domingo, 16 de septiembre de 2012



Caer delante del padre





En una entrevista con Alejandro Fantino (probablemente el mejor entrevistador de la actualidad), Sergio "Maravilla" Martínez confiesa que después de cada pelea no festeja, no se junta con su entorno a celebrar el trabajo bien hecho, sino que vuelve solo al hotel, va al baño, se mete abajo de la ducha, y durante cuarenta minutos lo único que hace es llorar. Llora sintiendo en la nuca el agua que cae, y después va y se acuesta en la cama en posición fetal, sin moverse para evitar avivar los dolores del combate, acurrucado abajo de las sábanas.

A mí el gesto de Martínez me resultó llamativo. Un icono mundial del boxeo -un deporte que connota sangre, violencia, virilidad- animándose a confesar en un medio masivo de comunicación que el efecto inmediato de cada una de sus peleas es un largo llanto sostenido. Casi pude imaginármelo llorando abajo de la lluvia de la ducha, y después acostado como un nene, ya sin sangre ni lágrimas, en el silencio de una habitación lujosa de alguna gran ciudad del hemisferio norte. 

No soy de mirar boxeo con frecuencia. Pero me conmueven en todos los casos las personas que tienen una pasión muy marcada, y que son capaces de sacrificar todo por esa pasión. Las admiro. Quisiera respetar mis propósitos tanto como ellos. Personas que tienen un objetivo y que nunca, a pesar de todas las adversidades, lo pierden de vista. 

En Millon Dollar Baby una camarera de treinta y un años sueña con ser boxeadora. Se levanta todos los días a las cuatro de la mañana y sale a correr. Después va al trabajo, después del trabajo directo al gimnasio a entrenar, y, cuando ya todos se fueron, ella sigue ahí, sola, hecha un harapo, pero todavía pegándole a la bolsa a la luz débil de un foco colgado en la pared. 

"Si hay magia en el boxeo -dice entonces en off la voz bíblica de Morgan Freeman-, es la de dejarlo todo por un sueño que nadie excepto vos es capaz de ver".

Maravilla Martínez empezó a trabajar de albañil a los catorce años. Trabajaba con su padre en el barrio de Claypole. Alternaba esa labor con el entrenamiento en el gimnasio. Las manos ásperas llenas de callos. Las ojeras negras alrededor de los ojos. Los músculos que laten. La saliva pegajosa del hambre. La mucosa salada de la sed. "A veces me despertaba de madrugada soñando que era campeón", le cuenta el boxeador a Fantino. 

El cansancio le aplasta los huesos pero él no puede dejar de hacer lo que siente que debe hacer. No puede relajarse. No se lo permite. No quiere defraudarse a sí mismo. Hay una meta, un lugar que alcanzar. Día a día avanza sin pausa ni descanso hacia ese lugar.

Y ese lugar, ese instante, después de más de veinte años, finalmente llega. Sábado quince de septiembre del 2012. Un estadio colmado en Las Vegas. El pibe que a veces no tenía qué cenar en su casa, que solo podía mirar cómo después de una larga jornada de trabajo el único que tenía un plato con comida en la mesa era su padre, ahora es un hombre con las venas y los músculos salientes, bañado de luces plateadas. Enfrente Julio César Chavez junior. 

La batalla durará menos de una hora. Pero en ese lapso mínimo de tiempo no hay ni minutos ni segundos: hay años. Años y años de laburo tenaz y solitario. En lo que dura el combate se condensan madrugadas, privaciones, vómitos, párpados desgarrados, el sabor del sudor mezclado con el de la sangre en la boca, los nudillos rojos llenos de ampollas, el despertador a las cinco menos cuarto de la mañana, y a correr, a sobrellevar flexiones y abdominales, a pegarle a una bolsa llena de arena en el patio de tu casa, solo, siempre solo, haciendo lo que viniste a hacer al mundo como metido adentro de un frasco de vidrio, completamente abstraído, desentendido de todo aquello que no tenga que ver con eso que sigilosamente te propusiste alcanzar.

Y ahora que lo alcanzaste, ahora que ya estás en la batalla decisiva, nada puede resultar azaroso. Nada es improvisado. Ahora ya está funcionando la memoria de tu cuerpo. Vos ahora sos pura reacción. Una maquinaria física que se desenvuelve por acto reflejo, y que no alcanza tu entendimiento. Es la memoria de lo que tu cuerpo por sí mismo aprehendió de cada una de tus experiencias. Ahora él está pensando y actuando en tu lugar; vos, estrictamente vos, ya no estás. Es como si en este momento él, tu cuerpo, estuviera cosechando miga por miga lo que durante toda tu vida vos fuiste sembrando, y te dijera al oído algo como: Bueno, ¿ves?, acá está. Vos nunca estuviste solo; yo siempre te estuve acompañando.

¿Pero qué es esta memoria del cuerpo? ¿Qué es eso que se hereda de las experiencias del pasado y reacciona por su propia cuenta? 

¿Estará en la sangre? ¿Vendrá desde antes del nacimiento? 

Porque fue así:

En otro punto cumbre de la entrevista, Maravilla Martínez le confiesa a Fantino que en su pelea con Richard Williams en Inglaterra su padre había estado presente en el estadio. En el tercer round, Williams lo tira al suelo. El boxeador argentino entonces consigue levantarse, aunque, al momento de hacerlo, se siente completamente desorientado. Así hasta que mira a un costado, aturdido todavía por el cross de su rival, y se encuentra con la cara congelada de su padre en la platea. Su padre termina de verlo caer a la lona. Y lo primero que siente Maravilla es vergüenza. 

"Dios, qué vergüenza -dice Martínez, recordando como alucinado lo que sintió en ese momento-. Caer delante del padre. No pude olvidarme nunca de cómo me miró. Sentí muchísima vergüenza". 

Pero fue justamente esa vergüenza asfixiante la que lo animó a seguir. "Ya está", pensó, mirando a su rival: "Te mato". 

Y siguió peleando. Con dos costillas rotas clavándosele en la carne. Con la boca violeta inflada de tajos. Maravilla siguió peleando, sobreponiéndose al dolor de la panza y de la boca, y ganó. 

Ganó empujado por la vergüenza de que su padre lo volviera a ver derrotado.

Pero lo más significativo de este episodio -que Maravilla describe en sus pormenores-, es que a partir de esa noche le empezó a pasar. Después de ganar esa pelea, él no asistió a cenar con gente famosa del ambiente, que era lo que su agente le había propuesto. No. Él fue y se metió abajo de la ducha en la habitación del hotel y se puso a llorar. Lloró cuarenta minutos, pensando en su vergüenza, tirado en la bañera, abajo del agua que caía, que lo lavaba. 

Un hombre que termina de reventarle la cara a otro a golpes llora un rato largo tirado en un baño. 

Y Maravilla ya nunca iría a abandonar ese rito. Cada vez que termina una pelea, vuelve al hotel y se encierra a llorar como lo hizo esa noche en que su padre lo vio caer a la lona.  

"Para mi esa mirada de mi padre fue un punto de inflexión", confiesa Maravilla. "A partir de ahí, mi vida a nivel espiritual, a nivel personal, se vio fortalecida".

¿Por qué? ¿Qué vio Martínez en esa mirada que lo fortaleció, que lo llenó de una nueva energía en el cuadrilátero?

¿Lo habrá guiado esa mirada hacia el pasado? ¿Habrá sabido Martínez en ese momento quién era él, de qué estaba hecho?

Su padre descascarando a mazazos la losa de un techo en Claypole. Pum. Pum. Venas en la frente y en los brazos. Martillando. Golpeando.

¿Será que las experiencias del padre sobreviven en uno? ¿Será que uno las hereda en el cuerpo, en la memoria del cuerpo, en sus reacciones y costumbres más involuntarias? 
       
Acá en el video de abajo, al comienzo (alrededor del minuto), se ve el momento con claridad. Después de caer al suelo, mientras intenta recuperarse, en un estado de absoluta inconsciencia, la primera reacción de Maravilla Martínez es mirar a un costado, hacia la platea, donde por un segundo que de ahí en adelante lo marcaría para siempre va a encontrarse con la cara de su padre.  













4 comentarios:

lexi dijo...

qué hermoso texto! ví esa entrevista y me encantó escycharlo a maravilla, es un groso! y vos también por lo que escribiste! guaw! cuánta emoción!

Un desvarío por jueves dijo...

graciasss lexi

por si te interesa acá esta la parte de la entrevista donde habla de la mirada al padre

http://www.youtube.com/watch?v=BmquDl0BloE&feature=relmfu

empieza en el minuto 6:40, maso

y de ahí serán unos cinco minutos más

el relato que hace vale la pena

buenísimo

Anónimo dijo...

Genial, nene!

Abrazo grande.



(Dionisia)

Un desvarío por jueves dijo...

graciasss por leer che

un abrazo