer acá. La rubia baila como una gacela. Gira y gira alrededor de Gabriel, que se esfuerza, que intenta quebrar la cintura a la par de ella; pero que no puede seguirla. La idea de que en breve yo esté dando un espectáculo parecido me aturde. Miro para un lado, miro para el otro, y todos bailan como si tuvieran un demonio adentro del cuerpo. Simplemente no tendría que haberme expuesto a todo esto. Ahora podría estar en mi casa, con una cerveza en la mano, mirando el partido.

Me doy vuelta y me escondo en un rincón del salón, bien apartado del resto. Desde ahí puedo ver a Gabriel, bailando a un lado del espejo. Cuando la canción termina, veo que me busca con la mirada, pero que no me encuentra. Así que sigue bailando con la rubia un rato más. En el espejo inmenso que hay atrás suyo, diminuto y oscuro, yo puedo ver mi reflejo. Está mi cara en miniatura, quieta y muda en un ángulo, y a un lado el reflejo del cuerpo grueso y torpe de Gabriel.

Ya pasaron varios tema, cuando Gabriel se da vuelta para secarse la cara y me ve. Se acerca a mi refugio, con la rubia de la mano. ¿Dónde estabas?, me dice, pensé que te habías ido. Fui a tomar un poco de aire. ¿Te sentís bien?, me pregunta la rubia, estás pálido. Es el color natural de él, le dice Gabriel. La rubia asiente con alivio, y yo veo que su mano se acerca en el aire, que se acerca a mi brazo y me toca un codo: Entonces te venís a la pista con nosotros. Me lo dice como una orden, pero en su voz casi me parece un piropo.

Mientras caminamos, Gabriel y la rubia conversan entre ellos. De golpe ella cabecea, se mete entre el barullo ondulante de gente, y a los pocos segundos vuelve con una mujer. Es una morocha de pelo largo y enrulado. La morocha se para enfrente mío, se corre el flequillo a un costado, y me dice: ¿Bailamos? Veo que la rubia y Gabriel nos dejan solos. Yo sé que ya no hay vuelta atrás y le contesto: Está bien.

Pongo una mano en su cintura. La musculosa que la morocha tiene puesta es muy ajustada, y puedo sentir abajo de la tela la tensión de sus músculos, la solidez de sus caderas. Cuando sus piernas van para un lado, su cintura va para el otro, y también se sacude su pelo, su pelo largo y enrulado, y yo puedo sentir el perfume que tiene su pelo, cada vez que me toca la cara.

¿Es la primera vez que venís?, me dice. ¿Se nota mucho?, le contesto yo. Ella sonríe: Tenés que soltarte más. ¿Y cómo hago?, nunca había bailado salsa. Mirá, son solamente tres pasos. A ver. Primero adelantás un pie, lo retrocedés, y después retrocedés el otro. Yo miro mis pies; mis pies buscan hacerle caso a esta mujer. ¿Así? Así, pero fijate también de relajar un poco la cintura, y los hombros, sobre todo tenés que relajar los hombros. Y ella se endereza en la pista, mientras me lo dice, y me aprieta y relaja los hombros.

Quién es esta extraña que me está enseñando a bailar. Quién es esta mujer que me toca los hombros.

Mientras bailamos, el profesor de la clase se pasea por el salón dando indicaciones en voz alta. Acá adentro casi no corre aire, y él se desabrocha la camisa hasta el último botón. Sus abodminales perfectos me hacen pensar en lo que yo podría haber tenido, si me hubiera tomado la vida de otra manera. Todo él desborda energía. Cuando camina no pisa; zapatea. A mí me cae mal. Me doy vuelta, y la morocha que respira al lado mío mira de reojo al hombre, mientras yo la miro a ella. Nunca en mi vida me imaginé bailando salsa, le digo. Entonces estás haciendo bien, me mira la morocha, está bueno animarse a probar cosas diferentes.

Yo me esfuerzo en sintonizar mis movimientos con los de ella. Pero esta mujer es generosa y se cuida más bien de ir a la par de los míos. Así que hace mucho que venís a bailar. Sí, me dice, desde hace un par de años todos los martes estoy acá. ¿Y qué es lo que te gusta de esto? ¿Qué es lo que me gusta de esto?, a ver, nunca me lo pregunté, pero si tengo que dar una respuesta, te diría que porque me distiende, me relaja; cuando bailo me olvido de todo, no me hace falta pensar.

Yo la miro de reojo. Miro a la extraña que tengo entre los brazos. Miro su boca, sus pestañas largas y onduladas. Yo quiero bailar como vos. Yo también quiero olvidarme de todo, no pensar en nada. Quiero que se me meta en la sangre el latido de la tuya, sentir la música, el tumtum de tu sangre, morocha, mientras bailamos mudos con los cuerpos pegados. Veo que la estás agarrando la mano, me dice. ¿Te parece? Sí, se te nota en la actitud.

La clase termina. Yo me despido de la mujer como veo que hacen todos, con un beso en cada mejilla. Gracias por tu paciencia, le digo. No fue nada, me contesta, pero espero que insistas, que sigas así; te fue muy bien, por ser tu primera vez.

En el auto me siento realmente cansado. Gabriel no para de hablar. Yo no veo la hora de llegar a casa, de darme una ducha, de tomarme una cerveza negra helada. Ésa siempre fue mi música, mi baile. Mi manera de dejar de pensar.

De golpe el zumbido que había estado flotando en el auto se interrumpe. Miro a un costado y Gabriel me está mirando. ¿Pasa algo?, le pregunto. No, me contesta, te estaba preguntando si te gustó la clase, qué te pareció. Bien, le digo, me gustó; el profesor me pareció un boludo, pero el ambiente en general, sí, me gustó.

Gabriel frena el coche en la puerta de mi casa. ¿Y?, me dice, ¿el martes que viene te prendés? No creo, le contesto, la verdad es que no creo; ya no me siento para estos trotes. Pero a mediados de la semana lo llamo, al final, llamo a mi amigo, y le termino diciendo que sí.





2 comentarios:

Pablo dijo...

oye, mi cuerpo pide salsa! lindo relato, ezequiel, me quedo con la parte donde describís los movimientos salseros

Un desvarío por jueves dijo...

Esaaa, graciass por leerlo capo. Igual la salsa es medio elitista, nos segrega a los patadura, así que aguante la cumbia !!