viernes, 30 de noviembre de 2012



Deportes

"Coincido contigo en que ver deportes por televisión es en gran medida una pérdida de tiempo. Pero hay momentos que no son ninguna pérdida de tiempo, como por ejemplo los que tenían lugar de vez en cuando en la época dorada de Roger Federer. A la luz de lo que tú dices, examino esos momentos y los repaso en mi memoria; Federer haciendo una volea cruzada de revés, por ejemplo. Y me pregunto: ¿acaso es realmente la estética, o únicamente la estética, lo que da vida a esos momentos para mí?

A mí me parece que mientras presencio la jugada me pasan dos pensamientos por la cabeza: (1) si yo también me hubiera pasado la adolescencia practicando golpes de revés en lugar de lo que hice? entonces también habría podido hacer jugadas así y provocar que el mundo entero ahogara un grito de asombro. Y a continuación: (2) por mucho que me hubiera pasado la adolescencia entera practicando golpes de revés, jamás podría haber hecho esa jugada, mucho menos bajo el estrés de la competición y de forma voluntaria. Y por consiguiente: (3) acabo de ver algo que es al mismo tiempo humano y más que humano; acabo de ver algo que viene a ser el ideal humano materializado.

Lo que quiero reflejar en esta serie de réplicas es la forma en que la envidia levanta primero la cabeza y luego se ve sofocada. Uno empieza envidiando a Federer, de ahí pasa a admirarlo, y por fin termina ni envidiándolo ni admirándolo, sino exaltado ante la revelación de lo que puede hacer un ser humano, o por lo menos uno como él.

Y considero que eso se parece mucho a mi respuesta a las obras de arte a las que he dedicado mucho tiempo (de reflexión y análisis), hasta el punto de tener una buena idea de lo que contribuyó a su creación: puedo ver cómo se hicieron pero jamás las podría haber hecho yo, están fuera de mi alcance; pero fueron hechas por un hombre (de vez en cuando una mujer) como yo; ¡qué honor pertenecer a la especie de la que ese hombre (o de vez en cuando mujer) es representante!".



(J. M. Coetzee, escribiéndole a Auster).






lunes, 26 de noviembre de 2012

ella va a ser para mí


Éramos tan pobres que no teníamos ventilador. Me acuerdo de que en el verano, cuando el calor no te dejaba dormir, papá nos venía a buscar a la pieza y se cargaba los colchones al hombro y después los soltaba en la terraza. Entonces subíamos todos y dormíamos ahí, al aire libre, papá y mamá en su colchón grande, Teresa y yo en los nuestros. Dormíamos abajo de la noche, con todos los bichos dando vueltas; yo a veces abría los ojos y veía a los gatos del vecino que nos vigilaban desde la medianera, quietos, con los ojos bien brillantes. Pero yo igual estaba tan cansada, por el sueño, por el calor, que me olvidaba de los gatos y los bichos y me quedaba dormida enseguida.


**

Teresa siempre tuvo muchos novios. En el colegio todos estaban enamorados de ella. Aunque era tres años más chica que yo, salía con chicos de mi curso. En los recreos, por los pasillos, casi nadie sabía mi nombre; yo solamente era la hermana de Teresa. Si la hubieras conocido de chica; tenía una cinturita así, una espaldita así, y era petisa y vivaracha y hermosa. Pero yo creo que más que nada le iba bien con los hombres por lo caradura que era. Los trataba muy mal. Con Juan, por ejemplo. No me olvido de lo que le hizo a ese chico. Era tan dulce, tan atento. Ella lo quería mucho, decía que quería casarse. Pero cuando Juan a fines de ese año volvió de la colimba tenía el pelo rapado, y a Teresa no le gustaba con el pelo así. Durante las cenas lo miraba con cara de hastío, como si le estuviera doliendo una muela.

Lo dejó de un día para el otro. Juan justo se estaba quedando en casa por unos días porque los padres se habían ido a Santa Fe, y dormía en un colchón en el piso de la pieza, entre mi cama y la de Teresa. Pero una noche de esas ella llegó a casa con otro chico sin avisarle nada a nadie, y Juan tuvo que irse a dormir al comedor.

Yo a las tres de la mañana fui al baño, siempre me despierto para ir a pillar a esa hora, pero justo cuando estaba por entrar sentí un ruido que venía desde el sillón donde dormía Juan. Entonces me quedé un segundo quieta en la puerta, mirándolo, y te juro que desde ahí podía escuchar cómo ese pobre chico pensaba, cómo se le revolvían los pensamientos en la oscuridad.


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A veces cuando dormíamos en la terraza estaba la luna, y yo la miraba de reojo a Teresa, medio azulada abajo de la luz de la luna, y pensaba: qué hermosa que es. Por qué yo no habré nacido así de hermosa como ella.


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A los pocos meses de que Teresa terminara con Juan, el único novio que le había durado más de un año, yo conocí a Daniel. Lo conocí en los grupos de la iglesia; él tenía veinticinco, tres más que yo. Si te dijera que apenas me besó por primera vez -ahí, a un costado de la iglesia, mientras el cura daba misa- supe que iba a ser el padre de mis hijos, seguramente vos pensarías que estoy exagerando. O que estoy idealizando, a la luz de lo que pasó después, esa situación. Pero te juro que fue así. Daniel me pareció un chico inofensivo y fiel. Tímido, pero con algunos arrebatos de autoridad que hablaban de la confianza que tenía en sí mismo.

Salimos dos años. Yo quedé embarazada. Nos casamos una mañana de abril. No sé cuánto habrá influido ese hecho en Teresa, pero lo cierto es que a las pocas semanas vino a casa con un hombre bastante más grande que ella, muy flaco, muy serio, y también de rasgos llamativos, una bella combinación de razas muy opuestas, aunque una no pudiera precisar de qué razas se trataba; pero bueno, como te estaba diciendo, vino a casa Teresa con este hombre grande, tan serio y pintón y perfumado, y nos dijo a todos: Les presento a Roberto.


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Roberto fue el gran amor de su vida. Salieron diez años. Roberto tenía una fábrica en Palomar, una casona en Ciudad Jardín, y también, escuchá esto, tenía un barco. En el verano a veces nos invitaba a navegar, a mí y a Daniel y a nuestro bebé. Era un barco chico, pero precioso. Qué lindas tardes pasábamos allá en el Tigre. Aunque Teresa todavía no debía tener ni veintidós años, frente a Roberto se desenvolvía como toda una mujer. Hablaba lo justo y necesario. Se recostaba en la proa con la escultura de su cuerpito. Esa risa de cascada que la caracterizaba, frente a Roberto se volvía una risita espásmodica, muda, tímida.

Roberto andaba por los treinta y cinco años, ya tenía algunas canas, y mientras yo me recostaba con Teresa a tomar sol en la proa él le daba consejos a Daniel. Daniel estaba a punto de recibirse de contador y tenía muy en claro sus proyectos. No trabajar para nadie; solo para él. Para él y su familia. Su familia: Yo, sus hijos.

Después de bajar del barco, Roberto nos alcanzaba hasta nuestra casa en su camioneta. Él y Teresa adelante; Daniel y yo atrás, con el bebé. Teresa cruzada de piernas, mirando la ventanilla. Cuando el semáforo estaba en rojo, yo veía que Roberto soltaba la mano de la palanca de cambios y le acariciaba despacio la pierna a Teresa.


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En la crisis del ochenta y nueve Roberto vendió la fábrica y se fue a vivir al sur. Teresa quiso irse con él; Roberto no estuvo de acuerdo. Pero no se lo dijo directamente a ella: se lo dijo a mamá. Roberto siempre decía que mamá era la madre que él nunca había tenido. Roberto durante esos diez años en que salió con Teresa se había convertido en uno más de la familia. Pero ahora necesitaba irse. Estar solo. Empezar una vida nueva en el sur. A sus cuarenta y cuatro años.

Su hija es joven, le decía Roberto a mamá; yo ya no tengo nada que ofrecerle.

Yo terminaba de tener mi segundo hijo y cada vez que iba a visitar a mamá la encontraba a Teresa comiendo en un rincón con los ojos hinchados. Roberto al final se fue un martes de invierno. Cuando se despidió de todos, me acuerdo que me dijo en voz baja: Tu hermana es la mujer de mi vida.


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Después de que Roberto se fuera, Teresa no volvió a salir con nadie en mucho tiempo. Nadie estaba a la altura del hombre que la había dejado. Del hombre que la había dejado sola en Buenos Aires para irse a estar solo en el sur. Este tiempo largo duró cerca de ocho años. Ocho años en los que mi vida y la de toda mi familia se transformó de raíz.

En principio, fui madre por tercera vez. Esta vez un varón. Daniel ya se había recibido y trabajaba en relación de dependencia, pero en un puesto jerárquico, y nos mudamos a una casa mucho más grande, en la zona más cara de Ciudad Jardín. Empujada por el crecimiento de mi marido -crecimiento que sin mí, debo decir, él nunca hubiera logrado-, pude abrir mi propio negocio. Entonces para cuando cumplí los cuarenta años, yo ya era una empresaria, madre de tres hijos, esposa de un gerente; el gerente, nada más y nada menos, de una multinacional. Lo que siempre había soñado, lo tenía ahí, en mis manos. Cuando quería, simplemente porque podía hacerlo, les compraba electrodomésticos a mamá y a papá. Papá durante los últimos veranos había tenido golpes de calor y una navidad de esas le hice instalar un aire acondicionado en la habitación y otro en la cocina.

Teresa esa misma navidad terminaba de cumplir los treinta y ocho años. Estaba sin trabajo. Estaba soltera. Y todavía vivía en la misma casa en la que habíamos crecido. Se puso feliz cuando llegaron los aires. De vez en cuando, para que tuviera su propia plata, yo le pedía que viniera a ayudarme con las tareas de la casa. Quizás con la chica que venía a limpiar la casa ya no necesitaba nada. Pero Teresa sí necesitaba ayuda, y trabajar, así que yo le daba cincuenta pesos y le daba algunas indicaciones, y entonces ella dos o tres mañanas a la semana venía hasta Ciudad Jardín a lavar y a planchar, y a cocinar para los chicos.


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Jorge había nacido y pasado su infancia en Paraguay. A los diez se vino a vivir a la Argentina. Con esto te quiero decir, cuando conoció a Teresa, hacía más de veinte años que vivía acá, pero así y todo, por más que se esforzaba en disimularlo -aunque quién sabe si lo hacía a propósito o no, si era a conciencia que se avergonzaba de eso-, todavía se le notaba el acento en las palabras. En la risa. En esos chillidos que soltaba de golpe, cuando se enojaba o sorprendía; que se le salían directo desde el fondo del mar de la infancia.

Jorge trabajaba de remisero. La conoció a Teresa en la época en que papá andaba muy mal de salud. Los golpes de calor. La presión baja, como te decía. Papá no se podía tomar el colectivo y Teresa pedía un remis para ir al hospital, y desde la agencia siempre lo mandaban a Jorge, y era él el que después iba y los llevaba.

Teresa y papá iban en el asiento de atrás. Jorge, callado al volante, solamente escuchaba. Parecía distraído, atento a los movimientos del coche, pero siempre estaba escuchando. Años después, en un asado familiar, le iba a confesar a papá: Yo siempre supe que iba a terminar con su hija.

También en ese mismo asado le iba a confesar: Yo la conocía desde antes. Cuando pasaba con el auto, a la tarde, después de salir de la agencia, me daba una vuelta y pasaba por su casa, y ahí siempre estaba su hija, baldeando la vereda. Yo la miraba y sabía que ella iba a terminar conmigo.

Jorge no sabía que por ese entonces Teresa todavía estaba deprimida por Roberto.

Jorge nada más sabía, y eso era lo único que le importaba, que Teresa iba a ser para él.


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Me acuerdo de la primera vez que lo vi. De la primera vez que Teresa lo llevó a cenar a la casa. Jorge era el primer hombre que Teresa nos presentaba después de Roberto. Solo voy a describirte mis impresiones: Un tipo gordo, muy gordo, que respiraba con la boca abierta. Que antes de que llegara la comida masticaba pedazos de pan. Que no dejaba de transpirar. Que se secaba la transpiración con los mismos dedos con los que después le arrancaba pedazos de miga al pan. Y el acento. Ese acento que su esfuerzo y pocas palabras no alcanzaban a disimular del todo. Ese acento que hablaba de lo que la vida le había terminado haciendo a Teresa.

Teresa, abajo de la luna, soñando a su príncipe con una mano abajo del cuello. Soñando al padre de sus hijos, recostada en la terraza.

Ahora una mujer gorda, abandonada, triste de tanto pensar con los ojos cerrados.


**

Como la jubilación de papá y mamá no alcanzaba, y Teresa sin un trabajo estable no tenía adónde ir, Jorge se terminó instalando con ellos. Trabajaba doce horas por día, de lunes a domingo, para poder aportar lo suyo a la casa. Salía con el auto a las seis de la mañana, volvía al mediodía, dormía dos horas, y después volvía a salir hasta las diez.

Yo notaba su buena predisposición y lo ayudé a cambiar el auto. Se compró un Astra azul modelo noventa y ocho. El día en que lo sacó vino hasta Ciudad Jardín solamente para mostrármelo. Yo me sentía feliz por él y por Teresa, pero más que nada feliz por mí, que era capaz de prestarle semejante cantidad de plata a una persona por la que no podía llegar a sentir ningún afecto.

Recién asimilé la idea de que Jorge era mi cuñado cuando con Teresa tuvieron un hijo. Mi sobrino. Qué lindo que era. Los mismos ojos avispados de Teresa. La misma sonrisa, los mismos dedos delgados.

Pero sus pies, a medida que crecía. Sus pies. Dedos anchos, cortos, de uñas duras y cuadradas.

Los pies de Jorge ya estaban en los de mi familia.


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Roberto nunca dejó de llamar a mamá. Dos veces por año, una para las fiestas, otra para cuando cumplía años Teresa, Roberto llamaba desde el sur. Como mamá y papá no tenían teléfono de línea, llamaba al celular de mamá. Le preguntaba cómo estaba. Le preguntaba por ella y por papá y por mí, y después de contarle cómo andaba todo para él en Bariloche, le preguntaba también por Teresa.

Teresa ahora no está, ella sigue viviendo en el centro, le decía siempre mamá.

Su hija es el amor de mi vida, le contestaba Roberto. Usted es la madre que nunca tuve, y su hija la única mujer que amé.

Mamá me contaba esto, y después me decía que por la voz Roberto parecía estar en pedo. Que arrastraba las palabras, y que a veces le preguntaba lo mismo que ya le había preguntado cinco minutos atrás.

¿Pero vos no le dijiste que Teresa ahora está en pareja? ¿Vos no le dijiste que ya tiene un hijo?

Mamá me contestaba: No. Que siempre que él llamaba tenía la firme intención de contárselo, pero después cuando lo escuchaba hablar, preguntarle por ella, decirle todas esas cosas acerca de Teresa, nunca se animaba.

Y así es como año tras año Roberto llama desde el sur a mamá y le pregunta por Teresa, y le dice que es la mujer de su vida, sin saber que Teresa ahora está en pareja y que tiene un hijo y que ya casi nunca piensa en él.


**

Hace poco volví de un viaje a Marruecos. Me fui con dos vecinas, mujeres que conocí al momento de mudarme a Ciudad Jardín. Mujeres emprendedoras y trabajadoras como yo, y que, también como yo, nunca se van de vacaciones con sus maridos.

Les mostré las fotos de mi viaje a mamá y a papá, y también a Teresa, apenas volví a Buenos Aires. Se las mostré con orgullo; era como si conmigo también hubieran viajado ellos.

Dormíamos en la terraza, abajo de la luna. Con cucarachas y moscas dando vueltas cerca nuestro.

Teresa no tiene plata para viajar. Cuando viaja, se va un fin de semana, y siempre se va con Jorge. A San Pedro, o a Entre Ríos, a visitar a los parientes de él.

No es solo por la plata, ellos hacen juntos todo. A donde va uno, va el otro. Tienen ese tipo de relación, Clau, me decía mamá, cuando yo proponía pagarle un viaje a mi hermana.

Para que se despeje. Para que sepa lo que es viajar sola.

Un viaje al sur. O a donde sea.


**

Pero de este asado te quería contar. De este asado en que Jorge, por primera vez después de más de seis años de vivir con Teresa, se animó a abrirnos su corazón a todos.

Jorge hasta ese día siempre me había parecido una de esas personas planas. No sé si me entendés. Ese tipo de gente que nunca observa. Que solo actúa. Incapaz de leer los pensamientos propios y los ajenos. Una persona de cartón, que se despierta, que hace lo que vino a hacer al mundo, y después con ese mismo vacío por dentro se acuesta a dormir sin sueños, para repetir el mismo mecanismo insulso al otro día.

Pero esa tarde todo cambió. Ya habíamos terminado de comer; Daniel ya se había terminado su botella de vino. Y como siempre que en las reuniones familiares llegaba a esas alturas, empezó a probarlo a Jorge. A molestarlo. A incomodarlo. A ver hasta qué punto Jorge era capaz de aguantar. Siempre sin dejar de reírse. Como en broma. Como si Jorge fuera uno más de sus empleados. Como si se dijera a sí mismo: A ver de qué pasta está hecho este tipo.

No sabés el novio que tenía antes tu mujer, le dijo.

Jorge soltó el vaso en la mesa.

Me parece muy bien, le contestó.

Tengo que confesar que yo me acerqué a Claudia por Teresa, le siguió diciendo Daniel. Tenía un levante tu mujer. Y después me miró: ¿Te acordás de Roberto, gorda? ¿Te acordás del barco que tenía el ex?

Todos se largaron a reír. Todos.

Jorge se cruzó de brazos. Después se los descruzó. En la remera tenía manchas de carbón con formas de dedos apurados.

Bueno, dijo Jorge al final, enderezándose en su silla: No dudo que te la quisiste levantar. Pero vos siempre te ibas de la misa con el cura. Te cacheteaba la colita. Maricón. No te daba el cuero para estar con Teresa, le dijo.

Ah, si vos hubieras visto la cara de Daniel en ese momento. Rojo de la risa y rojo del tinto. No se paraba de reír. Y aunque así se reía, era demasiado evidente para todos que Jorge le había tocado un punto neurálgico.

¿Y vos cómo sabés, hijo de puta?, se reía Daniel.

Yo sé todo, le dijo Jorge. Hace veinte años yo trabajaba en la verdulería de Omar, ¿te acordás? ¿La verdulería de Omar? Sí, esa que quedaba justo enfrente de la iglesia. Me acuerdo, dijo Daniel, secándose con el meñique las lágrimas. Bueno, yo te veía cuando eras monaguillo, cada vez que salías de misa.

Es cierto, dijo Teresa, del otro lado de la mesa. Ella también se reía. Ella se había tomado tres vasos de cerveza.

Jorge trabaja desde los doce años, dijo después. A esa edad lo ayudaba a Omar en la verdulería. Contales, bicho. Como estaba todo el día ahí, para dormir se tiraba encima de los cajones.

Jorge cabeceó; después tomó un sorbo de agua. En toda la tarde no había probado una sola gota de alcohol.

Sí, dijo, mirándolo a Daniel. Desde ahí te veía cómo te subía el curita al auto, y te cacheteaba la colita. ¿Miento?

Hijo de puta, decía Daniel, riéndose, como si no la hubiera escuchado a Teresa, ¿y vos cómo sabés?

¿Miento?, decía Jorge, riéndose con la misma risa de Daniel. ¿Miento? Te cacheteaba la colita y te subías, maricón. Yo siempre te veía. Después, cuando empecé a laburar de remis, también te veía viniendo para acá. Con tu portafolio, y de saco y corbata. Un muñequito de torta.

¿En serio?, le dije yo. ¿Vos ya nos conocías desde antes?

Todos nos reíamos. Todo era tan triste.

Por supuesto, dijo Jorge. Yo laburo desde los doce. Y hace quince años que estoy con el auto. Con el auto iba para todos lados, y a ustedes siempre me los cruzaba, acá en el barrio. Al maricón de tu marido lo veía de saco y corbata, viniéndote a buscar.

Es verdad, dijo Teresa, él después me lo contó.

Yo vi todos los autos que tuviste, le dijo Jorge a Daniel. Desde el Taunus hasta el Passat. Yo salía de la agencia y siempre pasaba por acá. Cuando pasaba a eso de las cinco, la veía a Teresa baldeando la vereda.

Y ahí Jorge giró en la mesa y le empezó a hablar a papá: Yo la conocía desde antes a su hija, don. De cuando salía con el auto, me daba una vuelta y pasaba por su casa. Pasaba por su casa y ahí estaba su hija, baldeando la vereda. Y yo me decía: ella va a ser para mí.

Y así fue, dije yo. Así lo terminaste consiguiendo.

Daniel se seguía riendo, con su risa de borracho: ¿En serio me veías con el cura?

Yo los conocía a todos ustedes desde antes, le dijo Jorge, pero ustedes no me conocían a mí. Esa es la diferencia. Yo puedo hablar de ustedes, pero ustedes de mí no pueden decir nada.


**

Cuando volvemos del asado Daniel todavía está algo mareado. Se acuesta en la cama. Se queda dormido. El olor a vino se siente desde ahí. Hace mucho calor. El calor pegajoso de la atmósfera se mezcla con el de su aliento. Enciendo el aire. Pero el aire no renueva la atmósfera. Solamente la enfría. La enturbia. La mantiene quieta.

Así que salgo. Los chicos no están. Así que salgo y voy al patio y me tiro en una reposera, a un costado de la pileta. Ya es tarde. En cualquier momento va a hacerse de noche. El cielo está pasando del violeta al azul, y en cualquier momento yo voy a cerrar los ojos, aplastados por el calor, y después voy a abrirlos como si me estuviera acordando de algo, y entonces voy a ver a Teresa, como en la terraza, abajo de la luna, pero ahora durmiendo a un costado de Jorge. Y yo voy a estar sola de nuevo, sin ventilador ni aire ni nada, pensando en lo hermosa que es, en lo mucho que me hubiera gustado ser como ella.






lunes, 19 de noviembre de 2012

en el escalón de la puerta



Yo siempre le sigo la corriente a Marcelo. Pero para mí está más loco que las cabras. Sale de martes a domingo. Ya se lo conocen en todos los cabarets. Algunas putas ya ni le cobran, mientras él después vaya y les pague el telo. O si son de por acá se las lleva directo a la peluquería; las hace pasar por la puertita de la persiana y se las mueve en el sillón donde después hace sentar a los clientes. Aunque ya tiene hijo y mujer, siempre tiene una macana nueva para contarme.  

Pájaro, me grita, mientras yo paso. Y empieza: No sabés la negra que me moví ayer. 

Y así, y así, y así.  

A veces pienso que solamente coje para contarlo. Él va y te lo cuenta, y te juro que le brillan los ojos mientras te da los detalles. Yo le sigo la corriente porque me cago de risa. Tan loco está que ni se da cuenta de que ya no lo tomo en serio. 

Pero antes no era así. Antes, cuando teníamos doce, trece años, para mí y para todos los pibes él era un dios. Marcelo siempre estaba ahí, sentado en el escalón de la puerta de la carpintería, con la espalda apoyada contra la persiana y los brazos cruzados encima de las rodillas. Y nosotros íbamos y él nos empezaba a contar. Que lo que le hice a esta, que lo que le hice a la otra. Él debía tener veinticinco años, pero ya desde el colegio con las mujeres hacía lo que quería. Lo ayudaba la pinta; era alto, con los hombros bien cuadrados, y los ojos muy celestes, casi transparentes, medios de diablo. Te hablaba siempre en voz más alta que la tuya, sin trabarse para pensar nunca. Nosotros queríamos hablar como él, escupir como él, cojer como él. A los trece uno todavía estaba a tiempo. 

Pero el tiempo pasó, primero un año, después otro, y otro, y Marcelo cada vez que me cruzaba en el barrio bajaba un poco la velocidad del auto, lo ponía en primera, y me gritaba desde ahí: ¿Y, pájaro, la pusiste? Y yo capaz estaba a punto de entrar a un almacén, y la gente me miraba, pero yo igual le contestaba: No, todavía no. Y él seguía ahí, con el auto en punto muerto, y sacaba una mano por la ventanilla, cerrando el puño, y la bajaba y la subía haciendo el gesto de alguien que estuviera limpiando con una sola mano el palo de una escoba, y me gritaba: ¿Todavía? Y yo le tenía que decir: Todavía. 

Así era la vida de Marcelo. Había heredado unas tierras en Santa Fe y se mantenía cambiándoles cheques diferidos a gente que necesitaba efectivo en el momento. Gracias al interés no necesitaba trabajar; nunca, hasta el momento de abrir la peluquería -y eso fue algo que hizo por gusto-, trabajó. La gente del barrio lo miraba de reojo por eso; pero cuando lo tenían enfrente nadie se animaba a decirle nada. Ni siquiera su tío, mientras estuvo vivo, se animó a decirle algo.  

Su tío era carpintero y en la mano izquierda le faltaba el pulgar, y en la derecha el índice. Se llamaba Alfredo. Alfredo también se sentaba en el escalón de la puerta de la carpintería, cuando no tenía laburo. Había épocas en que casi nunca tenía laburo, así que uno siempre se lo encontraba ahí, sentado con Marcelo. Marcelo adelante del tío cambiaba de personalidad. Se volvía una tumba; miraba los autos que pasaban y pasaban sin abrir la boca. Pero no bien Alfredo se iba, colgaba los brazos de las rodillas y empezaba de nuevo. Minas y minas en varios barrios a la redonda. Minas del fondo y también minas de guita, de los barrios que quedaban en las lomas. Ballester. Villa Bosch. Palomar. Era nuestro dios. 

Marcelo vivió toda la vida con su tío en esa casaEra inmensa. En la entrada estaba la carpintería, después un patio y, atrás del patio, la casa donde vivían, con varias habitaciones. Cuando Marcelo cumplió los dos años, los padres se fueron de ahí y no volvieron nunca más. Alfredo fue el único que quedó en la casa y se hizo cargo solo del sobrino, y Marcelo vivió con él hasta que el viejo murió. Marcelo a esas alturas tenía treinta y cinco años, y recién a los pocos meses de que el tío muriera lo vimos sentar cabeza.  

Se trajo a vivir a la casa una mina de esas que no existen en la vida real. Una rubia dorada, con la cintura como un anillo, parecida a las de la tele. Debía tener veinticuatro, veinticinco años. Se vestía con pantalones bien ajustados y con unas musculosas que te hacían morir de tristeza, y siempre, hasta para ir al kiosco, salía peinada, perfumada, maquillada. Pasaba así, y todos la miraban, pero ella nunca miraba a nadie. Tampoco hablaba; parecía estar siempre de mal humor. Pero tenía también sus momentos. De golpe se le pasaba el autismo, quizás una vez cada dos o tres meses, y te miraba muy fijo a los ojos como queriéndote contar algo a vos, solamente a vos.  

Así que fue una lástima cuando a los pocos meses tuvo un pibe con Marcelo. Ya está, nos decíamos cada uno por adentro, se clavó toda la vida con ese boludo. Marcelo la subía al Bora a la mujer, y la mujer al lado tenía al bebé en brazos. Cuando volvían, la mujer y el bebé se bajaban, y Marcelo se quedaba un rato en el escalón de la puerta.  

Las persianas de la carpintería bajas. Desde que el tío había muerto, ya no se escuchaban ruidos de máquinas adentro. Marcelo nada más se sentaba y se quedaba un rato largo ahí, a la tarde, hasta que se hacía de noche. 

Pero su costumbre de contarnos las macanas que se mandaba seguía. Pero mirá la mujer que tenés, le decía alguno, y él que contestaba: Mucho chocolate empalaga. Así que se seguía yendo de noche, volviendo de día, moviéndose minas en cualquier telo de dos mangos o en la peluquería pegada al fondo del barrio, mientras la mujer dormía con el nene en la casa.   

Hasta que llegamos a esta tarde. Vuelvo del trabajo y Marcelo está ahí, en la vereda. Me siento de buen humor; le pregunto cómo está, si tiene alguna nueva qué contarme. Él abre la boca; bosteza. Ando deslechado, pájaro, me dice. Yo lo noto raro, le empiezo a hablar de fútbol, tengo que cargar con el peso de la conversación. Pero él sigue distraído. De vez en cuando mira a un costado, a ver que no salga la mujer de la casa, como antes miraba que no saliera el tío, y entonces hace algo que nunca hasta este momento había hecho.  

Recién un rato después yo me voy a enterar porqué.  

Un rato más tarde, cuando me cruzo con Juan, él me dice que la mujer de Marcelo ya no está viviendo en la carpintería. No me digas, le digo, ¿la rubia? Sí, macho. La rubia lo dejó. Entonces él me cuenta que desde hace un par de meses la mina lo había estado cagando. Que se veía con un cabeza del fondo; un pibito de veinte años. ¿Veinte? Sí, me contesta Juan; es como te digo, bola, ¿ves?; para todos los perros sale el sol. 

Me cuenta Juan que la semana anterior la rubia lo había ido a buscar al pibe en el Bora de Marcelo mientras él estaba en la peluquería, y que mientras andaba con el pibe dando vueltas se dio un palo tremendo en la ruta. Como la mujer no se lastimó, y Marcelo hizo todos los deberes callado, casi nadie en el barrio se enteró de ese quilombo.  

Ahora entiendo, le dije yo, porque el tipo últimamente anda a pata. Y sí; tuvo que hacerle todo el capó de nuevo; se gastó una fortuna. ¿Cómo cuánto? Diez lucasponele. Qué garrón, ¿y ahora? Y ahora nada, la mina se fue a la mierda, le dejó el hijo y se fue.  

Yo me enderezo en la vereda. 

Esperá. Lo miro callado: ¿Le dejó el hijo?  

Sí, me contestó Juan; hace un par de días; ¿no te diste cuenta vos? 

Y fue ahí cuando entendí por qué Marcelo esa tarde miraba cada tanto para atrás, y se quedaba callado, escuchando.  

Entendí por qué de golpe se levantó y se metió a la casa apurado y salió después con el hijo. Santiago hacía un mes había cumplido dos años. Estaba llorando a los gritos. Marcelo lo levantó y lo sentó en el escalón de la puerta, contra la persiana de la carpintería, a un costado de él, y le empezó a dar palmadas en la espalda despacio hasta que el nene empezó a calmarse, y no bien el nene se terminó de calmar, Marcelo me dijo: Recién se despierta de la siesta. Me dijo eso, soltando al hijo en el escalón, y después ya no volvió a abrir la boca. Se quedó callado con el hijo, mirando los autos, y yo cuando me di cuenta de que Marcelo ya no tenía ganas de hablar le dije que me iba, y me fui, y mientras me iba ni él ni su hijo me miraron. 








domingo, 11 de noviembre de 2012



"Leyenda del corralito

En las altas vegas cordilleranas
un ave oculta llorando está,
le han puesto el nombre de corralito
pues siempre llama: corral, corral.

Los viejos cuentan que un niño triste
fue por las cabras oscuro ya;
le dijo el padre, brutal y puestero,
si falta alguna no vuelvas más.

Faltó una cabra y el pastorcito
la está buscando en la inmensidad."





(J. L. Escudero, en La raíz en la roca).