miércoles, 27 de julio de 2011

ya soy un hombre



El Negro había comprado cerveza, vinos, sidras, de todo. Pero a eso de la una, cuando el baile ya iba queriendo, empezaron a caer pibes de todas partes, pibes del barrio que ni sabían que era el cumpleaños del Negro, pero que habían escuchado la música y habían visto a las minitas bailoteando en la terraza, y se empezaron a mandar a la casa sin drama, a brindar y a saludar.

Chupaban como cristianos. A las tres ya no había nada de alcohol y las minitas nos miraban muertas de sed.

El Negro juntó dos cajones de botellas vacías y con un par lo acompañamos a buscar un kiosco. Fuimos en el coche del Chino. El Chino se comía todos los pozos y cada dos cuadras clavaba los frenos y sacaba el Fiat arando, para mostrarnos lo que es la calidad, y el auto salía a los pedos.

En una nos cruzamos con un kiosco. Pero el Negro lo miró de reojo al Chino y le dijo que siguiera de largo. Qué pasa. Nada, le dijo el Negro, pero seguí. Y por qué acá no. En la puerta del kiosco había un par de pibes fumando. ¿No entendés cuando te dicen que no?, le dijo el Negro. Pero primero explicame por qué, le contestó el Chino. Qué te importa, no te pongas pesado y seguí. El Chino se quedó mirándolo un toque. Pero el Negro le mantuvo la mirada y al final el otro cabeceó y lo puteó en voz baja, y arrancó de nuevo el auto.

Ya estaba bastante picado, el Negro. Nosotros nos dimos cuenta cuando prendió una tuca y se la fumó en cinco o seis pitadas, casi sin respirar. Después sacó la cabeza por la ventanilla y apoyó la cara en el viento. El Chino lo veía así y le decía ponete media pila, Negro de mierda, decime para dónde vamos, a ver, decime para dónde querés ir, y el Negro nada más levantaba una mano sin abrir los ojos y le señalaba la nada que había en la oscuridad. Para allá. Vos seguí por allá.

Este está re loco, nos decía el Chino. Pero igual seguía manejando para donde le decía el Negro.

Así que dimos varias vueltas más, girando para donde nos iba señalando el Negro, nos íbamos metiendo en calles cada vez más oscuras, hasta que llegamos a la calle más oscura de todas, y ahí al Negro como que se le pasó la modorra que tenía encima y se levantó en el asiento y dijo: A ver, gil, frená acá. El Chino lo miró de reojo. ¿Acá? Acá, le contestó el Negro. Y no bien el Chino frenó el auto, el otro abrió la puerta y se bajó.

De un lado de la calle estaba todo lleno de casas oscuras. En la manzana de enfrente solamente había un paredón. No se veía un alma. Nosotros pensamos que el Negro se iba a poner a vomitar. Pero el loco se bajó del auto como si nada y caminó hasta una de las casas y tocó el timbre. El Chino lo fue a buscar enseguida. ¿Qué hacés, pancho? Hay un kiosco acá, le dijo el Negro. Pero está cerrado, gil. El Negro no contestó. ¿Me escuchaste, drogui?, está cerrado, le decía el Chino. Pero el Negro miraba la puerta con una mano apoyada en la reja, y ya no escuchaba nada.

En la pared de la casa había una imagen de Cristo. Con la poca luz que había casi ni se veía. Pero el Negro se colgó mirando la imagen como hipnotizado, y recién se despabiló a los dos minutos, cuando se dio cuenta de que nadie le abría, y ahí tocó el timbre de nuevo. Esta vez lo tocó un rato más largo; el timbre silbó solo en medio de la noche; un par de perros en la cuadra se pusieron a ladrar. Nos van a cagar a tiros, empezó a decir el Chino. No pasa nada, le contestó el Negro. No pasa nada. Y no lo había terminado de decir, que vimos que las luces se prendían adentro de la casa, y que una sombra pasaba por los agujeros de la persiana donde brillaba la luz. Y ahí la puerta se abrió, y apareció un viejo.

Era un viejo todo arrugado, en musculosa. No abrió la puerta del todo, solamente se quedó mirando al Negro desde ahí. ¿Quién es? Soy yo, le dijo el Negro, enderezándose en la vereda: Soy Diego. Al principio el viejo no movió un pelo. Pero después abrió la puerta. Eso nos sorprendió. El viejo abrió la puerta y caminó un paso, después otro, acercándose al Negro con los ojos medio cerrados, como estudiándolo, todo despeinado, hasta que su cara apareció iluminada a la luz de uno de los postes que había en la calle. El Negro apoyó las manos en la reja y le dijo:

-Soy Diego, ¿no te acordás de mí?

El viejo lo miraba, parado a un costado. y el Negro le dijo:

-Soy tu nieto.

A la puerta también se había asomado una mujer. Nosotros la miramos desde donde estábamos, y ella también nos miró a nosotros, y después lo miró al marido. El viejo ya había abierto la reja de la entrada y ahora estaba en la vereda, parado enfrente del Negro. El Negro sonreía; los dientes le brillaban en la oscuridad. Hoy cumplo años, le dijo. El viejo tuvo que levantar la cabeza para mirarlo. Ah, ¿sí? Sí, le dijo el Negro. ¿Y cuántos cumplís? Dieciocho. Dieciocho años, abuelo, le dijo el Negro. Estamos haciendo una fiesta en casa, y nos quedamos sin cerveza, dijo después, ¿vos tenés? ¿Cerveza?, le preguntó el viejo. Cerveza, sí, le dijo el Negro, yo soy un hombre, ya. Ahora tomo cerveza. ¿Vos tenés para vendernos, abuelo? El viejo lo miró un segundo, vio la sonrisa de borracho del Negro, y después cabeceó y le hizo un gesto a la mujer. Gorda, traé cervezas. ¿Qué? Que traigas cervezas, le dijo.

Cuando la mujer entró a la casa, el Negro y el viejo se pusieron a hablar abajo de un árbol. Nosotros no podíamos escuchar lo que se decían. Pero el que más hablaba era el Negro. A veces se largaba a reír, y cuando movía los brazos riéndose tambaleaba, y los ojos se le perdían. Estaba regalado. El viejo pareció avivarse de eso, y lo único que hizo fue dejarlo hablar. Lo escuchó un rato sin moverse, pero no bien el Negro se quedó callado se dio vuelta y se puso las manos en los bolsillos, y le dijo que la iba a ayudar a la mujer a buscar las cervezas. Bueno, te dejamos los envases acá en la puerta, le gritó el Negro, cuando el viejo ya se había metido. Y nosotros nos acercamos y fuimos dejando los envases de cerveza vacíos a un costado de la puerta. ¿Conseguiste la birra, Negro?, le preguntó uno. El Negro se hizo la señal de la cruz, mirando la imagen de Cristo. Sí, zapato, le contestó después: Eso ya está.

El viejo salió de la casa enseguida. Salió con dos cajones llenos y nos los pasó. La mujer no volvió a aparecer. Solamente salió el viejo y cuando el Negro le preguntó cuánto era, mientras nosotros subíamos los cajones al auto, el viejo le contestó: Nada. En serio, abuelo, ¿cuánto? Nada, le dijo el viejo de nuevo, llevalas tranquilo.

Nosotros vimos desde adentro del auto cómo se despedían. El Negro primero le dio un beso en la mejilla, pero después le dijo algo al oído y lo abrazó. Lo abrazó y empezó a darle palmadas en el hombro, en la espalda. El viejo no entendía nada. Solamente sonrió cuando el Negro le tocó la nariz, y después entró a la casa con los cajones de envases vacíos, caminando lerdo, medio encorvado, y el Negro lo miró desde la vereda hasta que el viejo estuvo adentro de la casa y cerró la puerta, y recién ahí se subió al auto con nosotros. Vamos, gil, fue lo primero que dijo.

Pero antes de llegar a la casa, a las cuatro o cinco cuadras, tuvimos que frenar el coche otra vez. Frenamos el coche en una esquina y el Negro abrió la puerta y sacó la cabeza, todo doblado en el asiento, y empezó a vomitar. Me manchás el tapizado y te rompo el culo a patadas, le dijo el Chino. Pero el Negro largó todo lo que tenía que largar afuera, en la calle. Cuando terminó, cerró la puerta y se acomodó en el asiento. ¿Ya estás bien, pescado?, le preguntó uno. El Negro no contestó. El Negro nomás se limpió la boca con la manga de la remera y miró para adelante con un ojo cerrado. Desde los cinco años que no lo veía, dijo. ¿Qué?, le preguntamos nosotros. Pero el Negro ni nos miraba. Desde los cinco años, decía.





2 comentarios:

oh nikita dijo...

cada vez me gustan más tus cuentos ché

Julián Cánepa dijo...

Mas allá del final que hay en esta historia todas las descripciones de la primera parte son muy comunes en el mundo adolescente y no tan adolescente.

Cuando quieras pasá por mi blog:
www.unmediolimon.blogspot.com

Saludos