lunes, 31 de diciembre de 2012




Lo que ella me dijo

Olvidate de todas las historias que hayas escuchado hasta ahora.
Olvidate de las frases geniales y de las frases torpes, y del tono
que convierte a una frase torpe en genial y viceversa. De todo.
Olvidate ahora. Olvidate de todo lo que creas saber de mí.
Olvidate de mí y de vos olvidándome, y de la mano que una vez
entrelazó sus dedos con los de la tuya adentro de un bolsillo pegajoso.
Olvidate de las gotas de agua en mi espalda cuando salía de la ducha.
Olvidate de leer mi nombre. De mi nombre olvidate.
Olvidate de mi aliento a café y de mis dientes y mi lengua.
Existo en una pesadilla terrible de amor. Olvidate de la posibilidad
de una pesadilla más dulce que esta. Olvidate de poder querer a alguien
como un día me llegaste a querer a mí. Olvidate de la gente. De sus caras.
De sus ojos. De todas las mujeres que en algún aspecto se me parezcan.
Olvidate porque a partir de hoy tu vida es una madrugada partida en dos.
El sueño y la pesadilla. Tu nombre y mi hambre. Mi partida. Mi viaje.
Mi incontrolable
hambre de fuga. De no estar.
O de no estar cuando vos sí estabas.
O de estar pero muy agazapada y hambrienta en tu olvido.
Olvidate de que alguna vez te quise más que a nadie
porque te puede llegar a matar recordarlo.
Quisiera estar exagerando, pero te conozco demasiado. Por eso olvidate también
de eso. De que te conozco. Apretate a ese olvido como a un brazo. Como a un ruego.
Tenés toda una vida por delante todavía, amor. Apretate. Hacelo por mí. Intentalo.
Olvidame olvidando que vivo
y olvidando también mi boca al momento de decirte estas palabras.




martes, 25 de diciembre de 2012


Orden

La noche tiene abierta en el cielo una grieta.
Primero una gota. Después
otra. Después al fin cae
en hileras continuas
lo incalculable.
Entiendo que tengo cosas en qué pensar.
Entiendo que pensar no significa
necesariamente hallar las respuestas.
Quizá solo un signo de inquietud en mi cara hace muchos años.
O quizás solo la suave mano de mi madre estampada en un vidrio.
La blancura de su palma.
La grieta abierta en el cielo.
Las gotas que caen y los llamadores
de ángeles del otro lado del vidrio
de la ventana entre abierta de mi casa
bamboleándose como los dedos
nerviosos de la mano de mi madre
buscando rasguñar el vidrio,
alcanzarme. Tocarme.
Hacía tanto calor que yo no sabía
de qué se trataba: si de transpiración o de lágrimas.
Teníamos tanto miedo
pero nadie
lo podía notar.
Éramos un animal triste
respirando agotados, sin fuerzas.
Nos mirábamos a los ojos
quizás un gesto, un borde
de brillo en el borde de los ojos,
pero nada, no podíamos
reconocernos.
Me habló de los viejos tiempos.
Hacía tanto calor y la lluvia
era una espuma pastosa en el cielo
que se quedaba ahí, agotada.
Heredé tu tendencia
a gritar para adentro.
A levantar los ojos y mirar
y a sonreír y a reír y a bajar
de nuevo los ojos.
A sentir todo como a través de un vidrio.
Cuando ya no hay solución, tarde
o temprano tampoco debería haber problema, ¿no?
Deberíamos simplemente
avanzar hacia el día siguiente, ¿no?
hacia el próximo páramo y la siguiente loma,
hasta que truene la grieta y una silenciosa
catarata violenta me recuerde
que estos asuntos no tienen que ver
conmigo en sí,
que más bien como la rama o la mosca o tu silla
mi tarea es pertenecer
humildemente
al orden al que son reducidas todas las cosas.






viernes, 14 de diciembre de 2012




Carta al que soy dentro de treinta años 

Hay gente en este mismo planeta que no concibe el tiempo lineal. 
Me explico: no pasan los años, no hay un tiempo cero, un tiempo 
uno, un tiempo dos. 
Para esta gente avanzar es retroceder, volver sobre el pasado 
siguiendo la línea de un círculo. Ni principio ni final establecidos.
Lo que hoy pasa va a repetirse mañana, mañana pasado 
y también el viernes, para siempre 
desde que es para siempre que esta gente avanza sobre su círculo. 
Es difícil de comprender, tirado así de las mangas. 
Pero me propuse un ejercicio sencillo: cerrar los ojos, acariciar
con las pupilas el revés de los párpados 
y preguntarme: ¿Dónde estaba yo 
hace cinco minutos? 
¿En qué pensaba? ¿Qué es lo que sentía? 
¿Qué estaban tocando mis manos? 
¿Qué imagen estaban viendo mis ojos? 
Entonces soy dos: el que piensa ahora, y el que 
hace unos pocos minutos 
está siendo pensado.
Qué bello es divagar en poesía. 
Qué bella es esta comunión con lo verbal. 
La línea que se escribe es la misma que se tacha dentro de la mente. 
No hay un tiempo cero, un tiempo uno, dos, tres, y así. 
Es solo una burbuja que aprieta mi esperanza de amor. 
Noto que el principio no tiene relación alguna con este punto. 
Noto que si retrocediera probablemente reescribiría el principio. 
Pero ya no quiero consejos. Ya no siento deseos de ser un tipo correcto. 
Quiero equivocarme para que la comunión conmigo resulte más honesta. 
Quiero equivocarme y no aprender. Seguir de largo hasta el principio. 
Hasta el olvido. 
Un bebé con la mente amorfa. En algún momento va a tocarte crecer. 
Decrecer. Divagar. Ser un tipo de treinta años sin un rumbo en el mundo. 
Bebedor murciélago, futbolista errado, ensueño de mi padre, insomne madrugada de mi madre. 
Retrocediendo siempre hacia el final. Hacia el momento en que decrezca. 
Qué bella la incoherencia en el sistema y también qué bello normarlo. 
Preguntarse, por ejemplo: ¿Cuándo vas a decir algo que realmente sientas? 
¿Es que es posible eso? ¿Saber qué siente uno 
cuando uno solamente es esa sombra medio acuosa que vigila 
un tipo ubicado cinco minutos por delante en el futuro? 
¿En qué medida me pertenezco y en qué medida le pertenezco a él? 
¿Se entiende? ¿Se llega? ¿Apretado a una pura esperanza? 
Toco el futuro con los dedos de mi hijo. ¿Tendré hijos alguna vez? ¿Quiero 
tenerlos? ¿Quién? ¿Con quién? 
Podés comprobar ahora que llegaste como un juez implacable 
a modelar el sistema sin centro que constituía tu divague 
a través de inquietudes que en tanto concretas no son sino personales. 
Qué bello lo personal en la poesía. 
Un dolor y una alegría única. Tuya. Exclusiva. 
Comunicarla. Solidarizarla. Siguiendo el círculo de la neurosis 
desenvuelta en la sobrevaloración desenfadada de tus propios procesos psíquicos. 
Quiero escribir algo universal. Quiero escribir: Soy Ezequiel, 
tengo treinta años 
y escribo frente a una computadora sin acceso a Internet en el siglo veintiuno. 
No tengo rumbo en el mundo. 
Le rindo tributo a la honestidad cuando esta honestidad me convenga. 
Creo en hacerle creer a la gente que pienso que son tal como ellos 
creen que son. 
Creo en la gente que sufre y que lo cuenta y creo también 
en el amor para toda la vida. 
No creo en el tiempo 
y mucho menos 
en los que dicen que no lo tienen. Siempre hay tiempo para todo. Siempre hay tiempo 
para hacer lo que uno realmente tiene ganas de hacer. 
¿Me enamoraré de nuevo algún día? ¿Vendrá una mujer contenta y humilde 
a la esquina de mi vida a enamorarme? 
¿Tendré sesenta años alguna vez, amasando los pies enfermos de la mujer que amo? 
¿Me verá algún nieto o espejo a contraluz de los rayos del sol a la hora de la siesta
velar la muerte de mi madre en una habitación callada 
con las persianas bajas? 
Quiero ser consciente y avanzar sobre el principio.
Quiero ser coherente en todo momento conmigo mismo. 
Con esa coherencia que solo puede pertenecerle a los obsesivos. 
Te escribo a vos. A vos, que una vez a los treinta considerabas 
con admiración la posibilidad de concebir el tiempo como esa gente 
que no concibe el tiempo de forma lineal. 
Avanzar retrocediendo. Pensar el pensamiento que piensa. 
Como si el pensamiento fuera un alumno escribiendo sobre un pizarrón 
y yo no estuviera leyendo lo que escribe 
sino mirándolo a él mientras lo hace. 
Vos, a los sesenta años, leyendo esto que te escribí a los treinta. 
¿Dónde estarás? ¿Con quién? ¿Vivís? 
¿Te parecés a mí? ¿Tenés mi cara todavía? ¿Tenés 
mis mismos miedos? 
¿No sentís como si el tiempo no pasara, como si no 
pasara nunca?
¿No sentís que tiene razón esa gente? 
Vos, que ahora me leés 
después de que tanta agua haya fluido sin desasirse de su ciclo,
¿no sentís como si solamente hubieran pasado cinco minutos?






lunes, 10 de diciembre de 2012

Yo sabía

Cuando me enteré fue como si el cuerpo por dentro se me llenara de barro.
Me sentí pesado y sucio, y húmedo, aunque sabía de antemano
que eso podía pasar, y que en definitiva iba a terminar pasando
si yo no hacía algo para impedirlo. Pero no hice nada para impedirlo.
Él ahora te va a conocer en uno o más aspectos de tu vida,
a otras edades. Yo solo voy a imaginar en exceso.
Él ahora va a dormir abrazado a tu espalda, va
a viajar con vos. Va a comprarte facturas a la mañana.
Yo simplemente no consigo sacarme muchas imágenes de la cabeza.
Me digo: Pensá en otra cosa. Lee. Escribí. Mirate un partido de fútbol.
Pero la tensión metafísica que te rodea se impone con cierta prepotencia.
Estallás en mí. Estallás.
Simplemente mi mundo interior y yo estamos disociados.
Yo no quiero pensar en nada y él insiste en evocarte hasta estallar.
No sé cómo voy a poder salir a la calle y trabajar y mirar a la gente a los ojos.
Estoy lleno de barro. De indecisión.
Se supone que es bello sufrir por amor ahora, que estas cosas
no van a durar para siempre. Se supone que el dolor moral
favorece una evolución en mi espíritu.
Como cuando hacés flexiones y el músculo trabaja
y después duele, y ese dolor implica su desarrollo
así todas estas semanas de mierda sin vos me están ensanchando el espíritu.
Lo están madurando. Cociendo a fuego lento para que cuando llegue la hora
yo sea un hombre seguro de sí mismo, a tono con su pasado y sus experiencias.
Se trata de tener el corazón preparado. ¿Pero preparado para qué?
¿Es que después no va a haber más inseguridades, más penas,
más decisiones erradas o decisiones no tomadas a tiempo?
¿Es que sobreestimo el dolor solo para arrancarle un consuelo conceptual
a la mera imagen de mí mismo tirado toda la tarde en un sillón,
sin poder levantarme, sin poder mirar la tele o leer
por esta efervescencia que en mi ánimo tu recuerdo me produce?
Simplemente levanto el celular y miro el último mensaje que me enviaste
y lo borro, y después me arrepiento de haberlo borrado pensando que al menos
era un registro textual de que en algún momento de mi juventud te tuve.
Cierro los ojos. Los abro. Estamos una noche de febrero en la terraza.
Arriba brilla una luna redonda. Estás dormida y te acaricio el flequillo.
Cierro los ojos. Los abro. Mi cuerpo en el sillón. El techo. Este barro
volviéndome pesado, sucio. Yo sabía, sabía, y no hice nada para impedirlo.
No estuve a la altura de lo que mi mundo interno lleno de vos me exigía.
Ahora debo afrontar el costo de haber perdido el equilibrio.
Ahora tengo que recortarte de mi vida como a un titular de un diario.
Ahora me tengo que levantar a la mañana y reemplazar con otras figuras
el vacío que acabas de generar en mi estructura de pensamiento al irte.
Se perdió el eje y los sistemas se derrumban y no puedo recordarte sin mí.
Y quiero leer pero no puedo, y después me siento a escribir pero lo único que sale
es barro, el barro que tengo por dentro
y del que me considero el único y exclusivo responsable.
Vos estás con él mientras yo te escribo, y ojalá esto fuera todo
lo que pudiera decirse acerca de eso.