jueves, 22 de agosto de 2013



Buscando


Es una casa gigante. Diría que casi parece un castillo, sino fuera por la pobreza, por la cotidianeidad de los cuartos. (¿Cuartos? Piezas, quiero decir. Piezas. Que no se me ablande, aputezca el lenguaje.) Es una casa gigante y yo voy abriendo puertas, dispuestas todo a lo largo de un pasillo interminable; las piezas que encuentro del otro lado son siempre iguales, cuevas de cemento vacías, un esqueleto de material pudriéndose por la humedad. Siempre lo mismo el subconsciente. La novedad tiene más que ver con la decisión. Decidir, por ejemplo, entrar a una de las piezas y explorar, ver qué tiene para ofrecerme. Entonces entro, al azar, a la primera que cruzo después de haber tomado mi decisión -con lo cual en realidad no puede decirse que haya sido al azar-, y compruebo que adentro de esta pieza hay otra puerta más, igual a la que termino de abrir, pero que no me lleva a una pieza paralela, sino a otro pasillo. Este pasillo es más oscuro que el anterior, y desciende en forma oblicua. Se hunde en la tierra, en la estructura del edificio, como las rampas de esos shoppings que a uno lo llevan al estacionamiento en el subsuelo, o como las escaleras que en los castillos medievales descendían hacia un sótano secreto, podría decirse también, sino fuera por la falta de escalones. Yo empiezo a cruzarlo al pasillo, y a medida que avanzo la luz, tan gradualmente que a primera vista no se puede discernir, se atenúa, se apaga, a mi alrededor se vuelve todo cada vez más oscuro, y al mismo tiempo es como si también aumentara la caída, el declive de la rampa, hasta que, no sé cuántos segundos después, el descenso del piso es tal que tengo que trabar las suelas de las zapatillas contra la superficie para no caer rodando, y la oscuridad a mi alrededor tal que no alcanzo a distinguir las paredes sobre las que mis manos se apoyan, y en un momento dudo, me pregunto si en serio valdrá la pena seguir, si mejor no sería a estas alturas pegar media vuelta y volver a los cuartos, a las piezas monótonas, a la luz del día en las ventanas de las piezas monótonas, iguales, de esta casa gigante a la que jamás decidí entrar pero en la cual sin embargo sin remedio estoy, y mi duda se acentúa todavía más cuando la pendiente ya es demasiado abrupta (¿cuánto?, ¿cuarenta, cuarenta y cinco grados?, ¿por qué esta manía mía de precisar todo?), tan inclinada que no me queda otra que avanzar sentado, con el culo en el piso, arrastrándome, con la columna vertebral ejerciendo contrapeso hacia atrás porque de otra manera me terminaría deslizando hacia el fondo de esa oscuridad como un gotita de aceite a través de un envase de aceite o una de vino sobre el cuello de una botella; pero ya es demasiado tarde, demasiado, porque cuando quiero darme vuelta, recular, volver, yo ya estoy ahí, en ese punto de la gravedad imposible de transgredir en el que mi cuerpo indefectiblemente cae, se desliza, por más esfuerzos que haga, por más que le dé manotazos al piso, como nadando contra su pendiente, caigo, me sigo cayendo, casi en ángulo recto, hacia ese abismo que desconozco, o mejor dicho hacia el fondo de ese abismo que desconozco, pero que yo en su momento elegí -y por lo mismo no tengo nada que recriminarle al azar- al abrir esa puerta y entrar.

No hay comentarios: