martes, 24 de septiembre de 2013

la última historia de Ricardo



Tenía un lunar inmenso, como una moneda de cinco centavos, a un costado de la boca. Tenía el pelo castaño y ondulado, y era algo gordo, pero hasta ahí, no mucho, un poco blando, nada más, como un sachet de leche, y tenía también la voz ronca, medio raspada, de los que fuman y chupan varias veces por semana. 

Esto es lo que podía decirse de Ricardo, a grandes rasgos. Parecía un tipo común y corriente, cuando lo veías dando vueltas por el barrio; pero era nada más que lo tratabas y él empezaba a entrar en confianza que te dabas cuenta de que no, de que no era un tipo normal para nada.

Veintitrés, veinticuatro años debíamos tener nosotros, en la época en que nos hicimos amigos suyos. Con los muchachos estábamos tomando cerveza en nuestro bar de siempre cuando Ricardo llegó, saludó a alguno que otro, y después de pedirse un fernet se acomodó en nuestra mesa sin que nadie lo invitara. Estaba bastante doblado; el vaso se le volcó dos veces en dos minutos. Nosotros no sabíamos cómo hacer para descartarlo. Escuchábamos lo que Ricardo decía pero no bien uno se acordaba de algo lo interrumpía y empezaba a hablar de eso, y los demás se enderezaban para escucharlo bien, y Ricardo entonces nos dejaba de contar lo que nos estaba contando, y también lo escuchaba en silencio.

Hasta que a eso de las cuatro, cuando ya estábamos regalados, vimos que desfilaba entre las mesas del bar una morocha que parecía recién llegada de otro planeta.

Fue entonces cuando pasó. Ricardo se sentó en el borde de la silla, le dio una pitada al pucho y le dijo a Diego, solamente mirándolo a él, pero casi gritándolo, como para que en la mesa lo pudieran escuchar todos: ¿Te gusta esa burra? ¿De verdad te gusta? Bueno, yo el otro día me moví una peor. Si vieras a la que me moví yo, a esta la escupís. ¿Para tanto?, dijo Diego. Para tanto, sí, dijo Ricardo. Pero lo peor no fue eso, no. Lo peor fue lo que me pasó después.

Nosotros fuimos todo oídos.

A ver, loco, contá.

Bueno, empezó él, esta mina que te digo es de la Horqueta. Con unas tetas así, padre, así -y Ricardo se puso las manos a casi medio metro del pecho-. La conocí la otra vuelta, en un bar de Olivos. La pendeja estudia derecho. Ojos verdes, rubiecita; más buena que el pan tostado a la parrilla. Y la invité a tomar algo en la semana y se prendió. Nos bajamos un tubito, nos quedamos charlando como hasta las dos. Copada la mina, linda parla. Pero después empezó a ponerse cariñosa, y a mí ya me latía todo, así que nos fuimos para la casa. Toda la guita la mina, toda; no te miento, la cocina era más grande que todo esto -y Ricardo abrió los brazos, señalando el bar-. En una la minita agarra y me dice: esperame un segundito que subo y vuelvo, vos servite lo que quieras. Entonces yo me serví un caballito blanco, y al rato veo que la minita baja en baby doll. Ahí nomás me puso en bolas. Cómo cabeceaba; una locura. Y estábamos en esa, meta y meta en el comedor, cuando de repente siento que me tocan la espalda. No me digas, dijo Diego. Sí, contestó Ricardo. Miro para atrás y era la hermanita gemela. Me toca la espalda y me dice: ¿Qué?, ¿para mí no hay?

No, gritamos nosotros.

Sí, dijo Ricardo, y le dio una pitada bien larga al pucho: Al final le tuve que dar a las dos. 

En ese momento en la mesa estábamos Diego, el Pitu, Mauro y yo. Todos nos miramos de reojo. Por un segundo nos miramos, y por un segundo también todos pensamos lo mismo. Pero nadie dijo nada. En lugar de eso, Mauro me pateó el pie abajo de la mesa, y le empezamos a dar palmadas en el hombro a Ricardo, mientras él, serio, con los brazos cruzados, miraba el horizonte del bar. Grande, Ricky, le dijimos. Ídolo. Campeón. Director de orquesta.

Y quizás alguno que otro esa noche se fue dudando todavía, ¿este pibe estará bien?; pero cualquier sospecha que hubiera quedado se dispersó enseguida al otro sábado, cuando Ricardo volvió a encontrarnos en el bar, cuando volvió a sentarse con nosotros. 

Parecía más tranquilo que el fin de semana anterior, al principio. Se sentó y se fue aclimatando a la charla del grupo de a poco, sin descollar. Pero un rato más tarde, después de tomar un par de tragos, arrancó otra vez. El patovica del bar había pasado al lado nuestro, y nosotros vimos cómo la cara de Ricardo se iluminaba, prendida por un recuerdo que nadie más que él podía ver, mientras se enderezaba en la silla.

Guacho, dijo, si les cuento la que me pasó el martes no me van a creer. 

Esta vez fue un robo. Un robo que él evitó. Cuatro negros del fondo se le habían acercado a una vieja en la esquina de Triunvirato y Brasil. Yo justo me había bajado del bondi, volvía del laburo, nos dijo Ricardo, y vi a los tipos que la apuraban. La vieja tenía una cartera, la apretaba, se había puesto a llorar. Entonces me acerqué. El más chico de los pibes, no te miento, el más chico era así -y nos señaló al patovica que se había parado a un costado de la barra-, y tenía una cicatriz que le cruzaba toda la cara, desde el pómulo hasta el mentón. Pero a mí ya no me importaba nada. Pirénsela, macho, les dije, acá en mi cuadra no le van a robar a nadie. Yo a la vieja la conocía desde chico. Una vecina de toda la vida. Entonces uno de los chorros, uno zarpado de gordo, se me para enfrente. No tenía cuello, era un animal. Alta educación te falta a vos, juguete, me dice. Y no bien me lo dice, me tira una piña, así, sin avisar. Decí que me agaché justo, si no me mataba. Hasta el vientito sentí. Pero para mí se equivocó. El tipo quedó desprotegido, y yo no perdí un segundo; me le acerqué medio paso y le puse un rodillazo en los huevos. Bien de lleno le di; no sabés cómo sonó. Y cuando el gordo se encorvó todo del dolor, le mandé un ñoqui en la nariz que lo terminó de dormir. Para qué. Enseguida se me vinieron al humo los demás. Uno me agarró por atrás, pero yo me lo saqué de encima a los codazos, y al que venía de enfrenté le pegué un tucumano, así -y Ricardo sacudió la cabeza para adelante-, y al otro que venía a arrebatarme desde la derecha, pum, una patada en la panza, le puse, y lo dejé sin aire. ¿Y el que te tenía agarrado de los brazos? Olvidate, le contestó Ricardo, embalado, olvidate; no bien me di vuelta estaba sacando un chumbo y el muy hijo de puta tiró. ¿Tiró? Sí, gatilló ahí nomás, pero yo ya la venía venir y no bien sentí el chispazo pegué un salto para el costado, nomás que el negro de mierda volvió a tirar, y tuve que esquivar la bala, torcí todo el cuerpo y la esquivé; me le cagué de la risa en la cara: Vos apuntás al piso y le errás, masa, le dije. Ahí nomás se empezó a armar espamento, varios vecinos habían salido, y a los flacos no les quedó otra que mandarse a mudar. Pará, dijo el Pitu, ¿esquivaste una bala? Pero Ricardo no lo escuchó, siguió parlando en la suya, con el pucho a la mitad entre los dedos, el vaso de fernet en la otra mano, con la boca pastosa por la emoción, los ojos desamparados, empujados por la inercia de lo que nos contaba: Se fueron a los gomazos, los negros, tenían un cuarenta y siete estacionado a la vuelta; no les quedó otra que irse a la mierda. Entonces vino la vieja a agradecerme, no saben la carita que tenía, me dio una pena; ¿qué otra cosa podía hacer?, nos decía Ricardo, ya sé, ya sé que arriesgué la vida, pero yo la vi ahí, con todos esos negros encima, y desde que nací que me conoce esta vieja, me vio crecer, lo conoció a mi viejo, ¿no?, ¿qué otra cosa podía hacer?

Seguro, le decíamos nosotros. Hiciste lo que te correspondía.


**

Hasta antes de conocerlo, Ricardo siempre nos había parecido un boludo. Antes lo cruzábamos de vez en cuando por el barrio, uno pasaba, lo veía, y se decía: un boludo más. Con esa melena toda ondulada, que subrayaba su cara de boludo, y ese lunar, redondo, negro y lleno de pelos, medio monstruoso, medio parecido a un bicho, pegado a un costado de la boca.

Pero después de saber que Ricardo había cagado a palos a cuatro negros del fondo que le habían querido robar a una vecina de su cuadra, después, a su vez, de saber que había tenido la suerte de participar de un trío con dos gemelas de veinte años, tomando en el descanso entre polvo y polvo un trago de caballito blanco, recién ahí, solamente ahí, empezamos a entender de qué se trataba la cosa.

Entonces lo empezamos a invitar a nuestras casas todos los fines de semana. Los viernes y los sábados, en la casa de Diego o en la de quien sea, nos juntábamos nada más porque sabíamos que él, Ricardo, iba a estar ahí. Cada noche el tipo tenía una nueva para contarnos. Siempre totalmente convencido de que nosotros creíamos en lo que él nos decía. A pesar de las cosas que nos contaba, él siempre con la más ciega confianza en eso. Tévez, por ejemplo, que se había encontrado con Tévez en un shopping y que Tévez lo había invitado a tomar un café; una juerga entre semana con los Pumas, en un after por Puerto Madero, no saben la modelo que me lustré, nos decía, la maté, la maté; prostitutas, de repente, prostitutas dominicanas que no solamente no le cobraban, sino que le pagaban por cojer a él. 

Nosotros lo escuchábamos siempre en silencio, intercediendo solamente muy de vez en cuando, como para darle a entender que lo seguíamos, hasta que él terminaba de hablar, y entonces celebrábamos tal o cual cosa que le había pasado en la semana, diciéndole, por ejemplo, qué grande que sos, Ricardo, estas cosas solamente te pasan a vos, titán; dándole de comer a la fe ciega que él tenía en nosotros cada vez que nos contaba una de sus historias.

Fue todo ese verano así; en un par de meses Ricardo se volvió nuestro eje. Se hizo cargo de la situación. No había joda en la que él no estuviera. No había joda en la que no se prendiera un pucho, bien derecho en su silla, y nos contara a los que estábamos alrededor una anécdota nueva sobre lo que le había pasado esa semana.


**

Pero para cuando terminó ese verano, y pasaron algunos meses más, digamos, por mayo, junio, Ricardo dejó de juntarse tan seguido con nosotros. De a poco se empezó a perder. Lo llamábamos un viernes: Tengo una fiesta, gays. Insistíamos al otro: Una veterana me invitó a Punta del Este, nos contestaba. Paga todo ella. La próxima será.

Y así hasta que un día Ricardo desapareció. Ya no contestó más llamadas ni mensajes. Cuando le chiflábamos de lejos no se acercaba a saludar. Nosotros no entendíamos por qué lo hacía, pero a las pocas semanas nos enteramos de que la madre se había quedado sin laburo, y recién ahí nos dijimos, bueno, debe tener quilombos en la casa. Debe estar apurado con la guita.

Le debe dar vergüenza que lo invitemos.

Así que decidimos dejarlo en paz.


**

Todo el mundo en el barrio sabía que Ricardo era un pibe lleno de mambos; que las cosas para él nunca habían sido fáciles. Alcanzaba con pasar por la casa para darse cuenta de eso. El patio de enfrente estaba todo lleno de yuyales, y a las ventanas se las veía siempre cerradas, como si no viviera nadie ahí, y a un costado se veía también el galpón de madera, con el portón todo podrido, descascarado por la humedad, donde el padre de Ricardo en su momento había tenido la carpintería.

Fueron nuestros viejos los que nos hablaron de eso. Que el padre de Ricardo, mucho antes de que nosotros naciéramos, había tenido una carpintería en ese galpón. Que era un trabajador muy honesto, nos decían, que el tipo nunca le cobraba un peso de más a nadie, y que por eso hasta se venía gente desde otros barrios, bastante lejos de Loma Hermosa, nada más a traerle laburo. Y todo le siguió yendo bien hasta que pasó lo de la guerra. Al padre de Ricardo lo mandaron a Malvinas, y allá estuvo solamente un mes, pero cuando volvió le faltaba un brazo, y después ya nunca más volvió a ser el mismo. Como estaba todo el día al pedo, sin poder hacer su trabajo, sin poder hacer lo único que sabía hacer, el tipo empezó a chupar, nos contaban nuestros viejos. Que si uno pasaba, al tipo se lo veía siempre ahí, sentado en la puerta de la carpintería, chupando. Y que después, de a poco, el tema se le fue de control. Que le empezó a pegar a la mujer. Que los vecinos siempre escuchaban gritos, viniendo de la casa; que los perros se la pasaban ladrando toda la noche. Y que al año, al año y medio, más o menos, de que Ricardo naciera, el tipo se encerró en el galpón con una petaca de cognac y se mató.

Entonces en la casa quedaron solamente Ricardo, que recién empezaba a caminar, y la madre de Ricardo, y además también la abuela de Ricardo; una vieja que no sabía ni el nombre de su nieto ni el de su hija ni el de la calle en donde estaban viviendo. Y la madre de Ricardo era bastante dejada, nos contaron nuestros viejos. Aunque quién la puede juzgar, ¿no?, nos decían también, después de todo por lo que esa mujer pasó. Pero el tema es que dos por tres la tipa se quedaba sin laburo, un día se despertaba sin ganas de estar despierta, y no se despegaba de la cama en todo el día; así que por eso Ricardo desde muy chico había tenido que salir a trabajar. Mientras nosotros estábamos durmiendo él ya estaba despierto, ayudándolo a Omar en el súper. Y cuando empezó el secundario el asunto se le puso todavía más peludo. La madre le agarró el gustito a la ruleta, y Ricardo ahí tuvo que empezar a pedir plata prestada para después ir y prestársela a ella, y después tenía que trabajar horas de más para poder pagar lo que había pedido prestado, y todo el mundo sabía también que había habido tardes en las que a Ricardo no le había quedado otra que salir a golpear puertas en las casas de los vecinos para pedir algo de comer, porque la madre se había ido al bingo, y él y la abuela se habían quedado sin nada que cenar esa noche.

Recién con el tiempo la madre de Ricardo fue sentando cabeza. Se consiguió un trabajo de maestranza en el mismo colegio en el que Ricardo estudiaba, después de que Ricardo le comentara la situación al director, y dejó el juego. Y cuando el secundario terminó, Ricardo ya tenía apalabrado un laburo en una fábrica de botellas de plástico que quedaba por San Miguel, a doble turno, así que, con la madre ya estabilizada, se dedicó de lleno a eso. Se levantaba cuando todavía era de noche y se tomaba el ciento setenta y seis que va para San Miguel, bien al fondo por ruta ocho, pasando entre los bosques y los tanques del centro militar de Campo de Mayo, y casi todos los días metía horas extra para llegar con resto los fines de semana y poder chupar en el bar sin tener que pedirle un solo trago a nadie.

Esto es todo lo que de él sabíamos hasta el verano en que se hizo amigo nuestro. Que las cosas le estaban yendo bien, que la mierda en su vida había quedado en el pasado. Nada más que al mes, mes y medio de que él dejara de vernos, escuchamos por ahí que la madre había tenido una recaída. Que la habían visto en el bingo. Que estaba sin trabajo otra vez.

Ricky debe estar corto con la guita, pensamos entonces nosotros. Debe tener quilombos en la casa. El gordo se debe estar guardando por eso.

Nos golpeó saber que no era así. Cuando lo volvimos a ver, para el cumpleaños de Diego, varios meses después desde nuestro último encuentro, supimos que su desaparición no tenía nada que ver con lo que nosotros habíamos creído.

Esa noche brindamos un rato largo, acordándonos de los momentos más gloriosos del verano anterior. Tres fernet tardó Ricardo en confesarnos qué era lo que estaba pasando. Uno le preguntó por qué ya no daba señales de vida, y él esperó a tener la atención de todos para cruzar los brazos encima de la mesa y decirnos: Pasa que me puse a salir con una mina. Una que es un perro de presa; te juro que no me deja pisar la calle. Bien brava es. Pero igual esa no es la novedad que quería contarles, dijo. La novedad es -y Ricardo se pasó el índice y el pulgar por los labios-: en febrero nos vamos a casar.

Entonces hubo un silencio de dos o tres segundos en el que todos, todos lo que estábamos ahí, nos preguntamos si ese no sería otro más de sus delirios.

Ricardo sonrió acomodándose en la silla: ¿Qué pasa, viejo?, dijo. Pensé que se iban a poner contentos.

Diego fue el primero en reaccionar.

Bueno, dijo, nos agarrás en bolas.

Pasa que se dio todo así, papá, siguió Ricardo, se dio todo así. Fue un huracán. Hacía rato que esta minita me gustaba. Laura, se llama. Labura donde laburo yo, pero en la oficina. Es un caramelo -y Ricardo se besó la punta de los dedos mientras lo decía-. Un caramelo. Yo pensé que no tenía chances, pero la remé, la remé; hace años que la vengo remando. Y al final le saqué una salida. Y apretamos. Y nos llevamos bien. Y hace un par de meses que estamos juntos, que me quedo a dormir en la casa. La minita tiene un depto en San Martín. Lindo bulo. Y ahora ya está. Le pedí que sea mi mujer y ella me dijo que sí. Así que prepárense, guacho. Ya está firmado. A fines de febrero me caso y tiro la casa por la ventana. En la puta vida van a ir a una fiesta así.

Y Ricardo nos miró apoyando el brazo en el respaldo de su silla, entrecerrando los párpados para que el humo del pucho que tenía en la boca no se le metiera en los ojos:

Van a venir, ¿no? ¿Van a venir?

Por supuesto, dijimos nosotros. Por supuesto, Richard.

Y aunque quizás alguno que otro se quedó con la duda, Ricardo no dijo ni una sola palabra esa noche sobre lo que con la madre estaba pasando.


**

La reunión del cumpleaños de Diego fue para el grupo como un sacudón. Nos despertó a todos de la modorra del invierno. Nos hizo acordar de que la pasábamos bien, cuando nos veíamos, cuando jugábamos al truco chupando hasta quedar con los ojos torcidos, así que nos empezamos a juntar otra vez, a medida que el calor volvía; quizás no todos los viernes y sábados, como el verano anterior, pero sí bastante seguido, en la casa de cualquiera o si no directamente en el bar, y Ricardo cada vez que lo invitamos estuvo ahí.

El noviazgo lo había cambiado. Ricardo seguía contándonos sus anécdotas de siempre, pero a eso de las tres, tres y media, cuando nosotros nos levantábamos para ir a bailar, él nos daba la mano o quizás ni siquiera eso y nos decía: Me voy. Mañana tengo que madrugar.

Se debe querer cuidar, especulábamos nosotros. Sabíamos que Ricardo estando en pedo se perdía, y nosotros pensábamos que no quería entrar al boliche para no mandarse ninguna, que ahora que estaba comprometido quería enfocarse en no cagarla a la mujer.

El tema es que uno de esos sábados lo notamos más sediento que de costumbre. Se sentó a chupar a las siete y recién se volvió a levantar a las diez. Y cuando íbamos en el auto, a bailar por San Martín, uno de los pibes que iba en el asiento de adelante se dio vuelta y le preguntó por Laura.

Ahí está, contestó él, mirando para otro lado, como cada vez que alguno de nosotros le preguntaba por ella. Y después abrió la ventanilla y apoyó la cara en el viento: Cada día más loca.

Entramos a bailar, y como casi siempre pasaba en el verano anterior, Ricardo se perdió. Lo encontramos casi una hora después, no vomitando, sino apoyado en la pared con una gordita preciosa, toda transpirada, que se reía de todo. Y que era además muy pilla; por lo menos cuando la llevamos hasta la casa en el coche del Pitu eso fue lo que nos pareció.

A uno se le escapó que Ricardo estaba por casarse y la mina se enderezó en el asiento. ¿En serio? Ricardo la miró un segundo, como dudando, con un ojo más chico que el otro, inclinado en el asiento de atrás. Y le dijo: Sí, es verdad. Y Verónica, que ya se había presentado, la Vero, soy, nos dijo, se inclinó enseguida con él y le besó la mejilla, y después le habló al oído como para que no escuchara nadie, pero igual escuchamos todos:

Entonces no sé qué estarás haciendo acá, potro. Pero yo no voy a ser tu diversión.


**

Ricardo se siguió encontrando con Verónica a espaldas de su novia durante varias semanas. Él salía del trabajo y le decía a Laura que se iba a jugar al fútbol, y en realidad la iba a ver a Verónica. Iba con un bolso con los botines y el pantalón corto y la camiseta transpirada, sucia, que había usado el sábado anterior en la cancha, cuando jugaba con nosotros. Y después de verla a Verónica, iba a la casa de su novia corriendo, para llegar también transpirado él.

Y una noche de esas, tomando tanto que el fernet que le entraba por la boca empezaba a rebotar con el que ya tenía metido adentro, Ricardo nos dijo: Verónica me está pegando mal. Y el Pitu le contestó: Entonces no te casés. Y Diego: Olvidate de esa gordita que no vale un peso. Y Pablo: Ahora te hago otro fernet, paspado, a ver si dejás de lloriquear. 

Estábamos ya por enero; después de esa noche, durante el mes previo a su casamiento, Ricardo volvió a desaparecer. No dio más señales de vida. Nosotros pensamos que necesitaba aire para tantear el terreno, así que preferimos no molestarlo. Hasta que a las pocas semanas nos llegó una carta a todos. Era una invitación para su casamiento. 


**

Hizo la fiesta en un salón bastante lujoso que quedaba a tres cuadras de la estación de San Andrés. La recepcionista nos hizo pasar con una sonrisa alemana y nos fue llevando por el salón hasta sentarnos en el rincón más apartado de todos. Había mucha gente. Compañeros de trabajo de los dos, y muchos familiares de Laura, muchos, por todos lados; pero casi ningún pariente de Ricardo. 

Comimos hasta que el cuero nos quedó bien tirante. Casi no podíamos respirar. Teníamos que caminar doblados. Pero después seguimos chupando y la comida poco a poco bajó, y entonces fuimos y lo agarramos a Ricardo en el centro de la pista entre todos los pibes y lo empezamos a tirar para arriba, cada vez más para arriba, mientras Ricardo gritaba, y tan arriba lo tiramos que en un momento no aguantamos más el peso de esos cien kilos doblados por la energía del descenso, y el colchón de brazos abajo flaqueó, y Ricardo terminó dándose de lleno la cabeza en el piso.

Laura se acercó preocupada, pero Ricardo se levantó enseguida: No pasó nada, dijo. Y se reía: Nada.

Todos los que estaban a nuestro alrededor nos miraban.


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Cuarenta mil pesos. Todos sus ahorros, y más, nos iba a contar Ricardo después. Para poder pagar los cuarenta mil pesos de la fiesta había tenido que sacar un crédito. 

Y a los dos meses, dos meses y medio, más o menos, de haberse casado, por lo que la madre de Ricardo le contó a la panadera, y por lo que la panadera después le contó a uno de los muchachos, nos íbamos a enterar también de que Ricardo y Laura se habían separado. De que él ya no estaba viviendo con ella en San Martín. De que la mina había empezado a tramitar el divorcio.


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Después de su casamiento, y durante un tiempo bastante largo, todas las noticias que nos llegaban de Ricardo fueron así. Mensajes de texto salteados, muy salteados, o si no nada más rumores, cosas que nos contaban los vecinos. Por el barrio a Ricardo ya no se lo vio más.

Nosotros entendimos. Como cada vez que alguno se sentía así, con la necesidad de no darle explicaciones a nadie sobre algo, o pensando quizás en cómo explicarlo cuando llegue el momento en que no quede otra que hacerlo, nosotros entendimos y decidimos esperar a que Ricardo volviera por su cuenta a contarnos qué era lo que con Laura había pasado.

Y cuando por fin volvió, varios meses después, en pleno invierno, a chupar con nosotros para el día del amigo, todos nos aguantamos las ganas de preguntarle por eso hasta que vimos que empezaba a calentar el pico.

Recién entonces Diego le dijo: ¿Para qué te casaste, gordo?

¿Cómo para qué?

Claro. Dos meses duraste, macho. Una locura.

Ricardo se enderezó en la silla. Porque ya había pagado la fiesta, dijo. Y lo miró a Diego a los ojos: ¿No disfrutaste la fiesta vos?

Y como todos nos quedamos mirándolo, Ricardo se limpió el alcohol que tenía encima de la boca con la mano y dijo lo que nadie, lo que ninguno de nosotros esperaba: La cuestión es que después de pelearme no volví a mi casa. Ahora estoy viviendo en Podestá.

¿En Podestá?

Sí, dijo Ricardo: Estoy conviviendo con Verónica. 


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A esas alturas ya ninguna decisión de Ricardo nos podía sorprender. Si el tipo es feliz así, nos decíamos, medio borrachos, chupando a las dos de la mañana, mirando la silla vacía, el rincón de la mesa vacío, el rincón sobre el que en su momento, durante tantas, tantas noches, había estado apoyado el vaso de Ricardo.

Nos acordábamos de sus anécdotas. Las repetíamos siempre, una atrás de la otra, como queriendo hacer nacer su espíritu ahí, de nuevo, nuestro amigo Ricardo otra vez entre nosotros, ahora que hacía rato que no lo veíamos.

Debe estar bien con la mina ¿no? Cada uno persigue su estrella, ¿no?, nos decíamos.

Si el tipo es feliz así, que sea feliz así.


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Como todo borracho de cepa, Ricardo tenía sus tics, sus mañas. Pero había una, sobre todo, que nos gustaba, porque era señal de que estaba entrando en calor. Y era así: cuando un fernet que probaba estaba pasado de puro, o cuando un comentario le causaba mucha gracia, o quizás nada más porque la euforia de cualquier momento lo sobrepasaba, Ricardo inflaba bien el pecho y se ponía a gritar: Comando. Comando.

Así, con el estómago: Comando. Comando.

Nadie entendía por qué lo gritaba ni qué era lo que quería decir con eso, pero cuando lo tiraba hacía temblar los vidrios y ladrar a todos los perros de la cuadra.

Comando, comando, había gritado Ricardo esa noche, apenas un segundo después de contarnos que estaba conviviendo con Verónica.

Y cuando la adrenalina se le bajó, y nosotros nos dejamos de reír, Ricardo cambió de tema como si el asunto no necesitara más explicación, como si todo lo que había pasado con Laura y el casamiento y la fiesta ya estuviera perdonado.


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La madre de Ricardo ahora vivía de limpiar casas. Casas de vecinas del barrio, vecinas que quizás llegaban justo a fin de mes pero que igual sentían lástima, sabiendo que esa mujer y su madre estaban solas. O si no también la llamaban de casas de los alrededores, de los barrios más altos, Ciudad Jardín, Ballester, San Andrés. Nosotros la veíamos ir y venir, esperando el bondi a la mañana; después volviendo cuando ya se hacía de noche.

Nunca nos había caído bien esa vieja. Quizás porque crecimos escuchando comentarios sobre ella, sobre las cosas que en su momento hizo, y después ya no hubo forma de sacarnos todo eso de la cabeza. Que cuando estaba complicada con el juego, se acostaba con tipos por guita, se decía. Que se acostaba con ellos mientras Ricardo estaba ahí, en la casa, nos contaban. ¿Te parece a vos?, decían las viejas del barrio. Y los viejos del bar, agazapados con sus vinos y sus sodas, también tenían su opinión: Esa siempre fue más puta que las cabras.


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Habrán pasado dos o tres meses, como mucho. Dos o tres meses desde la noche del día del amigo. La última vez que lo habíamos visto a Ricardo.

La madre de Pablo fue a comprar fiambre y la almacenera le dijo: ¿Te enteraste lo de Ricky, vos?

La madre de Pablo apoyó la bolsa en el mostrador. No, dijo, ¿de qué me estás hablando?

¿Nada escuchaste?, contestó la almacenera, ¿de verdad? Ricky, el nene de la Amelia, está preso.

¿Preso?, dijo la madre de Pablo. No te puedo creer, ¿qué le pasó?

Y la almacenera dijo: Una desgracia. Yo me enteré ayer. ¿Viste que Ricky estaba viviendo con una chica, allá en Podestá? Bueno, vaya a saber una si es verdad, pero dicen que la quiso matar.


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Por los detalles que más tarde nos pudimos enterar, el asunto había sido bastante claro.

El lunes hubo muchos gritos, en la casa de Verónica. Los vecinos llamaron a la policía y la policía al rato estuvo ahí. Encontraron a Ricardo sentado en la cocina, con los ojos bien abiertos, pero como dormido, mirando la pared, y con un cigarrillo apagado en la mano.

Verónica, inconsciente en el baño, desnuda a un costado del inodoro, con la cara destrozada.

Así, dijo una de las vecinas que la vio saliendo en la camilla: Destrozada.


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Diego fue el único de los pibes que estuvo en el juicio. Nos contó que en un momento la madre de Verónica, cuando ya habían dictado la sentencia, se puso a gritar como una loca en la sala, y que después siguió gritando en el pasillo.

Me la dejó bizca, gritaba. Este hijo de puta me la dejó bizca.

Y que mientras gritaba la vieja lo señalaba a Ricardo, y que mientras lo señalaba quería acercarse, tirársele encima, pero que al final la agarraron y contuvieron la gente que estaba con ella y también un par de policías.


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Durante el proceso a Ricardo le hicieron unas pericias psiquiátricas. Encontraron que tenía trastorno de bipolaridad. Que en el momento del ataque había sufrido un brote psicótico. Que era inimputable. Y al final lo sentenciaron a dos años de reclusión en un hospital psiquiátrico que quedaba por Morón.

Recién al mes de encierro, más o menos, nosotros lo fuimos a visitar.

Fue la madre la que nos lo pidió. Nos llamó uno a uno a los pibes.

Nos dijo: Ustedes son los únicos amigos que tiene mi hijo. 


** 

Cuando llegamos a la sala de visitas Ricardo sonrió. Tenía puesto un pantalón blanco y una remera azul. Nos llevó hasta un banco, en un patio que había atrás del hospital, y nos sentamos ahí, abajo del sol. Estuvimos solamente una hora con él. Se fumó un atado de veinte, en ese tiempo. Prendía uno con el que todavía no se había terminado de fumar. 

Hablamos de fútbol. Sabiendo todavía que a él el fútbol no le gustaba. Pero así y todo él se esforzaba por seguirnos en la conversación. Parecía de buen humor. Pero no sabíamos qué temas tocar para que ese buen humor no se le fuera. Por primera vez lo estábamos viendo tal como era. Tal como era en la sobriedad. Un tipo pálido, ensimismado, diminuto, con el cuello duro, casi hundido entre los hombros.

Cuando nos despedimos, Diego le dijo: Los pibes te bancan. A nosotros no nos importa. Los pibes estamos acá.

Nosotros miramos a Ricardo con atención, y por un segundo él fue, como en ese verano en el que lo conocimos, el eje; el punto alrededor del cual nuestras vidas iban y venían. 

Cuando vuelva al ruedo, dijo entonces Ricardo, agárrense.

Nos lo dijo sonriendo, pero con una sonrisa tan toda hecha de dientes, tan toda hecha de fibras, de pliegues faciales, que en ese momento nos pareció más bien la sonrisa de uno de esos tipos que andan y que hablan y que sonríen pero que, en el fondo, bien en el fondo, ya no tienen alma.


**

Ya nunca Ricardo volvió al ruedo. A los dos meses la madre salió a caminar en plena madrugada a los gritos, dio varias vueltas de manzana por el barrio, gritando sola, y cuando por fin uno que andaba bicicleteando por ahí la frenó, la vieja tenía los ojos medio salidos para afuera, y la voz raspada de tanto gritar, y las venas se le marcaban en el cuello, le latían, y a los gritos estaba diciendo que el hijo se le había matado; así, le gritaba la vieja al tipo, agarrándole las mangas del buzo: Mi Ricky se me mató.

Había agarrado el portarretrato de plástico en su mesita de luz. La única foto que tenía en la mesita de luz de la sala. La única foto de la madre y el padre juntos, cuando ellos tenían la misma edad que él a esas alturas tenía; a esas alturas, cuando Ricardo, según lo que nos contaron después, agarró el portarretrato de noche y empezó, solo, con el borde, contándose una historia, seguro.

¿Cuál?

Ese mismo martes fuimos al velorio. Ahí vimos a Laura, a los padres de Laura, y a la madre de Ricardo, y a la abuela de Ricardo, y a algunos amigos de la madre, vecinos del barrio. 

Y también lo vimos a él. Quieto, acostado, con los ojos cerrados.

Puta, dijo Diego.

Y después ninguno dijo nada más.


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Mientras volvíamos del velorio en el auto del Pitu con los pibes no nos podíamos mirar. Teníamos los cuatro las caras pegadas a las ventanillas. Quizás estábamos pensando. O quizás ninguno estaba pensando en nada. El Pitu frenó el coche en la casa de Diego y todos nos bajamos ahí. Nos sentamos los cuatro, uno al lado del otro, en una mesa redonda, la misma mesa redonda de siempre, esa en la que tantas veces nos habíamos estado sentando con Ricardo, hasta hacía un año atrás. 

Estuvimos un buen rato callados. En un momento uno comentó algo de su trabajo, otro le siguió la corriente; después todo fue silencio de nuevo. Había algo muy callado que venía de arriba y que pesaba, que nos aplastaba; todos los hombros bajos, sin ganas.

Hasta que Diego se levantó sin decirle nada a nadie y se metió en la cocina.

Nadie lo miró mientras servía un vaso de fernet para cada uno. Nadie tampoco dijo nada mientras lo hacía; qué silencio, Ricardito, qué silencio. Diego sirvió cuatro vasos para nosotros y uno que quedó ahí, lleno, mientras nosotros empezábamos a tomar los demás. 

Y cuando a los tres o cuatro sorbos la cosa se empezaba a acomodar, te escuchamos. Tu última historia.

Guacho, no saben la que me pasó. ¿Qué te pasó ahora, gordo?

Ricardo suelta el pucho encima de la mesa; toma un sorbo de su vaso de fernet. Tiene los labios todos mojados y se los seca con la mano, mientras nos mira a los cuatro a la vez con una mirada empañada, sin mirar directamente a ninguno.

El otro día salí antes de trabajar, dice, estaba muerto de todo lo que había chupado el finde. Así que la fabulé con mi jefe, que me dolía la espalda, y me fui. Y pasé por un bar, estaba muerto, tenía una sed, y me tomé un caballito blanco, ahí nomás, re dulce, y después sí me volví para mi casa. Ahora, entro, ¿y a qué no saben? Una casaca de Chaca tirada en la cocina. Fá, me dije yo. Sí, y entro, y ahí está la Vero. No me siento orgulloso, pero ahí estaba. La Vero con un guachito. Una cara de nene, tenía el pibe. ¿Qué podía hacer? Tomá, le dije. Le di dos coscorrones, se las tomó. Y La Vero ahí, toda en bolas. Sentí algo que nunca había sentido, en ese momento. Se los juro, loco. Toda mi vida, vi. Como si me estuviera muriendo. Y fue algo rarísimo. La agarré a la Vero y la tiré al piso, y cuando cerré los ojos, dejé de ver. Dejé de estar ahí. Nunca me había pasado algo así. Rarísimo. Y cuando abro los ojos, yo ya no estoy en la pieza, yo estoy en ese hospital. Viene mi vieja y me mira. Me muestra una foto: Mirá, me dice. Fuimos felices, tu papá y yo. Esta foto nos la sacamos en San Luis, un mes antes de que él se fuera a la guerra. Y mi vieja se me pone a llorar. Parecía una nena, de cómo lloraba. Entonces le dije: Voy a salir. Voy a salir de acá. Y ella me dijo, como sin escucharme: Voy a dejar esta foto acá, en tu mesita de luz, para que te acuerdes. Fuimos felices y quiero que lo tengas en cuenta. Vos también podés ser feliz, hijo mío. No te pierdas. No te pierdas más acá, decía mi vieja, y me empujaba la frente, con el índice, casi me lo clavaba en la frente: No te pierdas, no te pierdas más acá. Sí, ma, le contesté yo, voy a salir como sea. Y no bien mi vieja se fue, cuando se terminó el horario de visita, lo hice. Me mandé. Agarré el portarretrato, ninguno de los enfermeros se dio cuenta, y lo partí. Agarré el borde de abajo y empecé a desenroscar el tornillo de la ventana, casi limándolo, de a poco, hasta que lo fui venciendo, hasta que la rosca empezó a ceder. Le di a la tuerca de arriba; después a la que había en el medio, a un costado de la del ángulo; y el marco ya estaba todo flojo, era cuestión de meterle presión para sacarlo. Me costó, guacho, me costó. Pero pude. Eran como las dos de la mañana ya; a las tres los canas del patio desaparecen. Se van a tomar un café con los tipos que laburan adentro. Después vuelven. Ese era mi momento. Así que me la banqué hasta esa hora, y no bien vi que se empezaban a ir me mandé. Con el piyama, corriendo al viento, a esa hora, en medio de la oscuridad, habré parecido un loco de mierda. Y yo siempre pensé: esta se la tengo que contar a los pibes. Cómo zafé de ahí. Mientras me trepaba el alambrado, pensaba en ustedes. En que iba a tener una nueva para contarles. Toqué fondo, pero zafé. De hecho, acá estoy, bellezas, ¿no? Acá estoy, ¿no?, dice Ricardo mirándonos.

Entonces uno de los pibes tosió. Tosió uno, y de repente el silencio pareció sacudirse, conmoverse, como si desde la boca esa que había tosido se hubiera expandido algo, algo que nos tocaba a todos los que hasta ese momento habíamos formado parte de ese silencio absoluto.

Las dos, dijo el Pitu entonces. Las dos, ya.

Y después de decirlo, se levantó, agarró las llaves de su coche, y nos dijo: Me voy a la mierda, muchachos. Mañana tengo que laburar.

Bueno, dijo Pablo.

Y después, soltando los vasos, uno a uno nos fuimos levantando los demás.










7 comentarios:

Neleb dijo...

loco sos un crack escribiendo.
esas vueltas de la vida que te hacen conocer a alguien y no te dejan dejar de verlo aún después de la muerte. la muerte es tan trágica que no cabe en un ataud o en una lápida, es alguienq eu no va a estar nunca más. ni aquí ni allá.
linda manera de inmortalizarlo, che.
un loquito de barrio, no te estoy hablando de un super héroe. pero en todo barrio hay loquitos, y son queribles.
un abrazo che, sigo tu blog desde ahora

Un desvarío por jueves dijo...

euu gracias Neleb, qué buena onda tu comentario

ahora pispeo su blog,

abrazooo

oh nikita dijo...



lo que más me impresiona es cómo fluuuuuye la historia, te vas superando en cada cuento nuevo.
Está perfecto! parece sacado de los consejos de Tobías Wolff en el taller del FILBA, luego te cuento,
salú!

A girl called María dijo...

exceletne, como siempre. Me encantaría no quedarme sin palabras, para poder comentarte otra cosa, pero lamentablemente no puedo.

Un desvarío por jueves dijo...

gracielasss !!

blas isaguirres dijo...

Faaaaa. Muy bueno che, la verdad que te deja sin palabras y terminamos comentando todos lo mismo. Pero es muy bueno. Tenés un talento para contar historias. Por más que sean largas hacen que uno se enganche.

Un desvarío por jueves dijo...

Gracias por la buena onda maestro, un gusto su lectura