jueves, 26 de enero de 2012



El árbol de la vida

"El árbol de la vida" tiene cosas que no se entienden, pero también otras como esta: el encuentro de dos dinosaurios en el borde de un lago. ¿Por qué uno le apoya una pata en la cabeza al otro? ¿Lo está ayudando a morir? ¿Lo está consolando? ¿O simplemente apoya la pata ahí como podría hacerlo sobre cualquier piedra? ¿Como un juego, una mera distracción, o instinto mecánico?

No sé qué contestarme, pero me quedo con la tensión humana que hay contenida en ese gesto; y con la idea de que no importa cuál haya sido la intención de Malick a la hora de visualizarlo, sino lo que uno proyecta sobre la escena como espectador.

Yo, por mi parte, me lo creí. Me creí ese encuentro alucinado, y también el relato del comienzo del mundo y de la vida. Esa parte está tan bien laburada -lo que se nota en esta película, sobre todo, es el laburo; la minuciosidad de una de esas esculturas que se hacen pegando chapita por chapita- que yo mientras la miraba tenía la sensación de que lo que estaba pasando en la pantalla no era una película de ficción, sino el comienzo del mundo real, un evento verídico que alguien de alguna manera se había encargado de registrar hace varios millones de años para traerlo hoy hasta nosotros, que tenemos dvd y televisores pero que nunca habíamos visto cómo se le daba luz a todo. 

Y son explosiones, burbujas, astros, ondas fosforescentes que cambian de forma; un delirio visual fascinante. Y después del mundo, nace la vida; un pez con forma de espermatozoide, fluyendo en el agua virgen hacia un pez con forma de -ya lo van a ver-. La vida, cuando todavía no había en el mundo ni una sola huella humana. Un mundo sin mitos, ni misticismos; simplemente la nada absoluta, una nada de colores y sonidos, pura forma desarmada, anterior al lenguaje. Y después, de golpe, en el árbol de la vida la humanidad; la humanidad inserta a través de su célula social más primaria, primitiva y compleja: la familia. 

Hay que verla descansado, pero hay que verla. Esto que hizo Terrence Malick es uno de esos bichos raros que no se miran, sino que se experimentan, y te empapan de una sensibilidad nueva. 














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