viernes, 13 de mayo de 2011

el tano



Las máquinas que había comprado el Tano llegaron desde San Luis todas sucias, llenas de polvo, con los caños y los tableros manchados de aceite. Los muchachos del flete las dejaron en el depósito así como estaban. Carlos, le dije a mi jefe más tarde, necesitamos trapos nuevos. ¿Cuántos?, me preguntó, revisando unos papeles. No sé, calculo que con unos diez estará bien. Él se sacó los anteojos y se rascó el tabique. Bueno, me dijo, por el momento no compres nada, mañana me fijo si consigo y te los traigo. Después se sacó la mano de la nariz y miró la pared: Sí, por el momento no compres nada.

A Carlos nosotros le decíamos el Tano. Era pelado, petisito, y todos los días venía a trabajar con la misma ropa. Cuando se sacaba los anteojos y se rascaba el tabique, era porque algo le había caído mal. Carlos odiaba esos gastos mínimos, inesperados, que cada tanto le tocaba hacer en su empresa. Yo sabía que antes que comprar unos trapos nuevos iba a hacer todo lo posible para conseguirlos sin tener que gastar un peso.

Con mi sueldo hacía exactamente lo mismo. Hacía años que no me daba un aumento. Cada vez que iba a pedírselo, él se sacaba los anteojos, se los colgaba en el bolsillo de la camisa, y me contaba la misma historia. Que su padre había llegado a la Argentina sin nada, y que él había tenido que empezar desde cero. Que poder abrir su propia empresa le había costado años y años de sacrificios. Toda una vida me costó, Sergio, me decía, toda una vida. Y que le gustaría mucho ayudarme, porque estaba muy contento con mi trabajo, y porque además yo para él siempre había sido como un hijo. Pero que por el momento lamentablemente no podía hacer nada. Si me aumentaba el sueldo a mí, iba a tener que aumentárselo también al resto de los muchachos, y así los números no le iban a cerrar. Carlos me pedía que tuviera paciencia, que en el momento más inesperado las cosas en el país iban a mejorar, y lo primero que iba a hacer entonces era darme el aumento que yo me merecía.

El Tano siempre me hablaba mirándome a los ojos, a veces hasta la temblaba la voz. Uno salía de su oficina sintiéndose culpable.

Vos sos como un hijo para mí, Sergio. Como un hijo.

Yo no sabía si me hablaba en serio o no. Tuvo que pasar lo del padre para que me cayera la ficha de todo.

Porque pasó que, al día siguiente de que trajeran las máquinas nuevas, el padre del Tano murió. Según el contador, murió dormido, durante la madrugada. Carlos no vino a trabajar esa mañana. Pasó por la empresa a la tarde, conversó un rato con la gente de la oficina, y después dio una vuelta por el depósito a ver cómo estaba todo. Carlos tenía los ojos brillosos y yo no sabía cómo tratarlo. Al final me arrimé medio paso y le dije: Cuente conmigo para lo que sea. Gracias, me contestó él. Después se quedó mirando las máquinas con las manos en los bolsillos. Estuve a punto de tocarle un hombro, mientras él estaba al lado mío, pero ahí me quedé. El viejo parecía desorientado. A mí me dio lástima y me quedé quieto, callado, mirando las máquinas con él, hasta que se dio vuelta y salió del depósito.

El Tano no vino a la empresa ni el miércoles ni el jueves. Recién volvió el viernes. Se lo veía un poco más entero. Durante la mañana estuvo conversando con el contador en su oficina. Recién un ratito antes del mediodía se acercó al depósito. Traía una bolsa de consorcio en las manos. Me dijo: Sergio, acá están los trapos para limpiar las máquinas. Listo, Carlos, ahora se los llevo a los muchachos, le contesté yo. Agarré la bolsa que él me daba y entonces pensé que se iba, pero en lugar de eso Carlos se quedó mirándome. Vi que se sacaba los anteojos y que se ponía una mano en el bolsillo.

-Escuchame -me habló en voz baja-. Algunos trapos están sucios. Vos fijate. Cualquier cosa cortales las partes que estén sucias. Pero igual van a tener que servir.

-Listo, Carlos -le contesté.

El Tano miró la bolsa un segundo y después volvió a su oficina.

Yo llevé la bolsa hasta el fondo del depósito. La puse encima de la mesa y la abrí. Y cuando la abrí, cuando vi lo que había adentro de la bolsa, me quedé quieto un segundo. Me quedé quieto mirando lo que había en la bolsa y después la solté en la mesa y asomé la cabeza por el pasillo. Vi al Tano en su oficina, conversando por teléfono, de cara a la pared. Lo miré fijamente, y justo en ese momento uno de los muchachos se acercó a la mesa y vio la bolsa abierta. ¿Y esto?, se largó a reír. Callate, bola, le dije yo, callate. Me acerqué y le dije en voz baja: Son los trapos que me dio el Tano para las máquinas. ¿Esto te dio?, dijo el pibe, y sacó de la bolsa un calzón, un calzón blanco y largo, de los viejos, con una mancha medio amarillenta en la parte de atrás. ¿Esto te dio?, me preguntó el pibe, ¿en serio te dio esto? Yo no contesté. Me di vuelta y asomé la cabeza por el pasillo de nuevo y vi que el Tano en su oficina seguía conversando por teléfono. Lo miré sin moverme hasta que él giró la mirada y también me vio. Nos habremos mirado un solo segundo, pero yo mientras nos miramos en ese segundo sentí como si lo estuviera viendo por primera vez. Después él se puso una mano en el tabique y desvió la mirada enseguida.




 

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