lunes, 8 de octubre de 2012



Andar sin pensamientos

Mi tía está sentada al lado mío, mientras yo miro la máquina. Me ve apretar un montón de botones, y después me escucha decirle: Ya está. ¿Ya está? Sí, ya tenés Internet. Se lo digo con un tono de indiferencia, casi como si le estuviera diciendo la hora, y se me ocurre que ella será consciente del humor pegajoso de mi resaca, porque reprime el grito de alegría.

Pero estoy seguro de que hubiera gritado, si en ese momento hubiera estado sola. Hacía casi tres meses que mi vieja le había regalado la computadora, y desde ahí todavía no había podido instalar Internet. Al principio porque para poder recibir el módem en Loma Hermosa había lista de espera de casi un mes. Después, cuando por fin le llegó el turno, la empresa que ofrecía el servicio le envió un aparato que jamás funcionó. Mi tía llamó varias veces. Horas y horas discutiendo sin que le dieran solución alguna. Así que al final se decidió por otra empresa y tuvo que empezar todo el papeleo de nuevo.

Recién esta semana le llegó el segundo módem. Ella siguió todas las indicaciones que le había dado el técnico pero después frente a la pantalla no supo cómo hacer para establecer la conexión porque la página de inicio le exigía un nombre de usuario y una contraseña. Entonces cuando esta tarde voy a visitarlos me pide ayuda. Yo le digo que sí. Es un procedimiento sencillo y lo hago. Y después de hacerlo le digo: Ya está. Acá tenés tu nombre de usuario y tu contraseña. Ya tenés Internet. 

Mientras miro la pantalla, entrando a Facebook, noto a un costado mío la cascada inquieta de su alegría. Las piernas se le mueven para un lado, para el otro. ¿Y esto?, me pregunta. ¿Qué es? ¿Qué estás haciendo? Más despacio, que no llego a ver. ¿Esto es el muro de Facebook?

Al instante están a mis espaldas mirando la pantalla de la computadora mis abuelos y Lucas, mi primo de seis años, sorprendidos por lo que ven. Me pregunto qué significará Internet para ellos. Qué sentirán de cara a ese monstruo del cual todo el mundo habla siempre en la calle y en la radio y en la tele, pero al cual nunca hasta ese momento le habían visto la cara. El monstruo termina de entrar a la casa en sus numerosas facetas. Facebook. Google. Yahoo. Hotmail. Youtube. Demasiadas palabras en inglés. Demasiadas palabras. Imágenes por acá, por allá, muchos carteles que indican cosas que ellos no comprenden; les veo en la cara mientras me preguntan por esto o por esto otro el gesto de quien entra en una ciudad extraña con las manos vacías. El monstruo ahora ya está acá, agazapado en un rincón, mirándolos. El monstruo ahora día tras día va a dormir al mismo tiempo que ellos, a respirar con ellos, a formar parte de sus vidas. 

Internet es como la mente: No se puede tocar, pero está. Y sus fronteras son las mismas que limitan al universo. A veces pienso que es como el Aleph que vio Borges en el sótano de la casa de Carlos Argentino Daneri. Todo está ahí. También como la mente, Internet es un espacio donde la identidad puede mutar, expandirse, pluralizarse, y donde por ende no existen leyes. Ninguna imagen es imposible para la mente; no hay acá adentro en mi imaginación una norma que coarte la ebullición de mis deseos. Lo mismo en Internet; ahondando, o quizás de casualidad, se visualizan con impunidad los cuadros más siniestros, o placenteros, o insólitos. 

En una a mi tía la llaman por teléfono y yo lo miro a mi abuelo, que está en la cocina tomando mate. Jorge, le digo, vení; ¿qué tango te gusta? Él piensa un rato, acercándose. Al final me dice: Naranjo en flor. Yo entonces busco en el Youtube ese tema, y el tercer video que aparece en la lista es una versión de Goyeneche. Qué rápido que usás el botonero, me dice él. Yo le contesto que trabajo todo el día con este aparato, mientras hago clic en el video. Así que por eso ya lo sé usar. La canción empieza enseguida, maximizo la imagen para que ocupe toda la pantalla, y mi abuelo primero lo escucha al cantor, mirándolo; pero después se pone a tararear a la par de él. No me doy vuelta para verle la mirada. Solamente lo miro a Goyeneche. Lucas, a un costado mío, me dice: Dale, poné un juego. Yo lo miro de reojo y le hago un gesto para que se calle, pero no como amonestándolo, sino con complicidad, como dándole a entender que antes que nada el abuelo va a tener que terminar de ver este video. Él entiende, pero me dice: Cuánto falta. Ya termina, le contesto en voz baja yo, y vuelvo a ponerme el índice en la boca. Jorge atrás nuestro sigue tarareando. Lucas entonces se calla conmigo, y los dos escuchamos cantar a Jorge mientras el monstruo nos mira desde el otro lado del vidrio.








1 comentario:

oh nikita dijo...

hola Matías!! buenísimo. Si, yo también considero a internet como el aleph, leyendo el pasado desde el presente podremos decir que Borges predijo internet!
abrazo