miércoles, 9 de mayo de 2012

los gatos




Hoy a la tarde pasó por casa Roberto. Me dijo: Clau, me gusta la remera que tenés puesta, ¿quién te la regaló? Yo le contesté que mamá. Que mamá me la había regalado para mi cumpleaños. ¿Por qué no viniste a mi cumpleaños, tío? Roberto se limpió con la lengua el resto de jugo que le había quedado en los labios. Me gusta mucho cómo te queda, me contestó.
En el patio de casa hay seis gallinas. Dos perros. Y también un gallo. Antes teníamos otro perro más, pero siempre mordía a las gallinas, así que cuando nos mudamos el abuelo no lo trajo. Nadie me lo dijo, pero yo sé que fue el abuelo el que no lo quiso traer; siempre se andaba haciendo mala sangre por Bruno (así se llamaba el perro). Mamá lo quería mucho. Y yo también lo quería. Pero ahora solamente tenemos dos perros en esta casa.
Antes Roberto siempre estaba en mis cumpleaños. También venían Carlos y Alejandra y Miguel. Mis tíos. Ellos venían y me traían regalos (todos menos Carlos, que es muy pobre). Pero cuando cumplí doce años, hace dos semanas, Roberto no vino. Tampoco vinieron mis otros tíos.
Me olvidé de decir que, además de las gallinas, y del gallo, y de los perros, también tenemos a Rita; una hermosísima gata de ojos grises que cuando hace frío viene y se acuesta a dormir en mi cama.


Últimamente Rita se agarró la costumbre de escaparse de noche. Se trepa por la pared de la cocina y se va por un huequito que hay en el techo. Ese huequito está siempre abierto. En verano me gustaba que esté, pero ahora que empezó a refrescar por ahí entra a la cocina mucho frío. Mamá se pelea con papá. La abuela se pelea con el abuelo. Pero nunca nadie hace nada para tapar ese hueco.
¿Adónde se irá Rita cuando se escapa? Hace poco se lo pregunté a mamá. Quién sabe, hija. Quizás se va a pasear. Pero yo no creo que salga solamente para eso. Para mí que se va a hacer el amor con otros gatos. Mi amiga Silvia me lo contó en el colegio: Los gatos hacen el amor de noche. En los techos. Para que nadie los vea. Yo le pregunté qué es hacer el amor. Silvia me dijo: Ya sabés. No seas boba. Es eso que se hace así —y juntó los dedos de las manos—. Los papás y los gatos siempre lo hacen de noche, para que nadie los vea.


Antes vivíamos en una casa mucho más grande y linda que esta, con árboles y faroles y una pileta. Una tarde el abuelo se metió a nadar sin pantalón. Mientras nadaba cantaba. A veces se callaba para toser, escupía adentro del agua, y después volvía a cantar. Cuando mamá llegó, me levantó de la silla del parque y me llevó para la casa. Por qué llorás, ma. Qué pasa. Ella no contestó. Me acostó en mi cama, bajó la persiana hasta que todo estuvo oscuro y después cerró la puerta de la pieza.


Roberto deja el vaso de jugo en la mesa. Con la lengua se limpia la boca y después se pasa la mano por la frente y me mira. Yo tengo puesta una remera rosada, con dibujos de flores blancas. Me dice: Me gusta mucho cómo te queda.
Apenas se sienta en el sillón me pide que encienda la tele. Yo le digo que no anda. Esta es la misma que tenían allá, ¿no? Sí. ¿Todavía no la mandaron a arreglar? El abuelo dice que no le gusta la tele. Roberto se larga a reír. Ese viejo, con tal de no gastar un peso. Y empieza a mover la cabeza para un lado y para el otro. Yo me quedo callada. Su comentario me hace sentir mal. Tengo ganas de que se vaya. Pero él se acomoda en el sillón y deja un espacio vacío.
Estoy parada a un costado de él, con esta remera que me regaló mamá, y él me mira a los ojos y me vuelve a mirar la remera, y después le da una palmada al espacio vacío en el sillón. Bueno, me dice, vení. Vení, Clau. Vení a sentarte un cachito conmigo.


El chico del kiosco que hay enfrente de casa siempre me mira. Ayer le compré un chocolate. Cuando me lo alcanzó, estiró los dedos de su mano y rozó los dedos de la mía. Me gusta tu pelo, me dijo. Me gusta el pelo que tenés.
Yo volví a casa pensando: ¿Qué tiene mi pelo?
Comí mi chocolate mirando los dedos de mis pies. Los apretaba y los estiraba; después los apretaba de nuevo y los volvía a estirar lo más que podía, y al final me quedé un rato así, comiendo mi chocolate, mirando cómo se apretaban y estiraban los dedos de mis pies del otro lado de la cama.


Tengo otros abuelos, además de los que viven conmigo. Son los papás de mi papá, y viven en Córdoba. Una vez fui a conocerlos. Se llamaban Enrique y Teresa. Enrique trabajaba de carpintero. Cuando me saludó, estiró una mano en el aire y vi que le faltaba un dedo. Era flaco, muy flaco. Teresa, en cambio, era muy gorda y estaba todo el día sentada en un sillón. Apenas me vio, me dijo: Mirta, andá a darte un baño antes de cenar. Yo sonreí y le dije que me llamaba Claudia. Pero ella negó con la cabeza. No seas mugrienta, andá a darte un baño antes de cenar. Y lo mismo volvió a decirme un rato después, en la mesa, cuando ya estábamos cenando.


Después del brindis Roberto se puso a gritar. Esa fue la última navidad que pasamos todos juntos. Había cumbia en los parlantes. Mamá estaba sirviendo el helado. Y entonces Roberto se paró a un costado de la mesa y vi que se le resbalaba una botella y que el piso se llenaba de pedazos de vidrio. Si vas a vender la casa, le gritaba Roberto al abuelo. Si vas a vender la casa. Después se acercó a un poste de luz y se miró la mano, y todos vimos que en la palma tenía una mancha de sangre. Pero levantó la mano igual y lo señaló al abuelo, y le siguió gritando desde ahí.
Cuando Papá y Miguel se lo llevaron, el abuelo sonrió y se llenó una copa de sidra.
El negrito todavía no aprende a mezclar, dijo.


Esa misma noche, después de terminar mi helado, me da mucho sueño. Me quiero ir a acostar. Pero en mi pieza encuentro durmiendo a Rosa. Salgo. Voy al fondo del pasillo. Ahí está el cuarto vacío donde siempre duermen mis tíos.
Apenas abro la puerta siento el olor. Cierro los ojos; es un olor muy fuerte. Todo está oscuro. Hasta que escucho: Clau, ¿sos vos? Y encienden la lámpara que hay en la mesita de luz. Es Roberto. Tirado en la cama, con los zapatos puestos. Tiene un ojo más chico que el otro. Una gasa pegada a la mano.
¿Qué te trajo Papá Noel, bonita? Mis papás me regalaron esto. Él mira el reloj en mi muñeca. Qué lindo que es. Hace mucho calor acá, le digo. Él se mueve en la cama, apoya un codo en la almohada. ¿Me das un abrazo? Yo no me muevo. Dale, bonita, dale un abrazo a tu tío. Entonces abre los brazos y yo me acerco y él me abraza. Dame un beso, me dice. Yo le beso la mejilla. Su mano se aprieta en mi espalda. Así se queda unos segundos, apretando con su mano mi espalda. Después me dice que me vaya a dormir.
Yo me voy. Vuelvo a mi pieza, me acuesto a un lado de Rosa. Y recién cuando me saco la remera, a un costado del velador, veo que tengo una mancha roja; que la parte de atrás de mi remera tiene una mancha roja muy chica.


Roberto tiene ojos verdes. Nadie, ni mi abuelo ni la abuela ni mamá; nadie en mi familia tiene ojos verdes como los que Roberto tiene.


Hace poco descubrimos que Rita estaba embarazada. Mamá la vio un día acostada en el sofá y se sorprendió, y después fue y le dijo a la abuela que la mire, que le parecía que Rita tenía hinchadas las tetas. Y la abuela le apretó la panza y la gata chilló, y después la abuela me miró sonriendo y me dijo: Acercate. Tocá. Estos son los gatitos. Y yo toqué la panza de Rita y, sí, abajo de la piel se podía sentir cómo los cuerpos de los gatitos se movían.
Ahora Rita duerme todas las noches en mi cama. Ya no se escapa como antes. Cuando se queda dormida le acaricio la panza. Pienso en los nombres que le voy a poner a sus hijos. Mamá me dijo que solamente me voy a poder quedar con uno. Que a los otros los vamos a tener que regalar. Pero no importa. Yo les voy a poner nombres a todos igual. El que se quede acá quiero que sea varón. Lo voy a cuidar como si fuera mi hijo.


A mí también me están creciendo las tetas. Me baño y cuando me seco me miro. A veces lloro encerrada en mi pieza, acostada con Rita, y ella se despierta y me apoya la boca en la cara como si me estuviera besando, y yo le digo qué me pasa, Rita, qué me pasa, y no puedo evitar sentirme cada día más sonsa.
Cuando el abuelo o papá o mamá me miran, siento que ya no lo hacen como antes. A comer, me dicen. Ya está la comida. Y me miran muy raro, con todos me pasa lo mismo. Me esfuerzo por que no se note, pero todos lo notan. Y rezo. Me toco las tetas y esos pelos, y rezo, con Rita al lado, acostada en mi cama, sin que nadie pueda verme en la oscuridad.
Una mañana siento muchas ganas de pillar. Entro al baño y cuando estoy por sentarme grito. Grito y todo empieza a dar vueltas a mi alrededor, y cuando las cosas por fin dejan de dar vueltas tengo la boca abierta y estoy vomitando un líquido transparente y viscoso que se queda pegado al borde del inodoro. Mamá abre la puerta. Qué pasa, hija. Yo le muestro mi bombacha. No puedo dejar de llorar.
Tranquila, me dice mamá, abrazándome. Respirá hondo. Respirá.
Después me acompaña hasta la pieza y me cambia. Rita nos mira desde la cama con atención. Mamá me besa la frente y sale. En el pasillo papá le pregunta qué pasa. Hay un silencio. Bueno, dice mamá después. Que tu hija ya es mujer.


Me sorprendió ver llegar a casa a Roberto. Era la primera vez que lo veía después de la mudanza. Yo estaba sola en la casa. Vos nunca le abras a nadie, me dice mamá cuando está a punto de dejarme sola. Pero por la ventana vi que era él. Tocó el timbre tres veces. Yo me cambié la remera, me puse una nueva y limpia, y fui hasta el comedor a abrirle la puerta.
A mí me sorprendió verlo porque mamá me había dicho que Roberto estaba de viaje. Que por eso no había podido venir a mi cumpleaños. Pero yo creo que me mintió. Yo pienso que Roberto está enojado con el abuelo. El abuelo siempre habla de Roberto y de sus otros hijos como si yo no estuviera ahí. El abuelo toma vino y habla de todo el mundo aunque nadie lo escuche. Entonces mamá me agarra de la mano y salimos a dar una vuelta de manzana. A veces nos quedamos en la puerta, y mamá mira por la ventana, y me dice: Bueno, vamos a dar otra vuelta más. Y así damos varias vueltas, y seguimos caminando, y a veces nos quedamos en la plaza hasta que se hace de noche.
Pero yo escucho. El abuelo se está muriendo y le va a dar toda la plata a mamá. El abuelo apoya un codo en el respaldo de la silla y estira las piernas, y tiene un escarbadientes en la boca, y el escarbadientes se mueve, porque él mueve la lengua adentro de la boca, y después la mira a mamá y le dice que todo lo hago por ustedes, por vos, por vos y por Claudita, y me señala a mí, y después hay un silencio, un silencio que puede durar un buen rato, y el abuelo sigue tomando vino y los ojos se le empiezan a achicar, hasta que hace un esfuerzo para abrirlos y dice con todo lo que te dejo, cuando ya esté muerto, me vas a tener que construir un altar.


¿Y tus abuelos?, dice Roberto cuando entra a la casa. Ahora no están, tío, salieron. ¿Y tu mamá? Se fue al almacén. ¿Estás sola? Sí, pero mi mamá ahora vuelve, ¿querías hablar con ella? Sí, bonita, quería hablar con ella; yo le había avisado que hoy pasaba. Bueno, mamá no está, pero ahora llega. Está bien.
Mira los sillones, las sillas, el sofá. Trajeron todos los muebles, dice. Yo levanto los hombros. Sí. Después Roberto me mira, rascándose el mentón: ¿Tendrás algo de tomar?
Le sirvo un vaso de jugo. Roberto toma dos sorbos muy largos. Tiene la frente mojada. Afuera hace mucho calor. Deja el vaso en la mesa y me mira. Me gusta mucho la remera que tenés puesta, Clau, ¿quién te la regaló? Me la regaló mamá para mi cumpleaños, tío, ¿por qué no viniste? Roberto se limpia el jugo que tiene en la boca. Me gusta mucho cómo te queda. Después se pasa una mano por la frente y se seca la transpiración en el pantalón, mirando la ventana que da al patio. Se sienta. ¿No anda la tele? No anda. Esta es la misma que tenían en la casa, ¿no? Sí. ¿Todavía no la mandaron a arreglar? El abuelo dice que no le gusta la tele. Roberto se larga a reír. Sus dientes son grandes y blancos. Brillan en la sombra de la siesta. Después se mueve un poco en el sillón y me deja un espacio vacío. Bueno, bonita, vení, dice. Vení a sentarte un cachito conmigo.
Yo me acerco y me siento con él. Perdón por no haber venido a tu cumpleaños. No hay problema, tío. Te extrañé, ¿sabés? Yo también te extrañé. Dame un abrazo. Yo me doy vuelta en el sillón y lo abrazo. Me estoy acordando de cuando eras chiquita. Me pone una mano en la pierna. ¿Te acordás de cuando jugábamos al caballito? ¿Al caballito? Sí, vos te subías acá, me dice, y, antes de que yo le diga nada, me levanta en el aire y me sienta arriba de su pierna, y entonces empieza a mover la pierna abajo de mi cuerpo, y ahora es como si estuviera trepada al lomo de un caballo, uno que corre y me hace saltar.
Me río. Él me besa la mejilla. ¿Te acordás o no? Me acuerdo. Después se queda quieta la pierna y él me hace dar una vuelta y uno de mis brazos queda colgando de su cuello. Roberto me acaricia la remera. ¿Sabés?, tu abuelo, cuando yo era chico, siempre me hacía así, y sus manos se meten abajo de mi remera y empiezan a moverse por toda mi panza y por mi pecho, y con los dedos me hace cosquillas. Yo no me puedo parar de reír. Basta, tío, basta. Pero él no para, y miro para abajo y los dedos de mis pies descalzos se estiran y se aprietan, se aprietan y se estiran, y cuando por fin él deja de hacerme cosquillas levanto los ojos y lo miro a la cara y veo que tiene los ojos verdes mojados y brillantes. Las manos le tiemblan. ¿Por qué llorás, tío?
Él no contesta. Se levanta. Sos preciosa, Clau, ¿sabés?
Da una vuelta alrededor de la mesa y termina el vaso de jugo. Después se mete la mano en el bolsillo y me mira: Dale esto a tu mamá.
Y deja un sobre en el centro de mesa, a un costado del vaso vacío, antes de salir de la casa.


Mamá entra al comedor cargando las compras. Apenas me ve se queda quieta. ¿Pasó algo, Clau? Recién vino Roberto. Ella suelta las bolsas encima de la mesa. ¿Roberto?, ¿y dónde está? Ya se fue. Mamá me mira y yo le digo: Preguntó por vos, le dije que no estabas y se fue. Mamá apoya una mano en el respaldo de una silla. Sigue mirándome. ¿Y no te dijo nada más? No, pero te dejó esto.
Y yo me acerco a la mesa donde está mamá y le muestro el sobre que Roberto le dejó antes de irse.


Ayer Rita se despertó en medio de la noche, soltando unos chillidos agudos, como de bebé, y también me despertó a mí. Lo primero que vi fue la luna en la ventana. Un círculo muy blanco y brillante en el cielo negro. Después bajé los ojos y en las sábanas de mi cama había una mancha oscura con un olor muy fuerte. Fui a despertar a mamá.
Rita al final parió seis gatitos diminutos, preciosos, encima de una caja de cartón que papá estiró para ella en el piso del lavadero.


Ya elegí al que va a quedarse conmigo. Es todo negro, con una mancha blanca en la panza y otra en el hocico. Mamá me preguntó qué nombre le voy a poner y yo le contesté que todavía no sé. Pero cuando le doy de comer, sosteniéndolo en una mano, siempre le digo Brunito. Así que quizás le termine poniendo Bruno.


El jueves a la tarde el chico del kiosco vino a mi casa. Los abuelos no estaban, mamá se había ido a hacer un trámite; papá todos los días trabaja hasta después de las seis. Yo le abrí la puerta y le dije que entrara. El chico se desnudó y después me dijo que me desnudara yo. Nos acostamos en mi cama y él me quiso meter su pito. Pero yo apreté las piernas y él se asustó. Entonces se corrió a un costado y yo bajé los ojos y se lo vi. Su pito era largo y estaba hinchado y se movía para un lado y para el otro, como temblando. ¿Qué mirás?, me preguntó él, tocándoselo: ¿Nunca habías visto uno? Yo no contesté. Nada más me volví a acostar y estiré los brazos, y él se acostó encima mío, y a los pocos segundos sentí que se me revolvía el estómago, pero me mordí los labios y no dije nada, solamente me quedé mirando todo lo que pasaba con los ojos bien abiertos. Cerrá los ojos, me decía el chico. Cerrá los ojos. Pero yo no los cerré en ningún momento. Nada más lo miraba, sin moverme abajo de su cuerpo. Y al final el que los terminó cerrando fue él.


Ese mismo jueves, pero a la noche, el abuelo entró a la pieza mientras yo hacía la tarea y me dio una cachetada sin darme tiempo a que me levante. Después cerró los dedos y me dio otra. Y después otra más. Mi boca empezó a sangrar. Mamá llegó atrás de él y lo agarró, y después entró papá y también lo agarró, y los tres empezaron a empujarse en mi pieza, a un costado de mi cama.
Una vecina le había contado a la abuela: El del kiosco cruzó la calle a la tarde. El del kiosco cruzó la calle y tu nena le abrió.
La abuela ahora estaba quieta en la puerta. Una puta, gritaba el abuelo. Una puta. Mamá lloraba. Yo nada más sentía en la boca el sabor dulzón de la sangre que salía de mis labios.
Lo agarraron al abuelo entre los dos, y el abuelo dijo está bien, y se pasó una mano por el pelo, para peinarse, pero después la mano siguió de largo, y vi que su mano empezaba a subir y a bajar por su nariz y por su boca, y era como si el abuelo también quisiera peinarse la cara.
Con ese negro. Con ese negro, decía el abuelo. Y en mi casa. En mi casa. Y tragaba aire y parecía que se iba a calmar, y a salir por fin de mi pieza, pero después la miraba a mamá y también miraba a la abuela en la puerta, y los pulmones se le inflaban otra vez, contenía el aire y se volvía a acercar a mí de nuevo, y entre papá y mamá tenían que agarrarlo otra vez antes de que llegara a mi cama.
Cuidado, grité yo. Forcejeando estaban a punto de pisar la caja donde dormía Rita con los gatitos. Cuidado con Rita, les gritaba.
Entonces el abuelo los vio. Me miró a mí, después miró la caja, y dijo: Mierda. Mierda con vos y con tus gatos.
Y salió de la pieza no bien lo dijo, y volvió a la pieza casi antes de salir, con una bolsa de tela en la mano, y se acercó a la caja de cartón y empezó a meter los gatitos de Rita adentro de la bolsa, a los manotazos, y yo me levanté de la cama pero mamá me agarró de los brazos y me dijo que no me mueva, y yo empecé a gritar, a revolear patadas, pero no me podía mover porque mamá me tenía agarrada y papá también me agarraba, y era la abuela la que lo quería frenar al abuelo pero el abuelo seguía metiendo a los gatitos en la bolsa, diciendo mierda, mierda con ustedes y con esta gata, y recién cuando salió de la pieza con la bolsa de tela en la mano papá y mamá me soltaron y empezaron a seguirlo, por el pasillo, por el comedor, hasta llegar al patio, y yo atrás, diciéndole a mamá, ma, hacé algo, ma, hacé algo, y mamá lo único que hizo fue ir y agarrarle el brazo al abuelo mientras él dejaba la bolsa en la mesa ajedrezada de cemento que había en el patio, y buscaba un balde en el lavadero y lo llenaba de agua, pa, le decía mamá al abuelo, qué vas a hacer, qué vas a hacer con los gatos, pero él no la escuchaba, nada más insultaba, llenando el balde de agua, y después agarró la bolsa, la bolsa de tela que parecía viva por las patadas que los gatitos daban adentro, y la abrió encima del balde y entonces fue como un ruido de piedras cayendo, como de chillidos hundiéndose en una espuma, y lo único que hubo después de eso fue silencio, nada más silencio; el silencio de la espuma inflándose y desinflándose en la superficie del agua, y el silencio de los charcos que brillaban alrededor del balde, a la luz del foco pelado colgado del lavadero.


Tuvieron que pasar unos años para que le preguntara a mamá por Roberto. Por él y por mis otros tíos. Por Carlos. Por Alejandra. Por Miguel. Los hijos que mi abuelo había engendrado en mujeres pobres de barrios pobres, desconocidos, alejados del nuestro.
¿Por qué ya no vienen, ma?
Desde que tu abuelo murió, dijo mamá, ya nada nos ata.
Yo me acerqué. Apoyé una mano en la mesada.
Ma, ¿lo querías?
¿A quién, hija?
Al abuelo.
¿Al abuelo?
Sí, al abuelo, ¿lo querías?

Mamá levantó un segundo la tapa de la olla. Miró lo que estaba cocinando adentro, con la tapa en una mano. Después me miró a mí, pasándose la lengua por encima de los dientes sin abrir la boca, y me contestó dejando la tapa donde estaba: A veces.





8 comentarios:

lula dijo...

muy bueno mati. me gusta el detalle de los dedos de los pies. y los gatos cayendo como piedritas en el agua. muy bueno.

A girl called María dijo...

dios, es genial.

oh nikita dijo...

muy bueno Matías!! impecable todo el desenlace, el tono, lo se cuenta y lo que no, excelente, besos

Un desvarío por jueves dijo...

gracielass che

Ródom dijo...

gran relato, matto!

Anónimo dijo...

Hola Mati,

me gustó muchísmo, te felicito...
Un abrazo, elli

Un desvarío por jueves dijo...

grande rodro

elli, un abrazo, gracias por leer

olinda dijo...

hay una tensión hasta el final y despierta todos esos fantasmas que uno tiene. muy erótica la parte en que describe los ojos de Roberto. saludos, jefe!