jueves, 8 de diciembre de 2011

la puerta




Besala. Besala ahora, piensa Juan. Noelia, a un costado de él, mira la tele reclinada en el sillón. Besala. Sin avisar ni preguntar; inclinate encima de ella y besala.
El impulso es tan intenso que le hace retumbar el corazón. Pero al final traga aire y sigue pasando los canales.
Son las dos de la mañana, ya terminaron de ver la película, y una botella de cerveza vacía brilla en la mesa. Ya no hay motivos para que sigan ahí. Conversar, seguir conversando, no es una chance. Durante la cena hablaron durante más de dos horas. Fue una conversación agotadora, y la película también los agotó. Y ahí están los efectos: los dos mirando la tele, en medio de una atmósfera amodorrada, sin moverse en el sillón.
Al final Juan se pasa una mano por la frente. No hay nada para ver, dice, mirando la pantalla. La primera reacción de Noelia es cruzarse de piernas. Empieza a sacudir un pie en el aire; parece un gesto de impaciencia. ¿Y no tenés algo de música?, pregunta. Juan se rasca la rodilla. Pasa que no tengo equipo; por lo general escucho música en mi celular. Bueno, quizás haya algún canal de música en el cable. Me fijo, contesta él, y vuelve a apretar los botones del control remoto buscando los canales de música.
Mientras lo hace, mira a Noelia de reojo. Mira su pelo, su frente; el perfil de su mentón. Después baja la mirada, con disimulo, y también le vigila los pechos. Son redondos y parecen estar sueltos; es evidente que Noelia no trajo push up. Juan tiene un principio de erección. Los pechos de Noelia están ahí, al alcance de su mano, y al mismo tiempo a él no le está permitido tocarlos. Pero la sola idea de que la posibilidad exista es suficiente. Cuando Noelia levanta los brazos en el sillón, arqueando la columna vertebral hacia afuera, como desperezándose, la erección es completa.
Le gustaría que ella baje la mirada y lo vea. Su pantalón está hinchado y si ella pudiera ver esa imagen, probablemente las cosas se acelerarían siguiendo su curso natural. Para bien o para mal, llegarían al punto que él por sí mismo no se anima a tentar. Esto es lo que provocás en mí, le diría esa imagen a Noelia. No lo puedo ni disimular ni simular. Esto es lo que tu cuerpo genera en el mío.
Pero Noelia no parece notar la tormenta que hay a menos de medio metro de ella. Solamente dice: A ver, dejá este tema.
En el televisor hay una banda de rock que Juan no conoce, tocando un tema que él jamás en su vida escuchó. Está bueno este tema, ¿no?, pregunta Noelia. Sí, le contesta él. Entonces ella gira la cara y lo mira a los ojos por primera vez en varios minutos: ¿A vos también te gusta? Ese gesto a Juan lo agarra desprevenido. Se reclina en el sillón al mismo tiempo que se aclara la garganta, escondiendo con el movimiento su erección. Sí, pero hacía rato que no lo escuchaba, contesta, desviando los ojos.
Cuando Noelia vuelve a mirar la pantalla, Juan se siente desalentado. Siente que algo, en esa fracción de segundo, se rompió entre ellos. Noelia lo miró a los ojos, preguntándole si algo que a ella le gusta también le gustaba a él, y él no pudo soportar su mirada. Desvió los ojos enseguida, moviéndose con incomodidad en el sillón, y Juan es consciente de que una reacción como esa a una mujer no le puede pasar desapercibida. Un patito, piensa Juan. Habré quedado como un patito.
Dios, qué insoportable es la seducción.

**

Lo único que hago mientras cenamos es hablar de mí. Le hablo de mis viejos, de mis hermanas, de mi ex. Este pibe nada. Parece un autista. Un autista muy tenso. No mueve los hombros; los tiene como embalsamados. Yo, en cambio, me siento cómoda con la situación. El peso de la conversación depende de mí, y sé que él interiormente me lo debe estar agradeciendo.
La comida, qué decir de la comida. Yo le había avisado que era vegetariana y él me dijo que entonces iba a preparar un plato especial para mí. Cuando llegué descubrí que estaba haciendo fideos. No sé cuál es el concepto de "especial" que maneja este chico. En todo caso, él se apuró en aclararme que había intentado preparar una salsa de champignones que no prosperó. Así me dijo, literalmente: Que "no prosperó". Está perfecto por mí, le contesté.
Debo ser sincera: hay algo en este pibe que me gusta. Tiene algo que me llama. No podría decir qué. No se trata precisamente de que sea lindo (aunque los lindos nunca fueron mi tipo). Tampoco es de esos flacos que te entren por el carisma; al contrario, de entrada me pareció que lo avergüenza su forma de hablar. Que tiene cara de buen tipo, eso es seguro. Lo cual a estas alturas no sé si es bueno o malo. Desconfío de los que tienen cara de buenos. Créanme, hablo por experiencia.
No viene al caso contar cómo lo conocí. Es demasiado simple. Me lo presentó una amiga en una fiesta. Él parecía haber tomado de más. Se prendía un cigarrillo atrás del otro. A veces se iba y me miraba desde el fondo del patio. Me devoraba con los ojos; yo pensé: qué pajero; pero creo que lo hacía a propósito. Antes de irse me pidió el celular. Yo me las arreglé para darle solamente mi mail y después nos mantuvimos en contacto un par de semanas. Chateamos, y me gustó cómo escribía. No tenía errores ortográficos. Algo de valorar, hoy por hoy. Y cuando me invitó a cenar a su casa, yo le dije que sí, que iba a ser un gusto, pero a último momento se lo cancelé; no me acuerdo qué me había surgido. Pero a él no pareció molestarle el plantón; a la semana siguiente me volvió a invitar. Yo pensé: insistió, así que una de dos: o no tiene carácter, o tiene demasiado. Y como ninguna de mis amigas salía esta noche, le terminé diciendo: Está bien.
Así que acá estoy.
(Nobleza obliga, es mi deber aclarar: Sí, dije que no venía al caso contar cómo lo conocí, y al final lo hice. Pero así soy yo. No es mi estilo planear nada.)
Después de la cena él pone una película. Me dice que se la recomendaron. Que ganó un premio no sé dónde, y que las películas que ganan ese premio por lo general son buenas. Empieza con la escena de una vaca cruzando un campo. La escena durará cerca de cuatro minutos. Es solamente una vaca, se ve el horizonte atrás, con algunas nubes. Linda imagen, sí; pero hoy laburé todo el día, la luz está apagada y todavía no digerí los fideos. Así que es inevitable: durante la película me quedo dormida. De vez en cuando abro los ojos, y lo encuentro a Juan mirando la película con atención. No nota mis siestas. O por lo menos no me dice nada acerca de eso.
No tendría que haber comido tanto. Si después cojemos se me va a revolver el estómago. Pero igual ni idea. ¿Y? ¿Te lo garchaste o no?, me va a preguntar Romina mañana. No sé. Juan está bien, dentro de todo. Por lo menos parece un tipo limpio. Tiene la casa ordenada y las zapatillas impecables. Así que veremos qué pasa. No me quiero adelantar a las cosas. Ya lo dije: No es mi estilo planear nada.
La película solamente dura una hora y media, pero a mí se me hace una eternidad. Cuando termina Juan enciende la luz y yo tengo los ojos apretados. También debo estar despeinada. Pero me gusta mi pelo cuando estoy despeinada. Parezco una salvaje, una india dispuesta a todo. Juan me pregunta si quiero más cerveza y yo le digo que no. Suficiente cerveza por hoy. Él se sienta al lado mío, en el sillón. Bueno, llegó la hora de la verdad.
¿Hora de la verdad, dije? Bueno, nada de eso. Juan se sienta y empieza a hacer zapping. No hay nada para ver, dice. Pero igual no apaga el televisor. Yo me cruzo de piernas y empiezo a mover un pie en el aire. Ustedes no saben las piernas que tengo. Mis piernas y mis pies. Una belleza. Pero en ningún momento siento la tensión de su mirada observándome. Me pregunto: ¿Será gay? La situación es deprimente.
Al final me toca interrumpir el silencio. ¿Y no tenés algo de música? Juan me contesta: Pasa que no tengo equipo.
Bueno, esto es básico. No tiene equipo de música. No deben venir muchas mujeres a esta casa. ¿Qué pretendés, Juancito?, pienso yo. ¿Qué miremos la tele toda la noche? ¿O será que pretendés que sea yo la que avance primero?
Si es eso lo que está esperando este muchacho, que espere tranquilo, porque no va a pasar. Y no lo digo por hacerme la diva. Al contrario, cuando un pibe me gusta, cuando me gusta mucho, me importa muy poco que él sea hombre y yo mujer. Voy y lo avanzo directamente. Pero este no es el caso. No, decididamente no lo es.
Voy al baño, Juan, le digo, levantándome del sillón. Dale, me contesta él.
Pillo pensando en cuáles van a ser mis próximos movimientos. ¿Cómo zafo de esta? Bueno, Juan, muy rico todo, muy linda la película, pero me tengo que ir. No, en serio, perdoname, pero no me puedo quedar, mañana tengo que levantarme temprano. Sí, algo como eso. Si se lo toma a mal, me chupa un huevo. Esto es simple: Si hay química, bien; y si no, hasta la próxima.
Antes de salir del baño me acomodo el pelo de cara al espejo. Mi cara es un desastre. Ojeras, frente pálida. Parezco un muerto. Realmente me siento agotada. ¿Será que no le gusto? ¿Será eso? Cosas que una se pregunta acomodándose el pelo.
Pero cuando estoy lista para irme, pasa. Tiro del picaporte, y la puerta no se abre. Forcejeo durante unos segundos, agarro el picaporte con las dos manos, y tiro, y tiro, pero nada. Parece que está falseado.
Así que este es mi viernes a la noche, señores. Encerrada en el baño de Juan.
Creo que es importante decirlo, a estas alturas: hace poco tuve un episodio que me marcó. Se rompió el ascensor del edificio donde vivo y estuve ahí encerrada cerca de dos horas. Grité; nadie me fue a ayudar. Cuando por fin me sacaron, yo estaba llorando como una loca, y apenas volví a mi casa vomité. Y ahora, que forcejeo la puerta del baño de Juan, tengo muy fresco ese recuerdo. La puerta no se abre, es un cuartito diminuto, y poco a poco las paredes se empiezan a acercar. Un minuto más y es un hecho que las voy a tener encima.
Pero todavía me puedo contener, y no grito, solamente levanto un poco la voz para que él me escuche: ¿Juan?, ¿estás ahí?
Juan se acerca enseguida: Acá estoy. No puedo abrir la puerta, le digo. Él desde el otro lado me contesta: Correte un poco para atrás. Y empieza a empujarla. Durante unos segundos veo el picaporte que se sacude, cada vez que él le da un empujón, y después escucho que dice: Qué puerta de mierda.
Yo como única respuesta sonrío. Siempre sonrío cuando me estoy muriendo de los nervios. Apoyo las manos a un costado de la pileta y miro para arriba. Qué bajo está el techo. Pero no. No voy a caer en el pánico. En lugar de eso me acerco, agarro el picaporte y lo ayudo a Juan desde este lado a ver si podemos abrir la puerta entre los dos. Casi puedo ver la imagen: él empujando la puerta de un lado, yo tirando del picaporte del otro. La escena tendría su costado cómico si no fuera porque me estoy aguantando las ganas de llorar.
Al final Juan me dice: Cuidado. Y le mete un empujón tremendo a la puerta. Veo el picaporte que se vence, y un segundo después la puerta que se abre. Entonces aparece él, con la frente llena de transpiración, la remera arrugada y el pelo revuelto para todos lados.
Perdoná, me dice, me olvidé de decirte que hay que dejar la puerta entornada.
Yo respiro el aire puro que viene desde el pasillo. Respiro aliviada, hasta que miro para abajo y lo noto. Sé que es una indiscreción de mi parte, pero ¿cómo no notarlo? Está ahí: Juan tiene inflado el pantalón. Es tan evidente que durante una fracción de segundo lo miro totalmente desorientada. Él parece darse cuenta, y su primera reacción es agacharse. Se encorva a un lado de la puerta, simulando que está revisando el picaporte.
No sé por qué a veces se traba, dice, creo que es por la humedad, que infla la madera.
¿La humedad?, ¿la madera?, pienso: Qué comentario grotesco.
Pero no quiero torturarlo. Así que nada más le digo: No te preocupes, yo tampoco me había dado cuenta.
Juan, todavía sin levantarse, se corre a un costado para dejarme el paso libre. Si lo pudieran ver. Parece un cangrejo, corriéndose en cuclillas. Teniendo en cuenta que los dos sabemos lo que está pasando, la situación es bastante ridícula.
Yo lo espero en el comedor, mirando mi celular. Cuando Juan vuelve camina con normalidad. No hay rastros del episodio anterior. Yo le digo que me tengo que ir a mi casa. Que la pasé muy bien, que me gustó la comida y también la película. Juan me ofrece un café, yo le digo que no, y él no insiste. Nos despedimos con un beso en la mejilla. Espero que esto se repita, me dice sonriendo. No va a faltar oportunidad, le contesto yo.
Durante tres semanas Juan desaparece del mapa. De vez en cuando abro el msn como desconectada, pero su contacto no está. Tampoco me escribe. Yo, por mi parte, tampoco le escribo a él. Quizás se consiguió otra, pienso. Y está bien. Que haga lo que tenga que hacer. Cada uno persigue su estrella.
Y yo ya me olvidé del asunto, cuando este martes me llega un mail de él. Que la pasó muy bien la otra noche, me dice. Que le recomendaron otra película. Que quiere que la veamos juntos. Y me pone: "Dicen que está buena, pero si no te gusta la sacamos, así no te me quedás dormida de nuevo".
Yo sonrío de cara a la pantalla. ¿Así que se dio cuenta?, pienso. Bueno, al final no es tan desatento, este Juan. Al final no es tan colgado.
En fin, cerré el mail sin contestar y me fui a trabajar. Todavía no se lo respondí. No creo que vaya a verlo, igual. Salvo que no tenga nada que hacer ese día, no le veo sentido. Pero veremos. Veremos cómo evoluciona la semana. Falta para el viernes, falta todavía mucho. Y, ya lo dije, no es mi estilo planear nada.







6 comentarios:

amiga amema dijo...

Que linda historia, muy limpia... me hizo acordar a la vez que un pibe me invitó a la casa a no hacer nada jajajaja

Un desvarío por jueves dijo...

euu, gracias por leer doc !!

victoria dijo...

sospecho que todos hemos sido Noelia o Juan alguna vez... :)

jimena dijo...

hace rato no leía una prosa en un blog, casi siempre me disperso o me aburro antes de que termine y hago zapping web. esta vez me quedé hasta el final. me gustó!

Un desvarío por jueves dijo...

yo sospecho lo mismo que ud., Raimondi !! jaja

gracias por pasar, jime, te leo

Anónimo dijo...

Muy buena la historia, me hizo acordar una situación muy parecida con un chico argentino que me obligaba a ver películas relargas, y como lo que me gustaba mucho era justamente él pero no sus películas, aguantaba. Ahora, veinte años después no volvería a hacerlo...

Un beso Eze, hasta muy pronto, Elli