martes, 23 de octubre de 2012

me quiero ir por mí



Todo el barrio lo sabía, menos ella. Y eso que en marzo, un mes antes de que la noticia nos cayera como un balde de agua fría en la espalda, terminaba de cumplir los veintitrés. Veintitrés años ignorando lo que hasta incluso sabía su mejor amiga. Y era tan llamativa la situación, que había mucha gente que dudaba. Imposible. ¿Cómo no lo va a saber? ¿Es que no ve?

Porque estaba ahí, frente a los ojos. Yanina era petisita, vivaracha, tenía el pelo negro y enrulado. Sus dos hermanas menores, en cambio, habían crecido flacas y altas y muy rubias; las dos con la misma cara sin luces del padre. Siempre que llegaban las tres juntas al colegio las mirábamos, y a veces alguno que otro en joda pero también un poco en serio decía: Mirá vos la macana que se mandó Mabel. 

Pero a esas alturas todavía éramos chicos y no sabíamos nada.

Yo recién me enteré de todo hace poco, el día en que internaron a Yanina. Fue mi vieja la que me lo contó. Me contó que Mabel y Luis habían buscado durante años tener un hijo, pero como Mabel no quedaba embarazada, habían decidido adoptar. Así fue como llegó Yanina. De chica era preciosa, gordita; me comentaba mi vieja. Un día vinieron a visitarnos y vos dormiste con ella en la misma cama. Tu papá estaba enamorado de esa nena y mientras los miraba dormir decía que cuando ustedes crecieran iban a casarse. 

Pero el tema fue que apenas unos pocos meses después de que Yanina llegara a la casa, Mabel quedó embarazada. Y después, a los dos años, quedó embarazada de nuevo. ¿Te parece a vos?, me decía mi vieja; Mabel sufrió tantos años por no poder tener hijos. Y justo después de que llega Yanina. Justo después.

Mi vieja se acordaba muy bien de esa época. Me contó que apenas nació Paula empezó a intuir que las cosas iban a andar mal. No para la beba o para Mabel, sino para Yanina. Yanina solamente tenía un año, pero Mabel no le prestaba la misma atención que a su hija biológica. No era el mismo el trato que tenía con una que con la otra. Te hablo de detalles, me decía mi vieja, de cómo las miraba, de cómo les hablaba o las tocaba; pequeños detalles que solamente una que ya es madre puede notar.

Y lo mismo con el correr de los años. Por esa época Luis y Mabel venían a comer seguido a casa y las diferencias ya se veían más claramente. Mabel solamente las retaba y les pegaba a las nenas más chicas; Yanina, en cambio, podía estar dando vuelta la casa entera que Mabel jamás se iba animar a levantarle la mano. Y era una chica bastante brava, ¿no sé si te acordás? Me acuerdo, le dije. Bueno, así creció Yanina; Mabel nunca le puso límites, y el padre era un insulso que parecía estar pero que en realidad nunca estaba.

Y cuando las chicas crecieron, tan rápido que casi ni nos dimos cuenta, se fue haciendo más evidente el contraste. Yanina tan petisita y hermosa, y las otras dos, dos palitos de escoba sin una chispa de gracia. Luis hizo construir un cuarto en la terraza y a los trece, catorce años, Yanina empezó a dormir sola. Aunque yo creo que siempre estuvo sola en esa casa. Y así y todo la chica se pudo sobreponer. No sé de qué tipo de gente había nacido, pero lo cierto es que de carácter era lo más parecido que podía haber a Mabel. Lanzada, decidida, independiente. Y práctica, sobre todo muy práctica. Así siempre fue Mabelita, durante su juventud; hasta que después le arruinó la vida ese tipo.

Mientras mi vieja me hablaba de estas cosas se me iba despertando la memoria. Ciertos cuadros, ciertas secuencias. Una tarde de lluvia, Paula cumplía los doce años. Con los compañeros del colegio nos encerramos en el garaje y jugamos a la botella. Yanina siempre elegía consecuencia. Le vas a tener que dar un beso a Gastón, le dijo su hermana, segura de que ella no lo iba a hacer. Pero Yanina levantó los hombros, después levantó su cuerpo, y caminó hasta mí y acercó su boca a la mía, y me besó dos o tres segundos, abriendo un poco la boca, adelante de todos.

Lo que no me explico es cómo ella nunca sospechó, dije. O cómo es que nunca se lo contaron. Mi vieja me contestó: Más de una vez hablé de este tema con Mabel. Sobre todo a medida que Yanina iba creciendo. Se iba haciendo mujer. Se lo tenés que contar, le decía yo. Estoy esperando el momento adecuado, me contestaba ella. Mabel pensaba que Yanina no estaba preparada para recibir una noticia como esa. Pero, ¿cuándo uno está preparado para recibir ese tipo de noticias, no? Si querés que te diga lo que realmente pienso, me decía mi vieja, para mí Mabel siempre estuvo dispuesta a decírselo, pero era Luis el que no la dejaba.

Y a medida que Yanina crecía, que se volvía cada vez más inteligente y más linda y más segura de sí misma, más difícil se le fue haciendo a Mabel acercarse a ella. A veces venía sola a casa y se pasaba horas hablando de cualquier cosa, hasta decirme, al momento de despedirse, que sentía que Yanina la odiaba. No te odia, le decía yo. Pero ella se sentía convencida. Sí, me odia. Me odia porque lo sospecha. Me odia porque lo sabe. Tiene un sexto sentido, como los perros, para oler la mentira. Mabel entonces se ponía a llorar: Yo sé que lo sabe y que me desprecia porque no me animo a decírselo. Y yo ahí le contestaba: Bueno, ¿entonces por qué no se lo decís? Debería, me decía, debería decírselo de una vez, ¿no? Y sí. Y Mabel se iba así, transpirando su decisión, su valentía. Pero a las pocas semanas volvía y todavía no le había dicho nada.

Como te digo, yo decidí dejar de meterme, me contaba mi vieja. Y cuando Yanina y vos ya estaban por terminar la secundaria, por esa época creo que fue, Mabel dejó de venir. No sé si se habrá pensado que yo la juzgaba. Y quizás sí la juzgábamos, tu padre y yo. Quizás todo el barrio la juzgaba por mentirle a esa pobre chica tanto tiempo. Pero ni a mí ni a nadie se le ocurrió alguna vez la posibilidad de interceder en un asunto tan personal como ese. Cada uno tiene sus tiempos, ¿no?, sus maneras. Y a Mabel quizás se le había ido la mano con el asunto del tiempo, y pienso que por eso se sentía juzgada y decidió dejar de pasar por casa.

El resto de la historia puedo reconstruirla yo de a pedazos.

Cuando terminó el secundario, a Yanina la tomaron en la panadería. Trabajaba de lunes a viernes de siete a cuatro, y después de salir de ahí iba a su casa y se cambiaba, y volvía a salir para tomarse un colectivo y un tren, y después otro colectivo más hasta la facultad. A veces yo iba a comprar pan o facturas y si no había nadie en el local me demoraba un rato hablando con ella. Yanina me hablaba de sus proyectos. Que quería recibirse rápido. Que dos o tres días a la semana iba casi sin dormir a trabajar por haberse pasado toda la noche estudiando. Que quería avanzar en la carrera para conseguirse un trabajo mejor y poder alquilarse algún departamento en capital; que sentía todo el tiempo el impulso de irse. ¿Te llevás mal con tus viejos?, le pregunté. No, me contestó, con ellos me llevo bien. En realidad me quiero ir por mí. Ya no me siento cómoda en esa casa.

Esa habrá sido una de las últimas veces que hablé con ella. Me acuerdo que a fines de diciembre volví a verla, todos los ex compañeros del colegio nos juntamos a comer en una pizzería de San Martín y después fuimos a bailar por ahí, pero ella estuvo toda la noche con el novio y casi no cruzamos palabra. Yo me sentía borracho y de vez en cuando la miraba de reojo, y ella y el novio estaban apretados en un rincón a los abrazos y a los besos. Parecían estar muy bien. Así que me sorprendió cuando a las dos semanas Yanina me contó que lo había dejado. Como no pudimos profundizar, después quise ir a verla, preguntarle por qué había tomado esa decisión que nadie se veía venir; pero yo había conseguido un trabajo que me ocupaba todo el día y nuestros horarios ya no coincidían.

De ahí en adelante todo lo que pasó me lo enteré por terceros. A principios de febrero Yanina se pidió dos semanas de licencia por enfermedad en la panadería y después no volvió por otras dos semanas más. Algunos pensaban que quería hacerse echar; otros que no había podido recuperarse del fracaso amoroso; pero cuando me crucé con Celeste, una de las pocas amigas que todavía la seguía viendo, me dijo que ya desde año nuevo Yanina había empezado a sentirse mal. Había adelgazado mucho. Estaba tan flaca como las hermanas. Se sentía cansada todo el tiempo y ya no salía a la calle porque le daba vergüenza que los vecinos la vieran así. ¿Mal de amores?, le pregunté yo. Celeste me dijo que lo mismo se le había ocurrido al principio. Pero no. Desde hacía mucho tiempo Yanina había dejado de estar enamorada de su ex. No es depresión, esto es otra cosa. ¿Qué es, entonces? No sé, me contestó Celeste. Pero es como si se hubiera vuelto otra.

Cuando cumplió los veintitrés años la llamé; no sentí la suficiente confianza como para ir directamente a su casa. Yanina me atendió pero hablamos muy pocos minutos. Me hablaba como apurada, como pensando en lo que tenía que hacer después de cortar conmigo. Le pregunté si iba a hacer algo para festejar el cumpleaños, y me contestó que no tenía ganas. Aunque ahora que lo pienso no me acuerdo si habló de ganas o de fuerzas. Después le pregunté si había algo que podía hacer por ella, si quería que fuera a visitarla un día de esos, y Yanina me agradeció el buen gesto, pero que por el momento lo único que necesitaba era estar sola y descansar. Mientras hablábamos, a mí me daba la sensación de estar tratando con una extraña. No te pierdas, le dije, cuando nos despedimos. No bien me mejore te voy a llamar, me contestó ella.

Pero después de su cumpleaños todo fue para peor. Durante una semana no paró de vomitar; al final la internaron. Entonces descubrieron que Yanina tenía cáncer. La enfermedad había brotado en su estómago, y desde ahí se le había ido propagando silenciosamente durante meses. Cuando me enteré yo terminaba de volver del trabajo. Fue mi vieja la que me dio la noticia. De golpe me sentí muy cansado. Abrí la puerta de la heladera. La volví a cerrar. ¿Pero es grave? Ella se infló el pecho de aire y después lo soltó. Me contó que sí. Me dio detalles de lo que se había enterado. Yo la escuchaba mirando la tele. Los colores. Las luces. Pobre chica, suspiró mi vieja al final, mirando la ventana, me pregunto si ya lo sabrá. Yo ya me estaba yendo, pero cacé su comentario al voleo.

Me di vuelta:

¿Si ya sabrá qué?

Mi vieja dejó de revolver la olla y me miró con la boca un poco abierta.

¿Cómo qué, hijo?

Y fue ahí cuando supe que Luis y Mabel no eran los verdaderos padres de Yanina.

Intenté visitarla al hospital, pero solamente Celeste pudo entrar. Una de esas noches pasé por su casa y se lo pregunté. Si sabía que Yanina era adoptada. Si sabía que sus padres nunca se lo habían contado. Si estaba enterada de todo eso.

Sí, me contestó Celeste. ¿Pero ella nunca sospechó? ¿Ella nunca te hizo ningún comentario o te preguntó algo acerca de eso? No, dijo Celeste, jamás; y tampoco ni a mí ni a ninguna de las chicas se nos pasó por la cabeza meternos; creo que no nos correspondía. ¿Y ahora?, le dije yo, ¿ahora ella lo sabe? Celeste se acomodó en la silla. Ayer la fui a ver al hospital, me contestó. Intenté distraerla. Le conté algunos chismes. Me hubiera gustado conversar sola con ella, pero Mabel siempre estuvo ahí, con nosotras. No nos dejó solas un segundo. Así que no sé. ¿No sabés si sabe? No, no sé, dijo Celeste, pero, en todo caso, creo que ese es un tema que no nos incumbe a nosotros; ese es un tema de ella. Algo entre ella y sus padres.

Yo intentaba darle la razón a Celeste, pero cada vez que me quedaba solo no podía dejar de pensar. Entonces las llamaba a las hermanas de Yanina y les preguntaba cómo andaba todo, intentaba sugerirles algo, pero como ellas nunca daban ninguna señal les terminaba diciendo que le mandaran saludos a su hermana de mi parte. Una noche de insomnio le envié un mail; un mail que ya nadie va a leer. Yanina murió a fines de junio, de madrugada, mientras yo tenía una pesadilla de la que ya no me acuerdo.

La velaron una mañana helada. Yo no tenía ganas de ir; mi vieja casi me obligó. Saludamos a los padres de Yanina; vimos el cuerpo; después dejamos que la familia hiciera tranquila su duelo. 

Recién cuando volvíamos en el auto yo me puse a temblar. Me empezaron a transpirar las manos. Mi vieja pidió que paráramos, vomité, y después siguió manejando ella. No había nada qué hacer, me dijo. Pensá eso. Ya no había nada qué hacer.


**

Mabel y Luis se mudaron con sus hijas a los pocos meses. Se fueron a otro barrio, cerca de capital, y después ya no volvimos a tener noticias de ellos. Ahora en la casa de Mabel vive un matrimonio joven. Yo no los traté, pero me dijeron que son buena gente. Y uno los mira y, sí, parecen ser buena gente.

Hace poco José, un vecino de la cuadra de enfrente que está medio loco, fue a darles la bienvenida al barrio, y ellos lo hicieron pasar. Tomaron unos mates, comieron facturas; entonces José les contó todo lo que había pasado en esa casa. Les habló un rato largo de la familia que en esa casa había vivido. De que la nena más grande había sido adoptada y que nunca en veintitrés años sus padres se habían animado a contárselo. Y que unos pocos meses atrás esta nena se había ido. ¿Adónde? José dijo: con Dios.

El matrimonio joven escuchaba a José con atención. Pero fue ella, la mujer, la primera en preguntárselo.

¿Y la chica?, dijo. ¿Al final la chica nunca se enteró?

José levantó las cejas; le devolvió el mate a la mujer.

Bueno, eso es algo que todo el mundo acá se pregunta, pero que nadie se puede responder. Pero si quiere que le diga lo que pienso, para mí sí sabía. ¿Para usted sabía? Sí, para mí sí. Para mí ella se tragó durante todos estos años lo que sospechaba, se lo fue guardando acá, en el estómago, y cuando por fin supo que los padres le habían mentido no se aguantó la tristeza.






5 comentarios:

A girl called María dijo...

Muy lindo, con un final perfecto. Me dio vértigo ese cierrre. Genial.

oh nikita dijo...


Vengo para decir lo mismo, una historia redonda, con muchas sutilezas como es tu estilo, me gustó mucho el final

Un desvarío por jueves dijo...

graciass che !!

Anónimo dijo...

¡Muy lindo! Un abrazo, Elli

Un desvarío por jueves dijo...

saludos elli !