jueves, 1 de marzo de 2012



Las acacias

La literatura nunca hubiera podido contar esta historia tal como la cuenta esta película. En Las acacias todo transcurre por atmósferas. Gestos. Miradas. Climas. Lo mismo que en un cuento o una novela aparecería filtrado, encasillado por el lenguaje, en esta película está ahí: no es el concepto que yo tenga de un paisaje o de un camión, sino ese paisaje y ese camión concretos, con ese camionero en particular que lo maneja, y esa mujer, y su hija; no podemos acomodar sus caras ni gestos a nuestra imaginación; son ellos y listo, no hay nada más de por medio.
Las acacias es una historia de amor sencilla, pero en todo momento se trasluce el fondo de un ojo muy fino. Es algo que se puede notar en la energía apretada de cada una de las imagenes que uno ve, atrás de cada escena que se nos muestra. La complejidad del lenguaje gestual -un lenguaje de pura reacción, de pura psicología expuesta-, en esta película se resuelve con una lucidez sigilosa; un mínimo movimiento en las cejas del protagonista te da la pauta de lo que está o puede llegar a estar experimentando en ese momento. Es un cine de introspección: no se nos explica nada, vamos intuyendo todo a través de esos gestos mínimos; es un poco como en la vida real, nada más que acá, en el arte, siempre hay una lógica, un final determinado.
Y la beba; ¿cómo hace Pablo Giorgelli, el director, para que la beba sonría en el momento justo? ¿Cómo hace para que llore o deje de llorar justamente en el instante en que la tensión emocional de la película así lo requiere? No se puede controlar la reacción de una beba. Así que solo hay una respuesta para eso que se consigue en Las acacias: trabajo.
Me imagino la misma toma, repitiéndose una y otra vez, hasta el hartazgo, hasta el hastío, enfocada en la reacción de la nena; hasta que la imagen finalmente ya no se puede aproximar más a la imagen que el director previamente en su imaginación había entrevisto. En El perro, Sorín dice haber recortado una película de hora y media de una cinta de más de cuatro. Cuanto más se recorta lo superficial, más tenso y contundente y enérgico se vuelve lo necesario.
Y lo tenso, lo enérgico de Las acacias está ahí, en esos detalles que se nota que están minuciosamente calculados. Los gestos de la beba. El sonido del motor. El suspiro del camionero hacia el final. Los colores. Los ojos. Es una película de primer orden, de esas que transmiten tanta generosidad que uno tiene ganas de ir y palmearle el hombro a alguno de los personajes. 
Me gusta que dure solamente una hora y veinte. Me gusta que haya pocas palabras. Me gustan la cara de la actriz y la del actor y me gusta la cara de la beba.
El actor se llama Germán de Silva, y en esta película se pasa. Ella, la actriz, se llama Hebe Duarte, y no es actriz profesional, pero -o quizás por eso mismo- también se pasa.
Las acacias es la ópera prima de Pablo Giorgelli; él dice que pensarla y elaborarla le costó más de cinco años.













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