martes, 22 de febrero de 2011




Estupideces geniales

El concepto lo encontré en una especie de prólogo que García Márquez escribió para un librazo de cuentos de Ernest Hemingway (en realidad, G. M.  habla de "tonterías geniales", pero creo que decir "estupideces" por estos lares suena mejor, si no el asunto se me vuelve una traducción gallega). 

En este prólogo, lisonjeando a Ernest con un cinismo que casi roza el palazo (García Márquez reconoce en su instrucción a dos popes, ambos dos de estilos antitéticos: Hemingway, el técnico, y Faulkner, el descarriado; con lo cual sus comentarios me hacen pensar en un parricidio, en el epígono matando al progenitor intelectual), el colombiano dice lo siguiente:

"En algún cuento suyo [Hemingway] escribió que un toro de lidia, después de pasar rozando el pecho del torero, se volvió `como un gato doblando una esquina.´ Creo, con toda humildad, que esa observación es una de las tonterías geniales que solo son posibles en los escritores más lúcidos". 

Y sí. Es imposible conocer el proceso mediante el cual Hemingway pudo asociar en su mente esas dos ideas tan contrastantes, la de un toro de lidia furibundo, por un lado, con la de un gatito doblando una esquina por otro. Es una genialidad, un puro desborde de imaginación semejante ocurrencia. Lo que, a su vez, y bien mirado, no quita que sea una tremenda estupidez. ¿Un gato, un toro? Nada que ver. Pero de lo que se trata es de otra cosa.

Y a esto voy. Creo entender a lo que se refiere García Márquez cuando habla de la estupidez genial de los escritores más lúcidos. O por lo menos así lo leí yo: se trata de que los tipos, los escritores más lúcidos, los más íntegros y corajudos, no reprimen su locura. No se toman muy en serio a sí mismos, a lo que estiman de su inteligencia o altura poética para permitirse delirios como éstos (un gato, un toro); ven o sienten que algo es así, y a la merde el que dirán, lo escriben tal como a la cabeza les vino más allá de toda lógica o del más mínimo sentido común; lo cual está perfecto, nadie puede exigirle al poeta justificate, che, justificá tu afirmación; esto no es ciencia, esto es poesía, el mundo de la estupidez genial, de la aserción al voleo, de la hipótesis berreta; hay que tener solvencia, por supuesto, no cualquiera puede comparar a un gato con un toro sin perder la elegancia en el intento, o sin quedar como un boludo, pero el tema, lo esencial a mi ver, como cierta vez me dijo un maestro, es no reprimir la locura cuando se escribe, no atajar el mambo personal de uno, incluso cuando el precio de eso sea el riesgo de caer en el rídiculo, eso no debería importar, la sabiduría popular se equivoca cuando te dice que del rídiculo no se puede volver, es un despotismo eso, del rídiculo se puede volver siempre; en cambio, de lo que es más díficil encontrar el camino de vuelta es de la falta de integridad, de la falta de confianza en uno mismo como para brindarse la posibilidad de decir lo que en su momento se tuvo ganas de decir. 

Todo esto viene a colación de que en estas dos últimas semanas estuve paladeando Los invictos, de William Faulkner, y cada dos por tres me encontraba con analogías delirantes que me hacían acordar a ese concepto de la estupidez genial. Leer a Faulkner es como meterse adentro de una música en la que el sentido casi, casi pasa a un segundo plano. Sí, el sonido debe ser clave para sostener la estupidez.

Algunos ejemplos:

"Sus palabras sonaban tan sólidas y firmes como grandes ruedas de roble circulando por arena mojada".

"Él y Yaya eran de ese modo: parecían un hombre y una yegua, una yegua de pura sangre, que soporta al hombre sólo hasta cierto límite, y el hombre sabe que la yegua aguantará lo justo y, cuando llega ese punto, se da cuenta exactamente de lo que va a ocurrir. Y entonces sucede: la yegua le da una coz, no con maldad, sino sólo lo suficiente, y el hombre, como sabe lo que iba a venir, cuando ha sucedido o cree que ya ha sucedido, se alegra, de manera que se tumba o se sienta en el suelo y maldice un poco a la yegua porque piensa que ya se ha terminado, que todo se ha acabado, y entonces la yegua vuelve la cabeza y le da un mordisco".

"El olor a pólvora casi me cortaba la respiración, mientras miraba a Yaya. Abultaba poco en vida, pero ahora parecía que se hubiera derrumbado, como si hubiese estado formada de un montón de pequeñas y delgadas varillas, firmes y ligeras, cortadas a la vez y atadas con una cuerda, y la cuerda se hubiese roto y todas las pequeñas varillas se hubieran derrumbado en un inerme montón en el suelo, y alguien hubiera extendido sobre ellas un limpio y desvaído traje de algodón".




3 comentarios:

Humberto Dib dijo...

Tengo ese libro de cuentos y leí el prólogo (que por cierto me parece muy bueno, me encanta la parte donde GM cuenta cómo lo veía a EH).
En relación con Faulkner, es una genialidad cómo logra comparaciones que no pasarían por una cabeza normal, y me alegra tanto que no haya tenido una cabeza normal.
Hay un libro de relatos de Faulkner, es extraño pues tiene trechos de obras y otras yerbas, que uno no se cansa de leer por esas frases que indicás.
Te dejo un gran abrazo.
Humberto.

Pablo dijo...

faulkner, qué pedazo de estupido!!!!!!!!!!!

Un desvarío por jueves dijo...

jaja, Faulkner es de los estúpidos que más estimo de corazón.

Humberto, a mi también me gusta la parte en que G. M. habla de su encuentro con Hemingway, me gusta porque por un lado se nota cuánto lo admira pero por otro en su lectura no es complaciente para nada, cuando le tiene que tirar le tira, muy interesante, leer a un genio hablando de otro, ciento por ciento recomendable ese libro.