lunes, 19 de noviembre de 2012

en el escalón de la puerta



Yo siempre le sigo la corriente a Marcelo. Pero para mí está más loco que las cabras. Sale de martes a domingo. Ya se lo conocen en todos los cabarets. Algunas putas ya ni le cobran, mientras él después vaya y les pague el telo. O si son de por acá se las lleva directo a la peluquería; las hace pasar por la puertita de la persiana y se las mueve en el sillón donde después hace sentar a los clientes. Aunque ya tiene hijo y mujer, siempre tiene una macana nueva para contarme.  

Pájaro, me grita, mientras yo paso. Y empieza: No sabés la negra que me moví ayer. 

Y así, y así, y así.  

A veces pienso que solamente coje para contarlo. Él va y te lo cuenta, y te juro que le brillan los ojos mientras te da los detalles. Yo le sigo la corriente porque me cago de risa. Tan loco está que ni se da cuenta de que ya no lo tomo en serio. 

Pero antes no era así. Antes, cuando teníamos doce, trece años, para mí y para todos los pibes él era un dios. Marcelo siempre estaba ahí, sentado en el escalón de la puerta de la carpintería, con la espalda apoyada contra la persiana y los brazos cruzados encima de las rodillas. Y nosotros íbamos y él nos empezaba a contar. Que lo que le hice a esta, que lo que le hice a la otra. Él debía tener veinticinco años, pero ya desde el colegio con las mujeres hacía lo que quería. Lo ayudaba la pinta; era alto, con los hombros bien cuadrados, y los ojos muy celestes, casi transparentes, medios de diablo. Te hablaba siempre en voz más alta que la tuya, sin trabarse para pensar nunca. Nosotros queríamos hablar como él, escupir como él, cojer como él. A los trece uno todavía estaba a tiempo. 

Pero el tiempo pasó, primero un año, después otro, y otro, y Marcelo cada vez que me cruzaba en el barrio bajaba un poco la velocidad del auto, lo ponía en primera, y me gritaba desde ahí: ¿Y, pájaro, la pusiste? Y yo capaz estaba a punto de entrar a un almacén, y la gente me miraba, pero yo igual le contestaba: No, todavía no. Y él seguía ahí, con el auto en punto muerto, y sacaba una mano por la ventanilla, cerrando el puño, y la bajaba y la subía haciendo el gesto de alguien que estuviera limpiando con una sola mano el palo de una escoba, y me gritaba: ¿Todavía? Y yo le tenía que decir: Todavía. 

Así era la vida de Marcelo. Había heredado unas tierras en Santa Fe y se mantenía cambiándoles cheques diferidos a gente que necesitaba efectivo en el momento. Gracias al interés no necesitaba trabajar; nunca, hasta el momento de abrir la peluquería -y eso fue algo que hizo por gusto-, trabajó. La gente del barrio lo miraba de reojo por eso; pero cuando lo tenían enfrente nadie se animaba a decirle nada. Ni siquiera su tío, mientras estuvo vivo, se animó a decirle algo.  

Su tío era carpintero y en la mano izquierda le faltaba el pulgar, y en la derecha el índice. Se llamaba Alfredo. Alfredo también se sentaba en el escalón de la puerta de la carpintería, cuando no tenía laburo. Había épocas en que casi nunca tenía laburo, así que uno siempre se lo encontraba ahí, sentado con Marcelo. Marcelo adelante del tío cambiaba de personalidad. Se volvía una tumba; miraba los autos que pasaban y pasaban sin abrir la boca. Pero no bien Alfredo se iba, colgaba los brazos de las rodillas y empezaba de nuevo. Minas y minas en varios barrios a la redonda. Minas del fondo y también minas de guita, de los barrios que quedaban en las lomas. Ballester. Villa Bosch. Palomar. Era nuestro dios. 

Marcelo vivió toda la vida con su tío en esa casaEra inmensa. En la entrada estaba la carpintería, después un patio y, atrás del patio, la casa donde vivían, con varias habitaciones. Cuando Marcelo cumplió los dos años, los padres se fueron de ahí y no volvieron nunca más. Alfredo fue el único que quedó en la casa y se hizo cargo solo del sobrino, y Marcelo vivió con él hasta que el viejo murió. Marcelo a esas alturas tenía treinta y cinco años, y recién a los pocos meses de que el tío muriera lo vimos sentar cabeza.  

Se trajo a vivir a la casa una mina de esas que no existen en la vida real. Una rubia dorada, con la cintura como un anillo, parecida a las de la tele. Debía tener veinticuatro, veinticinco años. Se vestía con pantalones bien ajustados y con unas musculosas que te hacían morir de tristeza, y siempre, hasta para ir al kiosco, salía peinada, perfumada, maquillada. Pasaba así, y todos la miraban, pero ella nunca miraba a nadie. Tampoco hablaba; parecía estar siempre de mal humor. Pero tenía también sus momentos. De golpe se le pasaba el autismo, quizás una vez cada dos o tres meses, y te miraba muy fijo a los ojos como queriéndote contar algo a vos, solamente a vos.  

Así que fue una lástima cuando a los pocos meses tuvo un pibe con Marcelo. Ya está, nos decíamos cada uno por adentro, se clavó toda la vida con ese boludo. Marcelo la subía al Bora a la mujer, y la mujer al lado tenía al bebé en brazos. Cuando volvían, la mujer y el bebé se bajaban, y Marcelo se quedaba un rato en el escalón de la puerta.  

Las persianas de la carpintería bajas. Desde que el tío había muerto, ya no se escuchaban ruidos de máquinas adentro. Marcelo nada más se sentaba y se quedaba un rato largo ahí, a la tarde, hasta que se hacía de noche. 

Pero su costumbre de contarnos las macanas que se mandaba seguía. Pero mirá la mujer que tenés, le decía alguno, y él que contestaba: Mucho chocolate empalaga. Así que se seguía yendo de noche, volviendo de día, moviéndose minas en cualquier telo de dos mangos o en la peluquería pegada al fondo del barrio, mientras la mujer dormía con el nene en la casa.   

Hasta que llegamos a esta tarde. Vuelvo del trabajo y Marcelo está ahí, en la vereda. Me siento de buen humor; le pregunto cómo está, si tiene alguna nueva qué contarme. Él abre la boca; bosteza. Ando deslechado, pájaro, me dice. Yo lo noto raro, le empiezo a hablar de fútbol, tengo que cargar con el peso de la conversación. Pero él sigue distraído. De vez en cuando mira a un costado, a ver que no salga la mujer de la casa, como antes miraba que no saliera el tío, y entonces hace algo que nunca hasta este momento había hecho.  

Recién un rato después yo me voy a enterar porqué.  

Un rato más tarde, cuando me cruzo con Juan, él me dice que la mujer de Marcelo ya no está viviendo en la carpintería. No me digas, le digo, ¿la rubia? Sí, macho. La rubia lo dejó. Entonces él me cuenta que desde hace un par de meses la mina lo había estado cagando. Que se veía con un cabeza del fondo; un pibito de veinte años. ¿Veinte? Sí, me contesta Juan; es como te digo, bola, ¿ves?; para todos los perros sale el sol. 

Me cuenta Juan que la semana anterior la rubia lo había ido a buscar al pibe en el Bora de Marcelo mientras él estaba en la peluquería, y que mientras andaba con el pibe dando vueltas se dio un palo tremendo en la ruta. Como la mujer no se lastimó, y Marcelo hizo todos los deberes callado, casi nadie en el barrio se enteró de ese quilombo.  

Ahora entiendo, le dije yo, porque el tipo últimamente anda a pata. Y sí; tuvo que hacerle todo el capó de nuevo; se gastó una fortuna. ¿Cómo cuánto? Diez lucasponele. Qué garrón, ¿y ahora? Y ahora nada, la mina se fue a la mierda, le dejó el hijo y se fue.  

Yo me enderezo en la vereda. 

Esperá. Lo miro callado: ¿Le dejó el hijo?  

Sí, me contestó Juan; hace un par de días; ¿no te diste cuenta vos? 

Y fue ahí cuando entendí por qué Marcelo esa tarde miraba cada tanto para atrás, y se quedaba callado, escuchando.  

Entendí por qué de golpe se levantó y se metió a la casa apurado y salió después con el hijo. Santiago hacía un mes había cumplido dos años. Estaba llorando a los gritos. Marcelo lo levantó y lo sentó en el escalón de la puerta, contra la persiana de la carpintería, a un costado de él, y le empezó a dar palmadas en la espalda despacio hasta que el nene empezó a calmarse, y no bien el nene se terminó de calmar, Marcelo me dijo: Recién se despierta de la siesta. Me dijo eso, soltando al hijo en el escalón, y después ya no volvió a abrir la boca. Se quedó callado con el hijo, mirando los autos, y yo cuando me di cuenta de que Marcelo ya no tenía ganas de hablar le dije que me iba, y me fui, y mientras me iba ni él ni su hijo me miraron. 








2 comentarios:

A girl called María dijo...

cortito pero muy bueno, me gustó el manejo del suspenso.

Un desvarío por jueves dijo...

grande mery