domingo, 28 de diciembre de 2014


Escribir un año






1/1/2014

Mientras caminaba desde la casa de mis viejos hasta la estación se me ocurrieron varias ideas. Terminábamos de brindar por año nuevo, chupando por encima de la resaca de lo que ya habíamos chupado la noche anterior, y yo me sentía golpeado por varios temas que habíamos tocado en la mesa con mis viejos y mis hermanos y mi abuelo, y estaba amanecido y además borracho, así que mientras caminaba abajo del sol a eso de las cinco de la tarde para tomarme el tren en la estación y volver a mi casa yo era una sopa hirviente de emociones, alcohol y transpiración, y las emociones me disparaban muchas ideas, y a veces me quedaba en una de estas ideas y me decía: Bueno, retenela, y cuando llegues a tu casa escribila. Desarrollala. Dibujá. Concentrate en algo, en esta sola idea que terminás de tener, que si lo lográs va a ser como si pudieras concentrar todo.

Pero después de la siesta que me pegué en el tren, y que me hizo despertar con dolor de cabeza y la boca entumecida de sabor a pasto, el impulso de escribir algo sobre ese almuerzo de año nuevo ya se me había apagado. Intenté tomar una cerveza más, a ver si lo revivía, pero cada trago que daba rebotaba en mi garganta con todo lo que me había ido metiendo en el estómago sin parar desde hacía día y medio, así que me quedé leyendo un cacho el primer libro que agarré al azar, y a la página, página y media, ya estaba durmiendo de nuevo.

Dormí y dormité durante casi doce horas seguidas, despertándome de a ratos, escuchando cada vez que lo hacía el ventilador que me llenaba de viento la espalda, los pelos, tragando la papa arenosa en la boca de todos los puchos que me había fumado, de alguna manera consciente de que después de toda esa larga noche me tocaba ir de nuevo a trabajar, y también consciente de que la violenta fiebre de ideas que me había abrumado mientras caminaba desde la casa de mis viejos hasta la estación había dejado ciertos residuos, ciertos ecos, que eran los que no me dejaban dormir la rosa del sueño profundamente, como duermen los bebés y los justos y las putas personas planas sin inquietudes, sin cuestionamientos, sin otra sed en la vida que la de despertarse cada mañana para ir a trabajar y venir a hacer eso que sienten vinieron a hacer al mundo.

Me despertaba cada dos o tres horas, con esa fiebre espiritual todavía. Era una tortura, un dolor muy sigiloso, las gotitas de sudor en la frente, en las piernas, en la panza, yo sin aire acondicionado, solo el ventilador, no exageremos, para qué aire, cómo hacían los antiguos sin aire, el calor no es cosa nueva, no idealicemos, no idealicés, por favor, el desastre ecológico, calentamiento global, qué desastre ecológico, todo esto es natural, no humano, natural, pasa y viene pasando desde que el mundo es mundo, Pompeya, los tsunami, ¿aire?, ¿aire para qué?; así, como si discutiera con fantasmas, así me venían las ideas.

Esto es por no haber escrito, me decía, en mis escuálidos raptos de lucidez. El sueño me alternaba como si fuera una ola; venía, subía, me cubría el cuerpo, la cabeza, los pensamientos, y después, con el rebote de la oleada, se volvía a ir. Y cuando se iba, quedaba yo al desnudo, sufriendo los cuarenta grados de ese calor pastoso que transpiraba en mi pieza, respirado una y mil veces por mi estómago, por mi saliva, por mis jugos gástricos embarrados de lechón y vino y cerveza y sidra y fernet, completamente al desnudo, sí, discutiendo con fantasmas, negando cada cosa que me afirmaran, en mi desastre biodegradable, espiritual y corporal, como por ejemplo: esto, todo esto, es por no haber escrito.

No, contestaba yo. No. Con énfasis les contestaba. Con signos de exclamación. Con los pies en el agua de la ola que me podía llevar al sueño y a la paz o directamente al abismo y a la espina dorsal rota y la locura.

Pero los fantasmas insistían: Deberías haber escrito. Deberías haber apoyado el culo en esa silla. Deberías haber encendido ese dinosaurio de PC que tenés y haber escrito que desde eso hay un paso hasta conquistar el mundo.
Tu mundo.
El único.

A veces, lo reconozco, los fantasmas tenían razón. Porque, sí, bien mirado, nada ni nadie me puede frenar. Ahora que lo pienso. Ladrillo a ladrillo yo voy a construir mi casa. Mi refugio. En esta casa van a entrar mi mujer y mis hijos. Mis perros. Mis amigos. Mis viejos, mis hermanos, mis tíos, mis abuelos, todos los vivos, todos los muertos. Todo el mundo va a estar invitado. Y yo, con mi casa, los voy a enamorar. Me van a decir: Qué linda pared. Qué hermoso tu baño. Me gusta cómo plastificaste los pisos. Es mi casa y la hice para mí, por mí, en mí, pero sobre todo para poder invitarlos a ustedes. La levanté con mis manos. Hay vino, cerveza y fernet. Hay miles de noches que pasé desvelado, feliz, soñando con poder invitarlos.

A esta casa invitaría, antes que a nadie, a mi familia. Encendí la lámpara; eran las tres y media de la madrugada. Tomé un sorbo de agua tibia; me hubiera gustado que esté helada. Sé que si me levanto en la heladera la voy a encontrar tal como me gustaría. Pero apago la luz; ya está. El agua cruza mi garganta, se posa sobre los restos que hay en mi estómago en una operación visualmente semejante a la de quien tira un balde de agua sobre bolsas de basura abiertas, descuajeringadas por los perros sobre la ruta, basura que fermenta y humea abajo del sol.
 
Suprimamos lo escatológico. Mientras lo redacto en mi mente, al menos. "Yo invitaría a mi familia a esta casa". Perdón, pero deberías seguir cierta lógica. Cierta ilación. Muchos saltos hablan de una mente sin convicciones, deshilachada en un plano estético y por efecto ideológico (¿o era al revés?). Este mediodía en el año nuevo. Éramos mis viejos, mis hermanos, mi abuelo y yo. El lado paterno de la familia ya es numeroso, con primos con hijos y demás, hoy la pasan por su lado. Así que quedamos nosotros, el núcleo, y el abuelo de mamá. 

A veces, mientras brindaba durante la noche del treinta y uno, me ponía a pensar en mi abuela. Había fallecido el año anterior. Pensaba en ella como se piensa en cosas distantes. En una mujer de la que uno estuvo enamorado mucho, por ejemplo. Una mujer que con uno se portó mal, pero no por mala leche, sino porque simplemente esa mujer no lo quería a uno. O como se piensa en un partido de fútbol que trajo muchas alegrías, en su momento, pero que ahora, después de haber pasado tanto tiempo, después de que hayan circulados otros equipos y otros campeonatos, se empieza a apagar, el gusto de esa gloria empieza a diluirse.

Así. De vez en cuando. Tomando. Con cara de orto. En todas las fotos con cara de orto. Tanto que les causaba gracia a los parientes. Cuando intentaba sonreír, no me salía nada. Nada. El gesto de alguien que muerde un limón.

Pero al otro día, en el almuerzo, después de haber escabiado desde la madrugada con amigos y seguir de largo hasta el mediodía, ya no pensaba ni en equipos de fútbol con glorias pasadas ni en mujeres que alguna vez me hayan desairado, sino que estaba metido de lleno en un presente blando, donde la gente que me rodeaba eran figuras maleables dentro de mi borrachera, gente que yo podía interpelar hasta las últimas consecuencias, o ante la que estaba absolutamente dispuesto a flaquear. Me sentía al borde de mí mismo y mis prejuicios. Dispuesto a romper el rol que con tanto esfuerzo a la hora de aparentar algo que no soy fui construyendo durante todos estos años.

Nos sentamos en la mesa a comer el lechón que había sobrado de la noche anterior. Comí como un troglodita, devorando huesos, carne, cartílagos, como se come en el campo, sin dejar nada. Con mi abuelo le comimos hasta los ojos al chancho. Uno cada uno.


**

28/12/2014

Uno cada uno. No sé adónde iba con esta anécdota, pero acá pasó algo. O quizás no pasó nada. Quizás simplemente me cansé de escribir. Era el primer día del 2014. Y hoy, que el 2014 ya está por terminar, ordenando el caos de archivos en el escritorio de mi PC me encontré con un "Nuevo Documento de Word (3)", y lo abrí por curiosidad, y ahí estaba este texto interrumpido en "uno cada uno" y, abajo, mucho más abajo, una frase escrita en mayúsculas, como un ladrido en el desierto: "No podés más". Entonces me di cuenta de lo borracho que estaba mientras lo escribía, y de por qué no me acordaba de haberlo escrito.

Cuando lo encontré, como si fuera un mandato paterno, supe que me tocaba a mí terminarlo. Cerrar el círculo que se había abierto hacía casi un año atrás. Así empezó el 2014 este tipo, pensé: escribiendo sobre la falta de voluntad a la hora de escribir. Y escribiendo sobre esa misma paradoja, este tipo que ahora soy yo, también lo termina. No sé qué fina línea separa a la pasión de la adicción. Al placer de lo dañino. (Ni tampoco me desvela saberlo.) Pero en ese sentido -puedo corroborar después de esta experiencia- la escritura funciona en mí de la misma forma en que funciona el alcohol.

Me gusto más borracho que sobrio. Cuando chupo puedo volverme otro. Ya no le tengo miedo al ridículo. Cambio de personalidad. Puedo ser alguien que no tiene nada que ver conmigo.

Porque si me preguntaran qué es lo que realmente tiene que ver conmigo, yo respondería: Soy una persona a la que le gusta entender. A todo necesito encontrarle las causas, los mecanismos, la honestidad de los defectos. Es una manía perjudicial para la salud, teniendo en cuenta la cantidad de hechos y datos que emergen y afloran y suceden todo el tiempo en todos lados a mi alrededor mientras yo intento engarzarlos como piezas de Lego, y sobre todo teniendo en cuenta que la experiencia hasta ahora siempre me dictó que esto no se va a terminar de un día para el otro, no, al contrario, esto no se va a terminar nunca, voy a tener que aprender sí o sí a lidiar con esta inagotable afluencia de eventos que solamente clausuran el sueño y la muerte, y quizás también, ahora que lo pienso, el arte, el tupper del arte, que siempre le pone una tapa ilusoria a las cosas regalándoles aires de conclusión cuando en la realidad las cosas jamás se terminan.

En pedo, en cambio, se abre un oasis en mi cosmovisión árida. Siento que las personas, sus historias, sus vidas, son universales ahora, justo ahora, mientras suceden. Que son únicas. Irrepetibles. Que así lo van a ser por los siglos de los siglos. Amén. Siento que vale la pena interactuar, chocar con esas figuras. Siento que mi ego, como me pasa frente al mar, poco a poco se apacigua, se escande, hasta terminar disolviéndose en una marea desconocida y brillante y fugaz en la que todos somos náufragos cegados por la prepotente luminosidad del presente. Este instante. Sin nombres. Sin historial ni porvenir. Cuerpos rebotando contra una nada que se resiste. Como moscas contra una mampara.

Algo como esto, intuyo, habré sentido ese mediodía del primer día del 2014. Los ojos que con mi abuelo le devoramos al chancho se volvieron los míos mientras un rato más tarde intentaba recuperar por medio de la escritura lo que durante ese almuerzo con mi familia había sentido. "Uno cada uno", y ya está: fue como si de repente me quedara ciego. No pude seguir. Por el sueño, o por lo borracho que estaba, o simplemente porque el espíritu no me alcanzó para tanto. Para tanta nostalgia. Para tanta bronca. Estos años que se van, y las cosas que los años contienen que se pierden, cada recuerdo de cada momento difuminándose en el lento correr de los minutos hasta que el olvido del mundo se lo traga, y, puta, llega el final y, al final, es como si, de todo lo que pasó hasta ahora, nunca nada hubiera pasado.

¿Contra esa desesperación luchaba tan tercamente ese día mi intenso deseo de escribir? ¿Contra esa nostalgia se raspaba mi hambriento deseo de seguir chupando? Debe ser. Porque pude notar una cosa, mientras releía lo que ese tipo, casi un año más joven que yo, escribió como sonámbulo. Pude, mejor dicho, puedo notar, lo que por abajo de sus palabras, entre líneas, flotaba: su intuición de que ese, el del 2014, iba a ser el último año nuevo que íbamos a pasar en familia. Mis viejos, mis hermanos y mi abuelo. Nunca más. Nunca más íbamos a compartir una mesa los seis, comiendo chancho hasta reventar, ebrios, eufóricos, a los gritos, entre eructos y risas y puteadas, como lo hicimos ese día.

Cuando la escritura viene del estómago es premonitoria.  

Uno cada uno: "Un texto me toca a mí. El otro te toca a vos."

Las cosas cambian.

Vos abreviame el año de reveses, pareció decirme, así quedamos a mano.







viernes, 26 de diciembre de 2014

casi




Le gusta. No se parece en nada a las mujeres que hasta ese momento había deseado, pero, si tiene que ser sincero, hasta ese momento había deseado a muchas, y por lo general ninguna se parecía a la anterior. Pero le gusta. De verdad esta chica tiene algo que le gusta. Y eso es todo lo que sabe por el momento.
Toman un café en la vereda de un bar. Conversan sobre sus trabajos. Ella tiene las pestañas largas y onduladas. Los alfajores que la mesera les trajo siguen en el plato diminuto que hay entre las tazas. Él tiene hambre. Mira el alfajor de reojo, cada vez que ella mira para otro lado. La chica se acomoda un mechón de pelo encima de la oreja. Después toca el alfajor. ¿Quedo muy muerta de hambre si me lo como? No espera a que él le conteste. Lo agarra. Lo muerde. Mastica. Sonríe: Perdoname, son mi debilidad.
Los ojos de ella son marrones y grandes. Sorprendentemente grandes.
La chica se levanta para ir al baño. Él la mira. El pantalón algo holgado esconde mucho más de lo que muestra, pero él alcanza a entrever un cuerpo sano, el cuerpo de una mujer de mente desprejuiciada y libre. Con la cucharita revuelve la borra del café. Siente la picazón del deseo. Hace mucho tiempo. Hace mucho tiempo. Ya no recuerda cómo es el contacto. Cómo es la sensación de gustarle a una mujer que también a él le guste. Una voz en el oído. En la boca. El aliento. El olor. La saliva. La piel resbalándose en la otra piel. Nunca, cuando intenta evocarla, puede recuperar la sensación del sexo. Cuando levanta la mirada la chica está volviendo, mirando sus propios pasos sobre las baldosas, con las manos en los bolsillos.
Es recepcionista. Atiende clientes en una compañía de teléfonos. Ocho horas al día. Él busca y encuentra indicios acerca de su clase social. Su forma de hablar es suave y correcta. ¿Su ropa? Nada alarmante. Tiene estilo, pero se viste con sencillez. Es capaz de sostener una conversación acerca de temas que no conoce. Sabe preguntar en el momento justo y escuchar con atención la respuesta. Una chica definitivamente inteligente. Un grupo de muchachos pasan por la peatonal tocando música brasilera, ella se inclina para seguirlos con la mirada y en su movimiento, que consiste en girar la espalda, doblar apenas el cuello, arqueando la columna vertebral, él intuye una sensualidad cálida y generosa. Lo que no está en condiciones de leer es hasta qué punto el deseo es recíproco. Él pregunta si estuvo de novia alguna vez. Ella responde entre dos largos bostezos.
Llega el momento de pagar. Él traga saliva. La experiencia le dicta que está frente a un instante paradigmático. ¿Ella es de las que dejan que el hombre pague? ¿Ella es de las que opinan que pagar la cuenta es un acto debido de virilidad? ¿O será al revés? Si él paga, si él insiste en pagar, ¿se convertirá a sus ojos en un reaccionario, un inseguro, un machista a la antigua usanza de esos de los que conviene mantenerse bien lejos? Cincuenta y cinco pesos. Él saca un billete de cincuenta y otro de diez. Ella amaga a sacar su billetera, pero él dice: No, dejá. Ella no insiste ni una sola vez. A él le hace ruido que ella no lo haga. ¿Sumisa? ¿Codiciosa? ¿Nena de mamá y papá? Él deja los cinco pesos de vuelto como propina. Ella, mientras él se levanta, agrega otros cinco pesos más. Él, aunque está dado vuelta, alcanza a notarlo. Respira con alivio.
Caminan por calle Reconquista en dirección a Retiro. Algunas de las personas que se cruzan los miran; primero a ella, y después a él. Él tararea. En una de las esquinas se mira en el reflejo de una vidriera a un lado de ella. Sí, hacen una linda pareja.
Pero a medida que siguen y siguen caminando, conversando de cualquier cosa, acercándose al destino final, la sensación de comodidad empieza a vacilar, a volverse turbia. Él es consciente de que esa sensación sobreviviría intacta si tuvieran por delante otras veinte o treinta cuadras más. Con el paisaje de un pueblito del interior, por ejemplo. O el de una costanera, a un lado de las olas de un mar rompiéndose en los acantilados. Algo con que generar el clima apropiado para dar el primer paso y hacer lo que siente deseos de hacer: besarla. Pero faltan pocas cuadras, cada vez menos, y cerca de Retiro el paisaje a la hora pico del viernes no colabora, se empieza a llenar de laburantes cansados, apurados por volver a casa, o de mendigos borrachos que toman vino en botellas de plástico cortadas a la mitad y los interceptan para pedirle monedas, o de taxistas y colectiveros y conductores particulares gritando o a los bocinazos en todos los semáforos, y la oscuridad de la plaza San Martín, con sombras que van y vienen o que quietas los miran sentadas en los bancos oscuros con ojos de gato, mientras ella le dice que sí, mirando para abajo, que está cansada, que fue una semana agotadora, pero que, bueno, le agradece mucho el café.
Él avanza mirando baldosas. ¿Para qué carajo le preguntás si está cansada?
Él tenía un sistema. Sobre la base de los datos recolectados, redactaba biografías escuetas, de las que pueden observarse en las solapas de los libros. “Celeste Muriel nació en 1982 en Buenos Aires. Su padre era empleado público. Su madre maestra de escuela primaria. Estudió psicología. Trabajó de mesera durante su juventud, aunque su principal vocación era el canto”. De acuerdo con sus biografías, él infería conceptos tales como: “Ella puede ser para mí”. “Aquella otra no tanto”.
El resultado era que estaba solo. Desde hacía mucho tiempo lo estaba.
Ahora camina al lado de ella. Están llegando a la esquina de la avenida. La chica mira el cielo. Qué linda noche, dice.
Y así es. Entre los edificios, allá, más arriba, se ven la luna y unas cinco o seis estrellas en el cielo despejado y negro.
Ella pone un pie en la senda peatonal, distraída, mirando el cielo todavía, y por eso no alcanzar a ver que acaba de ponerse en verde el semáforo. Cuidado, dice él. Entonces la agarra de un brazo y la vuelve a subir a la vereda justo en el momento en que arrancan las motos y los colectivos y los autos.
Ella ahora está pegada a él.
Él ya no es capaz de recordar la biografía que acaba de redactar en su mente.
Ella ahora sonríe y respira en sus brazos, entre los edificios enormes, abajo de la misma noche que sobre el mundo flota desde hace varios millones de años.
Aplastada por la noche ancestral, ella es como un cuerpo celeste más.
Entonces él acerca la cara y la besa.
Como sorprendida al principio, pero atenta después, ella responde al beso.
Tiene los labios dulces. La lengua asoma apenas.
Él la abraza. Los dos brazos alrededor de la cintura.
Le tiemblan las piernas.
Atrás, a menos de un metro, se escucha el ruido de los motores que pasan zumbando.
Zumbando en una explosión continua de fuego, aceite y metal.
Ella sonríe cuando se sueltan.
Casi me pisan, dice. Y le acerca la boca otra vez, apretando los ojos: Casi.








sábado, 9 de agosto de 2014







Un sorbo de agua


Un vaso de agua.
Ellos mirándome.
Lo levanto, al vaso, poso
el borde del vidrio
sobre el borde de mis labios,
lo inclino,
el líquido
cae, cae, desciende
sobre mi lengua,
roza carne, dientes,
cómo es que todo va tan bien
y de repente de repente
el agua se equivoca
falla
y me arqueo
como si un puño inmenso
como si un puño inmenso
y me empujo
de la silla
en un solo
movimiento
rápido
y los ojos
se me vacían
se me vacían
lágrimas
y toso
y toso
toso
y el agua se salpica
a mi alrededor
en el piso
islas islas
mientras ellos
los mismos
ante los que me esforcé durante todos estos minutos
por demostrar seguridad y confianza y quizás
hasta cierta indiferencia
me miran como si yo fuera
un nene
de nuevo de ocho o de nueve
años
insuficiente, incompleto,
todavía desacostumbrado al choque
entre lo externo
y lo interno, entre la potencia
y el cuerpo; ellos, quiero decir,
mi madre mirándome
con los ojos lavados desde la silla
a un costado de la cama
y mi padre
derrumbado en la cama
un instante después
de haber querido decir
mi nombre.

De haber olvidado
mi nombre.

De preguntar: en qué
día estamos.

Es jueves, le contesté yo
mientras levantaba
el vaso de agua en la mano.






***







A punto de salir de la oficina

Piernas laten. Contra las sillas.
Pies en la inercia. Contra el suelo.
Mente que tic. Mente que tac.
Desaparecer. Cada
segundo de tu vida.
Que tic. Que tac.
Que late. Que cae.
El partido muerto.
Terminado. Catapultado
hacia la noche.
Máquina con corazón.
Con cuello. Con ojos.
El frenético tic del pie
hace tac tac
en el suelo.







***







Antes de que mi abuela se olvidara mi nombre


Qué comiste, le pregunté,
que no querés almorzar conmigo.
Ella entonces sonrió, y miró
la porción de pollo
que había en mi plato
y bajó los ojos luchando
con su lengua, con sus dientes,
con la forma de sus labios
y al final me señaló el pollo
que yo comía
y me dijo: ese animal. Un pedazo de ese animal
hace un rato.







***






Primer traspié

Mi madre una tarde
la palma de su mano
apoyó distraída
a todo lo largo de mi frente
antes de largarse a reír.
Dijo: Cuánta fantasía.
Y al día de hoy, lo juro,
que lo pienso y lo pienso y sigo sin poder entender
a qué se refería.






***






Tanto tiempo hermano

Si hoy me vieras Rauly
tomando cerveza en este bar
con esta gente
tan calmo y tan amable
como antes
tomaba una fresca con vos
y con los pibes
agitándola a lo loco
en la plaza Guemes
pienso
que abrirías un poco más los ojos
y me dirías:
pichón, tanto tiempo y seguís
pensando en mí todavía.







***







En la sala de espera del dentista

Nos van a lastimar.
Todos lo sabemos.
Pero leemos. Miramos.
Escuchamos.
Escribimos
mensajes de texto.
Los recibimos. Leemos.
Nos acomodamos.
Leemos más. Más
miramos. Hojas.
Pantallas. Caras.
Hebillas. Zapatos. Pechos.
Silencio. El que sigue. Silencio.
El que sigue.
Respeto. Ubicación.
Pero todos en el fondo sabemos
que nos van a lastimar.






***







Che peluquero

Che peluquero. Hoy somos un equipo.
Tu trabajo es muy importante para mí.
Mi desenvolvimiento social
a corto y por ende
a largo plazo depende
del grado de tu inspiración.
De que sepas tomar hoy
la decisión justa. Más acertada.
Más idónea para mi ventura
y mis propósitos.
No te exijo un estilo.
Te exijo el movimiento
que más se adecúe
a mi cabeza y a mis orejas y a mi cuello.
Yo a cambio te prometo
mi absoluta compañía y fidelidad.
Si querés no te hablo.
Si querés no me muevo.
Dependo mucho de vos
como para no hacerlo.
Porque quizás la chica
que es para mí
no se fije en mí
por vos. Por uno o dos centímetros
de desacierto. Consideralo. Todos
nos podemos equivocar.
Lo único que nos perjudicaría ahora
es que no hagas tu mayor esfuerzo.







***






Se estabiliza la Modernidad


Adónde iremos a parar.
Cada día somos más.
Hay islas desiertas.
Pero la gente hoy necesita de gente.
Ya no es fácil vivir de la tierra.
Empujaste al corral un ternero.
Y esta mañana en el vagón
hombres empujando hombres
sobre kilómetros y kilómetros de vías
de acero por la cual una nave virtual circula
todo hecha de hierro, de sangre y de metal.







***






Sin ella


Había fumado casi todo el día. La resaca me tenía desorientado. Sentía que después del presente nada bueno me iba a estar esperando. Así se me fueron la tarde, las ganas. Mirando partidos de la b. Hasta que cuando abrí los ojos afuera ya era de noche.

Me puse las zapatillas y una campera. Me guardé los puchos en el bolsillo. Apagué todas las luces de la casa. Después salí a caminar. Caminé hasta casi las once. Fumando. Pensando. De a ratos abajo de la luz de los postes. De a ratos solamente la brasa del pucho brillaba en la oscuridad.

Vi mujeres. Perros. Viejos. Taxis. Árboles. Semáforos. Vi a una mujer apoyando su bicicleta en la pared de una ferretería cerrada.

Volví a casa con la noche en los hombros. No podía asegurar qué era lo que sentía. No sabía si ya estaba metido en lo hondo de esa negrura que a la tarde se me había insinuado, o si lo que me pesaba era el cansancio de haber caminado tantas horas sin ir hacia ningún lugar.




***





A vos

Tardé.
Tardé mucho, sí; pero pude.
Ya está.
Te sobreviví.
Ya no se agrieta en mis pies la tierra
cuando esto que es estar despierto
y escuchando
y pensando y chocando y resistiendo
me acerca tu nombre, tu boca, tu
recuerdo.
No reniego jamás
de haber sido tu centro.
Fue todo cargar con vos. Todo.
Saber tu nombre.
Que vos desde tu distracción
supieras también el mío.
Dos perros aullando en el abismo.
Dónde perdí la infancia del amor.
Hasta que uno una mañana se levanta
y escucha las mismas canciones
que antes de que te murieras.
Y a mí ya no me importa haber tardado tanto.
Porque quizás lo rápido
no es lo mío.
Quizás yo solo una mañana me levanto
y tengo todo el sol pegado a los ojos
y sencillamente me felicito
a mí mismo
con orgullo
por haberte conocido.








***







Allá

Fue mi culpa lo de ayer.
Por todos lados calles
que no conocía.
Sin señalizar.
Callejones oscuros
y nadie
a quien preguntarle.
Y la función
que está por empezar.
Vamos a llegar.
Y si no llegamos.
No. Vamos
a llegar.
En ningún momento
se me ocurrió decirte
que no sabía
dónde estaba.
Solamente: allá.
Vamos
para allá.
Y vos
me mirabas
un segundo,
después
me agarrabas
de la mano
y seguías
hermosa
bajo los postes
de luz
trotando
conmigo.











Sobre Homero



"El día más triste de mi vida fue cuando me di cuenta de que podía vencer a mi padre". Es lo que Homero Simpson le dice a Marge, ambos recostados en la cama, en un capítulo viejo de los Simpsons. Yo me estaba haciendo un pati cuando la escuché a esta frase.

Me dije: la poesía es como la inspiración. Puede aparecer en cualquier momento. En cualquier lugar. No avisa.


**

Después de escuchar a Homero me puse a pensar: jamás leí a Homero (el poeta). E inmediatamente después: es emocionante la cantidad de libros que se escribieron después de él. La cantidad de literatura, de fantasía que la humanidad siguió engendrando después de él. Pensé: qué triste que Homero no haya podido escuchar esa frase de Homero Simpson. Porque estoy seguro de que podría haberse sentido identificado.

Las formas han cambiado, desde los griegos hasta ahora. Pero en su madera no han cambiado nada.


**

¿Homero Simpson? ¿Los griegos? ¿Humanidad? ¿Esto es un mal día?

Pienso: hace seis mil años un hombre se sentó y escribió la primera línea de la Odisea que hoy se puede comprar a diez pesos en cualquier librería. Seis mil años. Desde ese momento en que aquel hombre se sentó a escribir aquella primera línea, hasta el momento en que yo, mientras me hacía un pati, escuché la frase de Homero Simpson, seis mil años.

Moriré. No seré más que un guiño en el sueño de los otros. Esto es la posmodernidad.

La Odisea. Un pati. Los Simpsons.


**

Si Homero viviera hoy, y tuviera veinte años... ¿Tendría Twiter? ¿Tendría Facebook? 

¿Habría escrito La Odisea o, impelido por los seis mil años de decantación literaria, habría reducido el mamotreto -en consideración también a la paciencia y capacidad de atención del lector promedio actual- a sus palabras justas y necesarias?

La capacidad de concentración ha disminuido (por dios, ¿qué es este pretérito compuesto?).

Pienso: hoy los niños para masturbarse miran videos subidos a la red. A nosotros, los que rozamos los treinta, en su momento solo nos quedaba imaginar.

Deduzco: ha disminuido la capacidad de concentrarse, de imaginar, de erigir una imagen en la mente y aferrarse a ella.

No se trata ni siquiera de una cuestión generacional. Se trata de niños de los que nos diferencian apenas cinco o siete años.

Así de presurosos son los cambios hoy. 

El presente arrasa.


**

¿Cuando me di cuenta de que podía vencer a mi padre? Yo tenía diecinueve años. Estaba deprimido. Mi carácter era algo demasiado nuevo para mí.  

Entré drogado a casa y me puse a llorar. Mi padre, al así encontrarme, también se puso a llorar.

Nunca hasta ese momento yo lo había visto llorar. Basta de repetir esta palabra.

Ese día conocí la vulnerabilidad de mi padre. Supe que podía vencerlo.


**

Seis mil años. Homero no vio Los Simpsons. No vio jamás un televisor. No conoció la electricidad. Ni siquiera conoció sus libros.

Hoy los que gustan de los libros son una secta. Cada vez más escasa. Conozco a un tal Marcos. El tipo es un enfermo de los libros. Lee hasta abajo de la ducha. Me dijo la otra vez: hoy se imprimen cerca de un millón de libros al año. En un año. Hoy. Se imprimen más de los que se han impreso todo a lo largo de seis milenios. En un año. La humanidad entera escribe. ¿Qué hacer con tanta producción? ¿Cómo recortar? ¿Cómo no sentirse angustiado bajo la idea de que tal vez aquel libro no leído pudiera ser precisamente el destinado a uno?

Está escrito. Shakespeare no tuvo que leer a Stevenson. Stevenson no tuvo que leer a Borges. Borges no tuvo que leer a Cartarescu. Pero Cartarescu sí tuvo que leer a los anteriores tres.

La tradición crece, asciende de manera piramidal.

No se puede, sencillamente, leerlo todo. El que mucho abarca, poco aprieta.

El pasado pesa.

Hay que incendiar de nuevo la biblioteca de Alejandría, dice Marcos. Matar a los clásicos.

O Túa Pereda, Alfonso: "El conocimiento, en la época presocrática, cabía en la cabeza de los sabios de entonces. En el Renacimiento, una maleta conteniendo los compendios, las habituales Summas, sería suficiente para almacenar los conocimientos, ya más desarrollados, de esta brillante etapa del pensamiento humano. Pero hoy el conocimiento no cabe en ninguna cabeza ni en ninguna biblioteca: está en las bases de datos, y hay que saber buscarlo".


**

O vencer a los clásicos, como llega ese día en que uno puede vencer a su padre. No estamos hablando de mejorar. Estamos hablando de vencer.

¿Cuántas formas tiene la victoria? ¿El olvido es una de ellas? ¿La segregación?

¿La ignorancia?

¿Pero cómo se puede vencer al padre sin sentir a un tiempo derrotada una parte de uno?


**

Estoy pensando en cómo concluir este texto. Pero no se me ocurre ninguna manera. Quizás por el hecho de que no partí desde una premisa evidente. O quizás porque una de las licencias de lo fragmentario es la absoluta arbitrariedad de su conclusión. 





      

miércoles, 23 de julio de 2014



La otra

La otra es la que no te conoce.
La otra es la cara fluorescente de un sueño.
Una extraña que viste en un bar hace tiempo
y te pidió fuego y te miraba y no se iba.


Una extraña: eso es la otra.

Pero soñás su cara y entonces está,
y si está nunca deja de pedirte fuego y de mirarte
y de quedarse adentro tuyo
en esa noche 

cuando no se iba.

Y aunque nunca deje de ser la otra
que no te conoce
esa es la mujer que vos siempre vas a querer para tu vida.









**







Identidad

Puedo calcular las alternancias
entre mis conjeturas
y mis impulsos
pero no comprender
qué mano los ata.


En cambio 
la epifanía se vuelve posible
cuando empiezo a considerarme el animal
domesticado
de un espíritu
que tiene mi nombre
y jamás necesita
explicar quién soy.






**







Nombre

Ayer soñé que iba a morir solo.
En la pieza de un hospital siendo relativamente joven.
Soñé que no había nadie para darme la mano.
Para traerme botellas de agua mineral.
Soñé que tenía sed y que en la ventana se veía
la lona desgarrada de un pasacalle.
Solamente se alcanzaba a leer un nombre.
No era el mío.
Me desperté sintiéndome lleno de paz.








**






Secreto

Cuando me contás
algo 

que no me querías 
contar
es como si se volviera 

de agua la pared
y uno pudiera pasar una mano
como un fantasma
sobre algo maravilloso
escondido atrás de la pasividad de las cosas
que siempre se muestran de la misma manera.








miércoles, 25 de junio de 2014




La belleza en el fútbol







Hay jugadores que son estéticos. Messi no lo es. Si algún día termina consolidándose como el mejor jugador de la historia, no lo va a ser por su elegancia a la hora de vincularse con la pelota, sino por su efectividad. En 2012, en una faena casi surrealista, hizo 91 goles en 69 partidos. Donde pone el ojo pone la bala. Pero no es un virtuoso. Messi la domina, se "hace pases a sí mismo" al momento de eludir rivales, aclara el espacio o lo intuye o lo inventa, y después directamente acude al pum. Al misterioso pum. Al que siempre después de él termina adentro del arco.

El esteticismo en el fútbol como marca de estilo lo inauguró Maradona. Alcanza con ver cómo pateaba los tiros libres. O cómo la paraba de pecho. Arqueando la columna de tal manera hacia atrás que sus pectorales, al mismo tiempo elevados hacia adelante y hacia arriba, adquirían la forma de la palma de una mano suavemente abierta. Como si la pelota a detener fuera un pájaro al que someter más por el efecto de una caricia que de un impacto. Hizo del fútbol una labor clínica.

Después muchos quisieron imitarlo. El único que lo pudo superar fue Zidane.

Zidane ganó un mundial siendo determinante, el del 98, tal como Maradona lo hizo en el 86, y también llevó a Francia a un subcampeonato, el del 2006, tal como Maradona lo hizo con Argentina en Italia 90. Cómo olvidar la apiolada apilada de Maradona que frente a Brasil desembocó en el gol de Caniggia. En el 2006, con 32 años, Zidane llevaría a Francia a imponerse en una épica similar, destronando al mismo rival, pero sometiéndolo, y en este caso a una versión de la verdeamarela que contaba en su plantel con los mejores jugadores del planeta (Ronaldinho, Kaká, Ronaldo, Roberto Carlos, entre otros), algunos incluso en su plenitud.

Zidane, él solo, y literalmente, se los comió.

Francia terminaría ganando 1 a 0, con un gol de Henry, tras un tiro libre de Gizuh. La ejecución del diez galo fue exquisita. Abriendo el pie hacia afuera en el momento del impacto tal como lo hacía Maradona, generando que la pelota avance sobre un discurrir en su propia órbita en dirección al punto neurálgico del área contraria, y permitiendo de esta manera que el más mínimo roce francés o rival concluyera con la pelota en la red. Una ejecución, entonces, que combina la belleza del movimiento con la efectividad.

El de Zidane frente a Brasil fue un desempeño individual comparable o incluso superior al de Maradona frente a los ingleses. Vale la pena ver el partido entero solo para poder apercibirse de la manera en que un jugador, un solo jugador, es capaz de torcer el rumbo psicológico de un partido. Un Brasil sobrecargado de estrellas poco a poco empieza a entender que el diez rival es la encarnación de un dios en cuyas manos está el arbitrio de absolutamente todo lo que suceda adentro de la cancha. 

El video de abajo destaca las mejores intervenciones de Zidane en ese partido. Algunas parecen irrisorias en relación con el peligro ejercido sobre el arco contrario, pero cualquiera que haya jugado al fútbol en cancha de 7, al menos, sabe que no lo son. Sabe que esas jugadas organizan la respiración de la batalla. Que ayudan a meter a los compañeros en el pulso que es el juego. Lo que Messi hoy genera a través del shock, Zidane lo hacía a través del concepto. Estas jugadas desmoralizan al rival, que debe observar cómo la pelota circula y circula, incluso rodeándola, sin que nunca deje de ser propiedad ajena. 

Dos movimientos que en este sentido rescato: 

Minuto 2:30 del video: Zidane la domina en tres cuartos de cancha rival. Avanza unos metros, atisba el espacio vacío por la derecha, pero no hay ningún compañero ahí. Entonces hace un gesto, mínimo, indicando al carrilero francés que avance hacia ese sector para ocuparlo. Nada más que de repente, inmediatamente después de hacerlo, se da vuelta. Parece que acaba de cambiar de decisión. Mira hacia otro lado, como distraído, aunque sin demostrar vacilación, y a los dos o tres segundos, como si el partido y el movimiento del resto de los jugadores no fuera algo que necesitara abarcar visualmente, sino como si dicho sistema espacial y el deslizamiento azaroso de sus elementos estuvieran ya incluidos en su cabeza, vuelve a girar para darle la pelota al carrilero que, sorpresivamente para todos, menos para él, ya se encuentra en el sector vacío de la cancha que escasos segundos antes había observado.

Minuto 3:15 del video: Zidane elude a un rival con un giro. Trota la cancha con la displicencia de un bailarín representando El lago de los cisnes. Le ofrece la pelota a Rivery. Rivery avanza, observa el tumulto de camisetas amarillas frente a él y no se le ocurre otra idea que devolverle la pelota a Zidane, quien a su vez se halla más rodeado de rivales que él, apretado contra la línea. ¿Pero qué otra cosa podía hacer el joven Rivery que dársela al diez? Entonces la resolución de Zidane es majestuosa: incorpora el pie tal como lo hizo en el tiro libre, lo abre hacia afuera al momento de impactar la pelota, y la pelota se eleva por encima de los brasileros hacia su compañero, ubicado solo en la mitad de la cancha. Ese pase es una decisión del cuerpo de Zidane impredecible, insondable para cualquiera que lo hubiera mirado de afuera, y que señala el extrañamiento sobre la normalidad que es capaz de ejercer un hombre cuyo genio va más allá del promedio. Cada fibra, cada hueso, cada molécula de sangre en el movimiento que Zidane hace está en relación armónica con el espacio y sus elementos (la pelota, el campo, sus compañeros, sus rivales), y en esa armonía está su belleza.       












martes, 17 de junio de 2014

la ola y los focos de colores



Yo tenía veintiún años cuando la conocí. Era una morocha de ensueño. Hermosa, culta y totalmente desquiciada. Siempre llegaba a las reuniones familiares con olor a porro. Tenía los dientes blanquísimos, los labios carnosos, las pestañas siempre pintadas. Que dios me perdone: con pechos muy grandes. Era triste mirarla. Se llamaba Sofía. Acababa de cumplir veintiséis.

Era la hermana mayor de mi novia.

Mi novia y Sofía no parecían hermanas, si uno no sabía que lo eran. Eran muy distintas físicamente y también de carácter. Sobre todo de carácter. Mariana tenía muy en claro lo que quería y los pasos a seguir para conseguirlo. Teníamos pocas semanas de vernos, por ejemplo, cuando me dijo que sabía que yo fumaba porro y me pidió que lo dejara de hacer. Yo no tenía la menor idea de cómo lo sabía, hasta que me enteré de que ella me conocía hacía rato por unos conocidos que teníamos en común, y que ellos se lo habían contado. Cuando lo supe fue como si me tiraran un baldazo en la cara. No era que yo había puesto el ojo en ella como podría haberlo puesto en cualquier otra. Era que ella había liberado el camino para que yo lo pudiera hacer.

Sofía, en cambio, andaba por la vida a los tumbos. De eso también me iba a enterar con los meses, a medida que mi relación con Mariana se consolidaba y empezaba a pasar más tiempo con su familia. Una noche –sería la quinta o sexta vez que la veía–, Sofía se me acercó mientras el resto de sus parientes conversaba a los gritos y su aliento caliente me humedeció el oído: Vos y mi hermana hacen una mala pareja. La miré de reojo: ¿Qué? Pero Sofía ya se había dado vuelta y se estaba yendo por el pasillo.

¿Qué hace tu hermana?, le pregunté a Mariana un rato más tarde. Nada. No trabaja. No estudia. Solamente vive y toma clases de teatro. ¿Es actriz? Así es. O está en plan de serlo.

Me fui de esa casa como con una piedra en el zapato. Si había algo de lo que a esas alturas yo estaba seguro, era de que Sofía por lo general caía en detalles que el resto no. A la reunión siguiente fui decidido a preguntarle qué era lo que la había llevado a decir semejante cosa de su hermana y de mí, pero la chica no estaba. Se había ido de viaje al exterior con dos amigas y por una cosa o por otra no la volví a ver en mucho tiempo. Recién un año después volvimos a coincidir en el cumpleaños de su prima. Sofía estaba mucho más delgada y se le notaba en los ojos los estragos de una racha larga de noches de juerga. Estaba mucho más silenciosa y pálida. Arrasada por el insomnio, la depresión y las pastillas. Seguía siendo la mujer más hermosa que había visto en mi vida. Me acerqué mientras nadie miraba y le pregunté cómo había andado durante todo ese tiempo. Me interesaba saber cada una de las cosas que había hecho en su viaje. Pero Sofía me contaba poco y nada. Hablaba entre bostezos. Al final, aunque no colaboraba el clima de la conversación, se lo pregunté. A qué venía ese comentario que una vez me había hecho acerca de su hermana y yo. Ella me miró con los ojos apretados. ¿Yo te dije eso? Sí, ¿no te acordás? No, la verdad no, me dijo, quizás estaba fumada.

Yo no le creí. Una chica como esa. Tan fina para retener citas y nombres de escritores que nadie conocía y escenas de película y obras de teatro. ¿Cómo no se iba a acordar de algo así?

Durante el año en que Sofía no estuvo en Buenos Aires, Mariana y yo apuntamos la mira al mismo blanco. Nos sentíamos muy conformes con la relación y había planes de convivir. Pero cuando su hermana volvió, las cosas cambiaron. El humor de Mariana era otro. O quizás era otro el mío. Sofía estaba en todas las reuniones. Yo no podía dejar de pensar. Fui a ver a una psicóloga sin contarle nada a Mariana. ¿La amás?, me preguntó en la primera sesión. Yo nunca me había hecho esa pregunta. Creo que no, le dije. ¿Y cómo definirías lo que sentís hacia tu novia, entonces? Pienso, me rasco una ceja. No sé. La quiero, sí. Pero porque es la que está ahí. Es la que apareció.

Esa misma tarde le llevé a Mariana una caja llena de bombones caros. Ella me abrazó: ¿Te dije alguna vez que sos el mejor novio de todos?

Yo iba a la casa de mi novia cada vez más seguido. Era nada más llegar que miraba para todas partes, en esa casa enorme, aristocrática, a ver si estaba Sofía. Y muchas veces estaba, y mientras Mariana preparaba el mate o hacía algo del trabajo, ella y yo nos poníamos a charlar. Tal como siempre pasaba con Mariana, Sofía nunca estaba de acuerdo conmigo acerca de ningún punto de vista que yo le planteara sobre cualquier tema. Pero a veces, cuando los padres no estaban, mirábamos películas. El comedor a oscuras. Los tres apretados en un sillón. Mariana de un lado; Sofía del otro. Tenía el cuerpo de Sofia tan pegado que podía sentir cómo se le inflaba y desinflaba la panza. A veces la miraba de reojo y sus rasgos se movían fantasmales abajo de las sombras de la tele. Y después, cuando miraba para el otro lado, también Mariana tenía los rasgos difusos, cambiantes y azulados. También su cara era algo que me costaba reconocer.

Una noche de ese verano fui a una fiesta con unos amigos. Estábamos en el patio, escuchando a unas bandas. Ya eran las dos y habíamos fumado y tomado mucho. Hasta que vemos en la puerta de la casa la silueta de una chica a contraluz. Ella me mira y sonríe. Su imagen me descoloca. Era Sofía. Es mi cuñada, les cuento a los muchachos. ¿Esa es tu cuñada? Yo digo que sí, tan desorientado como ellos. No sabía que Sofía iba a estar ahí. Cuando se acercó, la gente se fue abriendo para dejarla pasar. Qué hacés acá. Me saludó con un beso en la mejilla. Me abrazó. Se reía. Mientras tocaba una banda de reggae. Había focos de colores colgados de un cable. Era una noche tibia. Sin luna. Con seis o siete estrellas. Mis amigos se fueron. Uno me dijo: Hacé lo que tengas que hacer. Me quedé solo con Sofía. Fuimos a un rincón del patio. Ella prendió un porro. Cuando me lo pasó me temblaba la mano. No sabía qué estaba haciendo. En ese lugar, a esa hora, con la hermana de mi novia. Con una mujer así. Fumé algunas secas. Sofía tenía las pestañas pintadas. Una minifalda negra. Una musculosa azul con estampados de flores. Su cara de perfil. Parecía una diosa, con huesos y sangre por error. El porro que ella había prendido era mejor que el que yo estaba acostumbrado a fumar. A los pocos minutos sentía que todo el mundo me estaba mirando. Que mi ropa no era la adecuada para esa fiesta. Que me iban a matar. Sofía mientras tanto se había apoyado en la pared, al lado mío. Yo no podía articular dos oraciones sin sentirme al borde de decir algo que no quería decir, como que estaba aterrorizado, por ejemplo, o que siempre la había amado. Dije: Linda noche. Y era imposible saber qué era lo que ella había interpretado en una observación tan sencilla. Porque se fue. Vi que se levantaba de la pared y se metía en el tumulto de gente. En los treinta segundos que siguieron intuí las peores desgracias. Después me acordé de que estaba en una fiesta. Tomé un poco de vino. Busqué a Sofía en el caos. Estaba bailando sola, de cara a la banda de reggae. Varios pibes la rodeaban. Me acerqué. Me puse a bailar al lado de ella, también mirando a la banda. Jamás había bailado reggae. Sofía sonrió. Muy bien, gritó, con los ojos rojos y achinados. Muy bien. No había nada qué decir. Yo estaba bailando muy mal. Sofía en cambio se movía como si la música fuera una ola metida abajo de su piel, contra la carne, entre los huesos. Una ola que subía y bajaba y después iba y venía. Llegó más gente. Nos tuvimos que apretar más. Sofía seguía moviéndose despacio, como la onda de un río. Pero ahora apretada a mí. Yo había dejado de bailar. Había renunciado. Sofía ahora estaba bailando casi con los ojos cerrados. Su culo se mecía contra la mano que yo tenía en mi bolsillo. Los dos mirábamos al frente. No hablábamos. Sofía se rozaba contra mí apenas. Yo tenía miedo de romper el delicado equilibrio que permitía ese milagro. De vez en cuando no me quedaba otra que suspirar. Que largar una buena bocanada de aire. Que sacarme de encima toda la tristeza del mundo. En un momento tuve que correrme a un costado para dejar pasar a unos pibes, y con Sofía quedamos algo distanciados, quizás a unos diez o quince centímetros. Pero nos volvimos a acercar mutuamente, poco a poco, cuando en realidad había espacio de sobra para bailar separados. Nunca fui tan consciente de mi cuerpo como lo fui esa noche a través del contacto con el cuerpo de Sofía. Sus nalgas. Sus caderas. Sus muslos. Sus brazos rozando los míos. Moviéndose como una ola en mí. Después la banda terminó de tocar. Nos quedamos sin música. Sofía me dijo que se iba al baño y después no volvió. Cuando entré a la casa vi que estaba hablando con un flaco alto y morocho a un costado de la barra. La saludé, le dije que me iba. ¿Tan rápido? Quedate un cachito más. Le dije que no podía. Me pidió un cigarrillo. Se lo di.

Después me fui.

**

Mi relación con Mariana no duró mucho más. Fuimos a tomar una cerveza. Le dije que ya no estaba enamorado y ella me eliminó de su vida. Ya no me respondió más llamadas ni mensajes. Fue como si nunca hubiera tenido un capítulo conmigo. Yo también me olvidé de ella a los pocos años.

Recién hará un par de meses volví a pensar en Mariana. Estaba con unos amigos en un bar y había salido el tema de conversación de nuestras relaciones pasadas. Entonces les hablé de ella. Les conté que había salido tres años con una chica sin nunca haber estado enamorado. ¿Y para qué te metiste en algo así? No sé, contesté. Y les estaba a punto de decir que en esa época no quería estar solo, cuando tuve lo que se dice un momento de claridad. Uno de esos instantes tan poco comunes en los que por un segundo se cree entender todo. Solté el vaso en la mesa. Fue como un pantallazo: vi a Sofía bailando conmigo en la fiesta. Entonces se me ocurrió que había estado tres años con Mariana nada más esperando una chance, aunque sea una sola, de estar con Sofía en un momento así. Cuando por fin tuve la posibilidad, no la desaproveché. Durante más de media hora con la chica nos dijimos todo sin abrir la boca. Fuimos dos cuerpos tensados por un solo hilo. Después ya no hubo vuelta atrás. A las dos semanas Mariana y yo terminamos. Cuando la dejé de ver a ella también dejé de ver a Sofía.

miércoles, 11 de junio de 2014





Lo sublime en Godzilla







Saramago decía que no le gustaban los efectos especiales en el cine porque le sacan a uno la capacidad de imaginar. El vuelo de ese ovni o la explosión de tal edificio no son lo que yo podría haber imaginado, si no lo que previamente imaginaron otros. Por ese mismo motivo a veces pienso que los efectos me fascinan a mí. La imaginación de otro tipo y su labor sobre la apariencia que vuelve posible, perceptible y lineal lo que en mi imaginación únicamente aparece viciado, casi transparente, fragmentado.

En este sentido Godzilla, de Gareth Edwards, es un despilfarro de fantasía. Impacta, vista en tres dimensiones. Hubo escenas en las que se me apretaron los órganos a la altura de la panza, tensionado por los constantes golpes de shock. La desmesura alcanza a una bellísima escena en la que se puede ver a una decena de paracaidistas atravesando los nubarrones de una tormenta en dirección a una ciudad destrozada, con el Requiem de Ligeti sonando de fondo, la misma música que Kubrick eligió para mistificar el momento en que los primeros ejemplares de la humanidad descubren el monolito en 2001: Odisea en el espacio.

El argumento es modesto, y con genuina humildad no tiene ningún problema en cederle todo el protagonismo de la película a la espectacularidad. Aunque así y todo el autor se permite reponer en boca de sus personajes conceptos básicos y generales que postulan un modo de ver la vida de margen tan amplio que la identificación del público está prácticamente servida: “La arrogancia del hombre está en pensar que controla a la naturaleza y no al contrario”.

El concepto es consecuente con las distintas secuencias en las que aparecen los monstruos. Cada vez que Godzilla y los OTENI están en pantalla algo va a andar mal. Terremotos, tsunamis, inundaciones, volcanes en erupción: todas las grandes catástrofes aparecen referidas y visualizadas. Vapuleado por los efectos visuales y sonoros -fundamentalmente sonoros- de verosimilitud impecable -lo que no debería sorprender en un proyecto de más de ciento sesenta millones de dólares-, hay un momento en que uno es plenamente consciente de su propia finitud y alcanza a experimentar lo sublime. Tus manos aprietan las butacas de forma involuntaria, casi como para asegurarte de que sí, estás ahí, en un shopping del conurbano mirando cine pochoclero, y que nada de lo que pase en la pantalla puede realmente tocarte.

Y sobre toda esa mezcolanza de impresiones, más físicas que conceptuales, cuya mira apunta directo al organismo, la frase ejerce una influencia irrisoria. Pero salís del cine, y esa frase sigue pastando en tu mente, mínima, como un fósforo prendido en medio de un bosque inmenso, o como un puñado de tierra desparramado encima de una cancha de fútbol. Se sabe. Desde que el mundo es mundo, cada tanto la naturaleza dice: Acá estoy. Y un tsunami arrasa una ciudad en cuestión de minutos. Esto está en Godzilla. Pero, ¿y las otras catástrofes que se refieren en la película? ¿Las explosiones de las bombas atómicas en Nagasaki y Hiroshima? ¿La caída de las torres gemelas? ¿Chernobyl? Así que la frase del tipo tranquilamente también podría haber sido: "La arrogancia del hombre está en pensar que controla al mal y no al contrario".

Claro que todos los grandes dilemas pueden bajarse a la vida cotidiana. Si reducimos la trama de Godzilla a su columna neurálgica, por ejemplo, se trata de la locura de un tipo que pierde a su mujer por una mala decisión y lucha por redimirse. Entonces la frase va más acá de la desgracia colectiva para empezar a tocar cuerdas de la vida minúscula de cada uno: "Mi arrogancia está en creer que hay cosas que en su momento pude hacer o evitar, cuando en realidad en las cosas hay una naturaleza que yo no controlo".

Pero cuando salís del cine no hay nada de eso en tu frente. No. Es tu cuerpo el que ahora está pensando en tu lugar. Por el momento las imágenes de Godzilla son lo único que rebota en tu cabeza alienada, chispeando una milésima de segundo antes de volver a desaparecer.






martes, 3 de junio de 2014

la cadena de oro

La despertó un golpazo en el techo. Como si se le acabara de desplomar una pared. Se inclinó en la cama y escuchó unos pasos que se alejaban por la terraza, hasta que de golpe todo quedó callado.

Llamó por teléfono a su vecino. Jorge, hay alguien arriba. Sentí un ruido en el techo. Creo que saltó para tu casa. ¿Llamaste a la policía? No, te llamé solo a vos. Mejor, por ahora no los llames. Vos quedate tranquila y no salgas. Escuchame bien: No salgas.

Marisol se acercó a la ventana casi sin respirar y miró el patio. Era una noche de oscuridad cerrada, no se veía la luna ni una sola estrella. Pero al fondo, a unos pocos metros, ella sabía que estaba su garaje. Y del otro lado del alambrado, el patio de la casa de Jorge. Escuchó un grito. Negro de mierda. No movás un pelo.

Después hubo dos o tres explosiones. Como fogonazos que se prendían y apagaban en la sombra. La ventana donde Marisol tenía la cara apoyada se puso a temblar.

Entonces las luces del patio vecino se encendieron, y un tipo con medio brazo lleno de sangre empezó a correr por el pasillo que daba a la calle. En ese punto Marisol no pudo verlo más. Pero corrió hasta la ventana de la entrada, haciendo adentro de su casa el mismo recorrido que el otro tipo debía estar haciendo en el pasillo de la casa de Jorge, y cuando llegó se escucharon otros dos tiros que hicieron temblar todas las ventanas de nuevo, y vio que el tipo estaba gateando en el pavimento, por momentos arrastrándose, casi fantasmal abajo de la luz de los postes.

Jorge salió a la vereda, se bajó a la calle y se acercó al tipo hasta estar a unos pocos metros. Desde ahí apuntó el rifle y la descarga retumbó en el silencio que se había formado. La cabeza del tipo se desarmó en un montón de gajos.

Marisol se dio vuelta con una crisis de llanto y en el baño empezó a retorcerse con arcadas, a un lado del inodoro, pero tenía el estómago vacío y no llegó a vomitar.

**

Damián entró a la escuela número 37 en el segundo año. Había repetido de curso en el Estados Unidos y no quería volver a viajar todos los días hasta San Martín. La 37 quedaba a pocas cuadras de su casa, eso era lo bueno, aunque el nivel de mujeres bajaba bastante, lo notó ya al primer día de entrar.

En su curso solamente valía la pena Natalia. Era morocha y petisa. Siempre iba al colegio con los ojos pintados y cara de no estar pensando en nada. Cada vez que empezaba el recreo y la chica tenía que levantarse Damián aprovechaba para mirarle el culo, apretado por calzas o jeans celeste claro.

A la salida siempre la esperaba un gordo con una scooter naranja preciosa, bien empilchado, y con la música en los parlantes a todo volumen. Cada vez que salía, Damián lo miraba de reojo. Y después la cruzaba a Natalia en los recreos y le decía de cerca: A tu novio lo mato. Hermosa. A tu novio lo mato.

Y Natalia se reía, le seguía la corriente, pero después el asunto se quedaba ahí. No voy a salir con vos. Sos muy lindo para mí. Damián entonces también se largaba a reír.

Cuando se consiguió una moto lo primero que hizo fue frenarla al lado de la scooter del gordo: Qué lindo fierro que tenés. El gordo se acomodó la gorra. Después se cruzó de brazos y se quedó mirándolo. Natalia justo estaba saliendo del colegio y los vio. Se acercó mirando el piso, con una mano en la nuca. Pero Damián puso primera antes de que ella los alcanzara y se fue.

Sos un pendejo, le dijo Natalia al otro día. Acababa de terminar el recreo. Damián la estaba esperando en el pasillo. La miró a los ojos. Me gustás. Natalia se mordió la boca. No. A vos te gustan los quilombos.

Damián entonces se acercó y la besó en un rincón, contra los baños, mientras nadie miraba.

**

Natalia también vivía a pocas cuadras del colegio. A la mañana, cuando el padre salía a trabajar y ella quedaba sola en la casa, Damián pasaba a verla. Siempre hacían lo mismo. Después de cojer, desayunaban juntos y fumaban hasta que se hacía la hora de ir al colegio. A las doce salía él, y un rato más tarde salía ella.

A las pocas semanas también empezaron a verse los sábados. A veces estaban en la casa de él y a Natalia la llamaba Leandro por teléfono. Mientras ella hablaba con el novio, Damián la besaba y la tocaba de atrás, mordiéndole despacio el cuello, hundiéndole la nariz en el pelo y después bajando, bajando, hasta hacerla cerrar los ojos. Después se quedaban un rato tirados, fumando porro, con la música encendida, hasta que se hacía de noche y ella tenía que volver a la casa a encontrarse con Leandro.

Una mañana, a los dos meses, Damián le regaló una cadena de oro. Natalia le preguntó de dónde la había sacado. La hice laburando. Pero si vos no laburás. Damián soltó una paloma de humo en la pieza y Natalia le pegó en el hombro. Oíme: si querés estar conmigo, no te quiero haciendo macanas. ¿Me escuchaste? Sí. Mirame a los ojos. Sí, pendeja, volvió a decirle Damián.

Natalia guardó la cadena en el cajón de su mesita de luz. ¿Qué hacés?, la miró de reojo él. Ponetelá. ¿Estás loco? Leandro me llega a ver con esto y me mata.

Damián chasqueó los labios y se le tiró encima: Olvidate de ese gordo. Seguro no te coje como yo.

Mirá que la tiene más grande que vos.

Damián se largó a reír. Como quieras. Pero seguro que como yo no te coje.

**

Cuando Damián salía de la casa de Natalia siempre tenía cuidado. Al lado vivía Marisol, la tía de Leandro. Supuestamente no había problemas cuando se juntaban antes de ir al colegio. Marisol trabajaba y a la mañana no estaba nunca. Pero igual Natalia siempre salía antes por las dudas y se fijaba que estuviera cerrada la persiana y que no hubiera ningún conocido dando vueltas, y entonces sí Damián se iba apurado con la moto apagada hasta la esquina, y ahí la prendía y salía disparado por el pavimento.

Un jueves Marisol amaneció con náuseas. Fue al trabajo después de tomarse unas aspirinas, pero a media mañana se sentía peor. Le pidió el día a su jefe. Estaba llegando a su casa en un remis cuando vio que un muchacho salía de la casa de Natalia. Un muchacho alto y flaco, con gorra y una moto grande y llamativa.

No bien entró a la casa lo llamó a su sobrino. Leandro llegó a la casa un rato después. Se había ido del trabajo sin avisarle nada a nadie. ¿Estás segura, vos? ¿Estás segura de lo que decís? Marisol vio los ojos rojos de Leandro y le puso una mano en el brazo. Ojalá, mi amor. Ojalá estuviera equivocada.

**

Ese mismo día, a la salida del colegio, Natalia se dio cuenta de que algo había pasado apenas se subió a la moto de su novio. Leandro andaba muy rápido, doblaba cerrado, mordiendo cordones; casi no frenaba en los lomos de burro. Natalia tenía que apretarle la cintura para no caerse. Qué te pasa, tarado, le empezó a gritar. Si querés matarte matate solo.

Leandro frenó en una plaza. Sentado en un banco, se puso a llorar. Me cagaste, pendeja. Vos me cagaste.

Natalia también se puso a llorar.

Decime quién es. Nadie. Un nadie. Un nadie cualquiera.

Natalia le pidió perdón de rodillas. Le besó las manos. Lo abrazó. Nunca más, le dijo. Te juro por la vida de mi viejo que nunca más.

**

Se pudrió todo. Leandro lo sabe. No vengas mañana. Se terminó.

Cuando Damián leyó el mensaje estaba en la esquina con los pibes. Dejó la botella en el piso. Le escribió: Hablemos. No somos pendejos. Hablemos.

Natalia le contestó enseguida: No hay nada que hablar. Metetelo en la cabeza. Se terminó.

**

Damián al otro día fue a la casa de Natalia igual. Eran las diez. Tocó el timbre. Ella se asomó a la ventana. ¿Qué hacés acá? Salí ahora, dijo Damián. Si no salís ahora te prendo fuego con todo el barrio. ¿Qué querés? Hablar. Hablar, nada más.

Natalia le abrió la puerta. Él entró y se acercó para besarla. Ella le esquivó la cara. Sos un hijo de puta. ¿No entendiste nada? Entendí. Pero a mí no me vas a cortar por mensaje. A mí me lo decís en la cara. Como quieras: yo lo amo a Leandro. Damián le apretó una muñeca. ¿Por qué de repente te hacés la otra? Natalia lo empujó. Soltame. Damián no la soltó. Vos no lo querés. Vos estás con él por la guita. ¿Qué tiene que ver eso? Estás por la guita. Te cabe el gordo porque la tiene. ¿Eso me viniste a decir? Sí. Que sos una puta. Listo. Ya lo dijiste. Ahora andate de mi casa.

Damián sacó la moto de la puerta arando. Ese día no fue al colegio. Y al otro, ya sábado, se despertó con resaca. Pensó en Natalia. Después se acordó de la cadena de oro que le había regalado. Se preguntó por qué ella no se la había devuelto.

**

Damián había conseguido la cadena un martes. Ese día había faltado al colegio para irse con un amigo a dar vueltas por Ballester. Estaban en moto. El amigo era el que manejaba. Iban hablando de un partido de fútbol que jugaban esa noche, unas horas más tarde, contra otros pibes de Churruca. En un momento el amigo señaló a una vieja que caminaba muy despacio, encorvada, por la vereda de enfrente. No había nadie en la cuadra. Acá, dijo Damián. Acá, contestó el amigo. Entonces frenó la moto y Damián se bajó y se acercó corriendo a la vieja y le arrancó la cadena que tenía en el cuello de un tirón. La vieja le alcanzó a agarrar un brazo y se puso a gritar. Él se la sacó de encima con un codazo. Después le pegó una trompada en el ojo y la vieja cayó al suelo.

Se subió de nuevo a la moto. Pirá. Pirá.

El amigo arrancó rápido y se fueron sin que nadie los viera.

**

Era sábado y Damián se despertó con resaca. Tenía sabor a pasto en la boca. Levantó su celular y le mandó un mensaje a Natalia: Quiero la cadena que te di. Pasaron las horas y Natalia no contestaba. La llamó. No le atendió el teléfono. Recién a las seis de la tarde, mientras tomaba un vino en la plaza con los pibes, le llegó un mensaje de ella: No me molestes más. Puta, devolveme la cadena, le escribió él. Le mandó varios mensajes de ese tipo. Natalia ya no le contestó ninguno.

A las nueve de la noche se juntó con otros dos amigos en la casa de Jhony. Fumaron porro. Siguieron tomando vino. Al vino le pusieron pastillas. Después de un rato Damián tenía un ojo cerrado. Abrió su celular y releyó los mensajes que le había mandado a Natalia a la tarde. Uno decía: Quiero cojerte. Otro: Hablemos. Otro: Metete la cadena en el orto. No se acordaba de haberlos escrito. Agarró el celular y lo tiró contra la pared. Este ya no sabe ni dónde está, dijo uno de los pibes. Tomá, le dijo otro, tomá, para que se te baje. Le alcanzó un papel. Damián aspiró una línea. Después aspiró otra y se encorvó en la mesa y tragó. Pusieron cumbia. Se sentaron en la terraza a tararearla. Siguieron tomando vino. A la una y media, cuando ya no quedaba nada en la heladera, salieron para el boliche.

Quedaba en San Martín. Cuando iban en el auto Damián solamente veía manchas. En el boliche bailó con la conocida de un amigo. La besó. Empezó a tocarla. La chica le preguntó si no le daba para ir a otro lado. Damián le pidió las llaves del auto a su amigo. Su amigo lo miró de reojo: Vos estás todo doblado. Damián le señaló a la chica: Jhony, mirá este gato volador. No me dejés tirado. Su amigo al final le dio las llaves: Más vale que a las seis estés acá en la puerta.

Damián salió con la chica de la mano. En la esquina ella paró para comprar chicles. Él la miró de atrás. Después se dio vuelta y caminó hasta el auto y lo encendió y se fue solo. Agarró ruta 8 manejando rápido, pasando coches por la izquierda y la derecha, con la música alta. Dejó el auto a pocas cuadras de la casa de Natalia. Caminó por las calles vacías, haciendo eses. Se escondió atrás de un árbol, mirando la casa de Natalia. El frente estaba enrejado. En cambio la casa de al lado tenía una medianera de cemento. Damián se subió despacio a la medianera, sin hacer ruido. Después pegó un salto a la medianera que daba a la casa del otro vecino, y se trepó.

Cuando se soltó en la terraza no pudo hacer equilibrio. Cayó al piso. El ruido sonó fuerte y un perro empezó a ladrar. Damián corrió hasta la terraza de la casa de Natalia. Después bajó al patio y se asomó a la ventana de la pieza de la chica. Todo estaba oscuro. Escuchó con atención. No parecía haber nadie adentro. Pero cuando quiso correr la ventana se dio cuenta de que estaba enrejada. Retrocedió. Estiró una mano en la sombra. La reja fría seguía ahí. No se acordaba de la reja y apretó los dientes. Mierda. Mierda.

Se dio vuelta. Estaba volviendo a la terraza cuando un tipo le gritó: No movás un pelo.

Damián salió corriendo por el patio y en la oscuridad explotó un fogonazo.

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Natalia se enteró al otro día. Fue el padre el que se lo contó. Un chorro se había querido meter a la casa. Lo mató en la calle. Después la policía lo ayudó a entrar el cuerpo y a dejarlo en el patio. Le pusieron también un revólver. Así que no tenemos que preocuparnos por eso, le dijo Jorge. Y la abrazó. La verdad es que ya no se puede vivir así.

Natalia tragó saliva.

Recién unas pocas horas después, ya de noche, la llamó su mejor amiga. ¿Te enteraste? Natalia estaba desnuda, recostada en su cama. Leandro al lado se había quedado dormido. La noticia a esas alturas ya había corrido de boca en boca por todo el barrio. Su amiga se lo dijo. Natalia sintió una puntada en el estómago. Cortó. Leandro se despertó a los pocos segundos, cuando Natalia empezó a llorar con histeria. ¿Qué te pasa? La abrazó. Le dio un sorbo de agua. Su novia no reaccionaba. Tenía la boca llena de mocos y lágrimas. Leandro abrió el cajón de la mesita de luz, empezó a revolver entre las cosas buscando los pañuelos. De golpe tocó algo frío y duro en el fondo del cajón, y cuando se dio vuelta tenía en la mano una cadena de oro.