martes, 28 de mayo de 2013

la piñata



Cuando tenía nueve años me rompí la cabeza por culpa de Diego. Estábamos corriendo una carrera, yo trepado a caballito encima de él, contra otros dos chicos de la cuadra, y al principio íbamos muy bien, ganando por varios metros, pero en un momento, no sé por qué, Diego frenó de golpe y me soltó y yo me caí para atrás, salí disparado en el aire, y por un segundo juro que vi el cielo moviéndose en vertical, para abajo, para abajo, hasta que mi cabeza rebotó contra el cemento de una baldosa en la vereda, , hizo mi cabeza, como una bola de billar rebotando con otra fue el ruido, seco, macizo, y entonces sentí una electricidad bajando desde mi cabeza hasta el cuello, como cuando un enchufe o un aparato te da una patada, así, pero todo adentro de la cabeza, y después abrí los ojos y las cosas a mi alrededor giraban, y giraban, y giraban, y cuando por fin dejaron de girar yo estaba en los brazos de mamá, con los ojos todos hinchados, calientes, doloridos, como si me hubiera pasado un buen rato llorando pero también como si ya no tuviera más ganas de seguir haciéndolo. 


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Cuando con papá y mamá nos mudamos a ese barrio Diego ya vivía ahí. Vivía justo enfrente de nuestra casa nueva. La primera vez que lo visité conocí a su tío, José, y a su mamá, Claudia. Me invitaron a merendar. Los tres, Diego, José y Claudia, vivían juntos, en esa casa tan chica. Alrededor todo estaba lleno de yuyales, y en los yuyales había baldes de chapa vacíos y llantas podridas. Un día le pregunté a Diego por qué tenía la casa llena de basura, y él me dijo que no era basura, que eran las cosas que José usaba para trabajar. Y era verdad, porque siempre que iba a José lo encontraba en el frente de la casa, trabajando con los autos. 

Por eso, nunca había mucho lugar en la casa de Diego, y la mayoría del tiempo, cuando nos veíamos, él venía a la mía, que tenía un patio grande, para mí solo, y teníamos mucho más lugar para jugar, sin molestar a nadie. 


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Diego tenía diez años cuando pasó todo esto. Pero parecía más grande, porque era gordo, bastante gordo, y era también alto, muy alto para la edad que tenía, y conocía muchas palabras que yo nunca había escuchado hasta el momento de hacerme amigo suyo, aunque es verdad que hacía poco que éramos amigos.  

A mamá y a papá no les gustaban las palabras que usaba Diego. Yo a veces las repetía sin querer. Y cuando las repetía, durante algunos días o quizás hasta un par de semanas no me dejaban jugar con él. 


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Conchudo, me decía Diego siempre. Cuando le mostraba los juguetes que me regalaban, por ejemplo. Qué suerte que tenés, conchudo, me decía.  


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A la mañana bien temprano Diego siempre salía de su casa con un guardapolvo blanco, y caminaba hasta la parada del colectivo en la esquina. La madre lo acompañaba. A veces el colectivo tardaba mucho en llegar, y yo cuando salía en el coche de papá para ir al colegio veía que todavía él estaba ahí, con la madre, mientras seguía siendo de noche. 

Entonces papá los saludaba con un gesto de la cabeza, y yo también los saludaba, y a veces, cuando llovía mucho, papá frenaba el auto a un costado y abría la puerta y gritaba desde ahí: Diego, subí.  

Aunque el colegio de Diego quedaba bastante lejos del mío, papá igual lo llevaba.  

Pero esto habrá sido muy pocas veces. Quizás tres. Quizás cuatro. Al final no vivimos mucho tiempo en ese barrio. 


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La mamá de Diego no tenía trabajo. Por lo menos siempre que fui a la casa de Diego ella estaba ahí. Ella nos preparaba la leche, nos cocinaba torta de grasa. Ella y José eran de Santiago del Estero. A mí me gustaba ir a la casa de Diego. A veces Diego sacaba una gomera y le empezábamos a tirar a las palomas. José, que siempre trabajaba en el frente con los autos, porque le habían cerrado el taller, a veces, de vez en cuando, a la tarde, se tomaba un descanso, y destapaba una cerveza, y se quedaba ahí, sentado en una banqueta de metal, mirándonos jugar a un costado.  

Una tarde estábamos con la gomera, y me tocaba tirar a mí, y yo le apunté a una paloma que se había apoyado en el pasto, y le tiré, con todas mis fuerzas le tiré, pero la piedra fue a dar justo al capó de uno de los autos que José estaba pintandoCuando él se acercó yo me puse a llorar. 

Tranquilo, cabezón, me dijo. Y su mano grasienta me despeinó todo el pelo: Ya está. 

  
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Habrá sido unos pocos meses antes de mudarnos. Sí. Cuando cumplí los nueve años, mamá me compró una piñata con forma de tortuga ninja para la fiesta. Vinieron mis compañeros de colegio, unos primos, algunos chicos de la cuadra. Y vino también Diego. 

Había mucha comida, y jugamos toda la tarde, a juegos que mi prima más grande nos había preparado. Pero la piñata fue lo mejor. Colgaron la tortuga ninja en el garage, y había un hilito, y papá me levantó en brazos hasta alcanzar el hilito y yo lo tiré y la panza de la tortuga ninja se abrió y cayeron todos los caramelos y chupetines y juguetes al piso, y yo desde arriba miraba cómo todos los chicos se tiraban al suelo y se empujaban y peleaban entre ellos para agarrar más, para agarrar lo mejor, y siempre en todos los cumpleaños hay uno que se queda con más que el resto, y siempre también hay uno que se queda con menos, y esta vez, el que se quedó con más, el que tenía las manos tan llenas que se tuvo que empezar a guardar las cosas en los bolsillos, fue Diego, porque era tan animal que se metió en el medio, justo donde la panza de la tortuga se abría, y empezó a empujar a todos mis compañeros del colegio y a mis amigos y a mis primos, y todo le caía en las manos a él, todo. 


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Conchudo, le grité. Negro conchudo, te quedaste con todos los caramelos. Gonzalo y Julián, mis dos mejores amigos del colegio, estaban conmigo y también lo miraban.  

Fue un rato antes de cortar la torta. Y estábamos ahí, solos, los cuatro en un rincón del patio, mientras el resto jugaba. Diego puso cara de nena; aunque nunca lo había visto llorar, sabía que en ese momento estaba a punto. Tenía los ojos rojos. Y yo volví a decirle: conchudo, y Gonzalo y Julián, que eran los que más enojados estaban con Diego, no dijeron nada, pero igual Diego se metió una mano en el bolsillo y la sacó llena de caramelos y chupetines. Tomá, maricón, me dijo.    

Y no bien me lo dijo, se fue corriendo; cruzó el patio y se metió en el baño del garage y después no salió en un buen rato.  

Así que si al final lloró o no, no lo sé, porque no lo vi, porque cuando salió del baño ya se le había pasado. 


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Mi cumpleaños fue un sábado. El lunes siguiente, a la tarde, Diego vino a tocar el timbre a mi casa. Yo recién llegaba del colegio y tenía que terminar la tarea. Pero mamá me miró a los ojos. ¿Para cuándo es? Para el jueves. Entonces andá. Salí. Es un día hermoso. Después la hacés. 

Así que salí a la vereda con Diego, y fuimos a buscar a otros chicos de la cuadra, y al rato éramos cuatro, corriendo carreras abajo del sol, mientras el resto del barrio dormía, o trabajaba, y casi todas las casas parecían vacías. Pero enseguida nos aburrimos de correr, y Diego nos dijo que se le había ocurrido una idea. Correr carreras, pero de a caballito. Vos conmigo, me dijo Diego. Y Juan con Gastón.  

Los cuatro dijimos que era una buena idea.  

Así que nos acomodamos en la esquina de partida y yo me subí a Diego, y Juan, el otro que era más chico, se subió a Gastón, y entonces Juan empezó a contar, que uno, que dos, y que tres, y no bien lo gritó al tres, Diego y Gastón salieron disparados por la vereda a los saltos, cargando con nosotros, mientras los perros que nos miraban pasar así desde atrás de las rejas de las casas nos ladraban, hasta que de golpe, no sé cómo fue, no puedo acordarme cómo, ni tampoco por qué fue que lo hizo, Diego se frenó y me soltó las piernas que me sostenía y yo, que no me lo esperaba, reboté contra su espalda, y después me caí para atrás y me di de lleno la cabeza contra el cemento de la vereda. 


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Todo esto me lo contó mamá después. Que me llevó de urgencia a la salita. Que me atendieron en la guardia. Que el doctor dijo que no era un corte muy profundo, pero que igual me dieron siete puntos de sutura. Y que lloré, mientras me hacían los puntos, que lloré y grité pero que ahora ya estaba bien, aunque de todo eso que ella me contaba yo no me acordaba de nada.  

El último recuerdo que yo tenía era la imagen de la cabeza de Diego, rebotando contra mi pecho. Lo último que me acordaba era que él había frenado de golpe y que me había soltado las piernas y que por eso me había caído. Y cuando se lo dije a mamá, ella negó con la cabeza: No, hijo, no. Diego dice que estaban corriendo y se tropezó. Los chicos dicen lo mismo. Fue un accidente.  


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Diego volvió a buscarme a los pocos días. Yo le dije a mamá que le dijera que tenía que estudiar. Después pasaron otros días más y volvió, y yo volví a decirle a mamá que le dijera lo mismo.  

¿Estás enojado con Diego?, me preguntó mamá. No, le contesté yo, tengo que estudiar. 

Mamá se me quedó mirando. Yo seguí haciendo la tarea. 


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Papá se ponía contento cuando llegaba de su trabajo, casi de noche, y me encontraba estudiando. Seguí así, campeón, me decía siempre. Vas a llegar lejos, vos. O si volvía muy cansado, me pasaba una mano por el pelo y me palmeaba el hombro y no me decía nada, pero yo igual entendía que se había puesto contento. 

Y después comíamos, mirando la tele, y cuando terminábamos de comer papá me pedía que levante la mesa y yo iba y la levantaba, y mamá entonces se ponía a lavar los platos que yo dejaba en la pileta mientras papá seguía mirando la tele, y recién ahí yo me iba a acostar. 

Y ahora, cuando me acostaba, siempre me demoraba un ratito acariciándome la cicatriz que el golpe en la vereda me había dejado en la cabeza. Por suerte el pelo ya me había crecido y la cicatriz era algo de lo que solamente podía darme cuenta yo. 


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Fue Claudia la que un jueves vino a hablar con mamá. Que ese mismo sábado Diego cumplía años, le dijo. Ah, ¿sí?, ¿cuántos cumple? Once, le dijo Claudia. Que iban a hacer una fiesta en su casa ese sábado y que para ellos era muy importante que yo estuviera. Que Diego se sentía muy mal por lo que había pasado. Que yo era su único amigo en el barrio. 

Bueno, dijo mamá. Voy a hablar con él. 

Y habló conmigo enseguida, no bien Claudia se fue. Aunque del final de la conversación que esa tarde mamá y ella tuvieron yo recién me iba a enterar después.  


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Mamá me trajo el regalo para Diego. Una mochila nueva, me dijo que era, aunque yo no la podía ver, porque ya estaba envuelta. Llevásela, le va a venir muy bien, me dijo mamá. Me eligió una remera y un pantalón para llevar a la fiesta. Después, a eso de las tres de la tarde, cuando veíamos que algunos chicos empezaban a llegar a la casa de Diego, mamá me dijo que fuera. Entonces ella me vigiló desde la puerta mientras yo cruzaba la calle y abría el portón de la casa de Diego. 


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Cuando lo saludé y le di el regalo, Diego no me miró (¿o sí me miró? ¿O sí me miró y era yo el que no lo miraba?). Quizás había muchos chicos de su colegio. Quizás Diego estaba muy contento. No se paraba de reír, de empujarse con sus amigos, de correr para todos lados.  

Jugamos a las escondidas, entre todos esos autos, baldes, yuyales. Jugamos también a la mancha. Después los chicos nos pusimos a jugar a la pelota, mientras las pocas chicas que había jugaban a saltar una soga que Claudia había conseguido. Ella se había encargado de conseguir todo para que Diego tuviera un buen cumpleaños. 

Como la piñata. La piñata que al final de la fiesta, antes de cortar la torta, Claudia trajo desde la casa y colgó en una de las ramas de los árboles que había en el patio.  

Todos los amigos de Diego empezaron a saltar. Todos menos yo. La piñata tenía forma de tortuga ninja. No como la de mi cumpleaños. No: era la misma que había en mi cumpleaños. Donatello. Con el antifaz violeta. La misma. Era la mía. Mi piñata en el cumpleaños de Diego, y todos sus amigos saltaban, de acá para allá. 

Entonces me acerqué a Diego y se lo dije: Esta es mi piñata. Diego empezó a chistar. Conchudo, le dije yo, esta es mi piñata. Y como él seguía chistando, y los amigos atrás se seguían riendo, me acerqué a la piñata y le mostré que estaba rota en la parte de abajo, en la panza, y que la habían pegado con cinta. Está rota, ¿ves? Yo la rompí acá. Callate, boludo, empezó a decirme él.  

Diego, le dijo la madre. 

Pero Diego no la escuchó. Diego se acercó y miró el tajo en el papel que yo le señalaba, y me dijo: Vos no la rompiste en la panza, vos la rompiste del otro lado.  

Y cuando miramos del otro lado, también el papel estaba roto ahí; también ahí estaba pegado con cinta. 

¿Ves?, le dije yo, es mi piñata. Y como él se quedaba callado, chistando, le dije: La sacaste de la basura, ¿no? La sacaste de la basura de mi casa. 

Y cuando un amigo de Diego se acercó y me empujó y dijo lo mismo que él, que la piñata no estaba rota, que yo estaba mintiendo, le contesté: Yo no miento. Yo no miento. Esta es mi piñata. En mi cumpleaños tenía la misma. Diego se la robó de la basura. Diego se la robó de la basura de mi casa.  

Tranquilos, chicos, nos dijo José. Tranquilos.  

Después vi que le decía algo a Claudia, y después vi que ella se metía a la casa y salía enseguida con la torta, una cubierta de chocolate, con unas velas celestes con forma de once.  

Mientras comíamos, José desató la piñata de la rama del árbol, le desató el hilito que la ataba a la rama, y se la llevó adentro de la casa. Ninguno de los chicos se dio cuenta, menos yo, que justo en ese momento lo estaba mirando. 


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Después de su cumpleaños Diego y yo ya no volvimos a jugar. A veces, cuando estaba muy aburrido, esperaba a que él viniera a tocar el timbre. Pero nunca venía. Y cuando yo le decía a mamá que tenía ganas de jugar con Diego, ella me decía que no, que me quedara haciendo la tarea, o que esperara a que volviera del colegio Gastón, mi vecino de la casa de al lado. 


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Todavía hoy, veinte años después de todo esto, cada vez que me meto a la ducha, cada vez que me baño y me lavo la cabeza, ahí está, en el borde del cráneo, a la altura de la parte de atrás del cerebro, la cicatriz; la huella; la marca; lo que me quedó de esa época en que fui amigo de Diego.  


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A esas alturas yo ya sabía. Mamá me lo había confirmado. Que la piñata que había usado Diego en su cumpleaños era la misma que yo había usado en el mío. Me había dicho, a pocos días de la fiesta: ¿Es cierto lo que me contó Claudia? ¿Qué? Eso de que empezaste decir que se robó la piñata de la basura. Yo me quedé callado. Porque si dijiste eso, me dijo mamá, tengo que decirte que no es verdad: fui yo la que les di tu piñata. Ellos no tenían plata para comprar una y Claudia me la pidió. Cuando vino para invitarte al cumpleaños de Diego. ¿Hice mal en dársela? 

Yo seguí callado 
  
Mamá se paró enfrente míoMirame cuando te hablo. Mirame y contestame: ¿Hice mal? 

Y entonces levanté los ojos, y cuando lo hice, mamá no me miraba a mí; mamá estaba mirando a un costado. 

Y yo miré a un costado, para el mismo lugar donde estaba mirando ella, y entonces vi que ahí estaba papá, con la tele encendida, limpiándose con el pulgar y el índice los labios. 


** 

La última vez que lo vi a Diego en mi vida estaba lloviendo. Eran las siete de la mañana, las siete de una mañana de invierno, y todo estaba oscuro, arriba, como si no estuviera por salir el sol. Papá ya había sacado el auto a la vereda. Yo miraba las luces rojas de su coche desde el otro lado de la ventana de la cocina, mientras terminaba mi café con leche. Apurate, dijo mamá, hace rato que tu padre te está esperando. 

Entonces dejé la taza a la mitad, y salí apurado de la casa, sintiendo las gotas gruesas del diluvio en mi pelo y en mi frente, y después cayéndoseme por toda la cara. Entré al auto. No puedo salir más a esta hora, dijo papá. Siempre lo mismo. Despertate más temprano, viejo. 

Yo no contesté. 

Papá puso primera. Después arrancó. Entonces, cuando estábamos llegando a la esquina, los vi. Claudia y Diego, en la oscuridad, apretados abajo de un paraguas. Al lado de un poste de luz de madera, todo mojado por la lluvia, con el cartel del dos treinta y siete pegado encima. El farol del poste los alumbraba desde atrás, y mientras nos acercábamos con el auto de ellos solamente podíamos ver un contorno. Llovía tanto que la calle poco a poco se empezaba a inundar, y el agua que caía rebotaba contra la que ya se estaba acumulando en el piso como una cascada. 

Explotó un relámpago. Papá frenó el auto en la esquina. Diego nos miró. Por un segundo miró el auto. La madre, en cambio, no levantó la vista en ningún momento.  

Tenés que despertarte más temprano, dijo papá.     

Después miró para un lado, miró para el otro, y cuando vio que ningún auto se asomaba volvió a arrancar, y en la ventanilla de atrás, llena de lluvia, Diego y la mamá se empezaron a achicar, se fueron haciendo cada vez más chicos.