miércoles, 22 de junio de 2011

 sale teatro che
 

jueves, 16 de junio de 2011

espejo de hotel

Tuve que frenar el auto en la vereda porque un viejo de boina pasaba por el portón despacio, muy despacio; no terminaba de pasar más. Eran las seis de la tarde y el sol todavía brillaba, y Mariel me miró en el asiento del acompañante como si se estuviera acordando de algo, y yo antes de que ella me lo dijera le acaricié una mano y le dije: Hoy estás hermosa.

Cerca de la esquina había un grupo de pibes en cuero jugando a la pelota. En la vereda de enfrente dos mujeres que tomaban mate charlaban. Mariel estaba más hermosa de lo que yo me acordaba que era, pero también sentía que no teníamos nada que hacer ahí, expuestos a la vista de todos.

Cuando el viejo terminó de pasar por la vereda subí el auto a la entrada del hotel y pedí una habitación, y con Mariel entramos y nos desnudamos y nos acariciamos casi sin hablar, y durante media hora fui el animal callado de mi cuerpo, entrando y saliendo del cuerpo de ella.

Transpiramos mucho. El aire acondicionado no andaba, y yo me moría de calor y la resaca me hacía tener pensamientos que por lo general no tenía, y Mariel desnuda en la cama era una visión que me había mantenido vivo durante meses, pero que ahora que era real y que lo que tenía que pasar ya había pasado solamente me daba una especie de nostalgia anticipada por lo que después iba a sentir cuando pensara en todo eso.

En el techo había un espejo inmenso. Yo me puse boca arriba y vi el contorno del cuerpo de Mariel, tirado boca abajo. Cuando me puse boca abajo como ella, Mariel pareció despertarse de su modorra, y se dio vuelta y se puso boca arriba. De reojo pude ver el perfil de sus ojos abiertos clavados en el espejo del techo. Mariel no hablaba. Mariel nada más se miraba en el espejo de arriba, y después por un cambio en el ángulo al que apuntaban sus ojos entendí que había empezado a mirar el reflejo de mi cuerpo estirado en la cama. El reflejo de mi espalda y de mi culo, y después vi que miraba el reflejo de mis ojos mirándola a ella. De golpe en el silencio caliente y quieto sentí que no la conocía.

Me senté en el borde de la cama y empecé a tocar los botones del tablero. Qué pasa, me preguntó Mariel. Me di vuelta; ella se había puesto en posición fetal; tenía un ojo cerrado. Quiero ver si arranca el aire, le contesté; no doy más del calor. Estuve un rato insistiendo con los botones. Pero no pasaba nada. Hubo un punto en que lo único que yo hacía era apretar el mismo botón una y otra vez sabiendo que no había nada qué hacer para arreglarlo.

Fui al baño. Metí la cabeza abajo de la canilla y el agua fría empezó a bajar por mi pelo y por mi cara y por un segundo me alivió. Pero cuando levanté la cabeza la sangre me subió a la frente y las piernas me vacilaron y vi todo amarillo, y tuve que hacer un esfuerzo apretando los ojos para sostenerme de la pileta y no desarmarme en el piso. Pero después se me pasó.

Cuando volví a la habitación Mariel se había sentado en la cama y estaba fumando con la espalda apoyada en la pared. Me pidió que hablara. Contame algo, me dijo. Qué querés que te cuente. Lo que sea; cualquier cosa. Me pidió que le hablara de lo que había sido de mi vida durante todo ese tiempo. Yo le hablé de mi trabajo. De lo que tenía pensado hacer en el futuro. Le hablé boca abajo en la cama, con los ojos cerrados, acostado a un lado de sus pies. Mariel me escuchó atentamente, esperó a que yo me quedara callado y después me dijo: Vos no estás bien. Yo levanté los hombros, y ella me empujó con el pie la espalda. Se te nota, me dijo, se te nota en el tono; vos no estás bien. Y yo ya empezaba a acordarme de cómo habían sido las cosas antes de separarnos. Mariel atribuyéndome un sentimiento que yo no sentía. Que yo no creía estar sintiendo. Le besé un pie y le sonreí. Miranos, le dije, es como si no hubiera pasado el tiempo. Se lo dije señalándole el espejo del techo, y ella levantó la mirada y los dos nos miramos y fue evidente que había pasado el tiempo. Entonces ella también sonrió, y la tensión de su pie se aflojó en mi mano, y fue justo en ese momento cuando se interrumpió el silencio que había entre nosotros.

Porque justo en ese momento alguien toca la puerta de la habitación. Acá, en nuestra habitación. Los dos, Mariel y yo, nos sentamos en la cama a la vez, y nos quedamos quietos, mirando el pasillo que va hasta la puerta. Para que se nos acabe el turno todavía falta. Quién será. Mariel apaga el cigarrillo. Fijate quién es, me dice. Y yo me levanto y me voy a fijar.

Me pongo el pantalón, también la remera, y cruzo el pasillo y abro la puerta, y en la sombra que hay del otro lado me encuentro con el contorno de dos siluetas. Hola, digo. Ellos, quienes sean, no contestan. Pero cuando empujo un poco más la puerta y la luz del pasillo les da en la cara los reconozco. Ahí, parados en el descanso, estamos nosotros. Mariel, de un lado; del otro lado yo. Los dos agarrados de la mano. Los dos con veintiún años. Me miran con timidez. Ellos solamente pueden ver mi sombra a contraluz.

Los reconozco enseguida porque es como estar de nuevo en ese día, todavía puedo acordármelo, yo sin barba y ella con carita de nena, y somos lo que se dice felices y nuevos, y nunca habíamos estado enamorados de nadie hasta el momento de conocernos cuando teníamos veintiún años, y entonces estamos entrando a un hotel por primera vez en nuestras vidas, tímidos, sigilosos, escuchando el murmullo de los alaridos y las puteadas en las otras habitaciones que hay a lo largo del pasillo, ella con una blusa negra escotada y yo con un paquete de forros en el bolsillo que nunca terminé pero que por las dudas ahí tenía que estar, son ellos, sí, y los dos me miran sin hablar en el descanso, y yo, todo barbudo y viejo en la puerta, siento que mi deber es desaparecer de la tierra, o por lo menos dejarlos pasar.

Ellos, a un costado de la puerta, me siguen mirando. Ella, sobre todo, me mira. La nenita se enrula el pelo con el índice. ¿Lo hará por mí? ¿Le seguiré pareciendo atractivo a pesar de la panza, de los pelos, de los dientes que la resaca me fue doblando con los años?

Se enrula el pelo con una inocencia medio pícara, y yo doy medio paso a un costado, aturdido por ese gesto, y los dejo pasar. Y ellos entran, cruzan el pasillo y ahí la encuentran a Mariel, que está desnuda en la cama, y no tiene tiempo de cubrirse. Y entonces ella, la otra, la Mariel con carita de nena, le tapa los ojos al otro, al que yo era a esa edad.

Mariel se cubre con una sábana, me mira desde ahí. ¿Y esto?, me dice. ¿Qué es? ¿Qué estamos haciendo acá?

Y cuando me lo pregunta, ellos giran, se ponen de espaldas a nosotros, los dos, y nos escuchan discutir de cara a la pared. A él lo noto impaciente. De vez en cuando suelta un resoplido y se cruza de brazos; después se los descruza y vuelve a resoplar. Ella, por su parte, tiene las manos en la cintura. Yo la miro de reojo. Pienso: Qué linda que está.

Te levantaría así como estás, pienso, y no te soltaría nunca. Éramos nuevos, a tu edad, amor mío, nenita con los brazos en jarra, enojada conmigo, pero predispuesta a bailar conmigo, dejame abrazarte con cuidado, que no quiero romperte, que no quiero desarmarte, pero después dejame cerrar los ojos y ahí sí que sea lo que Dios quiera. Dos cuerpos moldeándose en el calor de este domingo, acá adentro de este hotel de dos mangos, donde nunca anda el aire y uno no tiene forma de saber si es de noche o si es de día. Hay un espejo inmenso en el techo, y a veces te mirás el reflejo vos, y otras veces me miro el reflejo yo. Vamos alternando vanidades, edades; cómo cambiaron nuestros cuerpos. Y estamos tan pegados, que es como si los pensamientos se nos pasaran de una frente a la otra, mezclándose como las gotas de la transpiración. Así que hay un punto en que ya no sé si estoy pensando o escuchando, o pensando lo que se escucha adentro tuyo. Y en el silencio de mis brazos, en el de mis rodillas y mis pies, vos también podés escuchar mi confesión, todo lo que tengo para decirte, aunque después por más esfuerzo que haga ya no pueda explicarte nada.

No puedo explicarte por qué los dejé pasar. No puedo explicarte por qué somos nosotros lo que estamos acá cuando éste es el lugar de ellos. Esto es lo que pienso; pero no se lo digo a Mariel, y Mariel como respuesta a mi silencio solamente alza las cejas desde la cama, después se levanta y empieza a cambiarse a un costado. Ya es tarde, me dice sin mirarme, mientras se cambia. Yo miro el reloj y veo que todavía falta para que se nos termine el turno. Pero tiene razón. Ya es tarde.

Lo mejor que nos puede pasar ahora es irnos. Pero ustedes quédense. Quédate vos, haceme caso, y también quedate vos. Esta habitación es de ustedes. Veintiún años. Todavía me acuerdo. No es fácil. Cada cosa que tuvimos. Todo lo que ya no está. Pero a ella no se lo dije así. A ella le dije, antes de salir: La pasé muy bien. La pasé muy bien, Mariel. Se lo dije así y ella sonrió: Yo también la pasé muy bien. Después salimos. Salimos al pasillo oscuro y cerramos la puerta y nos fuimos, los dejamos encerrados ahí adentro a los otros dos.
 
 
 
 

martes, 14 de junio de 2011



Dos de J. Watanabe



"El kimono

Mi padre y mi madre eran sombras
dispares
que ahora, muertas, acaso se encuentran
más.
Yo recuerdo: él le regaló un kimono
y ella lloró en silencio
porque una gracia así
no concordaba
con su amor tan austero.

En la espalda del kimono
saltaba un salmón rojo.
Sobre los hombros de mi madre, el pez
parecía subir por la cascada de sus cabellos,
hermosisímos y azulados cabellos
de mestiza:
Una bella imagen que ella no podía ver.
Dígasela usted, padre,
para que deje de llorar".







***





"El destete

Con qué paciencia
la madre envuelve su magro seno con lana de oveja
negra. Y el seno ya no es más
el sitio de la ternura.

Agotada la dulce leche, la madre hace el ancestral rito
                                    del destete:
el ñiño viene y encuentra
el animal de lana negra en el pecho amado
       donde sólo el viejo pezón nutricio
asoma todavía como una provocadora
                                trampa.

El ñiño huye escarmentado
y ahíto
                   de su primer gran miedo.
Su amor renacerá de ese miedo. Y ella
será la madre
         que le temblará siempre en la boca".








(El primero lo saqué del blog de mairal. Pero tenía ganas de ponerlo también acá porque me pareció una de las cosas más ásperas que me haya tocado leer. Con tono sensiblero y todo lo digo.)


domingo, 12 de junio de 2011



"El coche pasa ante el portón, lo deja atrás, y veo, por entre el cerco de ligustros que separa el fondo del patio de la vereda, los dos puntos rojos de las luces traseras que van desplazándose rígidos en el aire otra vez negro. Ahora no queda más que el ruido del motor, que se debilita poco a poco: alejándose, gradual, permite todavía percibir, de vez en cuando, la disminución de velocidad, las aceleradas, los cambios de marcha, las frenadas, que le imponen los accidentes de su trayecto. Ahora es un rumor casi inaudible. Y ahora, por fin, ya no se sabe si el rumor que se cree percibir es el último filamento, exangüe, de sonido que manda, desde un punto ya inimaginable, el motor, o bien la repercusión apagada del ronroneo en la memoria."




(En Nadie Nada Nunca, de J.J. Saer.)

domingo, 5 de junio de 2011

el Rulo



El Rulo era un perro negro que vivía en mi barrio. Siempre andaba en la misma vereda. Era un perro muy feo, enano, gordo, con el hocico puntiagudo, de dientes amarillos y diminutos, como los de las ratas. Una tarde lo acaricié y la mano me quedó llena de tierra y pelos. Pero igual el Rulo tenía un dueño, se llamaba José. Un viejo que tenía la casa en la misma vereda donde lo habían dejado de cachorro a Rulo. El viejo siempre lo cagaba a palos. Le daba con el cinto o con la escoba, o directamente patadas. Patadas fuertes que lo desarmaban todo al Rulo. El viejo lo pateaba con la planta del pie, como planchándolo, para no romperse los dedos.

Pero el Rulo no chillaba nunca. El Rulo nomás se ponía a trotar, se iba un rato, quizás varios días, y después volvía. Volvía a la casa del viejo. El viejo no lo dejaba dormir adentro, pero le daba de comer. Lo dejaba durmiendo en la vereda toda la noche, y cuando salía el perro estaba ahí, a un costado de la puerta. El viejo entonces sacaba una silla de mimbre de la casa, la ponía en la vereda, y se sentaba con la silla al revés, apoyando los brazos en el respaldo, y el Rulo se acostaba al lado con la cabeza entre las patas, y los dos se quedaban ahí mirando los autos que pasaban, quietos, mudos, con cara de no pensar en nada, a un costado de la gente que iba por la vereda. Cuando el viejo bostezaba, enseguida también se ponía a bostezar el Rulo. Así hasta que se hacía de noche y el viejo volvía a entrar a la casa.

Una tarde de junio el viejo murió. Tardaron una semana en darse cuenta y sacarlo. La chica que trabajaba en el almacén y que lo conocía dijo que tenía cirrosis. Que venía mal hace tiempo. Pero que tampoco el viejo podía ir al hospital. No tenía a nadie que lo lleve, ni plata. El Rulo vio cómo lo sacaban. Vio cómo se lo llevaban pero después bostezó y sacó la lengua y se acostó en la puerta como esperando a que saliera el viejo de nuevo. El Rulo se acostó ahí y no se movió más. Uno pasaba y el Rulo todas las tardes estaba en la puerta de la casa del viejo. De a poco el pelo se le empezó a poner medio gris, y se le caía, y tenía los ojos con cataratas, siempre lacrimosos, y pedazos de piel pelada, como los perros con sarna. A veces el Rulo se levantaba y caminaba un poco, rengueando, y miraba el piso, parado unos segundos, y después se volvía a acostar.

No sé cuánto tiempo el Rulo estuvo así, se había vuelto invisible, como un árbol, como un canasto, una cosa más del paisaje, nadie lo veía. Pero un día no aguantó más.

Un día el Rulo se levantó de la puerta, empezó a caminar despacio; esto varios lo vieron, juran que lo vieron caminar muy despacio y rengueando pero firme, decidido, sin dejar de avanzar en ningún momento, y que se paró en medio de la calle a mirar los autos que se le acercaban desde la otra cuadra. Uno tocó la bocina y pegó el volantazo, pero el que venía atrás de ese se lo llevó por delante de lleno. El tipo frenó en la otra cuadra, se bajó, miró el frente del auto y después se acercó caminando a ver cómo estaba el perro. El Rulo estaba tirado en medio de la calle. Justo ahí había una señora, parada en la vereda, mirando al Rulo con una mano en el pecho y la otra en la frente, y el tipo se acercó y se quedó quieto a un costado de ella mirando al perro y le dijo que no lo había visto. Apareció de repente, decía el tipo, negando con la cabeza.