miércoles, 20 de abril de 2011

las zapas



Somos tres gatos locos, cruzando Palomar. El Flaco, Ranita y yo. Jhony, me llamo yo. Y te voy a contar todo esto, si te interesa, pero no para hacerme ver. Te lo voy a contar para que sepas. Porque yo no soy ningún gato, yo la viví. Ahora te lo voy a contar, y vos, si querés, escuchá.

Así hacemos justicia los pibes.

Y voy desde el principio. Hace un rato yo estaba con el Flaco, en la esquina, bien al pedo, fumando, y llega Ranita, y apaga la moto, y nos dice: ¿Me hacen la segunda hasta Palomar? Hay unas buenas casacas, nos dice.

Pero yo no soy ningún boludo. Este Ranita, enano maldito, siempre fue un bardo. No es como yo, ni como el Flaco. Éste sí que se quiere hacer ver. La madre tiene plata, él tiene plata; si roba es para hacerse ver. Y nos dice que quiere ir a Palomar, y yo estoy con el Flaco, delirando en la esquina, bien al pedo, y le digo, dale, Ranita, todo bien.

Así que nos vamos. Agarramos ruta 8, ya nos conocemos todos los pozos; después Gabino Ezeiza, cruzamos la París, todo derecho, por adentro, para que no nos agarren los gatos de la Dos. Así hasta Palomar. Yo y el Flaco adelante, Ranita atrás. En Palomar está Ciudad Jardín, te lo digo por las dudas que no conozcas. Ahí está la guita. Toda la guita está en Ciudad Jardín.

No bien entramos, ya nos ponen cara de culo. Las viejas, sobre todo. Las viejas son las peores. Vos vas legal, vas a comprar ropa, llantas, lo que sea, y las viejas se apuran, te miran, cruzan la calle, flashean cualquiera. El Flaco no las soporta. El Flaco las delira mal. Es un atrevido, yo me cago de risa. El otro día paramos a comprar unos puchos, había una vieja, la vieja no sé qué le mira, y el Flaco le dice: ¿Te gusto, mamá? ¿Te gusto? A todas esas viejas les hace falta un buen pijazo. Cuánta más guita tienen peor, más histéricas son.

Pero sigamos. Estábamos los tres entrando a Ciudad Jardín. Entramos con carpuza, nada de hacernos los gatos. Las calles son todas de piedra, las motos se nos van para todos lados, y el boludo del Flaco que agarra y le dice a Ranita: ¿Qué casaca te querés comprar?

Eso pregunta. No sé por qué paro con este pavo.

Ranita no contesta, frena en la esquina y se acomoda la gorra. Escupe. Mira para un lado, después para otro; deben ser las dos de la tarde, eso me olvidé de contártelo. Aguantá, dice Ranita, de golpe, y por la cara de maldito que tiene me la veo venir. ¿Damos una vuelta?, pregunta. Y el Flaco me mira, y yo lo miro, y le digo vamos, guacho, vamos. Seguime y después arreglamos, dice Ranita.

Así que lo seguimos, vamos a la par. La última vez que la moqueé me agarró un dolor de panza que no te cuento. Y lo mismo ahora. Tengo unas ganas de cagar terribles. No le digo nada a los pibes, porque la hacemos callados. Pero sí te lo cuento a vos, que me escuchás, y que lo que pienses me importa un carajo.

Y en una vemos una mina. Qué burra. Camina por la vereda, solita, charlando por celular. Los perros en las casas ladran, pero la minita no nos ve. Ranita dice: Nos quedamos acá. Y sube la moto a la vereda. Menos mal que están los árboles, nos tapan todo. La minita se pone a gritar. Te parte el corazón, un bombón como éste, que grite tanto. Rubia, tostadita, ojos verdes, con el flequillito para el costado. Ranita le saca el celular, la cartera, le dice callate, loca, que ya nos vamos. El Flaco también se acerca. Portate bien, le dice el Flaco. Le saca las zapas, de un tirón; están nuevitas, las zapas. Dejame los documentos, dice la minita, por favor te lo pido. Pone una voz de trola mal cogida, se piensa que a uno le da lástima. Mirá la lástima que me das, puta; tu papá caga guita. ¿Vas a llamar a la cana?, dice Ranita, ¿vas a llamar a la cana? Por favor, llora la minita, dejame los documentos. Pero Ranita hace rato que se subió a la moto. Nosotros también. Salimos rajando a los pedos.

Es un Nokia, dice Ranita, en la otra cuadra. Un 621. Joya. Dos o tres gambas seguro. Así que todo está saliendo piola, eso es lo que creemos.

Pero en ese momento no sabés la que nos pasa. Te la cuento ahora y todavía se me frunce todo. En una esquina, ya casi saliendo de Ciudad Jardín, estacionado un patrullero.

Descartá esas zapas, Flaco, le digo al Flaco. Él las tira atrás de un árbol. Ranita también tira la cartera. Pero lo que no tira es el celular. Nomás lo apaga. Enano atrevido.

Y ya la vemos venir; siempre es lo mismo, en este barrio de putos. Muchachos, los molesto un segundo, dice el cana, después de cruzar la patrulla, después de bajarse. Ranita está manso. Cómo no, oficial, le dice.

Son dos canas, los dos con pinta de blanditos. Parecen recién cocinados, gracias a Dios, a la Virgen, a Jesucristo. Recién salen de la escuela, estos dos; están más cagados que nosotros. Uno me pide los documentos, se los doy, y veo que le tiembla la mano. Se piensa que tengo un chumbo, que lo voy a cagar a tiros. Si fuera otro milico más vivo, como el gordo que siempre anda por casa, ya me la puso, ya me la mandó a guardar, y te juro que no te estaría contando esto. Qué están haciendo por acá, pregunta el cana, y yo lo miro, y él no me aguanta la mirada, cana puto, cagón, atragantado. Vinimos a comprar ropa, oficial, le digo. Nosotros vamos al colegio, oficial, le dice Ranita. Los canas se miran, dudan; no sabés cómo chivan. Bueno, chicos, vayan a estudiar, nos dicen.

Y el patrullero arranca, y cuando lo vemos alejarse pegamos media vuelta. El Flaco se baja, busca las zapas y la cartera. Descartala, le dice Ranita, y el Flaco saca la billetera y un estuche de la cartera y la descarta. Y después salimos rajando, chau Ciudad Jardín, chau Palomar, y al toque estamos de nuevo en casa.

En la esquina dividimos el laburo. Ciento veinte mangos y pico, tenía la rubiecita encima. En el estuche nomás había anteojos. Flaco tarado, le digo. Ranita dice que va a hacer guita el celular a la villa, y yo le digo que está bien, que yo me quedo con las zapas. Dividí con el Flaco y yo me quedo con las zapas. Ranita duda, enano maldito, siempre fue igual de larva. Se queda, me mira, pero yo le digo: Pirá de acá, gil, no te vengas a hacer el chorro, y Ranita se acomoda la gorra y se va, si no lo cago a trompadas.

Las zapas me vienen bien porque hoy cumple años mi hermanita. Le digo que las encontré de oferta por el barrio, le digo lo mismo a mi vieja, y listo, guacho, no hay drama. Mi hermanita se las puso, le iban un poco grandes, pero bien; se la ve contenta, hasta me abraza, la enanita limada ésta.

Mi viejo la otra vez me preguntó de dónde saco la guita. Hice una changa, le dije yo. Y no te miento, loco, de vez en cuando hago changas, justo cuando me lo preguntó mi viejo yo había levantado unas chapas en el galpón de acá a la vuelta. Esta vez mi viejo no me pregunta nada, qué me va a preguntar, si viene muerto del laburo. Se rompe el culo por dos pesos, es un capo, seguro; pero yo me doy una vuelta por Palomar, por Ciudad Jardín, y hago justicia, porque esa rubiecita se compra zapas cuando quiere. Mi hermanita no, y tener unas zapas piolas es muy importante, acá en mi barrio. Todos te miran las zapas en este barrio. Pero yo te lo cuento, nada más, no es que tengo que explicártelo. Vos fijate. Si querés escuchá, y si no, todo bien, yo siempre me la aguanté solo y todavía me la sigo aguantando.





Gravedad


Ahora que suelto sin querer la birome
me pregunto
qué energía misteriosa la capta
para abajo a esta birome que solté
sin querer de mi mano, es un
segundo, nada
más, la cosa
que cae, que hace
tac
contra el piso, vos
prestale una atención
honesta
a ese movimiento; va de arriba
para abajo; pero por
qué, me pregunto, qué pasó, qué
pesó, qué
densidad tapada hace que las cosas
caigan, se estampen, rompan,
contra lo que abajo las imanta, las
busca, las capta; es la farsa
de la gravedad, de la ley
imponiéndose, aplastándote
a todo horario con su cuadrícula
de normas palabras columnas
cuando muy bien un día
puede pasar que abras los ojos
y veas que las cosas no caen, no, sino suben
flotan; te juro, un día
esta birome
va a tener que caer para arriba,
va a tener que subir flotando hasta el techo,
hasta el foco de luz pelado que hay en el techo,
y el vidrio del foco que hay allá arriba
va a hacer tic
cuando la birome se le caiga encima
y arriba abajo, o abajo arriba, no;
ya no va a haber más orden en tu vida
que el del desamparado instante que precede,
pleno de expectación y enigma,
al instante en que todas las cosas
se sueltan libres, vivas,
infinitas.

 

jueves, 7 de abril de 2011




Rumor


Cuando me despierto, por unos pocos instantes

antes de acordarme de mi nombre, de mi edad,

de mi ubicación en la pirámide de clases,

puedo percibir desde mi modorra el rumor

de los milenios gigantes acomodándose

a mis espaldas, a la vez

que la voz de Eva mezclada

con la voz de la que te dice el pronóstico

en el televisor.







***







La recepcionista

La veo dos o tres veces por semana, dependiendo los pagos que me manden a buscar a la empresa donde ella trabaja de recepcionista. Cuando llego siempre me pregunta cómo está la calle. Siempre. Me pregunta si hace frío o si está lloviendo en ese espacio que ella no llega a ver durante la tarde.

Cuando hace mucho calor, en el ascensor me seco la frente y me acomodo el pelo y la ropa para que ella tenga mi mejor versión. Cuando estoy de mal humor, intento soltar mis recuerdos y presagios en el pasillo que va desde el ascensor hasta la oficina donde me va a tocar encontrarla.

Mientras hago el recibo que le tengo que dejar la recepcionista trabaja tipeando en su computadora con la espalda bien recta apoyada en el respaldo de su silla. Yo me demoro todo lo posible en hacer el recibo para estirar ese instante en el que puedo verla trabajar y pertenezco a la atmósfera de su vida.

A veces levanto los ojos y la miro fijamente, la miro desde donde estoy y muy fijamente a propósito, los ojos, la frente, la blusa, las manos, la miro con impunidad, como si fuera un cuadro la chica, o un paisaje, y yo sé que cualquier otra mujer en su lugar se pondría como en estado de alerta, se acomodaría el pelo, se cruzaría de piernas o inclinaría en la silla, aunque fuera una reacción inconsciente, cualquier otra mujer te daría a entender que sabe que la estás mirando, y que sabe que a vos mirarla te gusta. Pero no esta chica. No. Para esta recepcionista no tengo mirada. No le hace efecto. Soy invisible admirándola.

La recepcionista tiene el pelo largo y negro y ondulado. Una vez la escuché hablar en inglés. Usa lentes con marcos negros; a veces para hablarme se los saca. Me mira sin vidrios de por medio, y cuando termino de hacer el recibo me dice gracias, mirándome directamente desde esos ojos claros que tiene, y yo entiendo en ese momento que ya es la hora de irme, que ya no tengo nada que hacer acá.

Pero es una sensación medio chocante, porque si me voy ahora, si me voy sin decirle esta tarde lo que tengo ganas de decirle, corro el riesgo de ya no volver a tener otra oportunidad igual. Quizás la semana que viene ya no la encuentre en esta oficina. Quizás ella cambie de trabajo, porque está buscando otra cosa, y pongan a otra en su lugar. Y esa idea me inquieta, pero hasta ahora el final no cambia nunca. ¿El final? Muchas gracias, nos vemos. Buen fin de semana. Y yo en el ascensor, bajando, bajando, alejándome de ese momento de paz.



sábado, 2 de abril de 2011



"En todos mis años investigando con literatura uno de los grandes enigmas ha sido ver de qué manera se podría acercar esta a los sectores a aquellos que hoy en día no leen. El descubrimiento de que no todos disfrutan del arte literario fue un shock que tuve hace unos doce años, una tarde en que luego de esperar durante más de veinte minutos a que un mozo me sirviera le dije, con una ironía que debía herir al trabajador en lo más profundo de su ser, “¿ud piensa que estoy esperando a Godot?. El empleado me miró con cara de no entender y tras una breve charla me explicó que el último libro que había leído en su vida había sido el manual Santillana de sexto grado. Yo le pregunté que cómo había aprobado entonces la universidad, y me respondió que no había ido a la universidad, asombrada seguí charlando con ese hombre y me terminó contando que lo único que hacía en su casa era mirar televisión y masturbarse.

Luego de indagar un poco más respecto de los intereses del mozo (respecto a la televisión, no a la masturbación) entendí que es común que la gente no conozca a los grandes autores de la literatura. Entonces intenté yo, apoyándome en mi aporte a la cultura popular en la revista Viva y en mis apariciones televisivas con mi gran amigo Oscar González Oro, acercar a las masas algo de literatura a los que menos tenían. Organicé cursos de lectura de Beckett en la villa 31, un encuentro de discusión sobre las ideas de Walter Benjamin, en la villa 31, y un taller sobre narrativa argentina contemporánea, en la villa 31. Lamentablemente, a ninguno de esos eventos asistió nadie y sólo sirvieron para que un amigo me indicara que había otras villas en esta ciudad aparte de la 31, algo que yo no sabía.

Al poco tiempo, mis contactos en el nuevo ambiente intelectual en el que me movía me hicieron conocer a la famosa Cris Morena, artista de gran llegada en los sectores populares. Ella quería ampliar por esos días sus horizontes, salir de la televisión e implementar en el cine nuevos proyectos. En ese momento salió con una idea que me pareció fantástica: hacer versiones fílmicas de de grandes textos de la literatura mundial. Yo le dije que sí, que eso era fantástico, y que así podíamos llegar a los más necesitados para darles la literatura que necesitaban. Ella me respondió que por lo general sus productos no estaban dirigidos a los más necesitados, sino a sectores de clase media y media alta con una capacidad de consumo en merchandising más bien elevada. A eso yo le respondí: “lo importante es llegar a gente que no lee, en eso se igualan todos, en eso son todos desposeídos, el que vive en un semipiso en Caballito y el que tiene una choza en la villa 3… en una villa que no es la 31”





(firmado por Noemí di Carlo en la  revista ¿Lo qué?)