viernes, 14 de diciembre de 2012




Carta al que soy dentro de treinta años 

Hay gente en este mismo planeta que no concibe el tiempo lineal. 
Me explico: no pasan los años, no hay un tiempo cero, un tiempo 
uno, un tiempo dos. 
Para esta gente avanzar es retroceder, volver sobre el pasado 
siguiendo la línea de un círculo. Ni principio ni final establecidos.
Lo que hoy pasa va a repetirse mañana, mañana pasado 
y también el viernes, para siempre 
desde que es para siempre que esta gente avanza sobre su círculo. 
Es difícil de comprender, tirado así de las mangas. 
Pero me propuse un ejercicio sencillo: cerrar los ojos, acariciar
con las pupilas el revés de los párpados 
y preguntarme: ¿Dónde estaba yo 
hace cinco minutos? 
¿En qué pensaba? ¿Qué es lo que sentía? 
¿Qué estaban tocando mis manos? 
¿Qué imagen estaban viendo mis ojos? 
Entonces soy dos: el que piensa ahora, y el que 
hace unos pocos minutos 
está siendo pensado.
Qué bello es divagar en poesía. 
Qué bella es esta comunión con lo verbal. 
La línea que se escribe es la misma que se tacha dentro de la mente. 
No hay un tiempo cero, un tiempo uno, dos, tres, y así. 
Es solo una burbuja que aprieta mi esperanza de amor. 
Noto que el principio no tiene relación alguna con este punto. 
Noto que si retrocediera probablemente reescribiría el principio. 
Pero ya no quiero consejos. Ya no siento deseos de ser un tipo correcto. 
Quiero equivocarme para que la comunión conmigo resulte más honesta. 
Quiero equivocarme y no aprender. Seguir de largo hasta el principio. 
Hasta el olvido. 
Un bebé con la mente amorfa. En algún momento va a tocarte crecer. 
Decrecer. Divagar. Ser un tipo de treinta años sin un rumbo en el mundo. 
Bebedor murciélago, futbolista errado, ensueño de mi padre, insomne madrugada de mi madre. 
Retrocediendo siempre hacia el final. Hacia el momento en que decrezca. 
Qué bella la incoherencia en el sistema y también qué bello normarlo. 
Preguntarse, por ejemplo: ¿Cuándo vas a decir algo que realmente sientas? 
¿Es que es posible eso? ¿Saber qué siente uno 
cuando uno solamente es esa sombra medio acuosa que vigila 
un tipo ubicado cinco minutos por delante en el futuro? 
¿En qué medida me pertenezco y en qué medida le pertenezco a él? 
¿Se entiende? ¿Se llega? ¿Apretado a una pura esperanza? 
Toco el futuro con los dedos de mi hijo. ¿Tendré hijos alguna vez? ¿Quiero 
tenerlos? ¿Quién? ¿Con quién? 
Podés comprobar ahora que llegaste como un juez implacable 
a modelar el sistema sin centro que constituía tu divague 
a través de inquietudes que en tanto concretas no son sino personales. 
Qué bello lo personal en la poesía. 
Un dolor y una alegría única. Tuya. Exclusiva. 
Comunicarla. Solidarizarla. Siguiendo el círculo de la neurosis 
desenvuelta en la sobrevaloración desenfadada de tus propios procesos psíquicos. 
Quiero escribir algo universal. Quiero escribir: Soy Ezequiel, 
tengo treinta años 
y escribo frente a una computadora sin acceso a Internet en el siglo veintiuno. 
No tengo rumbo en el mundo. 
Le rindo tributo a la honestidad cuando esta honestidad me convenga. 
Creo en hacerle creer a la gente que pienso que son tal como ellos 
creen que son. 
Creo en la gente que sufre y que lo cuenta y creo también 
en el amor para toda la vida. 
No creo en el tiempo 
y mucho menos 
en los que dicen que no lo tienen. Siempre hay tiempo para todo. Siempre hay tiempo 
para hacer lo que uno realmente tiene ganas de hacer. 
¿Me enamoraré de nuevo algún día? ¿Vendrá una mujer contenta y humilde 
a la esquina de mi vida a enamorarme? 
¿Tendré sesenta años alguna vez, amasando los pies enfermos de la mujer que amo? 
¿Me verá algún nieto o espejo a contraluz de los rayos del sol a la hora de la siesta
velar la muerte de mi madre en una habitación callada 
con las persianas bajas? 
Quiero ser consciente y avanzar sobre el principio.
Quiero ser coherente en todo momento conmigo mismo. 
Con esa coherencia que solo puede pertenecerle a los obsesivos. 
Te escribo a vos. A vos, que una vez a los treinta considerabas 
con admiración la posibilidad de concebir el tiempo como esa gente 
que no concibe el tiempo de forma lineal. 
Avanzar retrocediendo. Pensar el pensamiento que piensa. 
Como si el pensamiento fuera un alumno escribiendo sobre un pizarrón 
y yo no estuviera leyendo lo que escribe 
sino mirándolo a él mientras lo hace. 
Vos, a los sesenta años, leyendo esto que te escribí a los treinta. 
¿Dónde estarás? ¿Con quién? ¿Vivís? 
¿Te parecés a mí? ¿Tenés mi cara todavía? ¿Tenés 
mis mismos miedos? 
¿No sentís como si el tiempo no pasara, como si no 
pasara nunca?
¿No sentís que tiene razón esa gente? 
Vos, que ahora me leés 
después de que tanta agua haya fluido sin desasirse de su ciclo,
¿no sentís como si solamente hubieran pasado cinco minutos?






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