lunes, 10 de diciembre de 2012

Yo sabía

Cuando me enteré fue como si el cuerpo por dentro se me llenara de barro.
Me sentí pesado y sucio, y húmedo, aunque sabía de antemano
que eso podía pasar, y que en definitiva iba a terminar pasando
si yo no hacía algo para impedirlo. Pero no hice nada para impedirlo.
Él ahora te va a conocer en uno o más aspectos de tu vida,
a otras edades. Yo solo voy a imaginar en exceso.
Él ahora va a dormir abrazado a tu espalda, va
a viajar con vos. Va a comprarte facturas a la mañana.
Yo simplemente no consigo sacarme muchas imágenes de la cabeza.
Me digo: Pensá en otra cosa. Lee. Escribí. Mirate un partido de fútbol.
Pero la tensión metafísica que te rodea se impone con cierta prepotencia.
Estallás en mí. Estallás.
Simplemente mi mundo interior y yo estamos disociados.
Yo no quiero pensar en nada y él insiste en evocarte hasta estallar.
No sé cómo voy a poder salir a la calle y trabajar y mirar a la gente a los ojos.
Estoy lleno de barro. De indecisión.
Se supone que es bello sufrir por amor ahora, que estas cosas
no van a durar para siempre. Se supone que el dolor moral
favorece una evolución en mi espíritu.
Como cuando hacés flexiones y el músculo trabaja
y después duele, y ese dolor implica su desarrollo
así todas estas semanas de mierda sin vos me están ensanchando el espíritu.
Lo están madurando. Cociendo a fuego lento para que cuando llegue la hora
yo sea un hombre seguro de sí mismo, a tono con su pasado y sus experiencias.
Se trata de tener el corazón preparado. ¿Pero preparado para qué?
¿Es que después no va a haber más inseguridades, más penas,
más decisiones erradas o decisiones no tomadas a tiempo?
¿Es que sobreestimo el dolor solo para arrancarle un consuelo conceptual
a la mera imagen de mí mismo tirado toda la tarde en un sillón,
sin poder levantarme, sin poder mirar la tele o leer
por esta efervescencia que en mi ánimo tu recuerdo me produce?
Simplemente levanto el celular y miro el último mensaje que me enviaste
y lo borro, y después me arrepiento de haberlo borrado pensando que al menos
era un registro textual de que en algún momento de mi juventud te tuve.
Cierro los ojos. Los abro. Estamos una noche de febrero en la terraza.
Arriba brilla una luna redonda. Estás dormida y te acaricio el flequillo.
Cierro los ojos. Los abro. Mi cuerpo en el sillón. El techo. Este barro
volviéndome pesado, sucio. Yo sabía, sabía, y no hice nada para impedirlo.
No estuve a la altura de lo que mi mundo interno lleno de vos me exigía.
Ahora debo afrontar el costo de haber perdido el equilibrio.
Ahora tengo que recortarte de mi vida como a un titular de un diario.
Ahora me tengo que levantar a la mañana y reemplazar con otras figuras
el vacío que acabas de generar en mi estructura de pensamiento al irte.
Se perdió el eje y los sistemas se derrumban y no puedo recordarte sin mí.
Y quiero leer pero no puedo, y después me siento a escribir pero lo único que sale
es barro, el barro que tengo por dentro
y del que me considero el único y exclusivo responsable.
Vos estás con él mientras yo te escribo, y ojalá esto fuera todo
lo que pudiera decirse acerca de eso.







4 comentarios:

A girl called María dijo...

hermoso. Hermoso, de esas cosas que te hacen temblar

amiga amema dijo...

Uy, vos sabias q ibas a mandarte una cagada tan grande? Y te la mandaste? A mi me pasó igual pero yo a él lo O Di o. Ni en pedo le escribo algo tan lindo

Un desvarío por jueves dijo...

jaja gracia vago rosa

Anónimo dijo...

¡Esto titila! Anoche mirando las estrellas recordé que siempre algo titila por acá, pero olvidé eso en cuanto vi una estrella fugaz. ¡Un espectáculo! Duró un instante, pero después llegó otra; así es el juego, Eze.


Dionisia