martes, 23 de julio de 2013



La mejor carta de amor de la historia de la literatura 





La magia de Beckett es que sus personajes, incluso en la ruina, incluso en la miseria, nunca pierden el cinismo, el sentido del humor. Como por lo general se las vincula con el clima de época de la segunda guerra mundial, sus novelas y obras de teatro tienen fama de pesimistas, pero a mí me parece todo lo contrario.

En "Malone muere", por ejemplo, Moll, una enfermera muy vieja y muy pobre, trabaja en un asilo estatal cuidando a Macmann, un mendigo convaleciente que casi no puede hablar. Se enamoran. Tienen un idilio. Ella entonces le escribe esta carta:




“Querido, no pasa un día sin que dé gracias a Dios, de rodillas, por haberte encontrado antes de morir. Pues moriremos pronto los dos, eso cae de su peso. Que sea justo en el mismo momento, es cuanto pido. Por lo demás, tengo la llave de la farmacia. Pero aprovechemos antes este suntuoso ocaso, imprevisto, menos no puede decirse, tras un largo día de tormenta. ¿No piensas lo mismo? ¡Querido! ¡No habernos encontrado sesenta años atrás! No, así es mejor, no tendremos tiempo de aprender a aborrecernos, de ver marchitarse nuestra juventud, de recordar la antigua embriaguez en medio de la náusea, de buscar en terceros, cada cual por su cuenta, lo que juntos no podamos ya, en fin, de habituarnos el uno al otro. Hay que ver las cosas como son, ¿verdad, cariño? Cuando estoy entre tus brazos, y tú en los míos, no es gran cosa, cierto, comparado con el frenesí de la juventud, e incluso de la madurez. Pero todo es relativo, debemos creerlo, ciervos y ciervas a sus necesidades, nosotros a las nuestras. Es asombroso lo bien que te sales del paso, no puedo creerlo, ¡qué vida tan sobria y casta has debido llevar! Yo también, lo habrás notado. Piensa también que la carne no lo es todo, sobre todo a nuestra edad, y busca amantes que puedan con sus ojos lo que nosotros podemos con los nuestros, que pronto lo habrán visto todo y que a menudo les cuesta permanecer abiertos, y con su ternura, privada del recurso de la pasión, lo que reducidos a ese único medio realizamos diariamente, aunque mis obligaciones nos separan. Considera por otra parte, puesto que nos lo contamos todo, que nunca he sido hermosa ni bien formada, sino más bien fea y casi deforme, a juzgar por los testimonios que he recibido. Papá, por ejemplo, me decía que parecía un macaco, recuerdo la expresión. Y tú, mi amor, cuando estabas en edad de hacer palpitar el corazón de las mujeres hermosas, ¿reunías las otras condiciones? Lo dudo. Pero al envejecer nos hemos vuelto apenas un poco más horribles que nuestros coetáneos más proporcionados, y tú, en particular, has conservado los cabellos. Y por no haber servido nunca, nunca comprendido, no carecemos de frescura ni inocencia, creo. Conclusión: por fin ha llegado para nosotros la estación de los amores; aprovechémosla; hay peras que sólo maduran en diciembre. Por lo que respecta al camino a seguir, déjalo de mi cuenta; haremos todavía cosas asombrosas, ya verás. En cuanto al sesenta y nueve, no estoy de acuerdo contigo, creo que hay que perseverar. Déjate hacer, ya me dirás algo. ¡Grandísimo truhán, vamos! Son todos esos huesos lo que nos entorpece, es evidente. En fin, tomémonos tal como somos. Y sobre todo no nos apuremos, eso sólo son pequeñeces. Pensemos en las horas en que, abrazados, en la oscuridad, nuestros corazones entristeciéndose al unísono, escuchamos decir al viento lo que es estar afuera, por la noche, en invierno, y lo que es haber sido lo que nosotros hemos sido, y naufraguemos juntos en una desgracia sin nombre, apretujándonos. De eso se trata. Ánimos, pues, viejo bebé peludo a quien adoro, y muchos besos allí donde adivinas de tu Muñeca Borrachina”.