lunes, 26 de diciembre de 2011




Dejalo

No te preocupes más por él.
Vos dale terreno, regalale
confianza.
Que se vaya haciendo solo. Él
ya no te necesita.
No sabe quién sos.
Tu nombre, tu edad. Tu sangre.
El lugar en que naciste hace ya.
Para él todas estas cosas
no significan nada en absoluto.
El día es largo. Muy largo.
Vos dejalo estar.
Que no te pese que desde su mundo
él nunca piense en el tuyo.
Porque, ¿cómo pensar
en eso cuya existencia
uno todavía no conoce?
Vos dejalo a él que corra solo hacia el instante
en que se estrelle contra su propia voluntad.
Ese día él va a levantar la mirada
y una duda va a paralizarlo: ¿Qué estoy haciendo acá?
Vos, entonces, silencio.
En silencio te va a tocar acercarte
y estirar los brazos
para darle un empujón desde la sombra
con una suavidad tal
que él no lo llegue a notar,
como si tus manos fueran viento o
una señal velada en el sueño,
y él pueda seguir su camino
pisando con firmeza el piso
y con el corazón abierto a todo
sin saber hacia dónde va.

 
 
 
 





lunes, 19 de diciembre de 2011



El tiempo fue hecho para ser desperdiciado

Estoy contento, salieron publicados dos cuentos del blog en una antología coordinada por Santiago Llach, para una editorial chilena. Lamentablemente no tengo ningún ejemplar, pero bueno, acá van las fotos del libro. Los cuentos son Las reinas del barrio y Ya soy un hombre.













jueves, 8 de diciembre de 2011

la puerta




Besala. Besala ahora, piensa Juan. Noelia, a un costado de él, mira la tele reclinada en el sillón. Besala. Sin avisar ni preguntar; inclinate encima de ella y besala.
El impulso es tan intenso que le hace retumbar el corazón. Pero al final traga aire y sigue pasando los canales.
Son las dos de la mañana, ya terminaron de ver la película, y una botella de cerveza vacía brilla en la mesa. Ya no hay motivos para que sigan ahí. Conversar, seguir conversando, no es una chance. Durante la cena hablaron durante más de dos horas. Fue una conversación agotadora, y la película también los agotó. Y ahí están los efectos: los dos mirando la tele, en medio de una atmósfera amodorrada, sin moverse en el sillón.
Al final Juan se pasa una mano por la frente. No hay nada para ver, dice, mirando la pantalla. La primera reacción de Noelia es cruzarse de piernas. Empieza a sacudir un pie en el aire; parece un gesto de impaciencia. ¿Y no tenés algo de música?, pregunta. Juan se rasca la rodilla. Pasa que no tengo equipo; por lo general escucho música en mi celular. Bueno, quizás haya algún canal de música en el cable. Me fijo, contesta él, y vuelve a apretar los botones del control remoto buscando los canales de música.
Mientras lo hace, mira a Noelia de reojo. Mira su pelo, su frente; el perfil de su mentón. Después baja la mirada, con disimulo, y también le vigila los pechos. Son redondos y parecen estar sueltos; es evidente que Noelia no trajo push up. Juan tiene un principio de erección. Los pechos de Noelia están ahí, al alcance de su mano, y al mismo tiempo a él no le está permitido tocarlos. Pero la sola idea de que la posibilidad exista es suficiente. Cuando Noelia levanta los brazos en el sillón, arqueando la columna vertebral hacia afuera, como desperezándose, la erección es completa.
Le gustaría que ella baje la mirada y lo vea. Su pantalón está hinchado y si ella pudiera ver esa imagen, probablemente las cosas se acelerarían siguiendo su curso natural. Para bien o para mal, llegarían al punto que él por sí mismo no se anima a tentar. Esto es lo que provocás en mí, le diría esa imagen a Noelia. No lo puedo ni disimular ni simular. Esto es lo que tu cuerpo genera en el mío.
Pero Noelia no parece notar la tormenta que hay a menos de medio metro de ella. Solamente dice: A ver, dejá este tema.
En el televisor hay una banda de rock que Juan no conoce, tocando un tema que él jamás en su vida escuchó. Está bueno este tema, ¿no?, pregunta Noelia. Sí, le contesta él. Entonces ella gira la cara y lo mira a los ojos por primera vez en varios minutos: ¿A vos también te gusta? Ese gesto a Juan lo agarra desprevenido. Se reclina en el sillón al mismo tiempo que se aclara la garganta, escondiendo con el movimiento su erección. Sí, pero hacía rato que no lo escuchaba, contesta, desviando los ojos.
Cuando Noelia vuelve a mirar la pantalla, Juan se siente desalentado. Siente que algo, en esa fracción de segundo, se rompió entre ellos. Noelia lo miró a los ojos, preguntándole si algo que a ella le gusta también le gustaba a él, y él no pudo soportar su mirada. Desvió los ojos enseguida, moviéndose con incomodidad en el sillón, y Juan es consciente de que una reacción como esa a una mujer no le puede pasar desapercibida. Un patito, piensa Juan. Habré quedado como un patito.
Dios, qué insoportable es la seducción.

**

Lo único que hago mientras cenamos es hablar de mí. Le hablo de mis viejos, de mis hermanas, de mi ex. Este pibe nada. Parece un autista. Un autista muy tenso. No mueve los hombros; los tiene como embalsamados. Yo, en cambio, me siento cómoda con la situación. El peso de la conversación depende de mí, y sé que él interiormente me lo debe estar agradeciendo.
La comida, qué decir de la comida. Yo le había avisado que era vegetariana y él me dijo que entonces iba a preparar un plato especial para mí. Cuando llegué descubrí que estaba haciendo fideos. No sé cuál es el concepto de "especial" que maneja este chico. En todo caso, él se apuró en aclararme que había intentado preparar una salsa de champignones que no prosperó. Así me dijo, literalmente: Que "no prosperó". Está perfecto por mí, le contesté.
Debo ser sincera: hay algo en este pibe que me gusta. Tiene algo que me llama. No podría decir qué. No se trata precisamente de que sea lindo (aunque los lindos nunca fueron mi tipo). Tampoco es de esos flacos que te entren por el carisma; al contrario, de entrada me pareció que lo avergüenza su forma de hablar. Que tiene cara de buen tipo, eso es seguro. Lo cual a estas alturas no sé si es bueno o malo. Desconfío de los que tienen cara de buenos. Créanme, hablo por experiencia.
No viene al caso contar cómo lo conocí. Es demasiado simple. Me lo presentó una amiga en una fiesta. Él parecía haber tomado de más. Se prendía un cigarrillo atrás del otro. A veces se iba y me miraba desde el fondo del patio. Me devoraba con los ojos; yo pensé: qué pajero; pero creo que lo hacía a propósito. Antes de irse me pidió el celular. Yo me las arreglé para darle solamente mi mail y después nos mantuvimos en contacto un par de semanas. Chateamos, y me gustó cómo escribía. No tenía errores ortográficos. Algo de valorar, hoy por hoy. Y cuando me invitó a cenar a su casa, yo le dije que sí, que iba a ser un gusto, pero a último momento se lo cancelé; no me acuerdo qué me había surgido. Pero a él no pareció molestarle el plantón; a la semana siguiente me volvió a invitar. Yo pensé: insistió, así que una de dos: o no tiene carácter, o tiene demasiado. Y como ninguna de mis amigas salía esta noche, le terminé diciendo: Está bien.
Así que acá estoy.
(Nobleza obliga, es mi deber aclarar: Sí, dije que no venía al caso contar cómo lo conocí, y al final lo hice. Pero así soy yo. No es mi estilo planear nada.)
Después de la cena él pone una película. Me dice que se la recomendaron. Que ganó un premio no sé dónde, y que las películas que ganan ese premio por lo general son buenas. Empieza con la escena de una vaca cruzando un campo. La escena durará cerca de cuatro minutos. Es solamente una vaca, se ve el horizonte atrás, con algunas nubes. Linda imagen, sí; pero hoy laburé todo el día, la luz está apagada y todavía no digerí los fideos. Así que es inevitable: durante la película me quedo dormida. De vez en cuando abro los ojos, y lo encuentro a Juan mirando la película con atención. No nota mis siestas. O por lo menos no me dice nada acerca de eso.
No tendría que haber comido tanto. Si después cojemos se me va a revolver el estómago. Pero igual ni idea. ¿Y? ¿Te lo garchaste o no?, me va a preguntar Romina mañana. No sé. Juan está bien, dentro de todo. Por lo menos parece un tipo limpio. Tiene la casa ordenada y las zapatillas impecables. Así que veremos qué pasa. No me quiero adelantar a las cosas. Ya lo dije: No es mi estilo planear nada.
La película solamente dura una hora y media, pero a mí se me hace una eternidad. Cuando termina Juan enciende la luz y yo tengo los ojos apretados. También debo estar despeinada. Pero me gusta mi pelo cuando estoy despeinada. Parezco una salvaje, una india dispuesta a todo. Juan me pregunta si quiero más cerveza y yo le digo que no. Suficiente cerveza por hoy. Él se sienta al lado mío, en el sillón. Bueno, llegó la hora de la verdad.
¿Hora de la verdad, dije? Bueno, nada de eso. Juan se sienta y empieza a hacer zapping. No hay nada para ver, dice. Pero igual no apaga el televisor. Yo me cruzo de piernas y empiezo a mover un pie en el aire. Ustedes no saben las piernas que tengo. Mis piernas y mis pies. Una belleza. Pero en ningún momento siento la tensión de su mirada observándome. Me pregunto: ¿Será gay? La situación es deprimente.
Al final me toca interrumpir el silencio. ¿Y no tenés algo de música? Juan me contesta: Pasa que no tengo equipo.
Bueno, esto es básico. No tiene equipo de música. No deben venir muchas mujeres a esta casa. ¿Qué pretendés, Juancito?, pienso yo. ¿Qué miremos la tele toda la noche? ¿O será que pretendés que sea yo la que avance primero?
Si es eso lo que está esperando este muchacho, que espere tranquilo, porque no va a pasar. Y no lo digo por hacerme la diva. Al contrario, cuando un pibe me gusta, cuando me gusta mucho, me importa muy poco que él sea hombre y yo mujer. Voy y lo avanzo directamente. Pero este no es el caso. No, decididamente no lo es.
Voy al baño, Juan, le digo, levantándome del sillón. Dale, me contesta él.
Pillo pensando en cuáles van a ser mis próximos movimientos. ¿Cómo zafo de esta? Bueno, Juan, muy rico todo, muy linda la película, pero me tengo que ir. No, en serio, perdoname, pero no me puedo quedar, mañana tengo que levantarme temprano. Sí, algo como eso. Si se lo toma a mal, me chupa un huevo. Esto es simple: Si hay química, bien; y si no, hasta la próxima.
Antes de salir del baño me acomodo el pelo de cara al espejo. Mi cara es un desastre. Ojeras, frente pálida. Parezco un muerto. Realmente me siento agotada. ¿Será que no le gusto? ¿Será eso? Cosas que una se pregunta acomodándose el pelo.
Pero cuando estoy lista para irme, pasa. Tiro del picaporte, y la puerta no se abre. Forcejeo durante unos segundos, agarro el picaporte con las dos manos, y tiro, y tiro, pero nada. Parece que está falseado.
Así que este es mi viernes a la noche, señores. Encerrada en el baño de Juan.
Creo que es importante decirlo, a estas alturas: hace poco tuve un episodio que me marcó. Se rompió el ascensor del edificio donde vivo y estuve ahí encerrada cerca de dos horas. Grité; nadie me fue a ayudar. Cuando por fin me sacaron, yo estaba llorando como una loca, y apenas volví a mi casa vomité. Y ahora, que forcejeo la puerta del baño de Juan, tengo muy fresco ese recuerdo. La puerta no se abre, es un cuartito diminuto, y poco a poco las paredes se empiezan a acercar. Un minuto más y es un hecho que las voy a tener encima.
Pero todavía me puedo contener, y no grito, solamente levanto un poco la voz para que él me escuche: ¿Juan?, ¿estás ahí?
Juan se acerca enseguida: Acá estoy. No puedo abrir la puerta, le digo. Él desde el otro lado me contesta: Correte un poco para atrás. Y empieza a empujarla. Durante unos segundos veo el picaporte que se sacude, cada vez que él le da un empujón, y después escucho que dice: Qué puerta de mierda.
Yo como única respuesta sonrío. Siempre sonrío cuando me estoy muriendo de los nervios. Apoyo las manos a un costado de la pileta y miro para arriba. Qué bajo está el techo. Pero no. No voy a caer en el pánico. En lugar de eso me acerco, agarro el picaporte y lo ayudo a Juan desde este lado a ver si podemos abrir la puerta entre los dos. Casi puedo ver la imagen: él empujando la puerta de un lado, yo tirando del picaporte del otro. La escena tendría su costado cómico si no fuera porque me estoy aguantando las ganas de llorar.
Al final Juan me dice: Cuidado. Y le mete un empujón tremendo a la puerta. Veo el picaporte que se vence, y un segundo después la puerta que se abre. Entonces aparece él, con la frente llena de transpiración, la remera arrugada y el pelo revuelto para todos lados.
Perdoná, me dice, me olvidé de decirte que hay que dejar la puerta entornada.
Yo respiro el aire puro que viene desde el pasillo. Respiro aliviada, hasta que miro para abajo y lo noto. Sé que es una indiscreción de mi parte, pero ¿cómo no notarlo? Está ahí: Juan tiene inflado el pantalón. Es tan evidente que durante una fracción de segundo lo miro totalmente desorientada. Él parece darse cuenta, y su primera reacción es agacharse. Se encorva a un lado de la puerta, simulando que está revisando el picaporte.
No sé por qué a veces se traba, dice, creo que es por la humedad, que infla la madera.
¿La humedad?, ¿la madera?, pienso: Qué comentario grotesco.
Pero no quiero torturarlo. Así que nada más le digo: No te preocupes, yo tampoco me había dado cuenta.
Juan, todavía sin levantarse, se corre a un costado para dejarme el paso libre. Si lo pudieran ver. Parece un cangrejo, corriéndose en cuclillas. Teniendo en cuenta que los dos sabemos lo que está pasando, la situación es bastante ridícula.
Yo lo espero en el comedor, mirando mi celular. Cuando Juan vuelve camina con normalidad. No hay rastros del episodio anterior. Yo le digo que me tengo que ir a mi casa. Que la pasé muy bien, que me gustó la comida y también la película. Juan me ofrece un café, yo le digo que no, y él no insiste. Nos despedimos con un beso en la mejilla. Espero que esto se repita, me dice sonriendo. No va a faltar oportunidad, le contesto yo.
Durante tres semanas Juan desaparece del mapa. De vez en cuando abro el msn como desconectada, pero su contacto no está. Tampoco me escribe. Yo, por mi parte, tampoco le escribo a él. Quizás se consiguió otra, pienso. Y está bien. Que haga lo que tenga que hacer. Cada uno persigue su estrella.
Y yo ya me olvidé del asunto, cuando este martes me llega un mail de él. Que la pasó muy bien la otra noche, me dice. Que le recomendaron otra película. Que quiere que la veamos juntos. Y me pone: "Dicen que está buena, pero si no te gusta la sacamos, así no te me quedás dormida de nuevo".
Yo sonrío de cara a la pantalla. ¿Así que se dio cuenta?, pienso. Bueno, al final no es tan desatento, este Juan. Al final no es tan colgado.
En fin, cerré el mail sin contestar y me fui a trabajar. Todavía no se lo respondí. No creo que vaya a verlo, igual. Salvo que no tenga nada que hacer ese día, no le veo sentido. Pero veremos. Veremos cómo evoluciona la semana. Falta para el viernes, falta todavía mucho. Y, ya lo dije, no es mi estilo planear nada.







domingo, 4 de diciembre de 2011



La mejor patada de la historia del fútbol






A veces me pregunto -jamás me lo pregunto, pero me parece un buen pie-, si el fútbol hubiera existido en el Renacimiento, a Miguel Ángel o a Da Vinci, por dar dos ejemplos célebres, ¿se les habría ocurrido pintar una escena tan dramática y anatómicamente compleja como la que protagonizaron Krupoviesa y Montenegro ese lejano 26 de marzo del año 2006? ¿Habrían podido visualizar una patada de semejante preciosismo estético?

La plasticidad de la pierna estirada, dividiendo la composición en diagonal. La rodilla en el piso, asentando el movimiento de los cuerpos involucrados en el impacto a un punto fijo. Y los brazos elevados del tucumano, sugiriendo en la perspectiva una línea de fuga hacia el cielo. Todos estos elementos confluyen a la hora de generar una escena única en la historia del fútbol.

La patada de Krupoviesa es la prueba más cabal del amor por la pelota. La prueba de la violencia despiadada y ciega que es capaz de ejercer un hombre al momento de defender ese amor.

Hoy Boca salió campeón después de tres años. Y estoy feliz. Orgulloso de lo que Boca transmite, de lo que en la cancha deja el equipo. Yo los domingos cuando los veo a los tipos que se tiran al piso casi sin aire, pero todavía con sangre, todavía con corazón, sin vacilar, sin rendirse nunca, me digo: Yo quiero jugar en la vida así.

Yo quiero correr hasta que me duela el cuerpo, hasta tragar sangre en el cuello, para después poder volver a casa y decirle a mi almohada: Yo hoy me sacrifiqué. Yo hoy hice bien lo que vine a hacer al mundo. Di todo lo que podía de mí.





lunes, 28 de noviembre de 2011




"Las tablas

Soñé que me encontraba en un desierto y que hastiado de mí mismo
Comenzaba a golpear a una mujer.
Hacía un frío de los demonios; era necesario hacer algo,
Hacer fuego, hacer un poco de ejercicio;
Pero a mí me dolía la cabeza, me sentía fatigado
Sólo quería dormir, quería morir.
Mi traje estaba empapado de sangre
Y entre mis dedos se veían algunos cabellos
-Los cabellos de mi pobre madre-
"Por qué maltratas a tu madre" me preguntaba entonces una piedra
Una piedra cubierta de polvo "por qué la maltratas".
Yo no sabía de dónde venían esas voces que me hacían temblar
Me miraba las uñas y me las mordía,
Trataba de pensar infructuosamente en algo
Pero sólo veía en torno a mí un desierto
Y veía la imagen de ese ídolo,
Mi dios que me miraba hacer estas cosas.
Aparecieron entonces unos pájaros
Y al mismo tiempo en la obscuridad descubrí unas rocas.
En un supremo esfuerzo logré distinguir las tablas de la ley:
"Nosotras somos las tablas de la ley" decían ellas
"Por qué maltratas a tu madre"
"Ves esos pájaros que se han venido a posar sobre nosotras"
"Ahí están ellos para registrar tus crímenes"
Pero yo bostezaba, me aburría de estas admoniciones
"Espanten esos pájaros" dije en voz alta
"No" respondió una piedra
"Ellos representan tus diferentes pecados"
"Ellos están ahí para mirarte"
Entonces yo me volví de nuevo a mi dama
Y le empecé a dar más firme que antes
Para mantenerse despierto había que hacer algo
Estaba en la obligación de actuar
So pena de caer dormido entre aquellas rocas
Aquellos pájaros.
Saqué entonces una caja de fósforos de uno de mis bolsillos
Y decidí quemar el busto del dios
Tenía un frío espantoso, necesitaba calentarme
Pero este fuego sólo duró algunos segundos.
Desesperado busqué de nuevo las tablas
Pero ellas habían desaparecido:
Las rocas tampoco estaban allí
Mi madre me había abandonado.
Me toqué la frente; pero no:
Ya no podía más."





("Las tablas", en Poemas y antipoemas, de Nicanor Parra.)




jueves, 3 de noviembre de 2011




Seguimos con la movida entrerriana


"... eso de producir fogonazos en la mente no conviene, es un tanto peligroso para la salud tomar significados muy distantes, juntarlos y hacerlos reventar en el intelecto, después te duele la cabeza y el lenguaje, al fin, arrastra enfermedades que va depositando en el cerebro en forma de sarro-canción, estallidos de las sinestesias de todos estos años de trabajo."



**


"Métodos para la danza

Guadalupe, Gustavo
estoy agitando un paraíso
en el patio
de mi casa.

Crecerá y dentro de
quinientos años
hablaremos y tomaremos
adentro de la sombra."



**


"Lamborgiano

Al volver cansado a mi casa
escucho a las busconas de Moreno,
putas de risa horrible,
que trabajan en invierno cagándose de frío.
Y al pasar cerca de ellas me atraviesa el perfume
venenoso que se untan.
Mi vida no puede continuar de esta manera,
pero continuará; cuando era chico quería ser
el que soy, y estaba contento.
Ahora ya soy el que soñé y el perfume
venenoso de las busconas me empuja
al fondo de mi casa, a pensar en el niño
que quería ser el que soy en este momento."





(El primero, fragmento de "Durán, deberías estar escribiendo...". El segundo poema ya tiene el título ahí. Lo mismo el tercero. Los tres textos están en el libro El estado y él se amaron, de Daniel Durand. Y debo decir: me pasó algo muy raro con este libro. Lo lei al mismo tiempo que Entrerrianos, de Damián Ríos -o digamos en la misma semana-, y las dos voces se me mezclaban. Leía el libro de uno pensando que estaba leyendo el del otro, hasta que se me pasaba la confusión y me daba cuenta, y así. Los dos libros son como hermanos mellizos, o como ese par de amigos que se conocen desde hace años y pueden mirar el piso sin hablar adentro de la espuma de una sola borrachera. Son tipos que escriben como si no supieran escribir, o como si no supieran escribir a la manera del lenguaje literario estándar; pero hay que fijarse nada más en el laburo que hacen con la sintaxis por abajo del tono coloquial para notar la mochila llena de kilos y kilos de literatura que los dos tienen encima.) 





miércoles, 26 de octubre de 2011



Ciudad

En la vereda de la avenida
llena de gente
se ve de todo esta tarde
mientras paso escuchando música
en mi celular.

Hay tantas especies de animales
en la naturaleza
como especies de hombres
y mujeres
en esta calle.

La ropa. Los rasgos. La forma
de hablar.

Ese oficinista
que usa la palabra
fantástico.
Esa rubia
de plata bronceada palermitana
que pasa autista inundando
la esquina de su aroma
a otro idioma.
Y el aroma del mendigo
aplastado en la vereda
con el pensamiento también a su vez 
aplastado
en una gramática
de agua dura que se le deshace
entre las grietas del cuerpo.

Es como un zoológico a la intemperie
del azar; yo voy y contra mi voluntad veo
los carteles que rezan
a los pies de cada ejemplar
el nombre de una especie en general.

Me pregunto cómo hacer
para regalarle
virginidad a mis ojos.

Ver cuerpos, animales
y no adjetivos.
Ver nada. Nadie. 
Ver el azar.

Mi vecina siempre le da de comer a un perro
con sarna que apareció tirado una tarde
en la esquina de la cuadra de mi casa.

El mendigo es un perro que puede morirse
varios días seguidos
antes de que lo venga
la policía a levantar.

Era así, y no me lo pregunto; pero
cuando aparezcas vos, amor
mío, yo quiero tener una mirada
que solamente vea tu nombre
y gracias a tu nombre
más.

Que tu nombre haga un agujero
en la multitud
y me deje ver desde ahí
los cuerpos de las personas flotando
en el agua del mundo
como los peces que ahora hay nadando
en el fondo del mar.



domingo, 23 de octubre de 2011


El cuerpo en la escritura

"Las pocas veces que escuché mi voz grabada, por ejemplo en un contestador, no dejé de reconocerme pero al mismo tiempo me extrañé. Quiero decir que reconocía mi voz ahí y lo que había querido comunicar, pero hubiera necesitado un buen ecualizador y saber un poco de sonido para lograr que esa voz que en ese momento escuchaba sólo con los oídos se pareciera un poco más a la que me escucho con todo el cuerpo cuando hablo. Un trabajo parecido me espera ahora: lograr que estos capítulos que te fui pasando por abajo de la puerta, y en los que reconozco mi voz, se parezcan más a la voz que me escuchaba con todo el cuerpo frente al teclado, la vista clavada en el viejo monitor Samsung."




(fragmento de Entrerrianos, de Damián Ríos. Gran, grannn novela.)



domingo, 9 de octubre de 2011


La música de Zelarayán


"Todavía no sé por qué mataste a la iguana
Yo que la iguana me hubiera vuelto iguanote,
iguanodonte...
(su antepasado remoto averiguado)
y entonces te hubieras visto obligada
a protegerte en mis brazos
para refugiarte del iguanodonte.
Tal vez yo hubiera muerto,
pero no importa.
Tal vez yo hubiera matado al iguanodonte
y seguiría siendo el picaflor.
El picaflor para libar esa miel
del capullo de tu boca...
Y vos seguirías siendo la rosa roja,
rosa roja encendida
como la sangre de la iguana que mataste,
vaya uno a saber por qué.
Después de eso hubo silencio,
el mayor silencio,
tanto, que ahora
yo me quedo en silencio.
Un silencio que se reproduce
        inesperadamente...
pero siempre".






(Fragmento de "A la que no fue, pero pudo ser, la hasta ahora siempre ausente", en Ahora o nunca, de R. Zelarayán. En ese libro él también dice esto, sobre cómo escribe:
"Mi agradecimiento es para la gente que habla, la gente que se mueve, mira, ríe, gesticula... para la gente que constantemente me está enviando esos mensajes fuera de contexto, esos mensajes que escapan de la convención de la vida lineal y alienada. 
Las conversaciones de borrachos son a veces obras maestras del sinsentido, del puro juego de los significantes. Mi agradecimiento también. 
La música es un lenguaje de puros significantes, es el gran arte. Y yo me muero de envidia, porque en realidad soy un músico fracasado. Pero la música, en especial el jazz moderno en permanente evolución, ha sido y es lo único que me ha enseñado la verdadera estética operativa".)

jueves, 8 de septiembre de 2011


Mar


Cuando tenía
cuatro años
mamá me llevó
a conocer a papá.
En la playa, a un costado
de los acantilados,
habia un árbol.
Una soga
atada a una de las ramas
bailaba
con el viento.
Era un día de sol
que me gustaba.
Papá tomó solo
hasta toser sangre
y morirse.

A los treinta vuelvo.
Ya no le digo papá
a su recuerdo.
Ahora papá
es mi viejo.
El árbol
con la soga
sigue ahí.
Mi viejo tenía los ojos hundidos y me dijo:
El tiempo
no pasa nunca.
Nunca.
Mi mujer
me mira sin hablar
y después nos quedamos mirando las olas
de la mano.

 


domingo, 4 de septiembre de 2011



Dominio

Nostalgia de goma espuma empapada.
Alegría, una pulpa de melón.
El deseo que cae, que chorrea como un aceite.
Qué sé yo si el nombre se corresponde
con lo que siento.
Si lo que se entiende por tristeza o alegría
es lo que estoy sintiendo en esta parte del día.
Qué sé yo cómo me siento cuando me lo empiezo a preguntar.
Pero soy una caja, un vaso, cualquier cosa
que guarde, soy eso, mi cuerpo, y cuando quiero,
cuando pinta, cuando se me canta, está,
me saco la goma espuma, o el aceite, o la pulpa
de adentro del cuerpo, y quedo vacío, listo, soy
nada más una cosa
con pantalón, remera y calzoncillo.
Qué paz.




domingo, 28 de agosto de 2011




Autoayuda

"En el pasado soñábamos con poseer el corazón de una mujer de la que estábamos enamorados; más adelante, sentir que poseemos el corazón de una mujer puede bastar para enamorarnos de ella. Así -a la edad en que, como buscamos en el amor sobre todo un placer subjetivo, podría parecer que debería predominar en él el gusto por la belleza de una mujer- puede nacer el amor -el más físico- sin que haya habido en su raíz un deseo previo. En esa época de la vida, ya hemos sido varias veces presa del amor; ya no evoluciona por sí solo -y siguiendo sus propias leyes desconocidas y fatales- ante nuestro asombrado y pasivo corazón. Acudimos en su ayuda, lo falseamos con la memoria, con la sugestión. Al reconocer uno de sus sistemas, recordamos y hacemos renacer los otros. Como conocemos al dedillo su canción, grabada enteramente en nosotros, no necesitamos que una mujer nos anuncie su comienzo -colmado por el arrobo que inspira la belleza- para encontrar la continuación y, si comienza por el medio -donde los corazones se acercan, donde se habla de vivir ya uno para el otro exclusivamente-, estamos lo bastante habituados a esa música para unirnos enseguida a nuestra pareja en el pasaje en el que nos espera". 



(Fragmento de En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust. Digan lo que digan, cada día estoy más convencido de que la literatura, incluso la más culta (o digamos celebrada), así como la filosofía y demás formas del arte, en el fondo cumplen la misma función que la autoayuda. El consuelo, lo pedagógico, el guiño premonitorio: "Estate atento, vos, que esto es lo que te va a pasar". Sí, en Proust está el placer de recorrer la arquitectura, el firulete sintáctico, por ende semántico, etc; Bucay o Rolón, en cambio, van directo a los fideos, para los que no tienen tiempo para ponerse a descifrar, para los que buscan las cosas ya cocinadas. No digo que una cosa sea mejor que la otra. Mi abuelo ya me lo explicó una tarde, cebando mate: "No todos tienen tiempo para ponerse a estudiar. No todos tienen esa chance".)



domingo, 21 de agosto de 2011













Homenaje a José


Zidane vos jugabas al fútbol como un conocido mío

del barrio que se llamaba José

y que era sordomudo y que siempre

estaba parado en la puerta de la canchita

donde jugábamos cuando éramos pibes

con los muchachos

y nadie sabía de dónde era este José ni cuántos años tenía

o qué hacía de su vida cuando no jugaba con nosotros

pero sí que se llamaba José porque una tarde

el dueño del club nos los dijo, que se llamaba

José y que era sordomudo y que la re movía

y a nosotros nos faltaba uno así que le chiflamos,

che gil, es sordo, qué le chiflás, pescado, andá a buscarlo,

y José esa tarde jugó al fútbol con nosotros,

para nosotros,

un misterio cómo se ubicaba en la cancha

sin perder el equilibrio,

flaquito, pelo largo, bastante alto, cara de

ganso,

tenía pegadas las puntas de los botines con cinta

scotch y una casaca

de Chaca toda despintada,

zarpado, José, cómo jugabas,

te plantaste en la mitad de la cancha, ya de entrada

la pediste aplaudiendo y te la dimos a ver qué onda

con vos pocahontas

y vos levantaste la cabeza y nos miraste

y pum, a amasar la bocha, con la mirada distraída,

parecía que no estabas ahí, o que la tenías

pero como pensando en mamá, en tu novia

en la coca, o en la birra, tenías

una mirada perdida

de sordo pensante enamorado de la vibra

de los colores y las luces, y del tacto

de tus pies mansos mientras coqueteabas con la bocha,

y te iban con lástima, al principio, los del otro equipo

pero después ya te iban a buscar con saña,

por atrás, con la gamba a la altura de tu espalda

y no había forma, primero para un lado, después

para el otro, no había forma, los cristianos

seguían siempre de largo por el piso,

estabas como medio segundo adelantado

en el tiempo nebuloso y chorreante del partido,

adivinabas nuestros movimientos, sabías

para dónde íbamos antes de que lo supiéramos nosotros,

correcaminos de mierda, la bocha

era una prolongación de tu cuerpo en el espacio,

te parabas en la mitad de la cancha y dirigías

como un árbitro el destino de la banda

que coordinabas con la sola pulsión

de tu zurda autoritaria,

nos enseñabas a tratar a la bocha con amor y con respeto,

era el amor la bocha y vos no la buscabas nunca;

fluía, flotaba; más bien la bocha te encontraba.

Nada más que cuando el partido terminaba

el flaco se transformaba, se encorvaba, perdía

el porte de galán de teatro que ofendía,

se volvía una cosa asustadiza, tímida,

se iba apurado al trotecito y nunca saludaba

y cuando lo cruzábamos por la vereda lo mismo,

se enamoraba del piso y te esquivaba.

Hasta que una tarde dejó de aparecer, de un día

para el otro dejó de estar José

parado en la puerta de la canchita con su mambo

y nosotros tardamos varios sábados

en darnos cuenta de eso, recién

cuando faltó uno y lo buscamos

y José no estaba ahí

con las manos

colgadas del alambrado

mirando cómo jugábamos,

y al otro sábado tampoco, y tampoco

al otro, José ya no venía,

ya no vino, ya no volvió

a patear y a ordenar a la manada

de vacas atadas que éramos los sábados,

director de orquesta que humillaba

y deleitaba a compañeros y rivales por igual.

Bueno,

de ese pibe me acuerdo

cada vez que veo un video de Zinedine Zidane.





miércoles, 17 de agosto de 2011





"El teatro de la crueldad no será, pues, un teatro del inconsciente. Casi lo contrario. La crueldad es la consciencia, la lucidez expuesta. «No hay crueldad sin consciencia, sin una especie de consciencia aplicada.» Y esta consciencia vive realmente de un asesinato. Lo hemos sugerido más arriba. Artaud lo dice en la Primera carta sobre la crueldad: «Es la consciencia lo que le da al ejercicio de todo acto de vida su color de sangre, su tonalidad cruel, puesto que se comprende que la vida es siempre la muerte de alguien» (IV, p. 121)".



(de J. Derrida, en "El teatro de la crueldad y la clausura de la representación". Derrida es más un poeta, que un filósofo, como todos los posmos; de a ratos me da la sensación de que delira, o de que con su sistema, sus nombres, hace lo que quiere. De lo que leo de él solamente entiendo o me quedan trechos, pero trechos que disfruto mucho, como este que puse arriba. La crueldad, entonces, es la consciencia; eso es lo cruel que tiene vivir, la consciencia de que la vida siempre significa la muerte de alguien.)




martes, 9 de agosto de 2011





Gracias al maese del nadador que banca a los desvaríos, en esta página: los ninjas del amor


Ahí hay también buenas cosas para leer, para los que se quieran dar una vuelta.







cuando voy a bailar, las chicas me dicen que danzando me parezco al pibe que sale a la derecha del video, me dicen que tengo un swing parecido.








miércoles, 27 de julio de 2011

ya soy un hombre



El Negro había comprado cerveza, vinos, sidras, de todo. Pero a eso de la una, cuando el baile ya iba queriendo, empezaron a caer pibes de todas partes, pibes del barrio que ni sabían que era el cumpleaños del Negro, pero que habían escuchado la música y habían visto a las minitas bailoteando en la terraza, y se empezaron a mandar a la casa sin drama, a brindar y a saludar.

Chupaban como cristianos. A las tres ya no había nada de alcohol y las minitas nos miraban muertas de sed.

El Negro juntó dos cajones de botellas vacías y con un par lo acompañamos a buscar un kiosco. Fuimos en el coche del Chino. El Chino se comía todos los pozos y cada dos cuadras clavaba los frenos y sacaba el Fiat arando, para mostrarnos lo que es la calidad, y el auto salía a los pedos.

En una nos cruzamos con un kiosco. Pero el Negro lo miró de reojo al Chino y le dijo que siguiera de largo. Qué pasa. Nada, le dijo el Negro, pero seguí. Y por qué acá no. En la puerta del kiosco había un par de pibes fumando. ¿No entendés cuando te dicen que no?, le dijo el Negro. Pero primero explicame por qué, le contestó el Chino. Qué te importa, no te pongas pesado y seguí. El Chino se quedó mirándolo un toque. Pero el Negro le mantuvo la mirada y al final el otro cabeceó y lo puteó en voz baja, y arrancó de nuevo el auto.

Ya estaba bastante picado, el Negro. Nosotros nos dimos cuenta cuando prendió una tuca y se la fumó en cinco o seis pitadas, casi sin respirar. Después sacó la cabeza por la ventanilla y apoyó la cara en el viento. El Chino lo veía así y le decía ponete media pila, Negro de mierda, decime para dónde vamos, a ver, decime para dónde querés ir, y el Negro nada más levantaba una mano sin abrir los ojos y le señalaba la nada que había en la oscuridad. Para allá. Vos seguí por allá.

Este está re loco, nos decía el Chino. Pero igual seguía manejando para donde le decía el Negro.

Así que dimos varias vueltas más, girando para donde nos iba señalando el Negro, nos íbamos metiendo en calles cada vez más oscuras, hasta que llegamos a la calle más oscura de todas, y ahí al Negro como que se le pasó la modorra que tenía encima y se levantó en el asiento y dijo: A ver, gil, frená acá. El Chino lo miró de reojo. ¿Acá? Acá, le contestó el Negro. Y no bien el Chino frenó el auto, el otro abrió la puerta y se bajó.

De un lado de la calle estaba todo lleno de casas oscuras. En la manzana de enfrente solamente había un paredón. No se veía un alma. Nosotros pensamos que el Negro se iba a poner a vomitar. Pero el loco se bajó del auto como si nada y caminó hasta una de las casas y tocó el timbre. El Chino lo fue a buscar enseguida. ¿Qué hacés, pancho? Hay un kiosco acá, le dijo el Negro. Pero está cerrado, gil. El Negro no contestó. ¿Me escuchaste, drogui?, está cerrado, le decía el Chino. Pero el Negro miraba la puerta con una mano apoyada en la reja, y ya no escuchaba nada.

En la pared de la casa había una imagen de Cristo. Con la poca luz que había casi ni se veía. Pero el Negro se colgó mirando la imagen como hipnotizado, y recién se despabiló a los dos minutos, cuando se dio cuenta de que nadie le abría, y ahí tocó el timbre de nuevo. Esta vez lo tocó un rato más largo; el timbre silbó solo en medio de la noche; un par de perros en la cuadra se pusieron a ladrar. Nos van a cagar a tiros, empezó a decir el Chino. No pasa nada, le contestó el Negro. No pasa nada. Y no lo había terminado de decir, que vimos que las luces se prendían adentro de la casa, y que una sombra pasaba por los agujeros de la persiana donde brillaba la luz. Y ahí la puerta se abrió, y apareció un viejo.

Era un viejo todo arrugado, en musculosa. No abrió la puerta del todo, solamente se quedó mirando al Negro desde ahí. ¿Quién es? Soy yo, le dijo el Negro, enderezándose en la vereda: Soy Diego. Al principio el viejo no movió un pelo. Pero después abrió la puerta. Eso nos sorprendió. El viejo abrió la puerta y caminó un paso, después otro, acercándose al Negro con los ojos medio cerrados, como estudiándolo, todo despeinado, hasta que su cara apareció iluminada a la luz de uno de los postes que había en la calle. El Negro apoyó las manos en la reja y le dijo:

-Soy Diego, ¿no te acordás de mí?

El viejo lo miraba, parado a un costado. y el Negro le dijo:

-Soy tu nieto.

A la puerta también se había asomado una mujer. Nosotros la miramos desde donde estábamos, y ella también nos miró a nosotros, y después lo miró al marido. El viejo ya había abierto la reja de la entrada y ahora estaba en la vereda, parado enfrente del Negro. El Negro sonreía; los dientes le brillaban en la oscuridad. Hoy cumplo años, le dijo. El viejo tuvo que levantar la cabeza para mirarlo. Ah, ¿sí? Sí, le dijo el Negro. ¿Y cuántos cumplís? Dieciocho. Dieciocho años, abuelo, le dijo el Negro. Estamos haciendo una fiesta en casa, y nos quedamos sin cerveza, dijo después, ¿vos tenés? ¿Cerveza?, le preguntó el viejo. Cerveza, sí, le dijo el Negro, yo soy un hombre, ya. Ahora tomo cerveza. ¿Vos tenés para vendernos, abuelo? El viejo lo miró un segundo, vio la sonrisa de borracho del Negro, y después cabeceó y le hizo un gesto a la mujer. Gorda, traé cervezas. ¿Qué? Que traigas cervezas, le dijo.

Cuando la mujer entró a la casa, el Negro y el viejo se pusieron a hablar abajo de un árbol. Nosotros no podíamos escuchar lo que se decían. Pero el que más hablaba era el Negro. A veces se largaba a reír, y cuando movía los brazos riéndose tambaleaba, y los ojos se le perdían. Estaba regalado. El viejo pareció avivarse de eso, y lo único que hizo fue dejarlo hablar. Lo escuchó un rato sin moverse, pero no bien el Negro se quedó callado se dio vuelta y se puso las manos en los bolsillos, y le dijo que la iba a ayudar a la mujer a buscar las cervezas. Bueno, te dejamos los envases acá en la puerta, le gritó el Negro, cuando el viejo ya se había metido. Y nosotros nos acercamos y fuimos dejando los envases de cerveza vacíos a un costado de la puerta. ¿Conseguiste la birra, Negro?, le preguntó uno. El Negro se hizo la señal de la cruz, mirando la imagen de Cristo. Sí, zapato, le contestó después: Eso ya está.

El viejo salió de la casa enseguida. Salió con dos cajones llenos y nos los pasó. La mujer no volvió a aparecer. Solamente salió el viejo y cuando el Negro le preguntó cuánto era, mientras nosotros subíamos los cajones al auto, el viejo le contestó: Nada. En serio, abuelo, ¿cuánto? Nada, le dijo el viejo de nuevo, llevalas tranquilo.

Nosotros vimos desde adentro del auto cómo se despedían. El Negro primero le dio un beso en la mejilla, pero después le dijo algo al oído y lo abrazó. Lo abrazó y empezó a darle palmadas en el hombro, en la espalda. El viejo no entendía nada. Solamente sonrió cuando el Negro le tocó la nariz, y después entró a la casa con los cajones de envases vacíos, caminando lerdo, medio encorvado, y el Negro lo miró desde la vereda hasta que el viejo estuvo adentro de la casa y cerró la puerta, y recién ahí se subió al auto con nosotros. Vamos, gil, fue lo primero que dijo.

Pero antes de llegar a la casa, a las cuatro o cinco cuadras, tuvimos que frenar el coche otra vez. Frenamos el coche en una esquina y el Negro abrió la puerta y sacó la cabeza, todo doblado en el asiento, y empezó a vomitar. Me manchás el tapizado y te rompo el culo a patadas, le dijo el Chino. Pero el Negro largó todo lo que tenía que largar afuera, en la calle. Cuando terminó, cerró la puerta y se acomodó en el asiento. ¿Ya estás bien, pescado?, le preguntó uno. El Negro no contestó. El Negro nomás se limpió la boca con la manga de la remera y miró para adelante con un ojo cerrado. Desde los cinco años que no lo veía, dijo. ¿Qué?, le preguntamos nosotros. Pero el Negro ni nos miraba. Desde los cinco años, decía.





domingo, 24 de julio de 2011

las reinas del barrio


No sé si se llamaba Claudia, pero en el barrio le decían la Clau. Todos los días la Clau la llevaba a la hija al colegio en moto. Iban en una Zanella de las viejas, con el escape todo roto; cada vez que pasaban en la calle quedaba flotando un chorro de humo negro. La Clau todas las mañanas la llevaba a la nena al colegio; después, a eso de las cinco, la pasaba a buscar.

La nena, según me dijo mi hermano, fue de lo más lindo que se haya visto en el barrio. Tan linda que verla te amargaba. Ojos claros, pelo castaño, tirando para rubiecita. Y diminuta, muy delicada, casi no daba sombra, esa chica, me contaba mi hermano, que la conoció.

Nada que ver con la madre. La madre parecía hecha en un planeta distinto. Una morocha gigante, redonda, pero con todo bien puesto en su lugar. Tenía un lunar encima de la boca. Cuando caminaba por la vereda, los tipos siempre dejaban todo lo que estaban haciendo nada más para verla pasar.

La Clau no se despegaba de la hija un segundo. Para llevarla al colegio o traerla, para hacer las compras, o lo que sea; siempre iban juntas, de la mano, las dos reinas del barrio, pasaban y pasaban adelante de todos sin prestarle atención a nadie. Era como si no tuvieran ojos. O como si tuvieran ojos que miraran para adentro, más que mirar para afuera.

Mi hermano fue al colegio con la nena de la Clau un par de años, antes de que la madre y ella se mudaran, antes de que se fueran del barrio y no volvieran nunca más. Él me contó que un día una de las compañeras de curso se le paró enfrente a la nena y le preguntó de qué trabajaba la Clau. Se lo preguntó en un recreo, y todos los que estaban ahí se quedaron callados, a ver qué contestaba. Pero la nena no contestó nada. La nena nada más se dio vuelta y se fue sin ni siquiera mirarla a la chica.

Mi hermano me dijo: La nena de la Clau siempre fue la más linda del colegio, la más linda de su cuadra, la más linda del barrio entero. Siempre fue la más linda de todas en todos lados. Ella contra eso no podía hacer nada. Y las compañeras del curso la envidiaban a morir.

Tenía once años, en ese momento, pero ya se movía como una mujer. Parecía una inglesita, toda diminuta, petisita. No le daba bola a nadie. En los recreos siempre andaba mirando paredes, techos. Y si vos te acercabas, ella se las arreglaba para que vos dejaras de estar ahí. Estábamos todos locos por esa piba, me decía mi hermano, ya de chica era una de esas minas que nunca se puede saber qué piensan.

Para mí que a eso lo heredó de la Clau. La Clau era así. Con los tipos hacía lo que quería. Me acuerdo de un amigo mío, por ejemplo, que quiso largar todo para irse a vivir con ella. El tipo estaba casado, tenía hijos, pero ya no le importaba nada. Estaba como ciego. La iba a ver todos los fines de semana, y le decía que la quería salvar, que la iba a ayudar a cambiar de vida. Casate conmigo, le decía mi amigo, no quiero que trabajés más de esto. Pero a la Clau todo eso le daba risa. Soy puta porque me gusta, patito, le contestaba. Así que a ver si me dejás en paz.



martes, 19 de julio de 2011

marta


Cerca de donde vivo hay una vieja que se llama Marta. Parece que no tiene familia, ni amigos, porque nunca se ve que alguien la vaya a visitar o que ella salga a visitar a alguien. De su casa Marta solamente sale para regar las plantas que tiene en el frente. Todos los días a las seis de la tarde ella está ahí, atrás de las rejas, regando con una calza violeta, desteñida, y el pelo todo duro, atado con una gomita.

Mientras riega Marta siempre se pone a insultar. Insulta a políticos o famosos muertos, mirando las plantas, o si no suelta la manguera y cuelga las manos de las rejas y nos empieza a putear a nosotros, a los que justo estamos pasando por ahí. Todos ustedes son unos hijos de puta, nos dice. Unos hijos de puta. Lo dice gritando, con las venas marcadas en el cuello, y los ojos medio salidos para afuera.

Pero ya nadie la toma en serio. Algunos pibes se acercan con puñados de tierra o de basura y se los tiran en la puerta estando ella ahí, y le gritan vieja loca, vieja loca, y después se van corriendo, chistándose entre ellos, mientras la vieja con la cara pegada a las rejas les tira con el chorro de la manguera.

Hace poco José me contó cómo fue que la vieja terminó así.

Me contó que Marta antes no era así. Que Marta cuando no era vieja ni estaba loca era una santa. Una santa que además estaba más buena que el pan. ¿En serio? Sí, me contestaba José, y todavía se le nota, vos mirale los huesos que todavía se le nota. Que Marta antes estaba muy bien, me decía José, y que antes vivía en la misma casa que ahora pero con el marido. Con un tipo que durante su vida había hecho de todo, menos laburar. Que tenía el pelo largo, atado con cola de caballo, y se afeitaba la barba estilo candado. Que hablaba muy amanerado, que por eso en el barrio todos pensaban que era puto. Se llamaba Ángel. Y Marta había rechazado a un tipo de mucha guita, de familia bien, para casarse con él.

Pero a los pocos años de vivir juntos, Ángel se jodió. En su momento hubo muchos rumores sobre eso. Uno decía que le había agarrado epilepsia. Otro, que la falopa lo había terminado de doblar.

El tema es que Ángel fue perdiendo el sentido de la realidad. Vos le hablabas y el tipo estaba como ido, me contaba José. El tipo salía a caminar y se colgaba dando vueltas por el barrio, y si vos lo mirabas se quedaba quieto y te miraba, te miraba un rato y no hacía nada más que eso. No tenía alma.

Marta siempre lo acompañaba al hospital. Se tomaban el colectivo bien temprano a la mañana, y después en el centro tenían que tomarse otro. Al tipo empezaron a medicarlo. Pero no sirvió de nada. Ángel estaba cada vez peor. A lo último ya se levantaba de noche, mientras la mujer dormía, y salía a la calle como un sonámbulo. Salía con un pantalón corto, en cuero y descalzo. Los que se lo cruzaban se pegaban un susto bárbaro. Decían que parecía un fantasma, todo flaco, pálido, casi desnudo, caminando sin dejar de mirar el piso, con los brazos estirados a lo largo del cuerpo.

Cuando Marta se despertaba y veía que el tipo se había levantado salía corriendo a buscarlo. Iba y siempre lo encontraba caminando al azar, o durmiendo en alguna vereda. A veces Ángel no reaccionaba y ella tenía que arrastrarlo varias cuadras. Esa mujer era un corazón, me contaba José. Así como la ves. Un corazón, era.

Marta se rompió el lomo por el tipo. Ella le pagaba los medicamentos, la comida, todo. Llegó a tener tres laburos a la vez. Se iba a trabajar cuando todavía era de noche, y volvía cuando ya se terminaba el día. Y para que el tipo no pudiera salir, para que el tipo no se mandara ninguna cuando ella no estaba, lo dejaba encerrado. Cerraba con candado la reja de la entrada, y Ángel lo único que hacía cuando estaba solo era sentarse a mirar los autos que pasaban por la calle. Se sentaba entre las plantas y las flores que había puesto Marta a un costado de las rejas, y no se movía de ahí. Con los muchachos le gritábamos de todo. Para jorobarlo, nada más. Puto. Mantenido. Falopero de mierda. Pero el tipo ni escuchaba. Estaba como en otro mundo, me contaba José.

Hasta que una noche, era verano, se pudrió todo en esa casa. Debían ser más de las doce. Marta había salido a comprar no sé qué, y se olvidó la puerta sin llave. Entonces el tipo salió. Caminó dos cuadras, se metió a un descampado, era el terreno de un viejo de mucha guita, un alemán que siempre andaba calzado. Y lo mataron. Al tipo lo mataron ahí nomás.

En el juicio el alemán dijo que no lo había reconocido. Que como estaba todo oscuro, y Ángel no contestaba, no tuvo forma de saber que era él. Encima estábamos en una época jodida, me contaba José, empezaba el mambo de los saqueos, se decía que los negros se nos iban a meter en las casas en cualquier momento. Y el alemán no tuvo drama, le metió tres corchazos. Dos en el pecho y uno en el estómago.

–Así que el tipo se murió como vivió –me dijo José en el bar–: Como un pelotudo.

–Mirá vos –le contesté yo.

Le di la razón a José, en ese momento.

Pero después, no me acuerdo cuánto tiempo había pasado, me llegó otra versión. Una versión de la muerte de Ángel distinta a la que José me había contado.

Según esta versión, Ángel sí se cayó al piso después de los tiros, pero no se murió ahí, no se quedó ahí tirado, sino que se arrodilló entre los yuyales del descampado y empezó a gatear, que gateando hizo las dos cuadras de vuelta hasta la casa. Que se arrastró hasta la puerta de la casa y que apoyó la espalda contra la reja y que esperó ahí sentado a que llegara la mujer para morirse. Y que al otro día cuando salió el sol se veían los hilos de sangre que el tipo había dejado mientras se arrastraba por las veredas.

Yo no sé con cuál de las dos versiones quedarme. Pero desde que escuché la segunda a Marta la empecé a mirar con otros ojos. La vieja todos los días cuando sale a regar las plantas del frente nos putea a los que pasamos por la vereda. Nos putea de una manera que tá, pareciera que el marido sigue ahí, derrumbado en el piso, y nosotros fuéramos los locos que van y vienen sin ver, sin hablar, sin mover un solo pelo para ayudarlo.






 

martes, 12 de julio de 2011





hoy quiero soñar con una mujer así.

ser el tiempo. 

que me sostengan mientras vuelo.












 

(De Romina Ciaponi. Para más pinturas, entrar acá.)