viernes, 14 de enero de 2011



El subconsciente hace lo que quiere 

Iván Alexievich, el protagonista del asunto, viaja a Peterbursgo para celebrar la luna de miel con su  flamante esposa. En cierto punto, el tren hace un parate en Bangalore, y el tipo se baja, exultante, feliz por el casamiento, y brinda con una copita de coñac mientras su mujer lo espera en el vagón. Tan feliz está, que decide tomarse otra copita, y para cuando quiere darse cuenta el tren ya está saliendo y él tiene que perseguirlo a la carrera y subirse de un salto.

Una vez arriba del tren, mientras medio mareado busca el vagón donde su amada lo aguarda, se cruza con Petro Petrovich, un viejo conocido, y empieza a conversar con él. Iván Alexievich le cuenta la buena nueva (me casé, loco, me casé, le dice), y está tan efusivo o mamado a esas alturas que habla y demuestra su felicidad a los gritos, de tal manera que a los pocos minutos ya es el centro de atención del resto de los pasajeros. 

El tipo, en una, les dice:

"Soy feliz hasta lo absurdo. Ahora mismo debería estar en mi vagón, porque en un rincón del mismo me espera un ser humano que se consagra a mí con toda su alma. ¡Mi adorada! ¡Mi ángel! ¡Mi alma! ¡Flor de mi  vida! ¡Tiene unos pies tan graciosos! Son tan finos, tan delicados, casi una obra de arte. Quisiera comérmelos. Usted no comprende estos asuntos; es un materialista que todo lo examina; todos ustedes me parecen unos simples solterones; pero en cuanto lleguen a casarse, se van a acordar de mí". 
 
Entonces uno de los pasajeros, viéndolo tan dichoso, tan aligerado y seguro de sí mismo, le pregunta cuál es la fórmula para alcanzar la felicidad, la misma felicidad que el susodicho rezuma por cada uno de sus poros. El tipo, haciendo equilibrio, le contesta:
 
"-No es nada complicado. La Naturaleza dicta que el hombre, en cierta etapa de su vida, debe amar. En ese momento, debe amar con toda su pasión. Pero nos negamos a obedecer la ley de la Naturaleza. Siempre estamos a la espera de otras cosas. La ley afirma que toda persona normal ha de casarse. No hay felicidad sin casamiento. Cuando aparece la oportunidad, ¡a casarse! ¿Por qué titubear? No obstante, ustedes no se casan. Circulan por oscuros senderos. Y debo añadir: las Sagradas Escrituras dicen que el vino alegra el corazón humano. ¿Quieres estar más alegre? Con ir al buffet el problema está resuelto. Y basta de filosofía. Lo único verdaderamente virtuoso es la sencillez.

-Usted afirma que el hombre es el creador de su propia felicidad, pero ese creador también necesita mucha suerte, pues es suficiente con un dolor de muelas o una suegra malvada para que toda su felicidad ruede por un abismo. Más bien es una cuestión de azar. Si en este momento surgiera una catástrofe, usted opinaría otra cosa.

-¡Por supuesto que no! Los desastres suceden una vez al año. No le temo al azar. Ni siquiera creo que valga la pena hablar de eso. Es posible que ya nos estemos aproximando a la estación...

-¿En verdad no sabe adónde va? -quiere saber Petro Petrovich-. ¿A Moscú o más al sur?

-¿Cómo puedo ir a Moscú o más al sur, si nos dirigimos al norte?

-Sucede que Moscú no se halla en el norte.

-Lo sé. Pero ahora vamos a Petersburgo -dice Iván Alexievich.

-No sea tan obstinado. Ahora nos dirigimos a Moscú.

-¿Cómo? ¿A Moscú? ¡Eso es extraordinario!

-¿Para dónde compró usted su pasaje?

-Para Petersburgo.

-Creo saber lo que pasó. Usted se equivocó de tren.

Anonadados, todos se quedan en silencio durante bastante tiempo. De pronto, el recién casado se pone de pie y los mira perplejo.

-Eso es -declara Petro Petrovich-. En Bagalore usted cambió de tren. Después del coñac, subió a un tren que se cruzó con el suyo.

Iván Alexievich palidece y da muestras de gran inquietud.

-¡Pero qué torpe soy! ¡Qué desconsiderado! ¡Que me parta un rayo! ¿Ahora qué voy a hacer? En aquel tren dejé a mi pobre mujer, sola, esperándome. ¡Qué bruto soy!

El recién casado se desploma en el asiento y da vueltas como si le hubieran pisado un callo."




(En "Un viaje de novios", de Antón Chejov.)









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