martes, 25 de diciembre de 2012


Orden

La noche tiene abierta en el cielo una grieta.
Primero una gota. Después
otra. Después al fin cae
en hileras continuas
lo incalculable.
Entiendo que tengo cosas en qué pensar.
Entiendo que pensar no significa
necesariamente hallar las respuestas.
Quizá solo un signo de inquietud en mi cara hace muchos años.
O quizás solo la suave mano de mi madre estampada en un vidrio.
La blancura de su palma.
La grieta abierta en el cielo.
Las gotas que caen y los llamadores
de ángeles del otro lado del vidrio
de la ventana entre abierta de mi casa
bamboleándose como los dedos
nerviosos de la mano de mi madre
buscando rasguñar el vidrio,
alcanzarme. Tocarme.
Hacía tanto calor que yo no sabía
de qué se trataba: si de transpiración o de lágrimas.
Teníamos tanto miedo
pero nadie
lo podía notar.
Éramos un animal triste
respirando agotados, sin fuerzas.
Nos mirábamos a los ojos
quizás un gesto, un borde
de brillo en el borde de los ojos,
pero nada, no podíamos
reconocernos.
Me habló de los viejos tiempos.
Hacía tanto calor y la lluvia
era una espuma pastosa en el cielo
que se quedaba ahí, agotada.
Heredé tu tendencia
a gritar para adentro.
A levantar los ojos y mirar
y a sonreír y a reír y a bajar
de nuevo los ojos.
A sentir todo como a través de un vidrio.
Cuando ya no hay solución, tarde
o temprano tampoco debería haber problema, ¿no?
Deberíamos simplemente
avanzar hacia el día siguiente, ¿no?
hacia el próximo páramo y la siguiente loma,
hasta que truene la grieta y una silenciosa
catarata violenta me recuerde
que estos asuntos no tienen que ver
conmigo en sí,
que más bien como la rama o la mosca o tu silla
mi tarea es pertenecer
humildemente
al orden al que son reducidas todas las cosas.






2 comentarios:

Eduardo Grandier dijo...

Poderoso este recuerdo hecho prosa, esa evocación que abriga o cubre o llueve.

Me gustó,

un abrazo!

Un desvarío por jueves dijo...

grandeee