domingo, 16 de septiembre de 2012



Caer delante del padre





En una entrevista con Alejandro Fantino (probablemente el mejor entrevistador de la actualidad), Sergio "Maravilla" Martínez confiesa que después de cada pelea no festeja, no se junta con su entorno a celebrar el trabajo bien hecho, sino que vuelve solo al hotel, va al baño, se mete abajo de la ducha, y durante cuarenta minutos lo único que hace es llorar. Llora sintiendo en la nuca el agua que cae, y después va y se acuesta en la cama en posición fetal, sin moverse para evitar avivar los dolores del combate, acurrucado abajo de las sábanas.

A mí el gesto de Martínez me resultó llamativo. Un icono mundial del boxeo -un deporte que connota sangre, violencia, virilidad- animándose a confesar en un medio masivo de comunicación que el efecto inmediato de cada una de sus peleas es un largo llanto sostenido. Casi pude imaginármelo llorando abajo de la lluvia de la ducha, y después acostado como un nene, ya sin sangre ni lágrimas, en el silencio de una habitación lujosa de alguna gran ciudad del hemisferio norte. 

No soy de mirar boxeo con frecuencia. Pero me conmueven en todos los casos las personas que tienen una pasión muy marcada, y que son capaces de sacrificar todo por esa pasión. Las admiro. Quisiera respetar mis propósitos tanto como ellos. Personas que tienen un objetivo y que nunca, a pesar de todas las adversidades, lo pierden de vista. 

En Millon Dollar Baby una camarera de treinta y un años sueña con ser boxeadora. Se levanta todos los días a las cuatro de la mañana y sale a correr. Después va al trabajo, después del trabajo directo al gimnasio a entrenar, y, cuando ya todos se fueron, ella sigue ahí, sola, hecha un harapo, pero todavía pegándole a la bolsa a la luz débil de un foco colgado en la pared. 

"Si hay magia en el boxeo -dice entonces en off la voz bíblica de Morgan Freeman-, es la de dejarlo todo por un sueño que nadie excepto vos es capaz de ver".

Maravilla Martínez empezó a trabajar de albañil a los catorce años. Trabajaba con su padre en el barrio de Claypole. Alternaba esa labor con el entrenamiento en el gimnasio. Las manos ásperas llenas de callos. Las ojeras negras alrededor de los ojos. Los músculos que laten. La saliva pegajosa del hambre. La mucosa salada de la sed. "A veces me despertaba de madrugada soñando que era campeón", le cuenta el boxeador a Fantino. 

El cansancio le aplasta los huesos pero él no puede dejar de hacer lo que siente que debe hacer. No puede relajarse. No se lo permite. No quiere defraudarse a sí mismo. Hay una meta, un lugar que alcanzar. Día a día avanza sin pausa ni descanso hacia ese lugar.

Y ese lugar, ese instante, después de más de veinte años, finalmente llega. Sábado quince de septiembre del 2012. Un estadio colmado en Las Vegas. El pibe que a veces no tenía qué cenar en su casa, que solo podía mirar cómo después de una larga jornada de trabajo el único que tenía un plato con comida en la mesa era su padre, ahora es un hombre con las venas y los músculos salientes, bañado de luces plateadas. Enfrente Julio César Chavez junior. 

La batalla durará menos de una hora. Pero en ese lapso mínimo de tiempo no hay ni minutos ni segundos: hay años. Años y años de laburo tenaz y solitario. En lo que dura el combate se condensan madrugadas, privaciones, vómitos, párpados desgarrados, el sabor del sudor mezclado con el de la sangre en la boca, los nudillos rojos llenos de ampollas, el despertador a las cinco menos cuarto de la mañana, y a correr, a sobrellevar flexiones y abdominales, a pegarle a una bolsa llena de arena en el patio de tu casa, solo, siempre solo, haciendo lo que viniste a hacer al mundo como metido adentro de un frasco de vidrio, completamente abstraído, desentendido de todo aquello que no tenga que ver con eso que sigilosamente te propusiste alcanzar.

Y ahora que lo alcanzaste, ahora que ya estás en la batalla decisiva, nada puede resultar azaroso. Nada es improvisado. Ahora ya está funcionando la memoria de tu cuerpo. Vos ahora sos pura reacción. Una maquinaria física que se desenvuelve por acto reflejo, y que no alcanza tu entendimiento. Es la memoria de lo que tu cuerpo por sí mismo aprehendió de cada una de tus experiencias. Ahora él está pensando y actuando en tu lugar; vos, estrictamente vos, ya no estás. Es como si en este momento él, tu cuerpo, estuviera cosechando miga por miga lo que durante toda tu vida vos fuiste sembrando, y te dijera al oído algo como: Bueno, ¿ves?, acá está. Vos nunca estuviste solo; yo siempre te estuve acompañando.

¿Pero qué es esta memoria del cuerpo? ¿Qué es eso que se hereda de las experiencias del pasado y reacciona por su propia cuenta? 

¿Estará en la sangre? ¿Vendrá desde antes del nacimiento? 

Porque fue así:

En otro punto cumbre de la entrevista, Maravilla Martínez le confiesa a Fantino que en su pelea con Richard Williams en Inglaterra su padre había estado presente en el estadio. En el tercer round, Williams lo tira al suelo. El boxeador argentino entonces consigue levantarse, aunque, al momento de hacerlo, se siente completamente desorientado. Así hasta que mira a un costado, aturdido todavía por el cross de su rival, y se encuentra con la cara congelada de su padre en la platea. Su padre termina de verlo caer a la lona. Y lo primero que siente Maravilla es vergüenza. 

"Dios, qué vergüenza -dice Martínez, recordando como alucinado lo que sintió en ese momento-. Caer delante del padre. No pude olvidarme nunca de cómo me miró. Sentí muchísima vergüenza". 

Pero fue justamente esa vergüenza asfixiante la que lo animó a seguir. "Ya está", pensó, mirando a su rival: "Te mato". 

Y siguió peleando. Con dos costillas rotas clavándosele en la carne. Con la boca violeta inflada de tajos. Maravilla siguió peleando, sobreponiéndose al dolor de la panza y de la boca, y ganó. 

Ganó empujado por la vergüenza de que su padre lo volviera a ver derrotado.

Pero lo más significativo de este episodio -que Maravilla describe en sus pormenores-, es que a partir de esa noche le empezó a pasar. Después de ganar esa pelea, él no asistió a cenar con gente famosa del ambiente, que era lo que su agente le había propuesto. No. Él fue y se metió abajo de la ducha en la habitación del hotel y se puso a llorar. Lloró cuarenta minutos, pensando en su vergüenza, tirado en la bañera, abajo del agua que caía, que lo lavaba. 

Un hombre que termina de reventarle la cara a otro a golpes llora un rato largo tirado en un baño. 

Y Maravilla ya nunca iría a abandonar ese rito. Cada vez que termina una pelea, vuelve al hotel y se encierra a llorar como lo hizo esa noche en que su padre lo vio caer a la lona.  

"Para mi esa mirada de mi padre fue un punto de inflexión", confiesa Maravilla. "A partir de ahí, mi vida a nivel espiritual, a nivel personal, se vio fortalecida".

¿Por qué? ¿Qué vio Martínez en esa mirada que lo fortaleció, que lo llenó de una nueva energía en el cuadrilátero?

¿Lo habrá guiado esa mirada hacia el pasado? ¿Habrá sabido Martínez en ese momento quién era él, de qué estaba hecho?

Su padre descascarando a mazazos la losa de un techo en Claypole. Pum. Pum. Venas en la frente y en los brazos. Martillando. Golpeando.

¿Será que las experiencias del padre sobreviven en uno? ¿Será que uno las hereda en el cuerpo, en la memoria del cuerpo, en sus reacciones y costumbres más involuntarias? 
       
Acá en el video de abajo, al comienzo (alrededor del minuto), se ve el momento con claridad. Después de caer al suelo, mientras intenta recuperarse, en un estado de absoluta inconsciencia, la primera reacción de Maravilla Martínez es mirar a un costado, hacia la platea, donde por un segundo que de ahí en adelante lo marcaría para siempre va a encontrarse con la cara de su padre.  













jueves, 6 de septiembre de 2012


Saludando a Coetzee








La noticia me llegó hace unas semanas. El domingo dieciocho de septiembre a las ocho de la noche él iba a estar leyendo un relato inédito en el auditorio del Malba. Me gusta el Malba cuando ya estoy adentro; lo que no me gusta es entrar. Cada vez que cruzo esa puerta me siento un exiliado, migrando a un país imposible donde te cobran treinta mangos un vaso de coca. Pero cuando llega el gran día, yo me levanto temprano y voy a ese museo igual, con resaca y todo, despeinado, ojeroso, a buscar las entradas para verlo.

Hoy por hoy, los que estudiamos literatura por lo general estudiamos a los grandes emergentes. Si se piensa en principios de siglo XX, por ejemplo, se piensa en Joyce, Beckett, Proust. Más tarde Kafka. Solamente el tiempo los levanta, los vuelve de bronce, les da otra dimensión. Se convierten, así, con las décadas, los siglos, en mitos. Divinidades de la cultura, o del lenguaje, lo cual es casi lo mismo, universal.

Algo así va a terminar pasando con Coetzee. Pero mucho más acentuado, en este caso, porque Coetzee no es uno más de este puñado de popes, sino el mejor. El mejor escritor de la historia. Todos los recursos que la literatura conoce se aprietan en los libros que escribió. Y los estudiantes de literatura del siglo XXII, si el mundo a esas alturas todavía es mundo, lo van a estudiar a él. Al prodigio sudafricano que supo transformar y manipular el medio de tal manera que uno mientras lo lee cándida o pasionalmente no se da cuenta de la trasgresión.

Bueno, puede ser que exagere cuando digo que es el mejor de la historia. Pero yo en Coetzee, en lo que él hace, encuentro belleza. Yo lo leo y me digo: Esto es bello. Esto es belleza. Belleza pura. Y se me pone la piel de gallina. Y tengo mientras lo leo un momento de epifanía, de levitación, un orgasmo intelectual que me hace flotar y que me obliga a cerrar el libro y a mirar el techo y después a cerrar los ojos y a decir, tocando el lomo del libro: Qué hijo de puta.

Y cuando yo me lo digo, cuando me digo esto es bello, esto es belleza, ya está. Nadie puede contradecirme. Es como cuando te enamorás. Esa chica es la más linda de todas, la más preciosa que parió la humanidad, te decís gritándolo a los cuatro vientos, y ese es un juicio que nadie puede refutar, porque un juicio subjetivo, como lo es el de la belleza, no puede refutarse nunca. Todos en mi mente, mientras me digo esto, Coetzee es el mejor, tienen que estar de acuerdo conmigo.

Y él va a venir a la Argentina, va a leer en el Malba, y yo mientras voy en el colectivo sueño con la posibilidad de sacarle una foto, con mi celular precario, no importa, voy bien temprano para estar primero en la fila y poder sentarme cerca de donde él va a leer. Quiero sacarle una foto para guardarla y tenerla toda mi vida, porque pienso que gracias a eso, dentro de muchos años, yo voy a poder sacar esa foto de un cajón y mostrársela a mis nietos o a los nietos de mis hermanos, y decirles: Ese, ese viejito que aparece ahí, es Coetzee. Yo una vez lo vi. Yo una vez, hace mucho tiempo, lo escuché leer a pocos metros.

¿Cómo será Coetzee en persona?, me pregunto. De él solamente vi un par de fotos, algunos videos en youtube. Coetzee en todos los tiros siempre aparece con cara de culo. Dicen que lo que más se parece al estilo de un escritor es su cara. La cara de Coetzee, en vivo, moviéndose, gesticulando, sin vidrios de por medio, ¿cómo será?

¿Habrá un aura que lo rodee? ¿Habrá una especie de espuma de luz flotante como la que junta a las almas después de la muerte creciendo alrededor de su cabeza? ¿Cuál es la marca visible del talento? A Messi, si te lo cruzás por la calle y no lo conocés, ¿qué lo distinguiría?

Mientras espero la respuesta a esa incertidumbre, me pongo a pensar en cómo fue que lo conocí. Fue con Esperando a los bárbaros. No me lo puedo olvidar. Cuando lo empecé a leer, como siempre que leo por primera vez a un escritor, lo hice con escepticismo. ¿Por qué voy a enriquecer tu prestigio dedicándote horas de mi vida? Pero fue cuestión de que llegara al segundo párrafo, que me dije: Esto está bien. Esto me gusta. Y después seguí. Seguí un rato. Y después seguí otro, otro rato más. Y después ya no pude parar.

Y me enamoré. Yo, que siempre tuve una relación promiscua con la literatura, me enamoré de ese libro. Acá hay sangre, me dije. Este libro no es de papel, no. Este libro está hecho de sangre. Y no sabía muy bien qué era lo que me quería decir con eso, pero me miraba las manos y las tenía todas manchadas de sangre, y el libro que sostenía era un cuerpo diminuto que latía, que palpitaba, que se desangraba en mis manos, y después levanté la mirada absorta, una mirada de viejo que no entiende dónde está, y el mundo de golpe era distinto, se veían más tonalidades, se percibían otras texturas, o más bien era yo el que tenía una sensibilidad distinta para percibirlo.

Y entonces, totalmente desorientado por lo que me estaba pasando, me levanté y abrí un cajón y saqué mis ahorros y los quemé en ese mismo momento pegando todos los libros de Coetzee que había en la librería de la esquina de mi casa, y me encerré varias semanas a sufrir por amor absorbiendo la sangre que chorreaba de sus libros, leyéndolos con un impulso sensual, cada vez que terminaba un libro (nadie termina mejor una novela que Coetzee, como si toda la novela fuera un cuento, así; los finales de las novelas de Coetzee te dejan suspendido en la resignificación de todo lo anteriormente leído), digo, cada vez que terminaba una novela suya lo cerraba al libro y le acariciaba despacio el lomo como si más que un pedazo de cartón fuera el pecho palpitante de una mujer después de hacer el amor, lo acariciaba pensando en todo lo que había leído, aturdido todavía por el cross de la frase final, las imágenes flotando en mi cabeza, espejismos al azar, mezclados con palabras, oraciones, en una sola corriente submarina, espesa como el aceite, viscosa como la sangre, mientras acariciaba el lomo del libro en mis manos, y fue por esa experiencia que empecé a ver la literatura de otra forma, con otros ojos, porque me estaba dando cuenta de que la literatura también podía ser eso, eso que Coetzee lograba que fuera: un mar inmenso de mierda y sufrimiento con la capacidad de hacerte feliz y de arrancarte de la desidia rompiéndote a palos el cuerpo.

Estuve tres horas haciendo la cola en la puerta del Malba. Yo fui el primero en llegar, y durante un rato también fui el único. Hasta que a la media hora llegó un viejo. Me preguntó: ¿Para la lectura de Coetzee? Sí, le contesté. Él se puso atrás mio, y yo, para amenizar la espera, le dije: Qué frío que hace, ¿no?, no me imaginé que iba a hacer tanto frío. El viejo me miró un segundo, se acomodó la corbata y no me contestó nada. Yo durante un par de minutos me sentí humillado y lo odié. Pero después pensé: Es un lector de Coetzee, ¿qué otra cosa podías esperar?

A las siete y media llega mi amiga. Llega justo cuando abren las puertas para entrar al auditorio. Las dos primeras filas están reservadas, y a la tercera vamos a parar nosotros. ¿Trajiste un libro de él?, me pregunta mi amiga. Yo estoy con una bolsa de naylon, adentro tengo mis lentes, cigarrillos, una servilleta para los mocos; nada más. No, le contesto, no traje, ¿para qué? Mi amiga levanta las cejas, no sé, por las dudas, me dice, y después cambia de tema.

Yo estoy nervioso. No tan nervioso como puede estarlo alguien antes de hacer el amor por primera vez, pero sí como alguien que está por hacerlo una segunda. Le saco fotos al escenario, a ver cómo salen. Pero en mi celular no se ve nada. Todo oscuro. Mi amiga saca una cámara digital de las de última generación y yo le digo: Sacá fotos. Sacá varias y después me las pasás. Ella me contesta: Es la tercera vez que me lo decís; tranquilo, varón, que le voy a sacar.

Y el auditorio se llena de a poco, miro para atrás y ya no hay una sola butaca vacía, y entonces se siente un aplauso, uno solo, y después empieza la ovación general. Yo no entiendo por qué, hasta que miro a un costado y veo que ahí, entrando por una de las puertas laterales, está Coetzee.

Me enderezo en la butaca. No aplaudo. Solamente miro. Lo miro a Coetzee subir las escaleras. Me llama la atención su forma de caminar. Camina como tenso, encorvado, pero no a la manera en que se encorvan los tímidos o los vencidos, sino como los pibes de barrio que se sienten dueños del espacio y van con los brazos estirados, los hombros todos duros, como si del ombligo para arriba el cuerpo no acompañara al movimiento de las piernas abajo; con una violencia o seguridad interna que te hace pensar: si a este loco lo toco me pone. Una forma de caminar tiene Coetzee que se nota a primera vista debe tener más que ver con su carácter que con su cuerpo. Él sube al escenario sin responder a los aplausos, sin saludar, y desaparece atrás de una cortina.

Matilde Sánchez es la expositora encargada de presentarlo. Habla durante un rato de los libros de Coetzee y su análisis me gusta. Habla de muchos libros de él que leí, pero también de esos mismos libros retoma muchas escenas de las que yo no me acuerdo. Son escenas duras, dramáticas, de una emoción apretada, subrepticia y amoral y contenida.

¿Cómo no puedo acordarme esas cosas de la obra que amo? ¿Cómo pude olvidarme de esas escenas que leí y que vi y que me conmovieron?

De golpe me siento irritado. Tengo ganas de levantarme y de irme a mi casa y de encerrarme varias semanas otra vez a releer los libros que me destrozaron. Ya lo decía Mancuso: Lo importante no es leer, sino releer. Me siento en deuda conmigo mismo y con lo que amo.

Pero la sed se me pasa cuando Matilde Sánchez deja de lado el tono solemne de su lectura para anunciarnos a todos: Bueno, ahora sí, con ustedes, el señor John Coetzee.

Y entonces entra él. Nueva ovación. Entra él con su paso administrado de pibe de barrio, con esa forma de caminar que solamente se la puede haber ganado conociendo, luchando contra su propio cuerpo.

Coetzee camina como escribe, pienso. Coetzee nunca habría podido escribir lo que escribió sin haber puesto primero a prueba su cuerpo.

Se acerca al micrófono y hace una introducción en español. La lee con mucho esfuerzo, salteándose consonantes. Agradece la invitación, la concurrencia del público, y demás. Su voz es mansa, voz de gentleman inglés. Elegante, comedida. En español también le da un contexto al relato que va a pasar a leer. Hasta ahí vamos bien. Pero después pasa lo que yo ya sabía que iba a pasar: Al relato lo lee en su idioma.

En mi casa cuando era más pibe me jodían mucho con que vaya a estudiar inglés. Es el idioma del futuro, me decían. Pero yo no quería saber nada. Primero tengo que aprender el castellano, les contestaba. El futuro ya se verá. Y acá están, los efectos de mi desidia. El mejor escritor de la historia leyendo en mi país, y yo que solamente puedo cazar frases al azar.

Es un relato ameno, incluso gracioso, parece, por las risas de la gente. Lo cual no es típico en Coetzee, eso, lo de gracioso. Lee con mucha claridad, bien despacio; hasta se permite cambiar el tono de voz cuando empieza un diálogo.

Yo aprovecho para examinar su cara, ya que no entiendo lo que dice. Coetzee tiene las orejas puntiagudas, el armazón de la mandíbula torcido para la izquierda. Tiene el pelo canoso, está vestido de traje negro, tirando para azul. Y es flaco, muy flaco; se le nota abajo del traje la prepotencia de los huesos. Coetzee es un vegetariano activista.

¿Esa habrá sido tu batalla vital? ¿La lucha que encaraste contra tu propio cuerpo?

En el relato, por algunas cosas que alcanzo a entender, y por lo que después me va a contar mi amiga, está muy presente la humanización de los animales. En su obra en general, a su vez, está más que presente la animalización del hombre. No con criterios morales. Coetzee nunca, nunca jamás, ni siquiera hablando de violaciones, torturas, o segregación, te va a decir: esto está bien; esto otro está mal. Pero se siente como una amargura por abajo de su tono. Coetzee es el remordimiento blanco que emerge del imaginario sudafricano en pleno contexto del Apartheid. Blanco animalizando al negro; blanco que finaliza animalizado. Villa miseria populosa. Clase media dominante y popular.

Cuando Coetzee termina el relato hay un aplauso general que hace temblar las butacas. La tensión del instante que se termina para siempre es lo que parecen aplastar las palmas de las manos de todos los que están en el auditorio y terminan de escuchar leer a este engendro.

Coetzee se va sin despedirse, solamente dice: Thank you. Dice eso, y después se va. Se va por el escenario mientras los aplausos siguen, y yo lo hubiera aplaudido parado, como se hace en estos casos, pero nadie se levanta, y qué bien que sea así; una corriente colectiva de pensamiento fluye en el aire y nos hace intuir a todos que a ese viejo un gesto como el de pararnos para aplaudirlo lo hubiera incomodado.

Y nos queda la misma sensación, mientras se va, mientras vemos cómo se escapa abajo de la ola compacta de los aplausos. Una sensación que es igual a la que te queda después de leerlo: La de que quien escribió eso es un pobre hombre, cruel con todos, pero sobre todo con él mismo, sobrellevando como puede un don enorme y absurdo.

Y no bien se termina de ir, cuando el rebote de algún aplauso todavía sigue flotando en algún rincón del auditorio, uno de los organizadores se acerca al micrófono y dice: Muchas gracias a todos por venir. Ahora Coetzee va a firmar libros. Solamente libros suyos. Hagan la fila a la izquierda, por favor.

El tipo lo dice con tranquilidad, pero de golpe es como si algo hubiera explotado. Mi amiga pega un salto. Todo el mundo pega un salto. Yo agarro mi bolsa de naylon, sé que adentro no hay ningún libro, pero la abro a la bolsa igual y la miro por inercia. Nada.

Nada.

Me acomodo a un costado de la fila; mi amiga llega a ponerse justo a la mitad. La hilera se alarga desde el escenario, sube las escaleras y termina en la puerta de salida. Mi amiga me muestra la cámara en el aire, yo me acerco y ella me dice: Sacame fotos.

Uno de los organizadores les pide a los fans: Con brevedad, por favor. No charlen, les rogamos, así pueden pasar todos. Coetzee ya entró de nuevo y está sentado, en una mesa en diagonal sobre el escenario.

En una suben una mina y un pibe. El pibe hace firmar su libro, después se corre a un costado, y la mina que está con él saca una cámara y lo apunta a Coetzee a menos de medio metro. Yo vigilo la reacción de Coetzee con atención. Coetzee tiene la mirada reconcentrada en cualquier punto que no sea la cámara. No es una mirada de incomodidad. Es una mirada que apunta a ninguna parte, como si lo que estuviera enfrente de él, la chica, la cámara, no existieran. Es la mirada de uno cuando está solo, cuando no está pendiente de las miradas ajenas. Parece un león de zoológico, o un tigre, estirado en el pasto, con la mirada extraviada, indiferente a la expectativa del visitante dispuesto a acribillarlo con el ojo digital. El organizador se da cuenta justo a tiempo. Se acerca a la chica, le toca el hombro y empieza a negar con la cabeza, como diciéndole: No, no da. La chica no llega a sacar la foto. Guarda la cámara, baja el escenario y se va.

Ahora le toca subir a mi amiga. Me da la cámara, mientras pasa, y yo apunto con el foco a Coetzee desde abajo del escenario. Coetzee la saluda, mi amiga no sé qué le pregunta, y él le contesta. Hablarán un poco más de diez segundos. Yo mientras tanto le saco dos fotos. Mi amiga se baja, con el libro firmado, y me pide la cámara y mira las fotos que le saqué. Acá solamente sale mi espalda, me dice. Pero bueno, por lo menos se ve la cara de él.

La fila se renueva; sigue llegando más y más gente. Con mi amiga estamos parados a un costado de la hilera, sin hacer nada, y ella me dice: ¿Vos no querés subir? No tengo libro, le contesto yo. Pero te presto el mío, vas y por lo menos lo saludás. No, dejá, el tuyo ya está firmado, no da. ¿Pero no lo querés saludar? Me da lo mismo, le digo.

Ella levanta las cejas y me dice: Bueno, vamos entonces. Vamos y en el camino te cuento lo que decía el relato. Me dice eso, y yo le digo bueno, está bien; pero mi cuerpo no se mueve. Ella hace el ademán de irse, de empezar a subir las escaleras, pero yo sigo ahí. ¿Vamos?, me dice de nuevo. Y yo me quedo callado, y me siento en una de las butacas, en la cuarta hilera, como sonámbulo, y me pongo a mirar a Coetzee.

No sé qué espero. Por el momento solamente quiero esto. Ver. Ver sus gestos, sus tics, su forma de desenvolverse. Mi amiga aprovecha mi mutismo para alejarse, y se sienta en la primera fila, y empieza a sacarle desde ahí una foto atrás de otra a Coetzee, a esa aparición que le da la mano a los que vienen a saludarlo y les firma los libros y después les dice: Thank you.

De repente veo que mi amiga se levanta, y se acerca a una mujer que está parada en la fila. La mujer tiene varios libros de más. Mi amiga le dice dos o tres palabras y después se da vuelta y viene trotando a buscarme a mí. Ahí tenés un libro para ir a saludarlo, me dice.

Me levanto del asiento y por el apuro con que me arrastra mi amiga dejo tirada mi bolsa de naylon en el piso, y me guardo los anteojos en el bolsillo, y me llevo por delante un escalón en el pasillo. Esto no me lo esperaba. Yo era feliz así. Viendo cómo Coetzee saludaba a los demás.

La mujer de la hilera me da un libro. Lo miro: es Esperando a los bárbaros. Muchas gracias, pero ahora voy a tener que ir al final de la fila. No, pasá atrás mío, me contesta la mujer. Miro para atrás, hay un par de señoras, y las dos me dicen: Dale, mirá si vas a hacer toda la fila. Pasá tranquilo.

Se deben dar cuenta de que estoy flotando. De que lo que me está pasando es amor. Y no un amor de los triviales, de los ideales, de los que pasan cada cinco minutos, mirando una mirada o un culo por la calle; se me debe notar en la cara que el mío no es un amor como ese, sino uno desgarrado y dolorido, y todos los que alguna vez sufrieron por amor lo pueden intuir, lo pueden descubrir enseguida en la cara del otro, y lo único que quieren es un final feliz para ese desgraciado, porque de alguna manera también sería como un final feliz para ellos, que ya están metidos en la situación.

Pasá, querido, pasá, me dicen las mujeres perfumadas, pintadas al óleo.

Y la que está adelante mío pasa, y después me toca subir las escaleras a mí. ¿Qué le voy a decir? No sé. Mi corazón late. Late todo el tiempo, pero la diferencia es que ahora lo siento. Es una babosa que se me hincha y desinfla adentro del pecho. Que se quiere salir. Puedo ser consciente de mi sangre, circulando por los hilos de mis venas, como a través de una de esas bombillas que venían con varios rodetes, firuletes, y que yo usaba para tomar el jugo cuando era un pibe, y estoy tan perdido en estas excentricidades de mi cuerpo que no puedo tomar conciencia de lo otro, de lo que pasa por mi mente, yo llegando a un momento clave de mi vida, y todavía sin saber muy bien qué es lo que voy a decir, porque es ahora o nunca, quiero decir, este momento no se va a repetir nunca, no va a haber otra chance igual.

Cuando la mujer que está adelante mío hace firmar su libro y se va, me toca pasar a mí. Yo me acerco y ahora estoy parado enfrente de Coetzee.

Coetzee me mira a los ojos. Yo también lo miro a los ojos a él. Coetzee, le digo, apoyando el libro en la mesa: Iu are mi dios.

Se lo digo señalándolo con el índice, con una voz firme, pero empapada, viscosa, como si más que aire, viento, mi voz fuera una cosa orgánica.

Coetzee me sigue mirando. Me mira inexpresivo. No sé si no me entendió o si espera a que le diga algo más. Me mira fijamente a los ojos, Coetzee, y yo me pongo una mano en el pecho, como un argentino cantando el himno, o como una vieja con taquicardia, y me acuerdo de cómo es, de cómo es el inglés en una inspiración súbita: Iu are mi gad.

Se lo digo con claridad, pero no hay ni una sola mueca en sus gestos. Creo que todavía no parpadeó. Es como si el tiempo acá hubiera dejado de correr. Como si Coetzee y yo estuviéramos atrapados en una burbuja. El amor cae sobre el tiempo como dos manos inmensas que lo aprietan y lo dejan estancado en este lugar, en esta burbuja. Y en este lugar reducido sobre el cual el tiempo se estanca entra no solo el presente, los ojos fríos de Coetzee, sino también todos los momentos que viví a lo largo de mi vida. Su mirada desorientada me devuelve a la infancia, y entonces veo las manos de mi nono, amasando fideos, una mañana de domingo, antes de que viniera el resto de la familia a almorzar. Y veo también las manos de mi vieja, las manos de mi vieja anudándome una corbata azul, la primera vez que me vestí de traje y corbata para ir al cumpleaños de quince de una compañera del colegio.

Y yo recién termino de decirle, iu are mi gad, pero Coetzee no me contesta: Thank you. Coetzee nada más junta las dos manos, mejor dicho junta las puntas de los dedos, y después inclina la cabeza como un oriental. Hace eso, y después agarra el libro que me prestó la mujer de la fila y pone su firma en la hoja donde está el título. Hace un garabato y después me devuelve el libro, y yo siento en mis mejillas un ardor, el ardor de mis pómulos que se levantan, que me aprietan los ojos, no como cuando uno sonríe, sino como cuando uno está desconsolado. Los pómulos que se levantan y que uno no puede controlar, y que queman, que son músculos que queman más allá de la voluntad de uno, y yo estoy convencido de que es una mezcla de participación bastante pareja entre la autocompasión y la felicidad.

Me bajo del escenario flotando. Coetzee me miró a los ojos. Coetzee tocó un libro que toqué yo. Mi voz entró a sus oídos, y Coetzee juntó la punta de los dedos de sus manos, cerrando por un segundo los ojos, y reclinó la cabeza adelante mío como un dios oriental.

Cuando salimos del Malba mi amiga me muestra la foto. Salgo yo, de costado. La cara de él casi ni se ve. Salió borrosa, brillante, difusa, desdoblada.

Pero después me digo: ¿Será esa la cara del amor? ¿Será así la cara del ser amado ante la mirada del ser amante?

Y el interrogante me sirve de consuelo. Cuando se lo muestre a mis nietos, o a los nietos de mis hermanos, yo les voy a decir: Eso es Coetzee. Eso es leer a Coetzee. Esa cara es él.

Llego a mi casa un rato después. Lo primero que hago es encender la computadora. La enciendo y me siento en la silla; quiero sacarme de encima la duda que me vino arañando en el colectivo que me tomé desde el Malba hasta acá: ¿Cuánto habrá salido Boca?

Me fijo y está: Ganamos. Dos a uno. Gol de Erviti. Contra Lanús. Estamos punteros. Felicidad. Felicidad mía y cotidiana. Esta felicidad que no depende de mí. Ganaron ellos. Los jugadores. Pero es mi felicidad.

Mientras leo la crónica del partido, los libros de Coetzee están ahí, atrás mío, en la biblioteca. Me doy vuelta y los miro. Ahí están casi todos los que escribió.

¿Cuáles serán los pedacitos de tu felicidad cotidiana, Coetzee? ¿Vos cómo habrás conocido a tu amor?