miércoles, 26 de octubre de 2011



Ciudad

En la vereda de la avenida
llena de gente
se ve de todo esta tarde
mientras paso escuchando música
en mi celular.

Hay tantas especies de animales
en la naturaleza
como especies de hombres
y mujeres
en esta calle.

La ropa. Los rasgos. La forma
de hablar.

Ese oficinista
que usa la palabra
fantástico.
Esa rubia
de plata bronceada palermitana
que pasa autista inundando
la esquina de su aroma
a otro idioma.
Y el aroma del mendigo
aplastado en la vereda
con el pensamiento también a su vez 
aplastado
en una gramática
de agua dura que se le deshace
entre las grietas del cuerpo.

Es como un zoológico a la intemperie
del azar; yo voy y contra mi voluntad veo
los carteles que rezan
a los pies de cada ejemplar
el nombre de una especie en general.

Me pregunto cómo hacer
para regalarle
virginidad a mis ojos.

Ver cuerpos, animales
y no adjetivos.
Ver nada. Nadie. 
Ver el azar.

Mi vecina siempre le da de comer a un perro
con sarna que apareció tirado una tarde
en la esquina de la cuadra de mi casa.

El mendigo es un perro que puede morirse
varios días seguidos
antes de que lo venga
la policía a levantar.

Era así, y no me lo pregunto; pero
cuando aparezcas vos, amor
mío, yo quiero tener una mirada
que solamente vea tu nombre
y gracias a tu nombre
más.

Que tu nombre haga un agujero
en la multitud
y me deje ver desde ahí
los cuerpos de las personas flotando
en el agua del mundo
como los peces que ahora hay nadando
en el fondo del mar.



domingo, 23 de octubre de 2011


El cuerpo en la escritura

"Las pocas veces que escuché mi voz grabada, por ejemplo en un contestador, no dejé de reconocerme pero al mismo tiempo me extrañé. Quiero decir que reconocía mi voz ahí y lo que había querido comunicar, pero hubiera necesitado un buen ecualizador y saber un poco de sonido para lograr que esa voz que en ese momento escuchaba sólo con los oídos se pareciera un poco más a la que me escucho con todo el cuerpo cuando hablo. Un trabajo parecido me espera ahora: lograr que estos capítulos que te fui pasando por abajo de la puerta, y en los que reconozco mi voz, se parezcan más a la voz que me escuchaba con todo el cuerpo frente al teclado, la vista clavada en el viejo monitor Samsung."




(fragmento de Entrerrianos, de Damián Ríos. Gran, grannn novela.)



domingo, 9 de octubre de 2011


La música de Zelarayán


"Todavía no sé por qué mataste a la iguana
Yo que la iguana me hubiera vuelto iguanote,
iguanodonte...
(su antepasado remoto averiguado)
y entonces te hubieras visto obligada
a protegerte en mis brazos
para refugiarte del iguanodonte.
Tal vez yo hubiera muerto,
pero no importa.
Tal vez yo hubiera matado al iguanodonte
y seguiría siendo el picaflor.
El picaflor para libar esa miel
del capullo de tu boca...
Y vos seguirías siendo la rosa roja,
rosa roja encendida
como la sangre de la iguana que mataste,
vaya uno a saber por qué.
Después de eso hubo silencio,
el mayor silencio,
tanto, que ahora
yo me quedo en silencio.
Un silencio que se reproduce
        inesperadamente...
pero siempre".






(Fragmento de "A la que no fue, pero pudo ser, la hasta ahora siempre ausente", en Ahora o nunca, de R. Zelarayán. En ese libro él también dice esto, sobre cómo escribe:
"Mi agradecimiento es para la gente que habla, la gente que se mueve, mira, ríe, gesticula... para la gente que constantemente me está enviando esos mensajes fuera de contexto, esos mensajes que escapan de la convención de la vida lineal y alienada. 
Las conversaciones de borrachos son a veces obras maestras del sinsentido, del puro juego de los significantes. Mi agradecimiento también. 
La música es un lenguaje de puros significantes, es el gran arte. Y yo me muero de envidia, porque en realidad soy un músico fracasado. Pero la música, en especial el jazz moderno en permanente evolución, ha sido y es lo único que me ha enseñado la verdadera estética operativa".)