domingo, 29 de mayo de 2011




"El adjetivo

Tolera mal toda imagen de sí mismo, sufre si es nombrado. Considera que la perfección de una relación humana depende de esa vacancia de la imagen: abolir entre los dos, entre el uno y el otro, los adjetivos; una relación que se adjetiva está del lado de la imagen, del lado de la dominación y de la muerte.
(En Marruecos, no tenían visiblemente ninguna imagen de mí; el esfuerzo que yo hacía, como buen occidental, para ser esto o aquello, no obtenía respuesta: ni esto ni aquello me era devuelto bajo la forma de un hermoso adjetivo; no les pasaba por la cabeza comentarme, se negaban, sin saberlo, a nutrir y halagar mi imaginario. Al comienzo esta opacidad de la relación humana tenía algo de agotador; pero poco a poco empezó a aparecer como un valor de civilización o como la forma verdaderamente dialéctica del intercambio amoroso)."




(En Roland Barthes por Roland Barthes.) 

domingo, 22 de mayo de 2011



Convalecencia (delirios del año pasado, pernoctando en hospital)


  
 
Confusión

Ella estaba acostada en mi cama. Yo tanteaba su cuerpo en la oscuridad. Sus piernas. Sus brazos. La timidez de su ombligo. También recorrí su cara. Ella tenía los ojos cerrados.

Pero supe que no dormía porque se dio vuelta enseguida. Estiró los brazos, desperezándose, y me dijo: Voy al baño. Escuché cómo se ponía mis zapatillas en la sombra y todavía sin encender la luz se levantó y salió de la pieza.

Creo que mientras la esperaba me quedé dormido. Soñé que miraba la ventana. Después me desperté. Hacía mucho calor. El ventilador me empujaba los pelos y la cara, y se escuchaba el roce de las cortinas contra la pared. Me pregunté:

¿La amo? ¿Es la mujer que busqué?

En ese momento la puerta se abrió. Se encendió la luz de mi dormitorio y ahí estaba una mujer extraña, una mujer que nunca antes había visto en mi vida, mirándome con los ojos achinados del sueño y sonriendo desde su boca diminuta. La miré con un ojo cerrado. Ella entró a la pieza arrastrando mis zapatillas por el piso y me preguntó me querés, apretándose contra mi cuerpo en la cama, y yo pensé en la mujer que todavía no había vuelto del baño, en la mujer que nunca volvió a este dormitorio, y le contesté sí, te quiero.







Amantes

Cuando atardecía se largó a llover. Mi chica y yo cerramos la entrada de la carpa y escuchamos el viento que empujaba el techo y movía nuestro refugio de un lado para el otro. Abajo del piso poco a poco fue creciendo un lago. Sentíamos el agua que ondulaba la lona, que la mecía, y al mismo tiempo que nos mecía y ondulaba a nosotros. Quise abrir la ventana, pero el viento era tal que parecía llover de costado, y ella me dijo que no, que no quería que se le mojara la ropa. A ninguno de los dos le gusta usar reloj. Así que no tuvimos forma de saber cuánto tiempo llovió; pero se nos hizo un lapso eterno. El calor era denso, irrespirable. Nuestros cuerpos despedían un vapor viscoso que casi se podía tocar. En el apuro con el que entramos a la carpa dos o tres moscas habían alcanzado a colarse, y eran nuestras únicas compañeras mientras a nosotros se nos cerraban los ojos del calor y nos sentíamos resbalosos. Nos desnudamos. El repiquetear de la lluvia contra la lona del techo se sentía como si hubieran abierto una canilla de piedras encima de la carpa. Pero ese ruido y el del vendaval parecieron alejarse de golpe cuando mi chica me arrimó sus brazos transpirados. Su humedad se volvió una con la mía. Las moscas zumbaban. Explotó un trueno. Por abajo del piso seguía aumentando el nivel de la inundación, y se sentía como si la carpa hubiera empezado a flotar. Estábamos muy cansados; qué hora será. Cuándo parará esta lluvia. Nos sentíamos sucios y nuestros cuerpos juntos hervían como un caldo de olores agridulces. La carpa se está moviendo. Estamos a la deriva, amor. Me acerqué a la ventana, ella no se opuso, y la abrí. Un rocío helado de agua y de viento nos refrescó la cara. Sí, estábamos flotando. La carpa se movía por la superficie de la inundación, empujada por el vendaval de la lluvia. Ella, de golpe, cerró los ojos. No tengas miedo, chiquita, le dije. Parecía una balsa nuestra carpa deslizándose en la laguna como un barquito de papel arrastrado por el desagüe de una vereda. Nos queda tanto por hacer, dijo ella. Hay tiempo, le dije yo. Siempre hay tiempo para todo. Pero a medida que el viento soplaba seguíamos alejándonos de los árboles y de la lluvia, hasta que el bosque del camping fue solamente un puntito en el horizonte, y nuestra carpa ya se suspendía en la inmensidad de un mar sin olas, una superficie delgada y plana como la de un espejo, solamente alterada por las gotas del rocío del atardecer, por unos círculos minúsculos. Ya había oscurecido. Asomé la cabeza por la ventana y las estrellas estaban ahí; era cuestión de estirar un brazo que se podía tocarlas. Dónde estamos. Qué va a ser de nosotros. Nos queda tanto por hacer. Mi chica se enroscó en posición fetal, como si estuviera muriéndose de frío ahora que nadie la abrazaba. Entonces yo me acerqué y la envolví con cuidado, como si tuviera miedo de romperla. Podíamos sentir el roce de las aletas de los peces que chocaban contra la lona del piso de la carpa. El viento nos seguía empujando, y ella se acurrucó contra mí y me miró con los ojos como lavados. Estamos sucios, me dijo. Estamos sucios y te amo.







Lectura

Cuando termino de leer un libro le acaricio el lomo como podría acariciar el tumtum del pecho suave de una mujer después de hacer el amor.

Después pienso. Tengo el libro cerrado en las manos, y pienso en lo que terminé de leer. Qué fue lo que me contó este libro. Qué puertas abrió.

Pero una noche dudé. Era una historia, y yo dudaba. Encontraba frases como: "Raskolnikov contempló fijamente a Sonia, y dudó con amargura de sus palabras". ¿Pero quién es el que duda de sus palabras? ¿El personaje? ¿El narrador? ¿O el hombre que las escribió?

Me enfoqué en el vacío que había entre las letras. Me esforcé por mirar la hoja en blanco, usurpada por la plaga inmóvil de hormiguitas. Y desde el fondo de ese silencio, poco a poco, fue emergiendo una cinta larga de caras, gestos, voces, gritos, pero gritos y voces mudos, yo los veía, más que escucharlos, desenrollándose en mi mente como chispazos.

Y entonces la duda inevitable fue qué es esto que flota acá adentro, que sobrevive en mi cuerpo día a día, que mueve mis brazos y mis piernas, que se encierra en mis manos y en mi frente, y me pregunté también serán las palabras, esto que se suspende en mi interior serán las palabras, porque me iba dando cuenta de que eran las palabras lo que me dejaban pensar, preguntarme quién era el que vivía en mi cuerpo, y en cambio si me concentraba en el silencio, en apartarme de todos los símbolos y recuerdos que la humanidad me fue metiendo en la cabeza, podía mirar a mi alrededor como si todo fuera una hoja en blanco llena de imágenes sin sentido, solamente monstruosidades deformes de materia, materia luz y energía por todos lados, no había nada que me dijera esto es un brazo esto es un árbol esto es una computadora, solamente materia desparramada amoldada en formas muy azarosas (por qué cinco dedos esta mano, por qué no seis, por qué no siete, por qué no narices en lugar de dedos o una piel picada de plumas), y en ese momento de lucidez cumbre tuve la sensación, no la explicación, sino la sensación de la muerte, quiero decir que la vi, estaba mi historia, la historia, la del resto del mundo, y atrás de esa ficción la blancura y el silencio de la muerte, vi el abismo blanco de la muerte apagando la deformidad de la materia, usurpándola, nublándola, imponiéndose en el aire para cortar como un cuchillo la cinta irrefrenable del tiempo, todo lo cual solamente transcurrió en una sola fracción de segundo, fue un bache en el tiempo, un entrar de lleno en la realidad pura, en la realidad que no reconoce palabras, para después volver de nuevo al mundo, a casa, a mi dormitorio, precisamente, y encontrar un libro abierto, plagado de signos y humanidad, frente a mi mirada.








Nostalgia

Unos quince minutos al año, a razón de un minuto y pico por mes, yo pienso en la única mujer que amé en la vida. Nunca nos besamos. Nunca la abracé. Pero la quise con un silencio y una falta de codicia que nunca volví a conocer. Era simpática. Iba al séptimo grado conmigo. Un día tuve la oportunidad de besarla. Estábamos en un asalto; pero no me animé. La dejé pasar. Dejé que ella se fuera a bailar con otro, y yo mientras la miraba supe, o más bien intuí, que me había regalado a mí mismo la nostalgia. Me había regalado su nostalgia para siempre. Si la hubiera besado ese día probablemente ahora no estaría escribiendo esto.







Nombre

Me pregunto cómo sería mi vida si fuera otro. Hago un esfuerzo supremo de concentración, intento imaginarme a mí mismo pero con otro cuerpo, y no puedo, es un asunto imposible, creo que porque durante todos estos años desarrollé una intimidad tal con mi cuerpo que podría decirse que es como si él y yo fuéramos uno solo. Pero hago el esfuerzo igual; Gonzalo, como cualquier palabra, es un invento que el resto de la humanidad insertó en mi cabeza.

Y me alejo. Me siento volando a una velocidad lumínica mientras me separo de las palabras. Llego a un abismo. En el fondo del abismo, la nada. La oscuridad. El silencio de la oscuridad me imanta, atrae, absorbe. Me caigo, me hundo. Todo gira a mi alrededor. No sabría explicar lo que siento, porque en este instante no hay palabras para hacerlo. Es el silencio del lenguaje, la separación de mi cuerpo. Puedo ser conciente de mí mismo, atrapado en estas piernas y estos brazos, en estas manos y esta frente; quiero escapar, pero no puedo, sigo hundiéndome en el abismo de mi cuerpo, en esa oscuridad colmada de muerte donde no tengo nombre ni donde nada puede tenerlo.







Instante

Hubo un instante en el que nadie se movió. Todos suspendimos lo que estábamos haciendo y nos quedamos congelados. No era que el tiempo hubiera dejado de correr; sencillamente éramos nosotros. Un viejo inmóvil en la vereda, con el bastón a medio metro del piso. Una señora atándose el pelo. Dos pibes jugando al fútbol; la pelota siguió de largo; ellos petrificados en el ademán de mirarla. Por un instante nadie se movía en el mundo; tampoco nadie pensaba. Fue un instante irrepetible.







viernes, 13 de mayo de 2011

el tano



Las máquinas que había comprado el Tano llegaron desde San Luis todas sucias, llenas de polvo, con los caños y los tableros manchados de aceite. Los muchachos del flete las dejaron en el depósito así como estaban. Carlos, le dije a mi jefe más tarde, necesitamos trapos nuevos. ¿Cuántos?, me preguntó, revisando unos papeles. No sé, calculo que con unos diez estará bien. Él se sacó los anteojos y se rascó el tabique. Bueno, me dijo, por el momento no compres nada, mañana me fijo si consigo y te los traigo. Después se sacó la mano de la nariz y miró la pared: Sí, por el momento no compres nada.

A Carlos nosotros le decíamos el Tano. Era pelado, petisito, y todos los días venía a trabajar con la misma ropa. Cuando se sacaba los anteojos y se rascaba el tabique, era porque algo le había caído mal. Carlos odiaba esos gastos mínimos, inesperados, que cada tanto le tocaba hacer en su empresa. Yo sabía que antes que comprar unos trapos nuevos iba a hacer todo lo posible para conseguirlos sin tener que gastar un peso.

Con mi sueldo hacía exactamente lo mismo. Hacía años que no me daba un aumento. Cada vez que iba a pedírselo, él se sacaba los anteojos, se los colgaba en el bolsillo de la camisa, y me contaba la misma historia. Que su padre había llegado a la Argentina sin nada, y que él había tenido que empezar desde cero. Que poder abrir su propia empresa le había costado años y años de sacrificios. Toda una vida me costó, Sergio, me decía, toda una vida. Y que le gustaría mucho ayudarme, porque estaba muy contento con mi trabajo, y porque además yo para él siempre había sido como un hijo. Pero que por el momento lamentablemente no podía hacer nada. Si me aumentaba el sueldo a mí, iba a tener que aumentárselo también al resto de los muchachos, y así los números no le iban a cerrar. Carlos me pedía que tuviera paciencia, que en el momento más inesperado las cosas en el país iban a mejorar, y lo primero que iba a hacer entonces era darme el aumento que yo me merecía.

El Tano siempre me hablaba mirándome a los ojos, a veces hasta la temblaba la voz. Uno salía de su oficina sintiéndose culpable.

Vos sos como un hijo para mí, Sergio. Como un hijo.

Yo no sabía si me hablaba en serio o no. Tuvo que pasar lo del padre para que me cayera la ficha de todo.

Porque pasó que, al día siguiente de que trajeran las máquinas nuevas, el padre del Tano murió. Según el contador, murió dormido, durante la madrugada. Carlos no vino a trabajar esa mañana. Pasó por la empresa a la tarde, conversó un rato con la gente de la oficina, y después dio una vuelta por el depósito a ver cómo estaba todo. Carlos tenía los ojos brillosos y yo no sabía cómo tratarlo. Al final me arrimé medio paso y le dije: Cuente conmigo para lo que sea. Gracias, me contestó él. Después se quedó mirando las máquinas con las manos en los bolsillos. Estuve a punto de tocarle un hombro, mientras él estaba al lado mío, pero ahí me quedé. El viejo parecía desorientado. A mí me dio lástima y me quedé quieto, callado, mirando las máquinas con él, hasta que se dio vuelta y salió del depósito.

El Tano no vino a la empresa ni el miércoles ni el jueves. Recién volvió el viernes. Se lo veía un poco más entero. Durante la mañana estuvo conversando con el contador en su oficina. Recién un ratito antes del mediodía se acercó al depósito. Traía una bolsa de consorcio en las manos. Me dijo: Sergio, acá están los trapos para limpiar las máquinas. Listo, Carlos, ahora se los llevo a los muchachos, le contesté yo. Agarré la bolsa que él me daba y entonces pensé que se iba, pero en lugar de eso Carlos se quedó mirándome. Vi que se sacaba los anteojos y que se ponía una mano en el bolsillo.

-Escuchame -me habló en voz baja-. Algunos trapos están sucios. Vos fijate. Cualquier cosa cortales las partes que estén sucias. Pero igual van a tener que servir.

-Listo, Carlos -le contesté.

El Tano miró la bolsa un segundo y después volvió a su oficina.

Yo llevé la bolsa hasta el fondo del depósito. La puse encima de la mesa y la abrí. Y cuando la abrí, cuando vi lo que había adentro de la bolsa, me quedé quieto un segundo. Me quedé quieto mirando lo que había en la bolsa y después la solté en la mesa y asomé la cabeza por el pasillo. Vi al Tano en su oficina, conversando por teléfono, de cara a la pared. Lo miré fijamente, y justo en ese momento uno de los muchachos se acercó a la mesa y vio la bolsa abierta. ¿Y esto?, se largó a reír. Callate, bola, le dije yo, callate. Me acerqué y le dije en voz baja: Son los trapos que me dio el Tano para las máquinas. ¿Esto te dio?, dijo el pibe, y sacó de la bolsa un calzón, un calzón blanco y largo, de los viejos, con una mancha medio amarillenta en la parte de atrás. ¿Esto te dio?, me preguntó el pibe, ¿en serio te dio esto? Yo no contesté. Me di vuelta y asomé la cabeza por el pasillo de nuevo y vi que el Tano en su oficina seguía conversando por teléfono. Lo miré sin moverme hasta que él giró la mirada y también me vio. Nos habremos mirado un solo segundo, pero yo mientras nos miramos en ese segundo sentí como si lo estuviera viendo por primera vez. Después él se puso una mano en el tabique y desvió la mirada enseguida.




 

domingo, 1 de mayo de 2011




La casa de las bellas durmientes

Pegó este libro, pegó. Es cortito, se lee de un tirón. El relato transcurre desde el principio hasta el final en una casa clandestina en la que se les ofrece a hombres viejos, fuera de circulación,  un servicio muy singular: acostarse con una virgen dormida. 

Son todos hombres viejos, de guita, incluso casados, los que pagan por eso; viejos para los que el sexo o el deseo es una carga que ya no existe, que ya no está, y los viejos van y se acuestan en la cama con la virgen desnuda, y la chica no puede despertarse, no puede saber quién está ahí, y el viejo solamente se acuesta con ella y la mira dormir o duerme con ella toda la noche y así se le pasa el tiempo que paga, a un lado de una virgen dormida. 

Suena muy crudo, contado así, pero en la novela es poesía, un nudo en la garganta. Fue esta misma novela la que por ejemplo lo empujó a García Márquez a escribir Memoria de mis putas tristes. Porque, de hecho, los viejos, cuando están ahí, mirando cómo duermen las chicas, se ponen a pensar en los amores que tuvieron a lo largo de su vida. Una experiencia casi mística, de introspección, de memoria involuntaria. A la novela la escribió el japonés Yasunari Kawabata.

Algunas frases al azar:

"Eguchi contuvo el aliento; era más hermosa de lo que había esperado. Y su belleza no constituía la única sorpresa. También era joven. Estaba acostada sobre el lado izquierdo, con el rostro vuelto hacia él. No podía ver su cuerpo, pero no debía tener ni veinte años. Era como si otro corazón batiese sus alas en el pecho de Eguchi."

"Era posible que tuviese un recuerdo más fresco e inmediato de su infancia, sesenta años atrás, que del día anterior. ¿Acaso eso no era común a medida que uno envejecía? ¿Acaso los días juveniles de una persona no la hacían tal como era, conduciéndola a través de toda la vida?"

"Un extraño pensamiento lo asaltó: ¿Por qué, entre todos los animales, en el largo curso del mundo, solo los pechos de la hembra humana habían llegado a ser hermosos? ¿No era para gloria de la raza humana que los pechos femeninos hubiesen adquirido semejante belleza?"