martes, 20 de marzo de 2012




Siesta


Hoy se hace de noche a las dos de la tarde. Dejamos abierta la ventana a propósito, para mirar la tormenta. El aire está hecho de un vapor quieto. Hasta que un viento sopla, y se mueven las cortinas, y también las cenizas en el cenicero que hay encima de la mesita de luz. En la calle la oscuridad es pálida, fosforescente. Decís: En cualquier momento se va a largar. El viento sigue soplando. Es el viento más largo que me haya tocado sentir. Como si hubiera un mar del otro lado de la ventana, puesto ahí, en la calle, soplando el viento infinito de todos los océanos del mundo. El viento se ondula y gira y rebota contra las paredes de la pieza en espiral, y tu pelo baila, veo los mechones que bailan encima de tu cara y de tu frente, y también veo cómo de a poco se te van cerrando los ojos, acá, en la oscuridad. Explota un trueno. Un relámpago se abre y alumbra la capa de nubarrones negros. Tus ojos se cierran de a poco. Querés dormir. Me das un beso en el cuello. Sí, me decís. Estás en posición fetal. Tu espalda en mi estómago. Mis brazos alrededor de tus brazos. A mí también se me cierran los ojos. Me gustaría quedarme dormido así toda la vida. Pienso eso, apoyando la frente en tu nuca, a ver si me podés escuchar desde donde sea que estés ahora, mientras estás durmiendo.

 

martes, 13 de marzo de 2012

correr



Al fútbol jugué por primera vez a los cinco años. Mamá me había llevado a saludar a Carlos, su tío, y mientras ellos conversaban en la casa, yo salí con los hijos de Carlos a jugar. Tuvimos que cruzar unos yuyales, y después pasar por un tablón que había encima de una zanja, y recién ahí llegamos a un descampado inmenso con dos arcos de madera bien altos a los costados.

Había muchos pibes jugando abajo del sol. Todos corrían para todos lados, y yo no sabía para dónde tenía que ir ni dónde quedarme quieto. De vez en cuando escuchaba que los pibes se gritaban entre ellos: Tocá. Tocá. Tocá. Y a veces la pelota venía a parar a mí, y también me decían lo mismo.

Cuando Carlos y mamá salieron de la casa yo me acerqué y les dije que no quería jugar más. Pero mamá no alcanzó a decir nada, que Carlos se agachó al lado mío y me puso una mano en el hombro. Cuando te dicen "tocá", me dijo, vos lo que tenés que hacer es darles la pelota. La pateás así, ¿ves? Y después se levantó y lo llamó a Nahuel y le dijo: Nahue, acá tenés al nueve que buscabas.

Yo miré a mamá y ella levantó y bajó las cejas, sonriendo, y me dijo: Dale, entrá un cachito, así te mira mamá.

Yo entré. Jugaba en el mismo equipo que los hijos de Carlos. Uno se llamaba Gastón y era gordito, y debía tener mi edad. El otro, Nahuel, tenía doce, y era alto, y huesudo, y tenía el nombre de la madre fallecida -después me dijeron que la vieja no se había muerto, que en realidad se había ido con otro tipo al interior- tatuado en el pecho.

Lo primero que hace Nahuel cuando tiene la pelota es pasármela. Milagrosamente puedo pasar entre varios rivales -nunca tengo la sospecha de que me están dejando pasar-, y al final lo escucho a Nahuel que me grita desde un costado: Tocá. Y yo, no bien lo escucho, pateo la pelota, le doy un empujón como puedo, haciendo equilibrio, y la pelota rueda hasta él. Nahuel me dice: Ahora corré para arriba. Y me señala un arco: Corré para allá. Y yo corro y corro hasta estar a un lado del arco, y entonces veo la pelota acercándose a mí. Y solamente la tengo que volver a empujar, con el pie, y lo escucho a Nahuel que grita gol, y yo también grito gol, y miro a un costado y mamá y Carlos están aplaudiendo a un costado de la cancha.

Carlos era uno de los varios hijos que mi bisabuelo había tenido por ahí. Esa fue la única vez que fuimos a verlo a su casa; después, a lo largo de todos esos años, el que siempre vino a la nuestra fue él. Siempre venía a trabajar; a pintar, o cortar el pasto, o a podar los árboles de la vereda. Una tarde, mientras no estaba mamá, se acercó y me preguntó si no tenía cinco pesos para prestarle. Yo se los di sintiendo que estaba cometiendo un error. Pero a las pocas semanas Carlos vino, también mientras no estaba mamá, y me los devolvió con un billete de dos pesos, todo arrugado, y el resto en monedas de diez y de veinticinco centavos.

Carlos se venía en bici hasta casa desde La Matanza. Aunque ya pasaba de los cuarenta y pico, se mantenía muy bien. Era muy delgado, pero comía muchísimo. A veces se quedaba a comer en casa, y a mí me sorprendía lo mucho que comía, pero también lo lento que lo hacía, midiendo cada bocado, degustándolo, como si quisiera ensanchar el estómago de a poco, sin meterle mucha presión de golpe.

Su único problema de salud era una enfermedad en la piel; nunca supe qué enfermedad era; pero Carlos siempre aparecía con manchas en la cara, en las manos, los brazos; manchas pálidas, rosadas, como las que crecen en el lugar donde uno tuvo una quemadura.

Una vez entré a la cocina y lo encontré parado en la heladera, tomando jugo del pico de la botella. La guardó con disimulo no bien me vio. Después salió al parque de nuevo a cortar el pasto, salió silbando, y yo cuando se fue me acerqué y saqué de la heladera la misma botella que él había tomado y vacié en la pileta lo poco que quedaba y después la tiré al tacho de basura.

Tocá, me decían los pibes, tocá. Yo veía sus pies descalzos llenos de tierra, clavándose y desclavándose de las piedras del piso, las plantas de los pies duras, recubiertas de una capa amarillenta y áspera, mientras corrían atrás de la pelota abajo de ese sol y con ese calor tremendo.

¿Qué estábamos haciendo esa tarde en lo de Carlos? ¿Por qué mamá me había llevado?

A mí me gustaba mucho dibujar. A los once ya hacía dibujos por computadora, con el paint, y una vez dibujé a mi familia y me salió muy bien, a mamá le encantó el dibujo y lo pegó en la heladera, y Carlos una tarde que andaba por ahí lo vio y a él también le encantó lo que yo había hecho, y se acercó y me preguntó si por favor le podía hacer uno igual, un dibujo de él y de sus hijos. Yo hacía rato que no veía a sus hijos pero igual algo me acordaba, y los dibujé tal como los había visto la última vez en el cumpleaños de la abuela: Gastón entrando a la pubertad enorme y gordo pero todavía con bigotes de pelusa y sonrisa de nene -Gastón sonreía todo el tiempo, como Carlos; pero uno lo miraba y se daba cuenta de que no era que sonriera por algo en especial, sino que nada más tenía la cara así, como atontada en esa mueca- y también lo dibujé a Nahuel, a los dieciocho, diecinueve años, hecho todo un hombre ya, más alto todavía que Carlos y muy flaco, y con camisa de vestir y un vaquero celeste impecable.

Estuve casi una semana trabajando en mi dibujo. Cuando Carlos volvió a casa ya estaba terminado, y yo se lo regalé antes de irme al colegio, y él lo miró varios segundos como embobado, lo estudiaba desde distintos ángulos; Carlos aparecía en el medio, con el detalle de los bigotes y el pantalón y la camisa de overol que usaba para laburar en el parque, y después Gastón, gordito, a un lado, y Nahuel, bien alto, del otro, y los tres sonreían abrazados, como tres jugadores de fútbol mirando a la cámara. Gracias, me dijo Carlos. Y después se guardó la hoja en la mochila y se la llevó para su casa.

Otro recuerdo. Papá, en la mesa: Un tiro al aire. Siempre lo mismo con ese tipo. Un tiro al aire. Y después mamá, otro día, quizás otro año, explicándome: Los trabajos no le duran mucho. Se resfría y falta. Falta por cualquier cosa.

Así que Carlos para sobrevivir hacía changas; nunca tuvo otro ingreso, que yo sepa; hacía laburos en mi casa, en la de mi vecino, en la de mi abuela, y así. Era un buen trabajador; se tomaba su tiempo para todo, pero a las cosas que hacía le gustaba hacerlas bien. Nada más una vez tuvo un problema con mi vecino, un viejo de mucha guita que tenía una fábrica de muebles en San Martín. Mi vecino le había dicho a Carlos que llegara a las ocho, pero Carlos llegó pasadas las diez. Tocó el timbre de la casa del viejo, eso lo vimos nosotros, mi hermano y yo, que justo estábamos jugando al fútbol en el patio del frente, y vimos también cómo el viejo salía de la casa a las puteadas, casi zapateando de la bronca que tenía. Se le paró enfrente a Carlos y empezó a decirle: Andate de mi casa. Andate de mi casa. Carlos con la bici en la puerta, y la gorra en la mano, y una bolsa de consorcio negra, cubriéndole el cuerpo, encima de la ropa, toda mojada. Tuve un problema, chistaba Carlos. Tuve un problema. Pero el viejo no lo dejaba hablar. Andate de mi casa, le decía. Andate de mi casa. Y Carlos se puso la gorra, se subió a su bici y se fue. Se fue por la calle, pedaleando abajo de la llovizna, sin mirarnos ni a mi hermano ni a mí, aunque pasó casi al lado nuestro.

¿Cuánto tardás en venirte en bici desde allá?, le pregunté a Carlos una vez. Dos horas y media, me contestó. Que se tomaba un tren, me dijo, y que después se venía en bici desde la estación de Coronado hasta Suárez, y que como mucho tardaba eso, sí, dos horas y media, quizás tres.

A los pocos meses escuché a mamá hablando con la abuela. Que Nahuel estaba preso. Que había robado un auto. A mano armada, por Morón. Pero él no tuvo nada que ver, le dijo Carlos a mamá otro día. Fue el amigo. Fue el amigo el que lo robó.

Trece, catorce años tenía yo; creo que pasó un tiempo, y poco a poco a Carlos lo dejamos de ver. Yo, por lo menos, ya no lo volví a ver ni en mi casa, ni en la de mi abuela, ni en la de mi vecino. No sé qué pasó. No se lo pregunté a mamá, pero tampoco era algo en lo que yo me ponía a pensar seguido. En realidad nunca pensaba en Carlos. En un momento estuvo, y después ya no, y yo seguí con mi vida, y él con la suya. Y nada más que eso.

Bueno, así hasta hoy.

Tengo que hacer un trámite en San Martín. Es una pavada; dejar una factura en mi obra social; son cinco minutos. No hay lugar para estacionar cerca; no me queda otra que dejarlo a la vuelta. Pero cuando miro veo que hay un trapito, uno de los legales que trabajan para la municipalidad; tiene puesta una campera verde fosforescente. No voy a dejar el auto ahí; no voy a pagar dos mangos, o lo que sea, por un trámite de cinco minutos. Así que sigo hasta la otra cuadra y lo dejo abajo de un árbol.

En la obra social hay una vieja antes que yo. La vieja pregunta muchas cosas. Cuando por fin se va y me toca pasar, dejo la factura y listo; en dos segundos estoy en la calle de nuevo.

Pero el auto en la calle no está. Me desespero. ¿Me lo robaron? Me acerco al kiosco que está enfrente. El kiosquero es un pelado de lentes; lee un diario. No vi nada, me dice. Y después sigue leyendo.

Entonces veo que el trapito, en la esquina, me hace un gesto con la mano. Yo me acerco hasta quedar parado enfrente de él. Tardo un segundo en reconocerlo: es Carlos. Con algunas canas en el bigote, y casi pelado, y mucho más huesudo, mucho más chupado que antes; la piel le cuelga encima de los pómulos; y las manchas, esas manchas lechosas de su enfermedad, desparramadas por toda la cara, y en las manos, y en las partes del brazo que se le alcanzan a ver.

No te había reconocido, me dice, ¿cómo estás? ¿Tu mamá, tu papá? ¿Todo bien? Sonríe, yo también sonrío, pero no puedo disimular mis nervios. Todo bien, le digo, vine a hacer un trámite, acá a la vuelta, y dejé el auto ahí, pero ahora no lo encuentro. Carlos mira el árbol a mitad de cuadra. Ah, ¿el Gol era tuyo? Sí, le digo yo, ¿viste algo vos? Carlos levanta las cejas. Se lo llevó la grúa, me dice, recién, recién lo termina de levantar. No me digas, le digo.

Por un lado me siento aliviado de que no me lo hayan robado. Pero por otro, ¿la grúa? ¿Y ahora?

Carlos se pasa una mano por el mentón. Oíme, me dice, se lo llevaron al galpón municipal; para sacarlo tenés que ir a pagar el acarreo. ¿Y cuánto es? No sé, me dice Carlos, pero el galpón queda acá a un par de cuadras. Después levanta la mano y se mira el reloj. Pero fijate que en diez minutos cierra, me dice. ¿En diez? Sí, yo que vos voy ahora, sino hasta mañana ya no abre. Uy, me voy ya, entonces, le digo, ¿dónde me dijiste que queda?

Carlos me lleva del hombro hasta la otra esquina y me señala el fondo, un punto en el fondo del paisaje de la calle; me dice: seis para allá, después tres a la izquierda.

Bueno, Carlos, le digo, lo voy a buscar. Andá, me contesta. Que sigas bien, le digo. Y me voy. Lo saludo con una palmada en el hombro y salgo disparado. Saludos a tu mamá, escucho que me grita él, mientras me alejo. Se los mando, le grito.

Así que un instante después estoy corriendo. Abajo del sol, por San Martín. Corro a los saltos, mirando con atención los lugares que piso, para no llevarme por delante ningún escalón o baldosa salida de lugar. Voy rapidísimo, veo mis piernas moviéndose, y mis zapatillas, y veo la sombra de mi cuerpo en la vereda, y es ahí cuando pasa, es ahí, mientras corro a lo loco, cuando me viene a la mente todo, esa tarde de sol, yo con cinco años, corriendo en ese descampado atrás de la casa de Carlos en La Matanza, viendo cómo mis zapatillas rebotan en el piso de polvo, pasando entre pies descalzos, y escuchando el grito de Nahuel, a un costado: Para allá; vos corré para allá.

Cuando me doy vuelta, bajando la velocidad, Carlos está en la otra esquina, mirándome. Le hago un saludo con la mano y después sigo corriendo, todavía más rápido que antes, y ya no vuelvo a mirar atrás.





jueves, 1 de marzo de 2012



Las acacias

La literatura nunca hubiera podido contar esta historia tal como la cuenta esta película. En Las acacias todo transcurre por atmósferas. Gestos. Miradas. Climas. Lo mismo que en un cuento o una novela aparecería filtrado, encasillado por el lenguaje, en esta película está ahí: no es el concepto que yo tenga de un paisaje o de un camión, sino ese paisaje y ese camión concretos, con ese camionero en particular que lo maneja, y esa mujer, y su hija; no podemos acomodar sus caras ni gestos a nuestra imaginación; son ellos y listo, no hay nada más de por medio.
Las acacias es una historia de amor sencilla, pero en todo momento se trasluce el fondo de un ojo muy fino. Es algo que se puede notar en la energía apretada de cada una de las imagenes que uno ve, atrás de cada escena que se nos muestra. La complejidad del lenguaje gestual -un lenguaje de pura reacción, de pura psicología expuesta-, en esta película se resuelve con una lucidez sigilosa; un mínimo movimiento en las cejas del protagonista te da la pauta de lo que está o puede llegar a estar experimentando en ese momento. Es un cine de introspección: no se nos explica nada, vamos intuyendo todo a través de esos gestos mínimos; es un poco como en la vida real, nada más que acá, en el arte, siempre hay una lógica, un final determinado.
Y la beba; ¿cómo hace Pablo Giorgelli, el director, para que la beba sonría en el momento justo? ¿Cómo hace para que llore o deje de llorar justamente en el instante en que la tensión emocional de la película así lo requiere? No se puede controlar la reacción de una beba. Así que solo hay una respuesta para eso que se consigue en Las acacias: trabajo.
Me imagino la misma toma, repitiéndose una y otra vez, hasta el hartazgo, hasta el hastío, enfocada en la reacción de la nena; hasta que la imagen finalmente ya no se puede aproximar más a la imagen que el director previamente en su imaginación había entrevisto. En El perro, Sorín dice haber recortado una película de hora y media de una cinta de más de cuatro. Cuanto más se recorta lo superficial, más tenso y contundente y enérgico se vuelve lo necesario.
Y lo tenso, lo enérgico de Las acacias está ahí, en esos detalles que se nota que están minuciosamente calculados. Los gestos de la beba. El sonido del motor. El suspiro del camionero hacia el final. Los colores. Los ojos. Es una película de primer orden, de esas que transmiten tanta generosidad que uno tiene ganas de ir y palmearle el hombro a alguno de los personajes. 
Me gusta que dure solamente una hora y veinte. Me gusta que haya pocas palabras. Me gustan la cara de la actriz y la del actor y me gusta la cara de la beba.
El actor se llama Germán de Silva, y en esta película se pasa. Ella, la actriz, se llama Hebe Duarte, y no es actriz profesional, pero -o quizás por eso mismo- también se pasa.
Las acacias es la ópera prima de Pablo Giorgelli; él dice que pensarla y elaborarla le costó más de cinco años.