jueves, 16 de junio de 2011

espejo de hotel

Tuve que frenar el auto en la vereda porque un viejo de boina pasaba por el portón despacio, muy despacio; no terminaba de pasar más. Eran las seis de la tarde y el sol todavía brillaba, y Mariel me miró en el asiento del acompañante como si se estuviera acordando de algo, y yo antes de que ella me lo dijera le acaricié una mano y le dije: Hoy estás hermosa.

Cerca de la esquina había un grupo de pibes en cuero jugando a la pelota. En la vereda de enfrente dos mujeres que tomaban mate charlaban. Mariel estaba más hermosa de lo que yo me acordaba que era, pero también sentía que no teníamos nada que hacer ahí, expuestos a la vista de todos.

Cuando el viejo terminó de pasar por la vereda subí el auto a la entrada del hotel y pedí una habitación, y con Mariel entramos y nos desnudamos y nos acariciamos casi sin hablar, y durante media hora fui el animal callado de mi cuerpo, entrando y saliendo del cuerpo de ella.

Transpiramos mucho. El aire acondicionado no andaba, y yo me moría de calor y la resaca me hacía tener pensamientos que por lo general no tenía, y Mariel desnuda en la cama era una visión que me había mantenido vivo durante meses, pero que ahora que era real y que lo que tenía que pasar ya había pasado solamente me daba una especie de nostalgia anticipada por lo que después iba a sentir cuando pensara en todo eso.

En el techo había un espejo inmenso. Yo me puse boca arriba y vi el contorno del cuerpo de Mariel, tirado boca abajo. Cuando me puse boca abajo como ella, Mariel pareció despertarse de su modorra, y se dio vuelta y se puso boca arriba. De reojo pude ver el perfil de sus ojos abiertos clavados en el espejo del techo. Mariel no hablaba. Mariel nada más se miraba en el espejo de arriba, y después por un cambio en el ángulo al que apuntaban sus ojos entendí que había empezado a mirar el reflejo de mi cuerpo estirado en la cama. El reflejo de mi espalda y de mi culo, y después vi que miraba el reflejo de mis ojos mirándola a ella. De golpe en el silencio caliente y quieto sentí que no la conocía.

Me senté en el borde de la cama y empecé a tocar los botones del tablero. Qué pasa, me preguntó Mariel. Me di vuelta; ella se había puesto en posición fetal; tenía un ojo cerrado. Quiero ver si arranca el aire, le contesté; no doy más del calor. Estuve un rato insistiendo con los botones. Pero no pasaba nada. Hubo un punto en que lo único que yo hacía era apretar el mismo botón una y otra vez sabiendo que no había nada qué hacer para arreglarlo.

Fui al baño. Metí la cabeza abajo de la canilla y el agua fría empezó a bajar por mi pelo y por mi cara y por un segundo me alivió. Pero cuando levanté la cabeza la sangre me subió a la frente y las piernas me vacilaron y vi todo amarillo, y tuve que hacer un esfuerzo apretando los ojos para sostenerme de la pileta y no desarmarme en el piso. Pero después se me pasó.

Cuando volví a la habitación Mariel se había sentado en la cama y estaba fumando con la espalda apoyada en la pared. Me pidió que hablara. Contame algo, me dijo. Qué querés que te cuente. Lo que sea; cualquier cosa. Me pidió que le hablara de lo que había sido de mi vida durante todo ese tiempo. Yo le hablé de mi trabajo. De lo que tenía pensado hacer en el futuro. Le hablé boca abajo en la cama, con los ojos cerrados, acostado a un lado de sus pies. Mariel me escuchó atentamente, esperó a que yo me quedara callado y después me dijo: Vos no estás bien. Yo levanté los hombros, y ella me empujó con el pie la espalda. Se te nota, me dijo, se te nota en el tono; vos no estás bien. Y yo ya empezaba a acordarme de cómo habían sido las cosas antes de separarnos. Mariel atribuyéndome un sentimiento que yo no sentía. Que yo no creía estar sintiendo. Le besé un pie y le sonreí. Miranos, le dije, es como si no hubiera pasado el tiempo. Se lo dije señalándole el espejo del techo, y ella levantó la mirada y los dos nos miramos y fue evidente que había pasado el tiempo. Entonces ella también sonrió, y la tensión de su pie se aflojó en mi mano, y fue justo en ese momento cuando se interrumpió el silencio que había entre nosotros.

Porque justo en ese momento alguien toca la puerta de la habitación. Acá, en nuestra habitación. Los dos, Mariel y yo, nos sentamos en la cama a la vez, y nos quedamos quietos, mirando el pasillo que va hasta la puerta. Para que se nos acabe el turno todavía falta. Quién será. Mariel apaga el cigarrillo. Fijate quién es, me dice. Y yo me levanto y me voy a fijar.

Me pongo el pantalón, también la remera, y cruzo el pasillo y abro la puerta, y en la sombra que hay del otro lado me encuentro con el contorno de dos siluetas. Hola, digo. Ellos, quienes sean, no contestan. Pero cuando empujo un poco más la puerta y la luz del pasillo les da en la cara los reconozco. Ahí, parados en el descanso, estamos nosotros. Mariel, de un lado; del otro lado yo. Los dos agarrados de la mano. Los dos con veintiún años. Me miran con timidez. Ellos solamente pueden ver mi sombra a contraluz.

Los reconozco enseguida porque es como estar de nuevo en ese día, todavía puedo acordármelo, yo sin barba y ella con carita de nena, y somos lo que se dice felices y nuevos, y nunca habíamos estado enamorados de nadie hasta el momento de conocernos cuando teníamos veintiún años, y entonces estamos entrando a un hotel por primera vez en nuestras vidas, tímidos, sigilosos, escuchando el murmullo de los alaridos y las puteadas en las otras habitaciones que hay a lo largo del pasillo, ella con una blusa negra escotada y yo con un paquete de forros en el bolsillo que nunca terminé pero que por las dudas ahí tenía que estar, son ellos, sí, y los dos me miran sin hablar en el descanso, y yo, todo barbudo y viejo en la puerta, siento que mi deber es desaparecer de la tierra, o por lo menos dejarlos pasar.

Ellos, a un costado de la puerta, me siguen mirando. Ella, sobre todo, me mira. La nenita se enrula el pelo con el índice. ¿Lo hará por mí? ¿Le seguiré pareciendo atractivo a pesar de la panza, de los pelos, de los dientes que la resaca me fue doblando con los años?

Se enrula el pelo con una inocencia medio pícara, y yo doy medio paso a un costado, aturdido por ese gesto, y los dejo pasar. Y ellos entran, cruzan el pasillo y ahí la encuentran a Mariel, que está desnuda en la cama, y no tiene tiempo de cubrirse. Y entonces ella, la otra, la Mariel con carita de nena, le tapa los ojos al otro, al que yo era a esa edad.

Mariel se cubre con una sábana, me mira desde ahí. ¿Y esto?, me dice. ¿Qué es? ¿Qué estamos haciendo acá?

Y cuando me lo pregunta, ellos giran, se ponen de espaldas a nosotros, los dos, y nos escuchan discutir de cara a la pared. A él lo noto impaciente. De vez en cuando suelta un resoplido y se cruza de brazos; después se los descruza y vuelve a resoplar. Ella, por su parte, tiene las manos en la cintura. Yo la miro de reojo. Pienso: Qué linda que está.

Te levantaría así como estás, pienso, y no te soltaría nunca. Éramos nuevos, a tu edad, amor mío, nenita con los brazos en jarra, enojada conmigo, pero predispuesta a bailar conmigo, dejame abrazarte con cuidado, que no quiero romperte, que no quiero desarmarte, pero después dejame cerrar los ojos y ahí sí que sea lo que Dios quiera. Dos cuerpos moldeándose en el calor de este domingo, acá adentro de este hotel de dos mangos, donde nunca anda el aire y uno no tiene forma de saber si es de noche o si es de día. Hay un espejo inmenso en el techo, y a veces te mirás el reflejo vos, y otras veces me miro el reflejo yo. Vamos alternando vanidades, edades; cómo cambiaron nuestros cuerpos. Y estamos tan pegados, que es como si los pensamientos se nos pasaran de una frente a la otra, mezclándose como las gotas de la transpiración. Así que hay un punto en que ya no sé si estoy pensando o escuchando, o pensando lo que se escucha adentro tuyo. Y en el silencio de mis brazos, en el de mis rodillas y mis pies, vos también podés escuchar mi confesión, todo lo que tengo para decirte, aunque después por más esfuerzo que haga ya no pueda explicarte nada.

No puedo explicarte por qué los dejé pasar. No puedo explicarte por qué somos nosotros lo que estamos acá cuando éste es el lugar de ellos. Esto es lo que pienso; pero no se lo digo a Mariel, y Mariel como respuesta a mi silencio solamente alza las cejas desde la cama, después se levanta y empieza a cambiarse a un costado. Ya es tarde, me dice sin mirarme, mientras se cambia. Yo miro el reloj y veo que todavía falta para que se nos termine el turno. Pero tiene razón. Ya es tarde.

Lo mejor que nos puede pasar ahora es irnos. Pero ustedes quédense. Quédate vos, haceme caso, y también quedate vos. Esta habitación es de ustedes. Veintiún años. Todavía me acuerdo. No es fácil. Cada cosa que tuvimos. Todo lo que ya no está. Pero a ella no se lo dije así. A ella le dije, antes de salir: La pasé muy bien. La pasé muy bien, Mariel. Se lo dije así y ella sonrió: Yo también la pasé muy bien. Después salimos. Salimos al pasillo oscuro y cerramos la puerta y nos fuimos, los dejamos encerrados ahí adentro a los otros dos.
 
 
 
 

3 comentarios:

Nicolás Pedretti dijo...

sos un guacho, re bien

Pablo dijo...

muy lindo relato, ezequiel, me transimitió mucha ternura.
abrazo

Allek dijo...

Es un gusto conocer tu blog..
te dejo un abrazo!