domingo, 24 de julio de 2011

las reinas del barrio


No sé si se llamaba Claudia, pero en el barrio le decían la Clau. Todos los días la Clau la llevaba a la hija al colegio en moto. Iban en una Zanella de las viejas, con el escape todo roto; cada vez que pasaban en la calle quedaba flotando un chorro de humo negro. La Clau todas las mañanas la llevaba a la nena al colegio; después, a eso de las cinco, la pasaba a buscar.

La nena, según me dijo mi hermano, fue de lo más lindo que se haya visto en el barrio. Tan linda que verla te amargaba. Ojos claros, pelo castaño, tirando para rubiecita. Y diminuta, muy delicada, casi no daba sombra, esa chica, me contaba mi hermano, que la conoció.

Nada que ver con la madre. La madre parecía hecha en un planeta distinto. Una morocha gigante, redonda, pero con todo bien puesto en su lugar. Tenía un lunar encima de la boca. Cuando caminaba por la vereda, los tipos siempre dejaban todo lo que estaban haciendo nada más para verla pasar.

La Clau no se despegaba de la hija un segundo. Para llevarla al colegio o traerla, para hacer las compras, o lo que sea; siempre iban juntas, de la mano, las dos reinas del barrio, pasaban y pasaban adelante de todos sin prestarle atención a nadie. Era como si no tuvieran ojos. O como si tuvieran ojos que miraran para adentro, más que mirar para afuera.

Mi hermano fue al colegio con la nena de la Clau un par de años, antes de que la madre y ella se mudaran, antes de que se fueran del barrio y no volvieran nunca más. Él me contó que un día una de las compañeras de curso se le paró enfrente a la nena y le preguntó de qué trabajaba la Clau. Se lo preguntó en un recreo, y todos los que estaban ahí se quedaron callados, a ver qué contestaba. Pero la nena no contestó nada. La nena nada más se dio vuelta y se fue sin ni siquiera mirarla a la chica.

Mi hermano me dijo: La nena de la Clau siempre fue la más linda del colegio, la más linda de su cuadra, la más linda del barrio entero. Siempre fue la más linda de todas en todos lados. Ella contra eso no podía hacer nada. Y las compañeras del curso la envidiaban a morir.

Tenía once años, en ese momento, pero ya se movía como una mujer. Parecía una inglesita, toda diminuta, petisita. No le daba bola a nadie. En los recreos siempre andaba mirando paredes, techos. Y si vos te acercabas, ella se las arreglaba para que vos dejaras de estar ahí. Estábamos todos locos por esa piba, me decía mi hermano, ya de chica era una de esas minas que nunca se puede saber qué piensan.

Para mí que a eso lo heredó de la Clau. La Clau era así. Con los tipos hacía lo que quería. Me acuerdo de un amigo mío, por ejemplo, que quiso largar todo para irse a vivir con ella. El tipo estaba casado, tenía hijos, pero ya no le importaba nada. Estaba como ciego. La iba a ver todos los fines de semana, y le decía que la quería salvar, que la iba a ayudar a cambiar de vida. Casate conmigo, le decía mi amigo, no quiero que trabajés más de esto. Pero a la Clau todo eso le daba risa. Soy puta porque me gusta, patito, le contestaba. Así que a ver si me dejás en paz.



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