domingo, 22 de diciembre de 2013


dos joyas





"Ya lo sé

yo ya sé
lo que es el amor.


yo aprendí a beber vino
cuando trabajaba
en la pampa de salamanca
al borde de la ruta 3.


aprendí a beber callado
mirando las martinetas
que se iban siguiendo la alambrada.


de vez en cuando un camión
como un incendio perforaba la tarde
y pasaba
dejando un suspiro en las retinas
de los perros.


a lo lejos había
un molino negro
el viento agitaba sus pedazos


molino deshecho
sin aspas para el vuelo
chaperío sin alas
llorando en pozo de la noche.


yo bebí borracho en las alturas
a mi no me digan nada.


perdí una camisa
buscando ovejas en la nieve
perdí los sentidos
mareado en una torre
que se alzaba como un sueño
en la chatura de la estepa/
un mirador creo que era.


y ya sé lo que es el amor


(por las noches yo dormía
en un catre adentro de una casilla)


después de apagar el alumbrado
(un lister a todo culo)
desaté los perros
y me quedé bebiendo
con los ojos mezclados con la noche


con la piel hecha un silencio
como un solo cuerpo enmudecido por la pampa.


en la pieza brillaban
por la luna
las latas de aceite supermóvil multigrado/
el viento ladraba a la ventana.


el viento es un perro desgraciado
aullando en las orejas del insomnio.


los vehículos pasaban en la ruta
con ráfagas de luz en esa pieza.


y por eso
yo ya sé lo que es el amor


yo recé borracho el padrenuestro
para que
un auto con dardos veloces pasara iluminando
el cuerpo de thelma tixou
que brillaba en el almanaque
de aquella noche de aquel invierno
de esos años.


thelma estaba espléndida en esas soledades
tenía un vestido rojo
que ardía ante mi boca
cuando las luces
la encendían como llama en pleno vuelo.


yo ya sé lo que es la sangre
cuando arde como aceite en la penumbra.


el cuerpo de ella era un planeta
girando en el abismo


y yo su único habitante/
me ataca como una sed cada vez que me acuerdo de esa diosa.
el amor es como apretar una foto de thelma tixou
en la garganta de la noche/
o el amor es otra cosa
animal que se espanta
que vuela lejos
y uno
no ha tenido el gusto."



Jorge Spíndola




***


"Alta marea


Cuando un hombre y una mujer que se han amado se separan
se yergue como una cobra de oro el canto ardiente del orgullo
la errónea maravilla de sus noches de amor
las constelaciones pasionales
los arrebatos de su indómito viaje sus risas a través de las piedras 
                     sus plegarias y cóleras
sus dramas de secretas injurias enterradas
sus maquinaciones perversas las cacerías y disputas
el oscuro relámpago humano que aprisionó un instante el furor 
                     de sus cuerpos con el lazo fulmíneo de las antípodas
los lechos a la deriva en el oleaje de gasa de los sueños
la mirada de pulpo de la memoria
los estremecimientos de una vieja leyenda cubierta de pronto 
                     con la palidez de la tristeza y todos los gestos del abandono
dos o tres libros y una camisa en una maleta
llueve y el tren desliza un espejo frenético por los rieles de
                     la tormenta
el hotel da al mar
tanto sitio ilusorio tanto lugar de no llegar nunca
tanto trajín de gentes circulando con objetos inútiles o 
enfundadas en ropas polvorientas
pasan cementerios de pájaros
cabezas actitudes montañas alcoholes y contrabandos informes
cada noche cuando te desvestías
la sombra de tu cuerpo desnudo crecía sobre los muros hasta el techo
los enormes roperos crujían en las habitaciones inundadas
puertas desconocidas rostros vírgenes
los desastres imprecisos los deslumbramientos de la aventura
siempre a punto de partir
siempre esperando el desenlace
la cabeza sobre el tajo
el corazón hechizado por la amenaza tantálica del mundo

Y ese reguero de sangre
un continente sumergido en cuya boca aún hierve la espuma de los
                     días indefensos bajo el soplo del sol
el nudo de los cuerpos constelados por un fulgor de lentejuelas
                     insaciables
esos labios besados en otro país en otra raza en otro planeta en otro
                     cielo en otro infierno
regresaba en un barco
una ciudad se aproximaba a la borda con su peso de sal como un
                     enorme galápago
todavía las alucinaciones del puente y el sufrimiento del trabajo
                     marítimo con el desplomado trono de las olas y el árbol 
                     de la hélice que pasaba justamente bajo mi cucheta
éste es el mundo desmedido el mundo sin reemplazo el mundo
                     desesperado como una fiesta en su huracán de estrellas
pero no hay piedad para mí
ni el sol ni el mar ni la loca pocilga de los puertos
ni la sabiduría de la noche a la que oigo cantar por la boca de las
                     aguas y de los campos con las violencias de este planeta 
                     que nos pertenece y se nos escapa
entonces tú estabas al final
esperando en el muelle mientras el viento me devolvía a tus brazos
                     como un pájaro
en la proa lanzaron el cordel con la bola de plomo en la punta y el
                     cabo de Manila fue recogido
todo termina
los viajes y el amor
nada termina
ni viajes ni amor ni olvido ni avidez
todo despierta nuevamente con la tensión mortal de la bestia que
                     acecha en el sol de su instinto
todo vuelve a su crimen como un alma encadenada a su dicha y
                     a sus muertos
todo fulgura como un guijarro de Dios sobre la playa
unos labios lavados por el diluvio y queda atrás
el halo de la lámpara el dormitorio arrasado por la vehemencia 
                     del verano y el remolino de las hojas sobre las sábanas vacías
y una vez más una zarpa de fuego se apoya en el corazón de su presa
en este Nuevo Mundo confuso abierto en todas direcciones
donde la furia y la pasión se mezclan al polen del Paraíso
y otra vez la tierra despliega sus alas y arde de sed intacta y sin raíces
cuando un hombre y una mujer que se han amado se separan."



Enrique Molina




jueves, 28 de noviembre de 2013

la suerte que tenés





Fue Rocío la que me consiguió el trabajo. Ella sabía que desde hacía varios meses yo estaba viviendo de mis ahorros y de lo poco que cada tanto podía pasarme mi viejo, así que lo primero que hizo cuando le surgió el asunto del viaje fue ir a buscarme a mí. Yo la iba a tener que reemplazar. No era un trabajo difícil, pero pagaban solamente ochenta pesos la hora y tenía que estar ahí los lunes y los miércoles desde las once de la mañana hasta las diez de la noche. Es poca plata, me dijo Rocío, lo sé. Pero ese poco era mejor que nada, teniendo en cuenta mi situación, así que decidí aceptar para mantener mis estudios hasta que pudiera conseguir otra cosa.
¿Pero qué era lo que tenía que hacer en concreto? Cuidar a Tatiana. Nada más. Nada menos. Tatu: así le decía Rocío cuando me hablaba de ella. Vengo de lo de Tatu. Tatu vivía en Belgrano. No sabés lo que es esa casa, me decía Rocío. Te juro que te morís. Pero después se ponía seria y se me quedaba mirando: Lo único que te pido es que no me hagas quedar mal. La madre es capaz de ir a buscarme si te mandás una cagada.
Me reí: ¿Tan jodida es?
Sí, no sabés lo loca que está. Pero bueno.
Yo me quedé callada, esperando a que concluyera la oración. Pero Rocío aplastó el cigarrillo en el platito que usábamos como cenicero y lo único que quedó flotando en el aire fue ese tétrico "pero bueno".


La madre de Tatiana me llamó al celular ese mismo lunes.
Buenos días, ¿se encuentra Paula?
Sí, ella habla, ¿quién es?
Ah, ¿qué tal?, soy Mabel, la madre de Tatiana. Rocío fue la que me dio tu teléfono, me dijo que estabas interesada en trabajar con nosotros.
Cuando le contesté que sí, la mujer empezó a comentarme un poco en qué iba a consistir mi trabajo, los horarios, los días de la semana en los que me necesitaban. Después me preguntó qué hacía de mi vida, tanteando medio distraída mis respuestas, y al final por cuánta plata estaba dispuesta a hacer el trabajo.
En ese momento me acordé del consejo de Rocío: Peleale el precio. Esa vieja es de lo más rata, pero peleale el precio de entrada que no tenés nada que perder.
Cien pesos la hora
Hubo un silencio.
Listo, terminó contestando Mabel.
Y, cuando ya estaba por despedirse, me hizo una última sugerencia: No sé qué te habrá comentado Rocío, Paula, pero para nosotros es muy importante la discreción. Te vamos a abrir la puerta de nuestra casa, así que eso es lo que te pedimos antes que nada. Nosotros no somos de abrirle la puerta a cualquiera.
No se haga problema por eso, señora
No hace falta que me digas señora. Tuteame. Soy Mabel. Decime Mabel.
Listo. Mabel. No hay problema
Y ella: Entonces el miércoles a las once te esperamos en casa.


Y el miércoles a las once menos cuarto estaba ahí. Rocío tenía razón. Apenas la empleada me abrió la puerta del piso (todo el octavo era de ellos) y entré, tuve la sensación de que nada de lo que veía ahí adentro era real. Un ventanal inmenso, con una vista hermosa de toda la ciudad, y un sol que parecía estar ahí, pegado al vidrio, al fondo de un comedor gigante, con una mesa de caoba pulido en el centro y una araña de cristal brillando encima, con floreros y jarrones y con cuadros enormes de marco dorado en las paredes y sillones y alfombras muy lujosos de los que una solamente ve en las películas. Yo miraba todo sin moverme, muerta de miedo de romper o manchar algo, hasta que la empleada me despertó de mi ensueño tocándome el codo, quizás comprendiendo mi asombro o quizás no; simplemente señaló la puerta que había al fondo del comedor y me dijo: La señora está por allá.
La seguí por un pasillo que daba a una especie de estudio, donde sentada frente a un escritorio, hablando por teléfono al mismo tiempo que tipeaba en su notebook, vi a una mujer de unos cuarenta años y pico, quizás arañando los cincuenta.
Cuando la empleada se acercó al escritorio, la mujer alzó un brazo y sacudió la palma de la mano en el aire, como diciéndonos: Ya va. No hay problema, le hice un gesto con la cabeza yo, y me acomodé a un costado de la empleada mientras la mujer conversaba por teléfono sobre el fin de semana que su interlocutor había pasado en no sé qué ciudad del sur, en un tono tan informal que supuse que se trataba de un amigo suyo, aunque al final se despidió de él diciendo: La próxima me cuenta todo más en detalle, doctor.
Y colgó. Y volvió a mirarme. Y se levantó. ¿Paula, entonces? Mucho gusto. Soy Mabel. Y me dio la mano. Y yo también se la di, probablemente con algunos rastros de sudor frío en la palma. Nunca fui de intimidarme al momento de conocer gente, pero, Dios, qué casa era esa, y qué mujer era la que tenía enfrente. Su forma de hablar, su ropa, sus ojos celestísimos; su pelo negro y lacio y perfumado. Era alta, muy alta, y tenía un lunar a un costado de la boca, sobre la piel fina y blanca. No se parecía en nada a la idea que yo me había hecho de ella a partir de las cosas que me contaba Rocío.
Mabel volvió a sentarse. Muchas gracias, Valeria, dijo, y la empleada salió. Entonces cerró su notebook y me miró con los ojos bien abiertos y quietos, como si en ese momento yo terminara de materializarme y antes no me hubiera visto. Sentate, chiquita, y me señaló una silla. Abrió una agenda que tenía sobre el escritorio. El otro día me dijiste que estabas estudiando Contabilidad, ¿verdad? Así es. Muy bien, te felicito, es una carrera muy productiva; y oíme, también me dijiste que a Rocío la conocés del colegio. Sí, hicimos toda la primaria y la secundaria juntas, pero también vivimos en el mismo barrio desde chicas, somos prácticamente vecinas. Regio, de todas formas ella algo me había comentado, ¿cómo se llamaba el lugar? Loma hermosa. Loma hermosa, sí, qué buena chica, esta Rocío. Somos muy amigas ¿Y cómo te va en la carrera? Muy bien, por suerte; si Dios quiere el año que viene me recibo. Ah, estás muy bien encaminada entonces, yo me recibí de abogada más o menos a tu edad, ¿tenías veinticuatro, verdad? No, veintiséis. Veintiséis, cierto, ya me lo habías dicho, perdoname, pero para los números y las fechas soy un desastre.
Mabel de vez en cuando dejaba de mirarme y vigilaba una puerta que había del otro lado del estudio. A los pocos minutos por esa puerta salió un tipo con guardapolvo azul. Mabel se levantó: Esperame un minutito que hablo con el doctor y vuelvo. Los dos salieron por la puerta que llevaba al pasillo y yo me quedé sentada, mirando la ventana, los libros, los portarretratos encima del escritorio. En una de las fotos se la veía a Mabel sonriente, abrazada a un hombre rubio, de espaldas a una construcción antigua que no conocía pero que a simple vista me dio la impresión de ser de alguna ciudad asiática.
Mabel volvió a los cinco minutos. Yo me di vuelta.
Paula, ¿venís un segundito? Y sonrió: Seguime así conocés a Tatiana.


Mabel me hizo entrar a otra sala, tan iluminada como las otras dos que ya había conocido, y me dijo: Este es nuestro playroom.
Entonces la vi. A un costado del sillón, doblada en su silla de ruedas.
Rocío ya me había hablado bastante de ella para que yo estuviera preparada, segura de que Mabel iba a vigilar mi primera reacción. Y de hecho Mabel la vigiló. Esta es Tatiana. Pero todos acá le decimos Tatu.
Saludá a Paula, Tatu, le dijo Mabel.
Yo me agaché para darle un beso. La chica a su vez también me besó. Hola, me dijo, hola, varias veces, con la pronunciación de un extranjero o de un sordo o de alguien que recién se despierta y no tiene todavía dominio sobre los movimientos de su boca.
Mucho gusto, Tatu, le dije.
Cuando me levanté, tenía una aureola de baba fría pegada a la mejilla. Esperé a que ni Mabel ni la enfermera me estuvieran mirando para limpiarme con la manga de la remera.


Mabel me explicó en pocas palabras lo que tenía que hacer. La enfermera se iba a encargar de todas las cuestiones médicas; mi única función era hacerle compañía a Tatu. Cuidarla, entretenerla. Mirar la tele juntas. Como una especie de niñera.
Tatiana tenía veintidós años, pero la mentalidad de una chica de cuatro. Síndrome de retraso madurativo, me dijo Mabel. Apenas había llegado a la segunda infancia se le habían empezado a atrofiar los músculos. Ahora no podía caminar ni desenvolverse sin ayuda de la enfermera. Tenía una sonda en la nariz para respirar, y, como hacía años que no comía, otra en el brazo que le introducía hierro y vitaminas en la sangre. Tenía los ojos celestes de la madre y el pelo atado con una gomita. Tenía un bigote de pelusa encima de los labios y tantos pelos como un hombre en las piernas y los brazos, delgados y encogidos.
Después de mostrarme dónde estaba cada cosa en el playroom, Mabel me llevó a la cocina para que conociera al resto de la familia. El padre de Tatu se llamaba David, estaba mirando las noticias en su notebook, y me saludó sin mirarme ni decir una sola palabra. Reconocí enseguida al rubio de la foto que había visto en el escritorio, aunque ahora repentinamente envejecido. Con los meses iba a saber también que era el director de marketing de una multinacional; a simple vista me pareció un hombre cansado, no física o mentalmente, sino de un agotamiento más general. A un lado de él, jugando en su Ipod, estaba Cocó. Mabel me la presentó así: Cocó. Tenía quince años. Se levantó no bien me acerqué a ella y después de darme un beso me dijo: Me encanta tu perfume. ¿Cuál es? Me encanta, de verdad, me encanta.
Gracias, le dije. Es uno que me regaló mi novio.
Pero yo no me había puesto ningún perfume esa mañana.


Algunas cosas aprendí enseguida de mis primeras dos semanas con Tatu. Que era una chica muy cariñosa y también que tenía una especie de obsesión con los pies. Todo el tiempo había que hablarle a sus pies. Todo el tiempo también ella quería tocar los míos. Mirábamos la tele, recostadas en el sillón, y Tatu de repente se estiraba hasta alcanzar mis zapatillas y me las acariciaba. Fue Valeria, la empleada, la que me dijo: Mejor sacatelas.
A mí me dio vergüenza, pero Valeria me explicó lo que nunca me había contado Rocío: Con el resto de las chicas hace lo mismo.
Así que Tatu, con mis piernas encima de las suyas, se pasaba buena parte de la tarde acariciándome los pies; yo me cuidaba de ir siempre a su casa con medias limpias y nuevas. A veces quería besármelos; yo entonces me enderezaba en el sillón y simulaba un enojo para demostrarle que había límites que conmigo no podía cruzar.
No, Tatu, en la boca no.
Ella se me quedaba mirando y, cuando era consciente de mi mal humor, empezaba a acariciarme las manos.
Mucho. Mucho. Mucho, me decía.
Que a esas alturas yo ya sabía que era su forma de decir: Te quiero.


Después de salir de lo de Tatu iba siempre directo a la casa de mi novio. Él también vivía en Belgrano, a unas quince cuadras. Yo llegaba siempre muy cansada, pero igual mientras comíamos le contaba algunas de las cosas que me habían pasado en mi trabajo con entusiasmo. Le hablaba de Mabel, del marido de Mabel, de Cocó, de la enfermera, de Valeria y por supuesto también de Tatu. De cómo me abrazaba y besaba todo el día. De la obsesión que tenía con mis pies. Él me escuchaba; otras veces se largaba a reír.
Todo el día encerrada con esa chica, me decía. Con razón llegás tan boluda.
O: Antes de tocarme bañate. Cada vez que te beso siento que estoy besando la baba de esa piba.
Yo lo mandaba a cagar. Pero nos reíamos. Era parte del juego.


No hubo grandes sobresaltos durante el primer mes, ni durante el segundo, ni durante el tercero. Tatu era una chica amorosa y nos llevábamos muy bien. Cuando el día estaba lindo, le pedía permiso a Mabel y con la enfermera la sacábamos a pasear por las plazas de Barrancas en su silla de ruedas. La gente siempre nos miraba. Cuando llovía o estaba fresco, en cambio, nos quedábamos mirando tele, y a veces Tatu se quedaba dormida y yo aprovechaba sus siestas para estudiar.
Solamente muy de vez en cuando Tatu entraba en crisis. Se enojaba y empezaba a tratar mal a la enfermera o a los médicos. Les agarraba los brazos. Forcejeaba. Gritaba. Escupía. Se soltaba de su silla y se revolvía en el piso llorando. La primera vez que me tocó enfrentar uno de sus ataques de nervios me sentí sobrepasada. Mabel justo estaba en la casa y sacó de uno de los roperos del playroom una soga, y con la ayuda de la enfermera ató los brazos y los muslos de Tatu a la silla de ruedas.
Pero para la segunda vez yo ya estaba más preparada.
No, le dije a Mabel, no bien la vi sacar la soga de nuevo: Te voy a pedir que enfrente mío no la ates.
Mabel me miró de reojo. También sentí el calor de la mirada de la enfermera a mis espaldas.
Bueno. Como quieras. Yo me tengo que ir a trabajar.
Después abrió la puerta del playroom y se fue diciendo: Ay, ay, ay.
Ay, ay, ay.
Suspirando eso mientras yo la miraba.


Eran los miércoles y los viernes. Todas las semanas. Casi once horas metida en esa casa. Con Tatu, con Mabel, que iba y venía, con Cocó, que iba y venía también, y el padre de Tatu, un tipo al que no veía casi nunca, que parecía un fantasma.
Y de tanto estar ahí, durante todo ese tiempo, fui descubriendo algo: había momentos, alrededor de las dos y media, tres de la tarde, en que Tatu dejaba de hacer lo que estaba haciendo y miraba el aire del playroom como expectante. Como si algo pudiera pasar en cualquier momento, aunque una no supiera bien qué. Sus manos en mis pies de golpe se tensaban. Se tensaban hasta lastimármelos. Yo tenía que decirle: Tatu, soltá. Tatu, por favor, soltá.
Al principio no podía entender por qué era que tenía esos raptos. Era como si de repente a Tatu se le esfumara la nube de la cabeza y fuera consciente de todo. De lo que ella era y de lo que éramos todos los que estábamos a su alrededor. Como si durante unos pocos segundos ella se despertara de su ensueño  y pudiera verme desde la mirada de una chica de veintipico de años y no desde la mirada de una de cuatro.
Pero después, a medida que las semanas pasaban, me fui dando cuenta de que esos raptos breves de lucidez siempre coincidían con un ruido de llaves muy específico. Con un ruido de pasos también muy singular. Con una puerta en particular de la casa que se abría y se cerraba.
Solo con el tiempo entendí: era el llavero, la forma de caminar y la puerta del estudio del padre, cada vez que él llegaba a la casa y cruzaba el pasillo del otro lado del playroom, lo que ponía en estado de alerta a Tatu.


Las primeras semanas seguí buscando trabajo a tiempo completo. Estaba todo el día en la computadora mandando mails. Pero tengo que reconocer que después de un tiempo de cuidar a Tatu ya no buscaba trabajo con la misma insistencia que antes. Mandaba algún que otro currículum, adaptándolo de acuerdo a cuál era el puesto que ofrecían, pero en general confieso que me dejaba estar.
Mi novio no entendía cómo era que pasaban y pasaban las semanas y yo seguía sin conseguir otra cosa. Yo trataba de ignorar sus comentarios. A veces pensaba en decirle que, en realidad, desde el punto de vista laboral su situación no era muy distinta de la mía. Pero al final siempre elegía quedarme callada; quizás porque todavía no sentía demasiada confianza con él como para señalarle ciertas cosas. De hecho, recién lo había conocido a principios de ese año, unos pocos meses atrás. Fue en un bar. Esa noche me llamó la atención lo rubio, lo alto y delgado que era. No muy lindo (aunque de todas formas los lindos nunca fueron mi tipo). Me habló muy bien, me pareció un buen pibe de entrada, así que por eso cuando nos fuimos conociendo no le di tanta importancia a lo que hacía o no hacía de su vida. Por ejemplo: su situación laboral, si se puede llamarlo así. Él se había presentado como diseñador gráfico, pero la verdad era que trabajaba muy pocas horas por semana, haciendo diseños para revistas o empresas de la zona; después la mayor parte del día se la pasaba sacando fotos con los amigos o dando vueltas por Palermo. En última instancia la plata no era una preocupación para él. El padre, un empresario de la construcción, le había comprado el departamento en el que vivía y también lo ayudaba con los gastos cuando el trabajo free lance no andaba bien. Todo esto lo fui sabiendo de a poco, incluso mucho después de ponernos de novios; a él no le gustaba hablar de eso. De la fortuna que significaba tener su propia casa cuando todavía no había cumplido los treinta, y la de no necesitar un trabajo fijo para pagar el alquiler o mantenerse como la mayoría de la gente de su edad.
Nuestra rutina durante todos esos meses fue siempre la misma. A veces cuando llegaba a su casa él me esperaba con la comida hecha. Cojíamos. Y después, mientras yo le contaba cómo me había ido en lo de Tatu, se quedaba dormido. Lo sacudía un poco del hombro. ¿Te aburro? No, Pau, tengo resaca, nada más.
Pero no pasaban ni dos minutos que se le cerraban los ojos de nuevo.
De vez en cuando también nos veíamos los fines de semana. De vez en cuando. Si no era él el que salía con sus amigos, la que salía con mis amigas era yo.
Nos mandábamos mensajes de texto, los domingos. Una tarde de lluvia estuve a punto, a punto, de decirle que lo amaba.


Me encanta tu perfume, me decía siempre Cocó. Me encanta.
A veces se metía en el playroom, mientras yo estaba tirada en el sillón con Tatu, mirando tele, y se acercaba desde atrás, sin que me diera cuenta, y empezaba a olerme el cuello.
Como un perrito. Se agachaba al lado mío y empezaba a inspirar, rozándome el pelo y la piel con la nariz.
¿Qué hacés?, le decía riéndome.
Me encanta tu perfume, me contestaba ella, con sus auriculares plateados y gigantes colgados del cuello: Me encanta.
Y se iba de nuevo enseguida.


La única que se acercaba casi siempre al playroom para pasar tiempo con Tatu y conmigo era Mabel. Tenía un estudio en Tribunales, pero se las arreglaba para alternar su tiempo entre el trabajo y su hija. Era ella la que trataba con los médicos que venían a controlar el estado de Tatu. La que estaba pendiente de los remedios que necesitaba. La que trataba con las enfermeras y las otras chicas que durante el resto de la semana le hacían compañía a su hija como yo. Tenía problemas en la columna de tanto cargarla de un lado para el otro. Y era también la única que vivía pendiente de integrarla a la vida familiar.
A veces, por ejemplo, para que Tatu no perdiera noción de lo que era una comida en familia, me pedía que la llevara al comedor. Entonces, mientras Mabel, su marido y Cocó almorzaban, yo estaba con Tatu, parada a un costado de su silla de ruedas. Si querés sentate, me decía Mabel. En esos almuerzos me podía sentir tan incómoda como enternecida. De golpe Tatu se sacaba la mano de dedos largos y huesudos de la boca y le decía a todos: Mucho, mucho, mucho.
Mabel sonreía: Yo también te quiero mucho, mi amor.
Y también sonreía Cocó.
Y también, antes de desviar la mirada enseguida, como si la imagen le ardiera en los ojos, también sonreía el padre.
Al quinto o sexto mes de trabajar ahí soñé por primera vez con Tatu. Aunque ella en sí no aparecía, en el sueño yo podía sentir su presencia. Iba por un pasillo largo, muy largo y oscuro, y de repente me chocaba contra una pared. Empiezo a tantearla: encuentro una puerta. La abro. Del otro lado, todo luz. Demasiada luz. Tanta que mirar me duele. Avanzo, camino igual, cubriéndome los ojos con un brazo. Cuando por fin puedo ver, no me resulta familiar el ambiente, pero así y todo en mi sueño estoy segura de que se trata de la casa de Tatu. De que estoy en uno de sus cuartos, uno en el que nunca estuve. Y mientras avanzo, mientras sigo avanzando, soy consciente también de otra cosa: hay alguien sentado en una silla. El sol le da tan de lleno que apenas le veo el contorno. Pero hay alguien sentado, de espaldas a mí. Es un hecho. Me acerco. ¿Quién es? Me sigo acercando. Le toco el hombro. Y cuando se lo toco, y esa persona se da vuelta y me mira, mostrándome su cara, empiezo a gritar. No puedo dejar de gritar.
Abro los ojos. Ahora es todo oscuridad. Tengo la espalda transpirada. También tengo fríos y mojados los dedos de los pies.
Recién cuando escucho que alguien duerme al lado mío entiendo que solamente fue una pesadilla y que estoy acostada en la cama de mi novio.


En los almuerzos que Mabel nos hacía compartir a Tatu y a mí con el resto de la familia siempre estaba Valeria. Ella era la encargada de servir la comida en cada plato y después se quedaba parada a un costado de la mesa, como yo me quedaba parada a un costado de Tatu, atenta a lo que Mabel, David y Cocó pudieran necesitar.
Un mediodía, mientras ella volcaba en cada plato un salteado de camarones, Mabel se enderezó en su silla con un gesto de dolor de cabeza y le dijo: Valeria, hay mucho olor a pies.
Yo miré con disimulo, mientras Valeria dejaba el bol sobre la mesa, y vi que tenía puestas unas ojotas.
A los pocos días, cuando llegué a la casa de Tatu, Valeria me recibió con un uniforme nuevo y celeste y zapatos blancos. Usó los zapatos toda la mañana hasta que Mabel se despidió para ir a trabajar.
Entonces con Tatu la veíamos ir y venir barriendo y lustrando muebles por el playroom descalza.
Descalza, como lo estaba yo con mis medias apoyadas en las piernas de Tatu.


Mi novio acababa y se quedaba dormido. Nunca se preocupaba en saber si también había acabado yo. Quizás yo misma lo malacostumbré. Al principio él tardaba mucho en terminar y yo gemía, probablemente exagerando un poco, sabiendo que para él era un incentivo sentir que yo estaba gozando. Pero después empezó a sentirse demasiado confiado y hubo un punto en que dejó de importarle lo que yo pudiera sentir.
Qué estoy haciendo acá, me preguntaba algunas noches, mientras él dormía al lado mío.


A veces mi novio me preguntaba en tono de broma por la madre de Tatu: ¿Está para darle?
Yo me reía: Sí, está.
¿Por qué no me la presentás, entonces?
¿Para qué?
Para ver si me salvo.
Por un segundo yo pensaba en decirle: Si vos no necesitás salvarte. Si vos tenés plata. Mucha plata.
Pero sabía que esa respuesta podía humillarlo.
Así que jugaba el papel que me correspondía y le contestaba: Venite cuando quieras. Los miércoles y los viernes estamos ahí. Yo te la presento, a esa vieja asquerosa.


Una de esas tardes, mientras estaba con Tatu mirando la tele, solté los apuntes encima de mis piernas. De golpe me sentí muy cansada de estudiar y de estar ahí y de todo lo que era mi vida, y la miré a Tatu a los ojos: Vos tenés mucha suerte, mi amor.
Mucho, me contestó ella, sonriendo con su cara larga y doblada: Mucho, mucho.
Pero yo volví a decirle, apretando los dedos de los pies que ella me tocaba: Vos tenés mucha suerte. Vos no sabés la suerte que tenés.
Y Tatu, de golpe, dejó de decirme mucho, mucho, para en lugar de eso quedarse callada, mirándome con esos ojos celestísimos, extraviados como los de un borracho o los de un herido, mientras yo también la miraba a ella, y la enfermera, del otro lado del playroom, revisaba encorvada su celular.


Un lunes de diciembre me llegó un llamado. Era de una empresa de Martínez a la que le había enviado un currículum varios meses atrás. Estaban buscando personal administrativo. Fui a la entrevista ese mismo martes. Les dejé una buena impresión. Trabajo a jornada completa, de lunes a viernes. Les gustó que estuviera estudiando una rama afín a lo que precisaban.
Volvieron a llamarme la semana siguiente para entrevistarme ya en una segunda instancia, esta vez con el gerente del sector contable de la empresa. Eso me dio la pauta de que posiblemente iban a darme el trabajo. Mi novio se entusiasmó cuando le di la noticia. Me dijo: Al fin vas a dejar de cuidar pendejas.
Yo todavía no había comentado nada de eso en la casa de Tatu. Al contrario, cada día que pasaba me intimidaba más hacerlo por el hecho de que mis relaciones con Mabel iban cada vez mejor. Mabel, que durante los primeros meses había sido muy exigente con la cuestión de los horarios, al punto de llamarme al celular para controlar que saliera a la hora pactada, empezó a dejarme salir más temprano cuando llovía o amenazaba llover, y hasta a darme plata de más cuando se sentía de buen humor.
Para que veas lo contentos que estamos con vos, me decía.
A veces, mientras Tatu dormía, nos sentábamos frente al ventanal del playroom a tomar mate y Mabel me hablaba de su vida. De su trabajo. De sus padres. De los viajes que había hecho cuando era joven con sus amigas o mismo también de los que había hecho, antes de que nacieran Tatu y Cocó, con su marido David.
Su marido.
Mabel, a la larga, casi siempre me terminaba hablando de él.
Nuestras vidas tomaron rumbos muy diferentes, me decía. Lo único que nos mantiene juntos es esta casa.
Yo siempre la escuchaba, cebando mate, y de alguna manera consciente de que Mabel se confesaba conmigo como no podía confesarse con nadie de su entorno social.
Nunca le puse un freno a esa especie de cariño que ella empezaba a sentir por mí. Ni siquiera sabiendo que dentro de unas pocas semanas probablemente yo ya no iba a volver a su casa a pasar tiempo con ella y con su hija.


Aunque hacía casi un año que convivíamos dos días por semana (o más, cuando alguna de las otras chicas se enfermaba o simplemente decidía dejar de ir), por alguna extraña razón se me ocurrió que Tatu no iba a darse cuenta de que yo la iba a dejar mientras me desenvolviera como siempre, simulando ante ella, pero sobre todo ante mí misma, que no existía la posibilidad de un nuevo trabajo, y que por lo pronto de acá a un tiempo largo yo iba a seguir yendo a su casa a cuidarla.
Y así intenté hacerlo, durante las semanas que siguieron a la segunda entrevista. Pero Tatu, como si pudiera intuir mi farsa, ya no me trataba de la misma forma. No me acariciaba ni besaba como antes, ni se entretenía jugando con mis pies. A veces se quedaba quieta y me miraba. Yo tenía que esforzarme para distraerla, asustada porque era la misma mirada cargada de tensión que siempre antecedía a sus crisis.
Y así fue hasta que un miércoles finalmente Tatu explotó.
Esa mañana me habían llamado desde la empresa de Martínez para confirmarme que el puesto era mío. Me cegó la alegría, la euforia, y también la inquietud.
¿Cómo? ¿Cómo se los voy a decir?
Le mandé un mensaje de texto a mi novio, dándole la buena noticia.
Jamás contestó.
Resolví ir a lo de Tatu, cuidarla durante el día como si no pasara nada, y darles la noticia esa misma noche tanto a ella como a Mabel.
Pero Tatu pudo olerlo. En toda mi forma de ser lo olió. Yo estaba hecha una piltrafa. Me sentía desmoralizada. Y ni mi hiperactividad ni mi esfuerzo por mostrarme entera y dueña de la situación pudieron disimularlo.
Y cuando a eso de las tres de la tarde hubo un ruido de llaves, un ruido de pisadas en el pasillo del otro lado del playroom, pasó.
Yo estaba acomodando unos apuntes en mi mochila, a un costado del ropero. Desde ese lugar sentí el puf. Algo muy pesado que caía en la alfombra. Pero cuando me di vuelta, cuando giré la cara para ver qué era lo que se había caído, solamente vi luz, demasiada luz, dándome de lleno en los ojos. Así que caminé varios pasos acercándome al ventanal y, cuando por fin el sol quedó tapado por un ángulo de la pared, vi que Tatu no estaba en su silla de ruedas, sino en el piso, y que había empezado a gatear.
Yo sabía que Tatu se volvía muy fuerte cuando entraba en sus crisis. Pero así y todo me sorprendió la violencia con la que gateaba. Casi no tuve tiempo de reaccionar. Cruzó todo la alfombra del playroom, arrastrando las vías de las sondas que se le habían despegado de la nariz y de los brazos, y desapareció por la puerta que llevaba al pasillo.
Mónica, grité.
Pero la enfermera no estaba.
Corrí hasta el pasillo y salí. Salgo. El pasillo es largo, muy largo y oscuro. Apenas me asomo por la puerta la veo a Tatu. Es un bulto alejándose en la oscuridad. Sus rodillas golpean el piso de madera.
Tatu, ¿qué hacés?
Pero ella no me escucha. Se aleja hasta doblar al final del pasillo.
Yo empiezo a trotar. Siento como si me estuvieran apretando el cuello dos manos huesudas.
Tatu, vení. Tatu.
Entonces escucho cómo retumba el ruido de una puerta.
Y cuando doblo el pasillo, me encuentro con que Tatu está ahí, en el piso, golpeando la única puerta que hay. Yo no sé qué hacer. Nunca la había visto a Tatu en una crisis como esta. Pero la agarro. Tatu, vamos. Tatu. Vamos. Vamos.
Mientras hago tiempo a que llegue la enfermera, le digo: No hay nadie acá. No sé qué buscás.
Pero las llaves. Las llaves están puestas de este lado y bailan. Y Tatu mueve el picaporte, pero del otro lado lo traban, y no bien me doy cuenta de eso le digo a Tatu: Tatu, linda, no hay nadie acá. Estas llaves las dejé yo jugando, ¿ves?
Ella entonces me mira. Me mira fijamente, inflando y desinflando los huesos del pecho, y su mirada de repente ya no es la de una nena de tres o cuatro años extraviada en su mundo interno, sino la de una mujer arrodillada en el piso, y recién ahí, con sus ojos llenos de lucidez clavados en mí, puedo entender de qué se trata esta crisis. Qué es lo que Tatu me quiere decir con esto.
Ella sabe que ya no voy a volver. Su mirada me dice: Vos me estás abandonando.


La verdad es que nos agarrás desprevenidos, Paula. Totalmente desprevenidos. ¿Por qué no nos avisaste antes? Ahora tengo que buscarte un reemplazo en menos de cuarenta y ocho horas. Yo entiendo las urgencias actuales, pero, a ver, el componente humano, ¿dónde está? ¿No se te ocurrió pensar que Tatu para sentirse viva necesita gente a su alrededor todo el tiempo?
Mabel, yo te aclaré de entrada que era temporal. La verdad es que…
No importa, me interrumpió ella, digas lo que digas, me quedo con tu reacción. Me quedo con que te abrimos la puerta de esta casa y vos te abusaste de nuestra confianza.
Yo les estoy muy agradecida, a vos, a todos, Mabel, de verdad. Pero también tengo que pensar en mi futuro.
Mabel se dio vuelta antes de que yo terminara de hablarle. Abrió su cartera. Cuando volvió a mirarme, tenía veinte pesos en la mano.
Considerando tu forma de manejarte, creo que lo mejor es que te vayas sin despedirte de Tatu.


Como siempre cada vez que me iba de esa casa, fue Valeria la que me acompañó hasta el umbral del edificio. ¿Así que te vas? Conseguí un trabajo, sí. Un trabajo que tiene que ver con lo que estudio.
Ella levantó los brazos para apretarse la hebilla del pelo. No dejes de estudiar, dijo. Si tenés la posibilidad, no lo dejes.
Hacía quince años que Valeria trabajaba con la familia de Tatu, según lo que ella misma me había contado en las tardes en que interrumpía su trabajo para charlar conmigo en el playroom. Sabía también que estaba casada, pero que a su marido lo veía solamente dos fines de semana al mes, los únicos días que tenía libres para volver a su casa en Moreno. El resto del mes vivía en la casa de Tatu, donde tenía su dormitorio. Se levantaba a las siete de la mañana y hasta las diez de la noche su tiempo estaba a disposición de lo que le pidieran Mabel y los demás integrantes de la familia.
Faltaban pocos días para las fiestas y, cuando estábamos en el ascensor, mientras yo me miraba en el espejo por última vez, Valeria esperó a que se abrieran las puertas para decirme: Tenés suerte. Vas a poder pasar el veinticuatro con tu familia.
¿Vos vas a pasarlo acá?
Sí. Todos los años es lo mismo. La señora no se da maña para nada.
La abracé en la puerta. Ella no se movió.
Mandale saludos a Tatu de mi parte, Vale.
Mucha suerte en tu nuevo trabajo, me contestó. Ojalá sea para bien.
Salí del umbral con una mezcla confusa de sensaciones. Tenía la mente dividida entre eso que terminaba de dejar atrás y eso que todavía estaba por venir; era como si fuera yo la que estuviera partida en dos.
Pero cuando absorbí la primera bocanada de viento en la vereda, ya a varios metros del edificio, sentí también como si estuviera absorbiendo el aliento nuevo de una vida distinta. Una que iba a ser mejor. Seguramente tenía que serlo.


A las pocas semanas de que dejara de ver a Tatu también dejé de ver a mi novio. Decidimos cortar lo nuestro de raíz. No llamarnos ni mandarnos más mensajes. Fui yo la que lo sugirió. Después de casi un año de noviazgo me había dado cuenta de que nuestros caminos ya no tenían nada en común. Vivíamos lejos y tampoco, a partir del trabajo que me había conseguido, coincidían nuestros horarios. Lo lloré una o dos tardes. Tres, quizás. Después me enfoqué de lleno en mi nueva aventura laboral y mis estudios.
Pero cuando yo ya llevaba varios meses trabajando en la empresa de Martínez (creo que estaba a punto de empezar el invierno) él rompió nuestro pacto. Me mandó un mensaje. Que cómo estaba. Qué cómo me había ido durante todo ese tiempo. Me decía: Hace mucho que no sé nada de vos
Yo le contesté que estaba muy bien. Que me sentía muy cómoda en la empresa. Que había buena gente. Que a veces me sentía un poco estresada por la facultad. Pero que, en líneas generales, muy bien.
No sé lo que él pretendía con un mensaje como ese, pero me exigí a mí misma ser clara acerca de mis intenciones.
Seguir como estaba. Sin deberle nada a nadie. Y así se lo hice saber.
Nada más que cuando pensaba que su respuesta iba a ser despedirse, ahora ya de forma definitiva, me mandó un último mensaje que me sorprendió.
Yo estaba caminando por uno de los pasillos de la empresa cuando lo leí. Me quedé quieta, de golpe, en ese lugar. Como si me hubieran imantado las piernas. Era una tarde de sol y la luz, justo en el lugar en el que me había quedado parada, me daba de lleno en la cara.
¿Y a Tatu no la volviste a ver?, decía.
Bueno, me dije yo. Bueno.
Hacía tiempo que yo no pensaba en Tatu.
¿Por qué de repente él sí se acuerda? ¿Por qué de repente me pregunta por ella?
Yo no me movía de la franja de sol que caía en el pasillo. Dos respuestas se me ocurrieron en esos pocos segundos. Por un lado, probablemente la más obvia, pensé que Tatu era lo que a él le hacía acordarse de las noches que yo pasaba en su casa, cada vez que salía de ahí para ir a verlo.
Pero por otro lado, probablemente la verdadera, pensé que me preguntaba por ella por lo que una madrugada le dije.
Yo terminaba de tener un sueño. Caminaba por un cuarto desconocido de la casa de Tatu y veía una silla. Había alguien en esa silla, aunque, como el sol lo alumbraba a contraluz, yo no podía ver quién. Pero cuando me acercaba y le tocaba el hombro, y esa persona se daba vuelta y me mostraba su cara, yo me sentía horrorizada.
Me desperté en ese punto, ahogada por la confusión. Hasta que me di cuenta de que estaba en la casa de mi novio y de que solamente había sido una pesadilla. Vi su sombra, él estaba acostado en posición fetal en la cama, de espaldas a mí. Y en ese momento supe, quizás por su forma de respirar, quizás por una especie de clima que despedía su cuerpo, que estaba despierto.
Entonces, muy consciente, muy nerviosa todavía por el sobresalto del sueño, le dije: Vos me hacés acordar a Tatu.
Él giró la cabeza en la oscuridad. ¿Qué?
Estiré una mano. Le toqué la espalda: Sos un tipo ciego. Vos no te das cuenta de la suerte que tenés.
Él soltó una risita. Esa fue su primera reacción. Una risita forzada, como sobrándome, antes de que todo quedara en silencio de nuevo. Y cuando al otro día nos despertamos, yo me acordaba perfectamente de lo que le había dicho, y estaba segura de que él también. Pero se encerró a hacer algo en su estudio y yo me volví a mi casa. No nos dijimos ni una sola palabra.