martes, 19 de julio de 2011

marta


Cerca de donde vivo hay una vieja que se llama Marta. Parece que no tiene familia, ni amigos, porque nunca se ve que alguien la vaya a visitar o que ella salga a visitar a alguien. De su casa Marta solamente sale para regar las plantas que tiene en el frente. Todos los días a las seis de la tarde ella está ahí, atrás de las rejas, regando con una calza violeta, desteñida, y el pelo todo duro, atado con una gomita.

Mientras riega Marta siempre se pone a insultar. Insulta a políticos o famosos muertos, mirando las plantas, o si no suelta la manguera y cuelga las manos de las rejas y nos empieza a putear a nosotros, a los que justo estamos pasando por ahí. Todos ustedes son unos hijos de puta, nos dice. Unos hijos de puta. Lo dice gritando, con las venas marcadas en el cuello, y los ojos medio salidos para afuera.

Pero ya nadie la toma en serio. Algunos pibes se acercan con puñados de tierra o de basura y se los tiran en la puerta estando ella ahí, y le gritan vieja loca, vieja loca, y después se van corriendo, chistándose entre ellos, mientras la vieja con la cara pegada a las rejas les tira con el chorro de la manguera.

Hace poco José me contó cómo fue que la vieja terminó así.

Me contó que Marta antes no era así. Que Marta cuando no era vieja ni estaba loca era una santa. Una santa que además estaba más buena que el pan. ¿En serio? Sí, me contestaba José, y todavía se le nota, vos mirale los huesos que todavía se le nota. Que Marta antes estaba muy bien, me decía José, y que antes vivía en la misma casa que ahora pero con el marido. Con un tipo que durante su vida había hecho de todo, menos laburar. Que tenía el pelo largo, atado con cola de caballo, y se afeitaba la barba estilo candado. Que hablaba muy amanerado, que por eso en el barrio todos pensaban que era puto. Se llamaba Ángel. Y Marta había rechazado a un tipo de mucha guita, de familia bien, para casarse con él.

Pero a los pocos años de vivir juntos, Ángel se jodió. En su momento hubo muchos rumores sobre eso. Uno decía que le había agarrado epilepsia. Otro, que la falopa lo había terminado de doblar.

El tema es que Ángel fue perdiendo el sentido de la realidad. Vos le hablabas y el tipo estaba como ido, me contaba José. El tipo salía a caminar y se colgaba dando vueltas por el barrio, y si vos lo mirabas se quedaba quieto y te miraba, te miraba un rato y no hacía nada más que eso. No tenía alma.

Marta siempre lo acompañaba al hospital. Se tomaban el colectivo bien temprano a la mañana, y después en el centro tenían que tomarse otro. Al tipo empezaron a medicarlo. Pero no sirvió de nada. Ángel estaba cada vez peor. A lo último ya se levantaba de noche, mientras la mujer dormía, y salía a la calle como un sonámbulo. Salía con un pantalón corto, en cuero y descalzo. Los que se lo cruzaban se pegaban un susto bárbaro. Decían que parecía un fantasma, todo flaco, pálido, casi desnudo, caminando sin dejar de mirar el piso, con los brazos estirados a lo largo del cuerpo.

Cuando Marta se despertaba y veía que el tipo se había levantado salía corriendo a buscarlo. Iba y siempre lo encontraba caminando al azar, o durmiendo en alguna vereda. A veces Ángel no reaccionaba y ella tenía que arrastrarlo varias cuadras. Esa mujer era un corazón, me contaba José. Así como la ves. Un corazón, era.

Marta se rompió el lomo por el tipo. Ella le pagaba los medicamentos, la comida, todo. Llegó a tener tres laburos a la vez. Se iba a trabajar cuando todavía era de noche, y volvía cuando ya se terminaba el día. Y para que el tipo no pudiera salir, para que el tipo no se mandara ninguna cuando ella no estaba, lo dejaba encerrado. Cerraba con candado la reja de la entrada, y Ángel lo único que hacía cuando estaba solo era sentarse a mirar los autos que pasaban por la calle. Se sentaba entre las plantas y las flores que había puesto Marta a un costado de las rejas, y no se movía de ahí. Con los muchachos le gritábamos de todo. Para jorobarlo, nada más. Puto. Mantenido. Falopero de mierda. Pero el tipo ni escuchaba. Estaba como en otro mundo, me contaba José.

Hasta que una noche, era verano, se pudrió todo en esa casa. Debían ser más de las doce. Marta había salido a comprar no sé qué, y se olvidó la puerta sin llave. Entonces el tipo salió. Caminó dos cuadras, se metió a un descampado, era el terreno de un viejo de mucha guita, un alemán que siempre andaba calzado. Y lo mataron. Al tipo lo mataron ahí nomás.

En el juicio el alemán dijo que no lo había reconocido. Que como estaba todo oscuro, y Ángel no contestaba, no tuvo forma de saber que era él. Encima estábamos en una época jodida, me contaba José, empezaba el mambo de los saqueos, se decía que los negros se nos iban a meter en las casas en cualquier momento. Y el alemán no tuvo drama, le metió tres corchazos. Dos en el pecho y uno en el estómago.

–Así que el tipo se murió como vivió –me dijo José en el bar–: Como un pelotudo.

–Mirá vos –le contesté yo.

Le di la razón a José, en ese momento.

Pero después, no me acuerdo cuánto tiempo había pasado, me llegó otra versión. Una versión de la muerte de Ángel distinta a la que José me había contado.

Según esta versión, Ángel sí se cayó al piso después de los tiros, pero no se murió ahí, no se quedó ahí tirado, sino que se arrodilló entre los yuyales del descampado y empezó a gatear, que gateando hizo las dos cuadras de vuelta hasta la casa. Que se arrastró hasta la puerta de la casa y que apoyó la espalda contra la reja y que esperó ahí sentado a que llegara la mujer para morirse. Y que al otro día cuando salió el sol se veían los hilos de sangre que el tipo había dejado mientras se arrastraba por las veredas.

Yo no sé con cuál de las dos versiones quedarme. Pero desde que escuché la segunda a Marta la empecé a mirar con otros ojos. La vieja todos los días cuando sale a regar las plantas del frente nos putea a los que pasamos por la vereda. Nos putea de una manera que tá, pareciera que el marido sigue ahí, derrumbado en el piso, y nosotros fuéramos los locos que van y vienen sin ver, sin hablar, sin mover un solo pelo para ayudarlo.






 

2 comentarios:

amiga amema dijo...

Yo también tengo una vecina Marta que estuvo buena y que al marido lo veían como un pelotudo o como un puto. Qué cosa con las Martitas, tu Marta, mi Marta, detrás de una señora de su casa siempre hay un historial clínico interesante

Un desvarío por jueves dijo...

sí, son bravas las martitas