martes, 8 de enero de 2013


Pintar
 
El día siguiente de que falleciera mi abuela -después de pasarse más de seis meses luchando contra la enfermedad, el cansancio, el insomnio-, fuimos con mi vieja a su habitación a sacar del ropero su ropa, sus zapatos, sus pañuelos, sus hebillas. Durante una hora vaciamos de ella el dormitorio. Íbamos dejando todas sus cosas encima de la cama, y después las acomodábamos en cajas. No sabíamos qué íbamos a hacer con eso. Quizás a tirarlas. Quizás a regalarlas. Algunas estaban sin usar, como la bolsa de pinturas que mi vieja le había traído algunas semanas atrás para que ella pudiera distraerse retomando uno de los hábitos de su juventud. Mi vieja pensaba que pintar le podía resultar
 terapéutico, que la iba a ayudar a la abuela a no pensar en el hecho de que ya nunca más se iría a levantar por sí misma de esa cama. Pero mi abuela estaba ya demasiado cansada. Ni siquiera abrió la bolsa. Esa mañana la encontramos hecha un bollo en un rincón del ropero, tal como mi vieja se la había traído. 


Yo estaba seguro de haber guardado la bolsa con las pinturas en una de las cajas. Por eso me parece tan raro lo que pasó después. Cuando volví a mi casa, varias horas más tarde, tenía las pinturas en mi mochila. Los pinceles. Los lienzos. Todo. Bueno, me dije, ¿qué pasó? Hice todo el viaje en tren desde lo de mi abuela (¿voy a poder decirle algún día de otra forma a esa casa?: "Lo de mi abuela"), y en ningún momento me di cuenta de que abajo de mi despelote de ropa estaba acurrucada esa bolsa. Simplemente llego a mi casa y la bolsa está ahí. Dudo de que haya sido mi vieja. Demasiado ocupada estaba en ordenar todo, en atender los llamados de la gente que quería darle su pésame; en estar cerca de mi abuelo. Así que la única explicación es que lo haya hecho yo sin darme cuenta. Yo convertido en un extraño medio sonámbulo, metiendo adentro de mi mochila en un instante que jamás voy a poder recordar esa bolsa con las pinturas de mi abuela.

Por fallecimiento de pariente indirecto tuve dos días de licencia en el trabajo. Era lunes. Salvo para hablar con mi jefe, no volví a levantar el teléfono en todo el día. No les avisé a mis amigos lo que había pasado. No le avisé a nadie. No atendí el celular. Simplemente cuando se hizo de noche me senté en un rincón del comedor con una botella de vino y me puse a tomar un vaso atrás del otro, mirando películas, las mejores escenas de las que yo considero son las mejores películas, esas que por una fuga en la imagen o un gesto o un acorde en la voz del actor o la actriz de turno me hacen sentir más alto, más hondo, más cálido, y me instigan a saltar más allá de mis sensaciones monótonas, cotidianas, constantes, y me predisponen a soltar un llantito tímido y breve de felicidad.

Porque eso era lo que quería, de alguna manera, y fuera como fuera: Llorar aunque sea un poco. Desde el momento en que la había visto agonizar a mi abuela el sábado, soltando bocanadas de dolor, moviéndose abajo de la sábana manchada de sangre del hospital buscando un alivio que ella misma, desde su inconsciencia, desde su bruma, sabía que no podía llegar mientras estuviera viva, yo me había sentido como adentro de una pesadilla. Como si nada de lo que pasara frente a mis ojos fuera real. Como anestesiado. Como lejos. Como si esa mujer que estaba ahí, chupada, avejentada, diminuta, no fuera la misma mujer risueña y ruidosa que me había criado. No derramé ni una sola lágrima cuando a las pocas horas el médico nos dio la noticia. Tampoco lloré durante el velorio. Yo tenía los ojos secos como dos piedras tiradas en medio de un descampado lleno de polvo. Y nada más le decía al oído a mi vieja, mientras ella me llenaba el hombro de saliva y de lágrimas: Tranquila. Tranquila. Ya está.

Pero por adentro mío, muy a lo lejos, podía sentir cómo algo se revolvía, se iba volviendo blando. Como si la araña que me había estado apretando el corazón empezara a aflojarse de a poco. Cuando se hizo de noche entonces descorché un vino y empecé a tomar mirando películas. Para inducirme el llanto, como si fuera un vómito. Para levantarle una por una a la araña las patas hasta que se pudiera desembuchar sola en un llanto continuo toda la mierda que se me había ido coagulando durante ese fin de semana.

Pero yo ya iba por el segundo vino y la araña todavía no se soltaba. Mi mente no me dejaba pensar en mi abuela. No podía sentir que se había ido. Abría mi celular y ahí estaba su contacto (era una mujer moderna); no podía asimilar el hecho de que nunca más un mensaje suyo, con su particular estilo de escritura, iba a llegar desde ese contacto. O quizás sí podía asimilarlo, pero el hecho de saberlo no me producía nada en especial. Más bien me sentía aliviado. Su muerte era algo predecible e inevitable. Era un alivio no tener que estar más pendiente de que en cualquier momento podía llegar un llamado de mi vieja para darme malas noticias acerca de eso.

Y cuando ya las paredes se empezaban a achicar, a aparecer por todas partes cuando iba al baño o a buscar cigarrillos, pateé sin querer la bolsa con las pinturas y los pinceles y los lienzos que un rato antes había dejado en el piso. Entonces el sonámbulo que yo había sido al momento de guardar involuntariamente esa bolsa en mi mochila se conectó de una manera casi violenta, instintiva, con el sonámbulo que ahora era yo mientras levantaba esa bolsa del suelo y la abría encima de la mesa y empezaba a acomodar las pinturas de un lado, los pinceles del otro, el lienzo en el medio, y después fui y busqué un plato para mezclar los colores, y un vaso para lavar los pinceles, a la vez que un trapo para secarlos, y por primera vez en mi vida, esa noche de lunes, el primero sin mi abuela en el mundo, yo me puse a pintar.
 
Pinté durante horas, sin poder pensar en nada que no fuera lo que estaba haciendo. Como un autista. Pinté hasta que las sombras del sol y de los bondis y los laburantes empezaron a aparecer cruzando la cortina de la ventana de mi casa. Pinté muy consciente de que mi ignorancia acerca de la práctica de pintar no tenía contornos. Pero esta consciencia no me impidió en ningún momento seguir haciendo lo que hacía, buscar cada color, cada forma, algo manual, físico, sin el filtro verbal del intelecto, como si estuviera escribiendo poesía, como si cada textura fuera un sonido, un tono, un gritar desde afuera hacia adentro, tomando vino a las ocho menos diez de la mañana, cicatrizando, curándome a mí mismo.

Y cuando el estómago me empezó a arder por la falta de comida, yo sencillamente no lo sentía. Y cuando la cabeza me daba vueltas, no en círculos, sino describiendo triángulos, incluso rectángulos, yendo de acá para allá, con la carne de atrás de los ojos latiendo en carne viva, yo tampoco lo podía sentir del todo, y seguía pintando. Con cuidado, con mucho cuidado. Midiendo la respiración de mi pulso y la ansiedad de mis manos.

Al otro día me desperté con una de las resacas más pegajosas de mi vida. Miré los cuadros que había hecho la noche anterior. Aunque jamás los hubiera colgado en ningún lugar, me sentía orgulloso. Eran dos visiones. Una mujer durmiendo y un hombre pensando. Tomé un litro de agua casi sin respirar, mirando la mesa manchada de pintura. Después comí. Después, todavía pegajoso, somnoliento, seguí pintando. 

Y cuando se volvió a hacer de noche, a las pocas horas, tenía otros dos cuadros más. Dos cuadros muy diferentes a los anteriores. Aunque también es cierto que era otro mi humor, que eran otros mis ojos. Me puse a mirarlos desde un costado, mientras mi martes se acababa, mientras se me esfumaba para siempre como un sueño de pocos segundos, y entonces, antes de mandarle un mensaje de texto a ella, a la mujer que había dejado de ver seis meses atrás, cuando mi abuela había empezado a morirse, pensé que sí, que iba a estar bien, que iba a estar mejor; que solamente me convenía estar atento a todo; que las cosas para mí iban a mejorar en el momento más inesperado siempre que mantuviera bien abiertos los ojos.




mujer durmiendo sobre el mar









hombre pensando en la muerte









despertar










cuando un hombre ama a una mujer



  






3 comentarios:

A girl called María dijo...

hey, el último es muy bonito

oh nikita dijo...

el párrafo que empieza ¨pinté durante horas¨ creo es mi favorito, pero todo el texto me encantó. Y las pinturas!

Un desvarío por jueves dijo...

grazie, de parte del pintor