jueves, 7 de abril de 2011




Rumor


Cuando me despierto, por unos pocos instantes

antes de acordarme de mi nombre, de mi edad,

de mi ubicación en la pirámide de clases,

puedo percibir desde mi modorra el rumor

de los milenios gigantes acomodándose

a mis espaldas, a la vez

que la voz de Eva mezclada

con la voz de la que te dice el pronóstico

en el televisor.







***







La recepcionista

La veo dos o tres veces por semana, dependiendo los pagos que me manden a buscar a la empresa donde ella trabaja de recepcionista. Cuando llego siempre me pregunta cómo está la calle. Siempre. Me pregunta si hace frío o si está lloviendo en ese espacio que ella no llega a ver durante la tarde.

Cuando hace mucho calor, en el ascensor me seco la frente y me acomodo el pelo y la ropa para que ella tenga mi mejor versión. Cuando estoy de mal humor, intento soltar mis recuerdos y presagios en el pasillo que va desde el ascensor hasta la oficina donde me va a tocar encontrarla.

Mientras hago el recibo que le tengo que dejar la recepcionista trabaja tipeando en su computadora con la espalda bien recta apoyada en el respaldo de su silla. Yo me demoro todo lo posible en hacer el recibo para estirar ese instante en el que puedo verla trabajar y pertenezco a la atmósfera de su vida.

A veces levanto los ojos y la miro fijamente, la miro desde donde estoy y muy fijamente a propósito, los ojos, la frente, la blusa, las manos, la miro con impunidad, como si fuera un cuadro la chica, o un paisaje, y yo sé que cualquier otra mujer en su lugar se pondría como en estado de alerta, se acomodaría el pelo, se cruzaría de piernas o inclinaría en la silla, aunque fuera una reacción inconsciente, cualquier otra mujer te daría a entender que sabe que la estás mirando, y que sabe que a vos mirarla te gusta. Pero no esta chica. No. Para esta recepcionista no tengo mirada. No le hace efecto. Soy invisible admirándola.

La recepcionista tiene el pelo largo y negro y ondulado. Una vez la escuché hablar en inglés. Usa lentes con marcos negros; a veces para hablarme se los saca. Me mira sin vidrios de por medio, y cuando termino de hacer el recibo me dice gracias, mirándome directamente desde esos ojos claros que tiene, y yo entiendo en ese momento que ya es la hora de irme, que ya no tengo nada que hacer acá.

Pero es una sensación medio chocante, porque si me voy ahora, si me voy sin decirle esta tarde lo que tengo ganas de decirle, corro el riesgo de ya no volver a tener otra oportunidad igual. Quizás la semana que viene ya no la encuentre en esta oficina. Quizás ella cambie de trabajo, porque está buscando otra cosa, y pongan a otra en su lugar. Y esa idea me inquieta, pero hasta ahora el final no cambia nunca. ¿El final? Muchas gracias, nos vemos. Buen fin de semana. Y yo en el ascensor, bajando, bajando, alejándome de ese momento de paz.



5 comentarios:

oh nikita dijo...

Me encanta como todos tus cuentos, y es muy sutil. Ayer me fui sin escucharlo, saludos!

Un desvarío por jueves dijo...

Euu, Nikita, gracias por el comentario, che; me doy una vuelta por su blog en este instante (el otro dìa al final no leì, asì que igual hubieras zafado, jeje); espero que hayas vuelto a casa sin incidentes; abrazo y hasta el lunes

Pablo dijo...

eva toma la manzana y hay un leve aumento de la temperatura. bellos textos, ezequiel, te sigo leyendo.
abrazo

P dijo...

que buenos textos, un abrazo

Un desvarío por jueves dijo...

jaja, gracias Pablo. Lo mismo, nadador. Nos leemos.