domingo, 26 de agosto de 2012

caballos abajo del sol





Lo despertó un ruido lejano, que venía fuera de la casa, a las seis de la mañana. Guillermo abrió los ojos, pasándose la lengua por los labios, y se quedó un segundo quieto en la oscuridad. Vio que su mujer a un costado seguía durmiendo y se levantó. Después salió de la pieza.
Afuera todavía no había salido el sol. Guillermo abrió la ventana de la galería y escuchó con atención hasta reconocer el ruido. Era una motosierra. El ruido venía desde el monte lleno de eucaliptos que había al fondo del descampado. Guillermo se pasó una mano por la nariz, mirando la casa de la casera, y después volvió a entrar.
Nieves se había despertado. Tenía un solo ojo abierto; las manos juntas abajo de la almohada. ¿Qué pasa? Hay alguien afuera. Nieves giró despacio en la cama: ¿Quién?
Guillermo no contestó. Se agachó y abrió un cajón del modular. Ella apoyó un codo en la cama cuando sintió cómo su marido soltaba una caja de madera en el piso. ¿Qué pasa?, ¿qué vas a hacer?
Él sacó la escopeta. La levantó y revisó el cargador a la luz del foco del techo. Voy a ver qué pasa. ¿Qué vas a ver? Voy a mirar. Vos quedate acá.
En el comedor apoyó la escopeta contra el sillón. Se sentó para ponerse las zapatillas y cuando volvió a levantarse la sangre le subió de golpe a la frente y vio todo amarillo. Tuvo que hacer equilibrio en un pie sosteniéndose del borde de la mesa.
Volvió a salir por la galería. El pasto del descampado estaba húmedo. Guillermo ya había caminado un buen trecho en dirección al monte cuando sintió un movimiento a sus espaldas. Se dio vuelta. Era una liebre, cruzando el terreno a los saltos. Guillermo la siguió con la mirada hasta que el animal desapareció en un yuyal.


En ese momento Nieves lo estaba mirando por la ventana, con una mano apoyada en el vidrio. Temblaba de cuerpo entero, pero no era consciente del frío. Solamente podía ver el humo que salía de su boca, empañando el vidrio de la ventana mientras miraba cómo la sombra de su marido se alejaba de la casa.


Guillermo levantó una pierna para pasarla por encima del alambrado. Los palos de madera del cerco estaban podridos, partidos a la mitad, o si no directamente vencidos. Después siguió avanzando entre los árboles y las malezas, acercándose al lugar desde donde se expandía el rumor de la motosierra. El ruido era cada vez más fuerte. Sus zapatillas a esas alturas ya estaban embarradas hasta los cordones y en el aire flotaba una niebla pegajosa y fría con olor a madera húmeda.
Dio una vuelta alrededor de una fila compacta de árboles, y después salió a un claro. Entonces el ruido se volvió ensordecedor. Vio un movimiento de sombras, un movimiento mudo del otro lado del claro, y de golpe la motosierra se apagó, dejando nacer en el repentino silencio los sonidos del campo, un pájaro, un bicho lejano, las hojas que el viento movía y, por encima de todo eso, un ruido de voces, de pasos en el pasto mojado.
Guillermo gritó acercándose y después levantó la escopeta apuntando a las sombras que se movían.


**

Guillermo había llegado al campo la tarde anterior, con su mujer y con su hijo, y con un matrimonio amigo. Hacía casi cuatro meses que no pasaba por su casa del campo. Nieves no estaba de acuerdo con ir ese fin de semana, pero él insistió. Quería controlar cómo estaba la casa, el quincho, la pileta, las plantaciones, y de paso conversar con la casera. Si no vamos de vez en cuando esa tipa va a creerse la dueña, le decía Guillermo a su mujer.
Llegaron a las seis de la tarde. Mientras el resto descargaba los bolsos, Guillermo dio una vuelta por la casa. Primero encendió las luces de las habitaciones, y probó que anduvieran los televisores, la heladera y el microondas. Después fue hasta el cuarto privado y revisó los cajones del ropero, la vajilla y la caja fuerte, y contó que estuvieran todos los vinos en la bodega. Guillermo estaba seguro de haber dejado diez (un número redondo), pero ahora solamente había nueve.
Falta un vino, dijo, entrando a la cocina. Nieves estaba guardando la carne para el asado en la heladera. ¿Un vino? Sí, uno de los Bosca que dejé. ¿Estás seguro? Seguro.
Nieves cerró la heladera y se dio vuelta. Él estaba mirando por la ventana la casa de la casera.
Esa tipa, dijo.


Ya entrada la noche, apenas vio los autos a un costado del quincho, Amelia se acercó a saludar. Recién había llegado de trabajar; todavía tenía puesto el uniforme de maestra de jardín de infantes que usaba en el hogar donde trabajaba.
No me avisaron que venían, dijo, después de saludarlos. Si sabía les prendía un fuego para calentarles la casa. Sí, hace muchísimo frío, dijo Nieves, pero no te preocupes, ya prendimos las estufas. En ese momento Guillermo se aclaró la garganta, limpiándose una mano en el pantalón, y Amelia lo miró de reojo. ¿Y ustedes cómo están? Nieves entonces miró a su marido, pero Guillermo no levantó la mirada. Solamente seguía limpiándose la mano. ¿Vino el parquero a cortar la leña?, preguntó. Sí, le contestó Amelia, acomodándose la cartera en el brazo. La dejó atrás del quincho, le pusimos una lona encima, para que no la moje la lluvia. ¿Y por qué no la pusieron en el galpón, como te pedí? Para que no se junte mugre; si quiere le traigo. No, dijo Guillermo, desviando los ojos. Voy yo.
Recién cuando Guillermo salió de la galería Nieves descansó el peso de su cuerpo en el otro pie. Nosotros por suerte estamos muy bien, Amelia.
Amelia no contestó. Se había quedado mirando cómo Guillermo se alejaba en dirección al quincho.
¿Y por acá?, le preguntó Nieves, levantando un poco la voz, ¿cómo anda todo por acá?


Si Nieves le hubiera preguntado lo mismo unos meses atrás, Amelia no hubiera tenido buenas noticias para darle. Pero ahora era distinto. Después de muchos vaivenes, Amelia acababa de conseguir un trabajo estable que la había ayudado a ordenarse económicamente, y también a superar la separación. Carlos, su marido, a principios del año anterior la había dejado por una mujer más joven y con más plata que ella, y desde ese momento todo había sido cuesta abajo. Amelia y su hija de doce años quedaron solas en la casa, a cargo de cuidar ese campo inmenso.
Durante el primer invierno las dos la pasaron mal. La mensualidad que Carlos le mandaba a Amelia para los gastos de la hija apenas alcanzaba para lo justo y necesario, y Guillermo solamente le cubría los servicios de la casa. Así que Amelia tuvo que conseguirse un trabajo extra, aparte del que ya significaba tener que mantener en orden los asuntos del campo.
Primero trabajó en un restaurante en Capilla del Señor, preparando comida a la mañana y lavando platos a la tarde. Pero no le duró mucho. Amelia a esas alturas ya se había agarrado la costumbre de tomar todos los días, y un martes su jefe le encontró en el bolso dos botellas de vino de la despensa. No sirvió de nada que ella intentara explicarle su situación. El dueño del restaurante le dio doscientos pesos en un sobre y le pidió que ya no volviera.
Después se postuló para una agencia privada de la zona que tercerizaba servicios de limpieza. Durante algún tiempo Amelia pasó sus mañanas y tardes limpiando casas en estancias lujosas, como lo había hecho en su juventud. Pero a los pocos meses mientras corría un sillón sintió un tirón en la columna, y durante dos noches seguidas no pudo dormir del dolor. Abría los ojos y ahí estaba el techo de su comedor, pudriéndose por la humedad, y en su espalda la sensación constante de una mordedura interna, como si un perro le mantuviera amordazada con los dientes la ciática, y estiraba un brazo y terminaba de un sorbo el vino caliente y ácido que todavía le quedaba en el vaso sobre la mesita de luz, y a veces, cuando el dolor era demasiado y el vino se le empezaba a trabar en la garganta, se levantaba apretándose con los brazos la panza y caminaba hasta el baño y vomitaba una espuma color violeta en el inodoro.
Para peor en esa época Milagros se enfermó. Una neumonía que la hacía toser sin descanso la madrugada entera. Carlos culpaba de todo a Amelia, y quería llevarse a Milagros con él. Está comiendo mal, le decía. Está sufriendo mucho el frío en esa casa.
Pero Amelia encontró una solución temporal. Sin plata para pagar la leña, todos los lunes caminaba hasta la casa principal, sacaba dos estufas eléctricas de las habitaciones y las enchufaba en su casa. Los viernes, por si Guillermo hacía alguna de sus visitas sorpresa durante el fin de semana, las volvía a guardar en su lugar.


A principios de julio su suerte cambió. La amiga de una de sus primas que trabajaba en un hogar para chicos discapacitados se había jubilado, y le ofrecieron el puesto vacante a Amelia. Un trabajo estable de lunes a viernes, con algún que otro sábado, a jornada completa, que la transformó de raíz.
Sentirse útil en un ambiente en que la gente sufría la ayudó a poner en perspectiva las cosas. Volvía a su casa cansada pero orgullosa de su cansancio. Dejó de tomar todas las noches. Se compró un vestido nuevo, y una mañana, mientras desayunaba con Milagros, se miró las manos en la mesa, miró la nariz de su hija de perfil, y descubrió que hacía tiempo que ya no pensaba con odio en su marido.
Un sábado de esos, inspirada, medio por la hinchazón de su felicidad, medio por los dos vasos de vino que se permitía las noches de fin de semana, le mandó un mensaje de texto a Nieves para contarle la buena noticia.
Nieves, que en ese momento estaba levantando los platos a muchos kilómetros de ahí, se lo contó a su marido. Amelia consiguió trabajo, dijo, apenas leyó el mensaje. Parece que está contenta. Ah, ¿sí? Sí. Consiguió trabajo en un hogar cerca de Capilla.
Guillermo tomó un sorbo de vino, mirando la pantalla de la tele. Después se limpió los bordes de los labios con las puntas del índice y el pulgar.
Hace rato que no vamos al campo. Hace mucho frío como para ir ahora, contestó Nieves.
Guillermo apoyó un brazo en el respaldo de la silla. Pero igual deberíamos pasar. Están los caloventores; llamamos al parquero para que corte leña. Si querés invitalos a Dani y a Vero, y vamos. Hago un asado. Nos va a venir bien distraernos un rato.
Nieves se enderezó en la silla y movió la boca como para darle a entender que no se sentía segura, pero Guillermo insistió: Pasa que de vez en cuando hay que ir. Vamos a hacer un poco de presencia. Que nos vea que estamos ahí. Si no esa tipa va a creerse la dueña.


Llegaron al campo el sábado a la tarde. Después de bajar los bolsos de los autos y acomodarlos en las habitaciones, Guillermo y Daniel fueron hasta el quincho a limpiar la parrilla. Mientras prendían el fuego descorcharon un vino. Brindaron mirando cómo la leña se convertía en brasas. ¿Y?, dijo Guillermo. Muy bueno, contestó Daniel, mirando su copa de vino, parece un yogur, ¿qué es? Un Fabrizio, me lo recomendó Ricardo, el de la concesionaria. Una delicia, nunca lo había probado. ¿Duele mucho? Bueno, dijo Guillermo, ponele que hay unas trescientas buenas razones para que te guste.
Cuando el fuego ya había tomado vida propia salieron a dar una vuelta. Fueron por los alrededores de la casa y después se alejaron por el descampado hasta llegar al borde de la plantación. Guillermo le contó que le estaba alquilando seis hectáreas a una mujer de la zona. Que Carlos, su hombre de confianza, la había dejado a la casera para irse con esa mujer. Es un tipo macanudo, dijo Guillermo, pero después de irse con esa mina se abrió; la dejó sola a Amelia cuidando el campo, y a las dos o tres meses nos entraron a robar. No me digas. Sí, unos negros viven allá, por el fondo, dijo Guillermo, señalando el monte. De ese lado está todo abierto, se puede mandar cualquiera. ¿Abierto? Tenés que cercar, macho. Esa es la idea, pasa que en su momento, cuando estaba Carlos, no pasaba nada; el tipo conocía a todo el mundo y era de confianza. ¿Y esta mina no? No, por esta mina yo no doy dos mangos, es rápida, muy ladina. Cuando entraron a robar ella no estaba. Sacaron los televisores, los muebles; yo recién me enteré al otro día. La llamé a la mina y la muy turra me dice que justo la hija estaba enferma y que habían tenido que salir para la guardia. Se borró, dijo Daniel. Claro, a mí me tuvo que avisar Carlos; me llamó y me contó lo del robo, pero que no me hiciera problema porque ya estaba todo solucionado. El tipo fue al fondo y habló con los que tenía que hablar, y al otro día todas las cosas estaban ahí, en el quincho; me tuve que venir con Nieves hasta acá para acomodar todo, y la puta de la casera no apareció en ningún momento; bicho encerrado, ¿no?, si no aparecés cuando hay quilombo, es que hay bicho encerrado, ¿no? Seguro. Entonces me vine desde Buenos Aires con la escopeta y le dije a Carlos que si los tipos llegaban a aparecer de nuevo los iba a re cagar a tiros, que me importaba un carajo todo. ¿Y el tipo qué te dijo? No, me dijo que me lo tomara con calma, que ya había ido a hablar y que no iba a pasar de nuevo, que él también estaba para la mierda; imaginate que acá vive también la hija; y desde ese momento, así como me lo dijo, no volvieron a entrar. ¿Y pasó todo eso y vos todavía no cercaste? No, pero en eso estoy; vos calculá que es mucha guita, el perímetro de ese lado tendrá unos mil metros. Pero afiná el lápiz, bola, afiná el lápiz y cercá; se vienen tiempos jodidos, Guille, ponete en la perspectiva de que si los tipos pueden entrar y salir cuando quieren, seguramente ya vieron la pileta, el quincho, y demás. Es que a eso lo tengo perfectamente en claro, en cuanto tenga un poco de aire lo primero que hago es cercar; lo menos que quiero es estar acá con mi familia y encontrarme con una manada de negros en la casa. ¿Y poner una alarma? No, una alarma en esta boca de lobo no sirve de nada; después de que entraron lo que hice fue mandar a enrejar todas las ventanas de la casa y también el frente del quincho; pero por las dudas tengo la carabina en la pieza. ¿La Robert? Esa, sí, la traje para acá; y ya que estamos, bola, escuchame, se me ocurrió ir a tirar un par de tiros mañana, por el fondo, no sé qué te parece. Dale. Mañana vamos a ver qué onda, siempre hay liebres dando vueltas. Y de paso hacemos un poco de ruido. Sí, de paso hacemos un poco de ruido.


El asado estuvo listo alrededor de las diez. Comieron adentro de la casa, con la mesa a un lado del hogar encendido, pero igual el frío seguía siendo intenso. Lucas comió con la campera puesta. Terminaba de cumplir quince años en junio, y había hecho todo lo posible para quedarse en Capital con su hermano mayor. Pero Nieves pensaba que los amigos de Sebastián no eran una buena influencia para él, así que habló con Guillermo para que entre los dos lo obligaran a ir con ellos al campo.
Lucas ya se sabía de memoria cómo eran esas reuniones. Sus padres y los amigos de sus padres se emborrachaban mientras comían, y a la larga siempre terminaban hablando de él como si él no estuviera ahí. A eso de las once ya había tres botellas de vino vacías en la mesa. Lucas quiso irse a dormir pero Nieves le dijo en voz baja: Esperá. Y después de eso se levantó.
Lucas la siguió por el pasillo hasta la cocina. Vio cómo su madre sacaba un tupper y lo llenaba de carne y achuras, y vio cómo se lo apoyaba en las manos. ¿Y esto?
Quiero que vayas y se lo lleves a la casera.
Casi sin que él tuviera tiempo para reaccionar, la madre ya lo estaba llevando del codo hasta la galería que daba al descampado.
Andá, aprendé a tratar con la gente, le dijo, antes de cerrarle la puerta en la cara.


Lucas aplaudió una vez. Después otra. A la tercera aplaudió con un poco más de fuerza y un perro se le acercó ladrando en la oscuridad. Amelia, gritó Lucas. Amelia. Cuando el perro estaba casi al lado suyo, Lucas se agachó para simular que estaba levantando una piedra, y el perro retrocedió y se alejó entre los árboles.
Amelia salió a los pocos segundos. Había un solo foco pelado, colgando de la puerta de la casa, y cuando Amelia se le paró enfrente Lucas solamente vio de ella una sombra, mientras que a él la luz le daba de lleno en la cara.
Amelia, te mandan esto mis viejos. Ella agarró el tupper. Muchas gracias, Seba, ¿qué es? Asado, ¿comieron ya? Sí, pero no hay drama, mañana con la gorda nos damos un festín. Me alegro. ¿Querés pasar? No, te agradezco, tengo que irme. Dale, Seba, pasá un cachito. No, en serio, dijo Lucas, y se rascó un hombro: Yo me llamo Lucas, igual. Ah, pero qué huevona, seguro que te confundí con tu hermano. Sí, pasa que somos parecidos. Vos no me hagas caso, nene, a veces hasta le cambio el nombre a mi hija, y eso que tengo una sola. Y le puso una mano en el hombro. Dale, pasate un cachito, nada más, así conocés.
Lucas entró. Había una mesa, enfrente de la puerta, con una botella de vino a la mitad y dos platos sucios. A un costado una cama, y del lado de la pared un televisor. Y también ahí, sentada, con una carpeta abierta sobre las piernas, estaba Milagros.
Bueno, bienvenido, Lucas. Esta es mi humilde morada, y esta es mi gorda.
¿Cómo estás?, dijo Lucas, acercándose a Milagros para saludarla. La chica sonrió con una mueca torpe, tapándose la boca, como si le diera vergüenza mostrar los dientes. Se hace la que estudia, la vaga, dijo Amelia, pero lo único que hace es mirar la novela. Yo no puedo estudiar con la tele encendida, dijo Lucas. ¿Y la casa qué te parece?, ¿quedó linda, no?
Él la fue siguiendo mientras la mujer le iba mostrando los arreglos que le había hecho. La mandé a pintar hace poco. Le puse cuadros, esta cortina. Mirá, este ropero también es nuevo. Te está yendo bien, sonrió Lucas. Todo a puro pulmón, dijo Amelia. Pero quedó linda, ¿no?
La casa tenía la cocina, una pieza y un baño. En la pieza dormía Milagros. Lucas vio dos o tres peluches encima de la cama y el póster de un cantante pegado a la pared. Apenas él se asomó a la puerta, la nena entró y empezó a revolver un cajón en la mesita de luz. Lucas vio su cuerpo. Un cuerpo en miniatura que empezaba a desarrollar formas de cuerpo de mujer. La cintura angosta y las nalgas curvadas hacia afuera, y los pechos diminutos a punto de brotar.
La pieza también la mandé a pintar hace poco; yo siempre le digo a la nena que ordene, pero no hay caso, el novio siempre se la llena de porquerías. ¿Está de novia? Sí, tan nena y ya de novia, ¿te parece a vos?; la mala sangre que me hace pasar. Lucas pensó que era un chiste y sonrió, mientras Milagros guardaba algo en su mesita de luz.
Cuando se despidieron Amelia le dijo: Después decile a tu mamá que pase. Yo ya le estuve contando todas las cosas que le hice a la casa, decile que pase a ver, que se va a poner contenta. Le digo. Y también agradecele por la carne, estuvieron muy amables. No es nada, le contestó Lucas, mientras se iba por el descampado.
Caminando hasta la casa vio un murciélago, cruzándose de un árbol al otro, con un vuelo zigzagueante, como de pájaro lisiado. Adentro estaban sus padres y los amigos de sus padres hablando a los gritos. Él siguió de largo por el pasillo y fue directo a uno de los dormitorios. Trabó la puerta con llave y empezó a rozarse abajo de la frazada con las manos heladas, hasta que sus manos fueron tomando calor. Entonces se puso en posición fetal y cerró los ojos y siguió tocándose, visualizando en su mente a una actriz que había visto en una película unas pocas semanas atrás, pero no pudiendo evitar que de vez en cuando la cara de esta actriz en su mente se transformara, para ver en su lugar caras más conocidas y más cercanas, caras que rotaban sin que él pudiera elegirlas y que lo hacían sentirse avergonzado de lo que estaba haciendo, pero que no alcanzaban a interrumpir su tarea.


Después de levantar los platos y las fuentes de la mesa, Guillermo trajo a la mesa una botella de whisky. Sirvió un vaso para Daniel, otro para él, y después insistió para que su mujer probara un trago. Estoy bien con cerveza. ¿Y vos, hermosa? Te agradezco, Guille, contestó Verónica, pero ya tomé demasiado.
Ya eran cerca de las dos y en el hogar solamente quedaban brasas. Mañana con tu marido vamos a cazar, dijo Guillermo. ¿Qué van a cazar? Liebres; el monte está lleno. Chicos, por favor no se lastimen. Sí, mejor vayan a dormir, así mañana se despiertan descansados. Y vos no te olvides de que mañana te toca hacer la bondiola. No, no me olvido, dijo Daniel, que tenía la cabeza hundida en el respaldo del sillón y se quedaba dormido de a ratos.
A las tres de la mañana los dos matrimonios estaban acostados, cada uno en su habitación. Nieves se acostó encima de Guillermo y después buscó en la oscuridad su pija. Se la acarició. Después se inclinó abajo de la frazada y se la chupó. Guillermo cerró los ojos. Pero a los pocos segundos los volvió a abrir y se levantó. Nieves encendió la lámpara y lo miró en silencio. Guillermo buscó sus zapatillas en el suelo y abrió la puerta. Ya vuelvo, dijo.
Caminó por el pasillo buscando la puerta del baño, con los brazos estirados. Pilló con la frente apoyada en la pared. Después caminó hasta la cocina. Tanteó la mesada sin encender la luz. Cuando encontró un vaso le sintió el olor y tomó un sorbo. Tosió. Después tomó otro sorbo más.
Mientras volvía por el pasillo se quedó parado en la puerta de la habitación donde dormían Daniel y Verónica. Apoyó el oído en la puerta. Nada. Silencio. Se quedó un instante más ahí y entonces, muy débil en la sombra, le pareció sentir un ruido de movimientos. Un ruido como algodonado. Pero después pasaron algunos segundos y todo seguía callado, así que Guillermo se convenció de que el ruido solamente había existido en su imaginación.
Cuando volvió al dormitorio la lámpara de la mesita de luz de su mujer todavía estaba encendida. Ella se dio vuelta apenas él cerró la puerta. ¿Apagás la luz?, dijo Guillermo. Nieves lo miró de reojo y, después de desperezarse, arqueando la columna vertebral, apagó la lámpara.
Guillermo se acostó y durmió con un sueño pesado y profundo algunas pocas horas hasta que a eso de las seis de la mañana lo despertó la motosierra.


**

Todas las mañanas a las siete en punto Amelia salía de su casa para ir a trabajar. El colectivo que la llevaba hasta el hogar pasaba cada media hora, y en la parada del colectivo siempre se encontraba con la misma gente. Mariela, la chica que atendía el kiosco de la estación de servicio. Pablo, el joven encargado del ciber café. Y también Omar, el que trabajaba en la ferretería a dos cuadras de la municipalidad.
Todos tenían que caminar varias cuadras desde el barrio del fondo hasta la parada, menos Amelia; ella se despertaba y su casa estaba ahí, con salida directa a la ruta. Cuando llegaba saludaba a todo el mundo, pero siempre se quedaba hablando con Omar. Su hijo Nahuel iba al colegio con Milagros, y unos pocos meses atrás los dos chicos se habían puesto de novios.
Viajaban en el colectivo uno al lado del otro. Hablaban de sus trabajos y de los chismes del pueblo, y también sobre sus hijos. Más vale que tu Nahuel se porte bien con mi gorda, decía Amelia. Tu hijo tiene pinta de avispa. Mi hijo está verde, le contestaba Omar. Yo siempre le digo que le tenga cuidado a tu hija.
¿Y vos qué podés decir de mi gorda, vago, si no la conocés?
Con conocer a la madre me alcanza.
Cuando Amelia estaba de franco iba a saludar a sus primos al barrio del fondo, y siempre también se hacía un tiempo para tomarse un mate con Omar. Su mujer había fallecido dos años atrás y en el barrio los rumores no se hicieron esperar; Amelia y Omar se sentaban a tomar mate en la vereda, a la vista de todos. Pero a ella no le importaba lo que pudiera decirse. Omar le transmitía paz. No podía imaginárselo enojado. No podía imaginárselo persiguiendo mujeres.
Vos me hacés acordar a mi tío, le dijo Amelia una tarde de esas.
A tu tío.
A mi tío.
Como él no preguntó nada, ella siguió: Me hacés acordar por la voz.
Hablás como un hombre cansado.


En julio de ese año a Omar lo echaron de la ferretería. Amelia se enteró al otro día por la panadera, y no bien salió del trabajo lo fue a ver. ¿Qué pasó? Omar le contestó: El viejo ese vivía equivocado. ¿Y ahora? Omar chupó la bombilla del mate. A soportar la tormenta, dijo.
Amelia empezó a llevarle comida. Viandas que sacaba a escondidas del hogar donde había empezado a trabajar, o si no platos que cocinaba directamente ella. Amelia veía que Nahuel, cuando la visitaba a Milagros, comía con lentitud, pero de a grandes bocados, y siempre más de un plato. Se dio cuenta de que las cosas no andaban bien, y Omar no tenía a nadie más que a ella; nadie se daba mucho con ese hombre ensimismado, destruido después de la muerte de su mujer.
A fin de mes Omar se enfermó. Se enfermó él, y después de eso su hijo, y después de su hijo también se enfermó Milagros. Amelia fue a verlo un lunes y lo encontró moqueando, contando ovejas en la puerta. Vago, le dijo, vago de mierda. Movete que nadie va a regalarte nada.
Omar entonces levantó un brazo, se dio vuelta en su silla de mimbre y le contestó con un soplo de olor a vino: Hija de puta.


Un martes Amelia recibió un llamado de Nieves. Que por favor hablara con el parquero para que cortara algo de leña. Cómo no, señora, ¿vienen este fin de semana? Sí, el sábado a la mañana con Guillermo vamos a andar por allá. Listo, los espero con el fuego encendido, así vienen y se encuentran calentita la casa.
Pero Amelia no llamó al parquero. En lugar de eso habló con uno de sus primos del fondo, y el jueves a la noche estaba con una motosierra metida adentro de una bolsa de consorcio en la puerta de la casa de Omar. ¿Y esto?, ¿me querés meter en líos, mujer? Te espero mañana a las seis en lo de Guillermo, le contestó ella. Cincuenta pesos, a ver si te dejás de jorobar.
Y al otro día a las seis de la mañana Omar estaba ahí. Con su hijo. Los dos con las manos moradas del frío. Amelia les hizo sacar una escalera del galpón y después los llevó hasta el centro del monte y les señaló el árbol que podían empezar a podar. Empiecen con este; el parquero siempre agarra los secos.
Y durante media hora los controló, dándoles indicaciones, y después dijo que se iba a trabajar y les pidió que antes de irse juntaran toda la leña que cortaran y la acomodaran haciendo una pila contra la pared de atrás del quincho. Cuando se despidió, le dio a Omar un billete de cincuenta pesos. Estos son de mi bolsillo, le dijo.
Así que el sábado, bien temprano a la mañana, Amelia arrastró varias leñas desde el quincho hasta la casa principal para encender el hogar. Pero ni Guillermo ni Nieves aparecieron por el campo en todo el día. Ella les mandó un mensaje de texto pasadas las seis para ver qué había pasado. Perdoná, Ame, le contestó Nieves unas horas después. Se nos complicó para ir. Besos.
Amelia dejó que se consumiera solo el fuego. Después juntó las cenizas y las brasas muertas con una pala y las llevó hasta la ruta. El miércoles de esa semana un electricista vino a cambiar el reflector de la entrada. Tomá, le dijo el tipo, te manda esto Nieves. Amelia abrió el sobre. Eran setenta pesos. Como siempre que mandaban a cortar leña al parquero.


¿Y?, ¿todo en orden?, le preguntó Omar. Sí, dijo Amelia, pero pensé que iban a cortar más. Estuvimos un rato largo, dijo Omar, como hasta las once; yo por mí seguía, pero nos quedamos sin nafta. Había un bidón en el galpón, si yo te dije. Pero tardamos mucho en apilar las leñas, más vale hacerte un traje. Desagradecido, ¿te llevaste algunos troncos para la casa? Está cara la leña. No importa, vago, yo lo que no quiero es tenerla enferma a mi gorda. Mirá que para mí tu nena me lo engripó al Nahuel. Pensá lo que decís, ignorante. ¿Y cuándo puedo ir a cortar otra vez? Mirá, por acá el mandamás en invierno no pasa, y si viene me avisa; vos venite bien temprano, pero antes me decís. No te digo nada. Entrá por el fondo, pero no lo andes divulgando, y antes me decís, que yo te muestro los árboles. ¿Y después? Después te llevás lo que necesites y me dejás algo para mí, roñoso, que el frío está que pela. Estás vieja, ya. Para tu nuera, roñoso, para tu nuera. ¿Y después? Después si querés la vendés, pero a mi gorda le pagás el psicólogo que tu crío me la va a volver loca.


Omar empezó a ir dos o tres días a la semana a cortar leña al campo de Guillermo. Con lo que juntó pudo darse un respiro, y cuando Nahuel cumplió los trece años a comienzos de agosto lo llevó a la doma. Como el chico insistió, también las invitó a Amelia y a la hija. Fueron a San Antonio de Areco. Comieron asado al costillar. Pidieron papas fritas de entrada, y durante la comida tomaron Fanta, y después también hubo helado de postre. De vez en cuando los chicos se iban de la mano a mirar cómo los caballos corrían y saltaban abajo del sol. El frío casi ni se sentía. Amelia y Omar se quedaban sentados en la mesa, mirando cómo sus hijos caminaban juntos alrededor de la arena, entre la gente, como un matrimonio en miniatura.


Lucas también se despertó a las seis de la mañana con el ruido de la motosierra. Abrió los ojos y vio las aspas quietas del ventilador de techo, a la luz azulada del amanecer. Se sentó y miró la ventana. Respiró. Una paloma de humo salió de su boca. Miró el amanecer que poco a poco iba clareando el descampado, y un poco más allá, desviando la perspectiva, el monte oscuro lleno de eucaliptos.
Entonces vio una sombra, cruzando el descampado. Se inclinó en la cama, apoyó la frente en el vidrio; sí, la sombra seguía ahí, caminando con torpeza, trastabillando de vez en cuando en el terreno ondulado, pero así y todo transmitiendo cierta decisión, cierto coraje en la mañana oscura y helada.
Por esa forma de caminar lo reconoció. Era su padre. Se arrodilló en la cama. Era su padre cruzando el descampado hacia el monte, y a medida que lo hacía era como si también se fuera aclarando la mañana, como si el cielo fuera la pantalla de una de esas lámparas de luz gradual que uno puede regular moviendo una perilla, y poco a poco esa luz se hacía más brillante, más clara, dándole más contornos a esa forma, y Lucas pudo ver que su padre tenía puesto un chaleco que no era suyo encima de la misma remera que siempre usaba para dormir, y también vio la escopeta en sus manos, y de fondo, de fondo de todo eso, se seguía escuchando el ruido incesante de la motosierra.
Su padre desapareció en la maleza del monte. A los pocos segundos el ruido de la motosierra se interrumpió. Entonces explotó un tiro, y después de eso un grito, un grito agudo, tan agudo que parecía de mujer, le inundó la frente a Lucas desde el otro lado de la ventana.


Amelia se despertó después del grito. Se levantó y mientras rodeaba la mesa se llevó por delante una silla. Abrió la ventana; el viento le empujó como una mano abierta la cara. Entonces vio la sombra; una sombra corría semidesnuda a través del descampado. Reconoció a Nieves. Amelia tragó saliva; sintió un gusto agrio en la boca. Después se dio vuelta y cruzó la cocina hasta quedarse quieta a un lado de la mesa. Vio los platos sucios de la noche anterior. Vio la tele apagada. Vio la botella de vino vacía sobre la mesa. Las venas en la frente le latían. En ese momento se dio cuenta de que hacía varios segundos que había dejado de respirar y respiró, y después se apoyó las manos en la frente, sintiendo cómo le latían las venas a los dos lados.


Nieves recién volvió a la casa del campo varios meses después. Volvió un domingo de sol, con sus dos hijos. Sebastián fue el que manejó todo el camino desde Buenos Aires. No bien estacionó el auto, el hijo mayor se bajó sin esperar ni decirles nada ni a su madre ni a Lucas, y cruzó el descampado caminando muy despacio, con un pucho encendido entre los dedos, y se adentró en el monte.
Todavía estaba ahí la aserrería improvisada. Dos troncos haciendo de caballetes, y otro más largo y angosto, con varios tajos, puesto encima en posición horizontal. Sebastián después levantó la vista y miró el panorama, el inmenso bosque de eucaliptos añejos, podridos, de ramas resquebrajadas.


Lucas, mientras tanto, acompañó a su madre al interior de la casa. Nieves le iba dando indicaciones. Agarrá eso, agarrá lo otro, le decía. Después él iba y lo dejaba a un costado de la valija. En cierto punto Lucas le dijo: Voy a fumar. Era la primera vez que le decía a su madre en la cara: Voy a fumar.
Salió y encendió un cigarrillo en la galería. Desde ahí podía ver la casa de Amelia. Se acercó. Ningún perro salió de entre los árboles ladrando. Ninguna mujer le abrió la puerta de la casa. Lucas miró la ventana cerrada. Una mancha de humedad crecía en la pared, encima del marco. A pocos metros, entre dos ciruelos llenos de moscas, el molino de viento crujía.


Amelia estaba conversando con la almacenera cuando los vio. Eran Omar y su hijo en moto. Nahuel iba atrás, con la mochila del colegio colgada en la espalda, y los brazos cruzados en la panza del padre.
Las dos se quedaron calladas. Omar frenó la moto en la puerta del kiosco que había en la vereda de enfrente y se bajó. Pidió algo en la ventana; mientras tanto Nahuel sostenía la moto contra el cordón. Aunque era evidente que la habían visto, ninguno de los dos le dirigió la mirada a Amelia.
¿Así que ya volvió al colegio?, dijo la almacenera. Hace dos semanas, contestó Amelia, pero perdió el año ya. ¿Tiene que repetir? Tiene que repetir. Pobre chico, dijo la almacenera, pobre chico. Ojalá se haga justicia. Yo creo en Dios, y ojalá se haga justicia.
Amelia levantó su bolsa de pan del suelo.
No sé, dijo, dándose vuelta. El mandamás ya salió en el diario, el otro día; dice que el gatillo se le resbaló, que fue un accidente.
Lo escuché, lo escuché, pero yo puedo decirte que no. No puede haber accidentes así.
Hubo un silencio.
Bueno, dijo Amelia, mirando los dedos en sus sandalias, yo también creo en Dios, Mirta, pero la verdad es que accidentes hay. No sé si Él los permite, pero accidentes hay.
En ese momento Omar salió del kiosco con una bolsa. Se la alcanzó a Nahuel; Amelia y la almacenera lo vieron, vieron desde la esquina cómo Omar le alcanzaba la bolsa a su hijo, y después vieron cómo Nahuel sentado en la moto la levantaba con la mano izquierda para colgársela del brazo derecho, pasando los agujeros de la bolsa por encima del muñón con torpeza, como si todavía su brazo sintiera la presencia de la mano en su extremo. Después Omar arrancó la moto y un chorro de humo negro tapó toda la calle.



martes, 21 de agosto de 2012




Neruda

El tupper de la crítica y la academia en general menosprecian los poemas juveniles de Neruda. Incluso Bolaño (o su alter ego) llegó a decir de esos poemas que resultan "involuntariamente cómicos". Pero hay dos rasgos que a mi ver hablan muy bien de los trabajos de Veinte poemas...: primero, la sencillez sin simpleza, el elemento cursi que hace al discurso amoroso reelaborado a través del trabajo con la sintaxis, y segundo -y sobre todo-, la ondulación cadenciosa del sonido, la respiración que armoniosamente sube y baja en cada línea, al punto de que uno mientras lo lee puede absorber el poema como si fuera un marino trepado a la proa de un barco.

Estos dos rasgos de escritura, bien latentes en todo el libro, conjugados a su vez con las prepotentes imágenes que elige Neruda (pájaros picoteando racimos que arden sobre tumbas, por ejemplo) tienen la facultad de imprimir el verso en el cuerpo, de insuflarlo en la memoria del cuerpo, enriqueciendo mientras lo hace su sensibilidad, y ese es el único motivo que yo encuentro por el que vale la pena leer. Neruda escribió estos poemas cuando tenía veinte años. 



Fragmento de "Una canción desesperada":

"[...] Hice retroceder la muralla de sombra,
anduve más allá del deseo y del acto.

Oh, carne mía, mujer que amé y perdí,
a ti en esta hora húmeda, evoco y hago canto.

Como un vaso albergaste la infinita ternura,
y el infinito olvido te trizó como a un vaso.

Era la negra, negra soledad de las islas,
y allí, mujer de amor, me acogieron tus brazos.

Era la sed y el hambre, y tu fuiste la fruta.
Era el duelo y las ruinas, y tu fuiste el milagro.

Ah, mujer, no sé cómo pudiste contenerme
en la tierra de tu alma, y en la cruz de tus brazos!

Mi deseo de ti fue el más terrible y corto,
el más revuelto y ebrio, el más tirante y ávido.

Cementerios de besos, aún hay fuego en tus tumbas,
aún los racimos arden picoteados de pájaros.

Oh la boca mordida, oh los besados miembros,
oh los hambrientos dientes, oh los cuerpos trenzados.

Oh la cópula loca de esperanza y esfuerzo
en que nos anudamos y nos desesperamos.

Y la ternura, leve como el agua y la harina.
Y la palabra apenas comenzada en los labios.

Ése fue mi destino y en él viajó mi anhelo,
y en él cayó mi anhelo, todo en ti fue naufragio!

Oh, sentina de escombros, en ti todo caía,
qué dolor no exprimiste, qué olas no te ahogaron!

De tumbo en tumbo aún llameaste y cantaste.
De pie como un marino en la proa de un barco.

Aún floreciste en cantos, aún rompiste en corrientes.
Oh sentina de escombros, pozo abierto y amargo [...]".