jueves, 30 de enero de 2014

boceto de un cuento que tengo que escribir sobre mi viejo

 

Tengo ganas de escribir un cuento que hable sobre mi viejo. Escribir, por ejemplo, sobre cómo él a los once años salía en el verano a vender helados a la ruta aunque en su casa nadie se lo hubiera pedido. Sobre cómo salía cada tarde, después del mediodía, abajo del sol que prendía fuego el aire, a desfilar entre los coches que frenaban de cara al semáforo en rojo con una caja de telgopor atada al pecho y ahí se quedaba hasta que empezaba a oscurecer.

Tengo ganas de escribir sobre cómo después juntaba la plata de lo que vendía y la guardaba, día a día, semana a semana, mes a mes, anotando en una libreta los ingresos de cada jornada, ahorrando, juntando. Sobre cómo con lo que ganó ese primer verano pudo comprarse una bicicleta, con la que después, durante el invierno, cada vez que salía del colegio, iba a repartir el correo en el barrio, juntando más plata, ahorrando más todavía. Sobre cómo mi nona lo veía llegar a la casa con las manos moradas del frío y los labios agrietados, descascarados en tiritas, y le decía: Mañana mejor descansá; pero él al otro día salía a repartir cartas igual. Sobre cómo a los quince años mis nonos pudieron pagarle el ingreso a un colegio privado, y sobre cómo él se desesperó al notar que sus compañeros sabían cosas que él no sabía, sobre cómo esa desesperación que lo angustiaba lo impulsaba cada noche a quedarse estudiando horas de más, leyendo por su cuenta, hasta conseguir algo lo más parecido al equilibrio entre su bagaje y el de los más aplicados de sus compañeros.

Tengo ganas de escribir un cuento sobre cómo mi viejo conoció a mi vieja a los diecinueve años. Sobre cómo se enamoraron. Sobre cómo se casaron.

Tengo ganas de escribir sobre mi viejo entrando a la universidad. Sobre su trabajo de doble turno en una tornería de la zona para mantenerse los estudios. Sobre sus odiseas periódicas desde Podestá hasta capital en dos colectivos y un tren. Sobre cómo cuando yo era un chico de dos años él llegaba a la casa pasando la una de la madrugada, y estudiaba dos horas más para el examen del día siguiente, y sobre cómo a veces interrumpía sus estudios y se acercaba a mi cama, y me miraba dormir, durante un rato largo, me miraba dormir. Tengo el vago recuerdo de abrir los ojos y ver el contorno de su cara mirándome en la oscuridad.
Yo quiero escribir sobre eso.

Quiero escribir un cuento sobre cómo mi viejo después se recibió y pasó por distintos trabajos hasta por fin encontrar uno a la altura de sus expectativas. Tengo ganas de escribir sobre el poco tiempo que por esos trabajos él estaba en la casa. Lo que lo llevaría, muchos años después, a decirme: Cuando eras chico pasé poco tiempo con vos; por eso te cuesta tanto confiar en vos mismo.

Tengo ganas de escribir sobre cómo a medida que empezó a progresar profesional y económicamente, también empezó a tomar vino. Y después a tomar más vino. Y después a tomar cada vez más y más vino, y whisky, y a fumar habanos en la cocina de la casa. Tengo ganas de escribir sobre los muchos años en los que él y yo convivimos bajo el mismo techo sin dirigirnos la palabra. Sobre cómo no podía mirarlo a los ojos. Sobre cómo me sentía avergonzado de mí mismo frente a él y sobre lo mucho que sospechar que él me despreciaba me llevó, a su vez, a despreciarlo. Tengo ganas de escribir sobre la época en que él dudaba de mi sexualidad, por mi resistencia a la hora de llevar mujeres a la casa. Por mi negativa a reírme de sus chistes machistas. Por mi falta de complicidad cuando, estando mi vieja a un lado, celebraba la belleza del culo o de las tetas de una mujer que aparecía en la tele, o en cumpleaños o reuniones les tiraba piropos a otras mujeres que hubiera en la casa. Tengo ganas de escribir sobre cómo a los doce años me preguntó: ¿Ya te saltó la leche? Y sobre cómo a los nueve o diez me dio la única paliza que me iría a dar en la vida, según él -como también me lo iba a decir muchos años después, con varios vasos de vino encima- para que yo no me hiciera puto.

Tengo ganas de escribir sobre la vez que le presenté a mi primera novia, sobre las discusiones que ella y él a la larga después tuvieron; sobre cómo una vez mi viejo me sugirió que mi novia era una chica poco atractiva, de un cuerpo escuálido, esquelético.

Tengo ganas de escribir sobre cómo esta chica, feminista, autoritaria, una tarde me dijo: Vos vas a terminar siendo igual a tu papá.

Tengo ganas de escribir sobre cómo una vez mi viejo, cuando yo tenía diecisiete, dieciocho años, me encontró borracho en mi pieza, escribiendo un cuento del que él solamente alcanzó a leer el título en negrita y mayúscula: “La muerte de mi padre”. ¿Estás escribiendo sobre mí?, me preguntó. Y yo le contesté: No, es todo ficción. Y entonces sobre qué escribís. Sobre la vida. Y él, mirándome desde la puerta: Pero si vos todavía sos muy chico para escribir sobre la vida.

Tengo ganas de escribir sobre la energía con la que después de escuchar esa frase me puse a escribir. Sobre la adicción que escribir se volvió para mí. Me gustaría escribir sobre eso.

Quiero escribir también sobre cómo mi viejo solventó mis estudios durante años. Sobre cómo durante mi época de experimentación con drogas él sabía lo que estaba pasando, pero decidía mirar para otro lado. Tengo ganas de escribir sobre cómo una vez, con los ojos mojados, me dijo: Por qué ya no podés mirarme a los ojos. Tengo ganas de escribir sobre las noches en que se sentaba en su sillón frente a la tele a mirar boxeo. Sobre el vaso de whisky en una mano. Sobre el habano en la otra. Sobre su hermetismo. Sobre su reconcentración en sí mismo. Sobre su mirada autista fijada como ausente en la insistencia de dos hombres que se mataban; como ausente: como si sus ojos miraran más para adentro que para afuera; como si adentro de él hubiera un mundo lleno de imágenes y ensoñaciones y recuerdos o ideas que a nunca nadie le iba a estar permitido conocer.

Tengo ganas de escribir sobre los domingos a la tarde. Sobre las tardes de domingo en que él ponía en el equipo la canción de Perales “Y cómo es él”, a muy alto volumen, y se recostaba en el sillón del comedor y durante horas se repetía una y otra vez la misma canción, mientras él dormía o pensaba con los ojos cerrados, y la canción de Perales llenaba toda la casa, y el viento tibio del verano entraba por la ventana del comedor abierta empujando las cortinas y las flores en los floreros y el sonido de la música, llevándolo a todas las habitaciones de la casa.

Tengo ganas de escribir sobre cómo mi viejo estaba en desacuerdo con la leve gordura de mi vieja. Sobre cómo mi vieja después se vengaba injuriando su virilidad enfrente de todos: Todo lo que aprendiste de las mujeres te lo enseñé yo. Vos solamente estuviste conmigo.

Tengo ganas de escribir sobre lo joven que se casó mi viejo. Sobre lo joven que fue padre. Sobre su absoluta dependencia de mi vieja. Tengo ganas de escribir sobre cómo dos personas de origen humilde se unieron siendo todavía humildes, pero con el propósito de dejar de serlo, y funcionaron bien, consiguieron eso que querían, una casa grande, hijos burgueses, autos caros, mejores vinos que los que sus padres pudieran tomar jamás; nada más que cuando llegaron a eso no supieron qué hacer.
Mi deseo es escribir sobre ese tema.

Sobre cómo mi abuela materna, aludiendo a las discusiones que mis viejos tenían, una vez me dijo: ¿Toda la gente con plata será así?
Sobre cómo se mezquinaban los ingresos entre ellos.
Sobre cómo nunca tuvieron un fondo en común.

Tengo ganas de escribir sobre cómo a mi viejo a los cincuenta y siete años lo echaron del trabajo. Sobre la depresión de mi viejo al notar que no podía conseguir otra cosa. Sobre cómo un tipo adicto al trabajo, un tipo que nunca se había tomado vacaciones desde el momento en que a los once años había empezado a vender helados, se encontró de pronto frente al goteo lento de los minutos de un día de semana en el que no hay nada qué hacer. Sobre cómo a mi vieja se le volvió intolerable verlo tirado todo el día en la cama. Sobre cómo la distancia entre ellos creció. Sobre cómo se divorciaron.

Quiero escribir sobre las largas jornadas de sábado que mi viejo pasaba en el gimnasio. Sobre cómo cuando yo todavía vivía ahí lo veía salir a la mañana y volver a las ocho. Sobre las veces que mi vieja me dijo: No tengo la menor idea de lo que va a hacer tantas horas a ese lugar. Sobre las veces que conjeturé opciones acerca de lo que realmente mi viejo hacía cuando salía de casa. Sobre las veces en que me detuve a pensar que ese hombre en el fondo era un extraño, al que siempre había visto muy pocas horas, y del que bien mirado sabía muy poco.

Tengo ganas de escribir sobre los viajes en auto. Sobre las veces en que él, cuando yo todavía no sabía manejar, me iba a buscar a fiestas o la casa de algún amigo. Tengo ganas de escribir sobre esos viajes en silencio. Sobre las noches en que frenaba frente a un semáforo en rojo, en una calle vacía, sin un alma ni de un lado ni del otro, pero él igual esperando, a las dos de la madrugada, con los vidrios perlados de un rocío helado, a que se pusiera de nuevo en verde el semáforo. Tengo ganas de escribir sobre esos viajes y sobre las pocas palabras que él, de vez en cuando, mientras yo estaba acurrucado en el asiento del acompañante, me decía.

¿Vos qué elegís: plata o prestigio? Pienso unos pocos segundos: Prestigio. Nuevo silencio. Lo que vos tenés que contestar es plata, me dice: Con plata al prestigio ya lo tenés.
Alguna vez yo tengo que escribir sobre eso.

Alguna vez tengo que escribir sobre cómo a eso de los once o doce años él me despertaba cada mañana de sábado y me hacía trabajar. Cortar el pasto del parque inmenso que había atrás de casa. Lijar. Pintar. Juntar las hojas. Limpiar la basura de la vereda. Sobre cómo los vecinos del barrio de clase media alta al que nos habíamos mudado después de su ascenso laboral me felicitaban al verme trabajar desde tan temprano, haciendo cosas que en sus casas solamente hacían jardineros. Sobre cómo los hijos de estos vecinos después me miraban con recelo, sabiendo que sus padres les imponían mi esfuerzo como ejemplo a la hora de castigarlos. Sobre cómo mi viejo durante esa, mi temprana adolescencia, no me daba plata nunca, a pesar de que la tenía, solamente para que cortando el pasto o haciendo cualquier otra cosa yo me la pudiera ganar por mi cuenta. Sobre cómo aprendí a detestar lo que en esos momentos yo consideraba un acto de mezquindad de su parte. Sobre cómo lo detestaba cuando veía que ninguno de mis compañeros de colegio trabajaba en su casa de la forma en que yo lo hacía en la mía.

Tengo ganas de escribir sobre cómo esa casa se vino abajo cuando mi viejo y mi vieja se divorciaron. Sobre cómo mi vieja dejó de pagarles al jardinero y a la chica que la limpiaba. Sobre cómo mi viejo negó la posibilidad de seguir pagándoles a los empleados de su propio bolsillo, después de que lo echaran de su trabajo y dejara de tener ingresos. Sobre cómo una tarde de sábado que fui de improviso a visitarlo, me encontré con él, un hombre grande ya, de casi sesenta años, cortando el pasto abajo del sol, el mismo pasto que él me obligaba a cortar, que tanto me costaba cortar, empujando la máquina caliente y pesada, cuando yo tenía once años. Sobre cómo cuando lo vi le dije: ¿Qué estás haciendo, pa? Y sobre cómo él se dio vuelta, y a pesar de tener ahorros como para poder vivir tranquilo el resto de su vida, pagándole a un jardinero o no, me dijo: Las cosas cambian.
Y sobre cómo cuando lo vi así pensé: Algunas no.

Tengo ganas de escribir sobre cómo la casa gradualmente se vino abajo. Sí. Sobre cómo esa casa siempre llena de amigos y de gente que iba y venía, siempre luminosa y brillante y ruidosa, empezó a llenarse de polvo, mugre, telarañas, a descascararse, a volverse fría y silenciosa y solitaria. Sobre cómo los yuyales crecieron. Sobre cómo llegaba de repente un martes a las ocho, nueve de la noche, y lo encontraba a mi viejo acostado, durmiendo, y sobre cómo él se levantaba al verme, se pegaba una ducha y se sentaba conmigo en la cocina, y descorchaba un vino y me convidaba una copa, y cada vez que yo terminaba un trago él se tomaba dos, y cómo a medida que tomaba crecía su entusiasmo hablándome de proyectos alucinados o de política, y al final siempre nos quedábamos callados, mirando cualquier partido de fútbol en el televisor, y yo a veces lo miraba en el reflejo de una de las ventanas de la cocina, miraba su cara, quieta y dura en la oscuridad azulada, titilante por las sombras del televisor, y era como si por un segundo su cara fuera la misma de la que yo tenía un muy vago recuerdo, esa cara posada encima de la cama en la que yo dormía, cuando todavía era casi un bebé de pecho y mi viejo tenía, no sé, veintidós, veintitrés años, y él venía de estudiar, de trabajar todo el día, y la vida era todavía algo nuevo, una marea cargada de cosas por descubrir todavía.

Bueno, quiero escribir sobre eso

Quiero escribir sobre cómo cada vez que salía de esa casa para volver a la mía, donde mi mujer me estaba esperando, volvía pensando en él. Quiero escribir sobre lo que pensaba en esos viajes. Por ejemplo: que en la mirada de mi viejo no había una sola sombra de su antigua mirada. Quiero escribir sobre cómo mi sensación de que nunca realmente lo había conocido empezaba a acentuarse. 

Quiero escribir sobre cómo cada vez que volvía de ver a mi viejo le hacía el amor a mi mujer y ella me decía angustiada: No me mirés así. No me gusta cuando me mirás así.

Todos a mi alrededor se volvían extraños.

Tengo ganas de escribir sobre cómo una noche me llamó Hemilse, mi antigua vecina, la vecina de la casa en la que mi viejo había decidido envejecer solo. Tenés que pasar por acá, me dijo. El otro día se olvidó la llave puesta en la puerta de la calle. Es un peligro que esté solo, hijo. Algo tenés que hacer.

Hacía varios meses que yo había dejado de verlo.
A eso lo voy a escribir.

Como también tengo que escribir, por estos deseos que tengo de hacerlo, deseos que siempre postergo, sobre las rejas que había en la puerta de mi casa. Esas rejas altas, que terminaban en puntas afiladas como cuchillos. Tengo ganas de escribir sobre cómo siempre pasaba un pibe de siete o de ocho años y nos tocaba el timbre y nosotros le dábamos comida. Sobre cómo dos por tres la gente que venía de las villas que rodeaban el barrio pasaban por la vereda y veían del otro lado de las rejas los autos y la casa enorme, cercada de árboles, y les gritaban cosas a mis viejos o les pedían trabajo o ayuda. Tengo que escribir sobre cómo mi viejo una noche en que se quisieron meter salió de la casa con una carabina y empezó a tirar tiros al aire, en la oscuridad, y yo me desperté enseguida asustado y corrí por el pasillo y me asomé a la ventana y lo vi a mi viejo rodeado del humo de los tiros, con el arma en la mano, gritando, y no había nadie del otro lado de las rejas.
Nadie.

Tengo ganas de escribir sobre cómo mi viejo odiaba a los negros, y yo una vez le dije que todos esos tipos eran tan negros como él, nada más que no tenían plata; yo, que había leído y estudiado tanto solamente gracias a él, mi viejo, que había vendido helados en la ruta. Y también tengo que escribir sobre cómo mi viejo respetaba a la gente que trabajaba; sobre cómo cuando salíamos a comer dejaba propina de más, o le regalaba vinos o plata porque sí a los empleados a los que contrataba, y me decía: Siempre tenés que reconocer al tipo que labura.

Es un peligro que esté solo. Algo tenés que hacer, hijo, me había dicho Hemilse.

Pero yo no hice nada. No sé por qué.
Debería escribir sobre eso.

Debería también escribir sobre esa noche, hace un año, ya. Un año. Debería escribir que en medio de la madrugada me desperté con náuseas. Miré a un lado. Mi mujer dormía. Miré al otro. En el despertador eran las dos. Entonces vi que en la puerta de la pieza había un nene. Solamente vi su contorno. Su sombra se destacaba en la oscuridad más clara del pasillo. Cerré los ojos. Me los restregué. Los volví a abrir. La sombra ya no estaba.

Tengo ganas de escribir sobre cómo al otro día me llamaron por teléfono. Yo estaba en el trabajo. Tengo ganas de escribir sobre cómo atendí y sobre cómo escuché la voz, la voz de mi vieja, y enseguida, antes de que me lo dijera, lo supe. Enseguida. Tengo ganas de escribir sobre eso.

Sobre el momento en que me enteré -quizás algún día lo haga; algún día, quizás- de cómo durante la noche anterior, a los sesenta y un años de edad, solo, aplastado en un rincón, mi viejo había fallecido.







martes, 28 de enero de 2014


La cacería




Vale la pena ver La cacería, de Thomas Vinterberg, por varios motivos. Pero quizás el central es la actuación de Mads Mikkelsen. De una sobriedad estoica, conmovedora. Bien nórdica. De sangre helada para tolerar todas las que al tipo que interpreta (Lucas) le hacen pasar. Lucas es como el ciervo que merodea el bosque sin saber que una fuerza oscura que él no gobierna está por hundirlo. Lucas es el ciervo pacífico, inocente, que durante toda la película sus vecinos en el pueblo -incluso su mejor amigo- pretenden cazar.

La cacería transcurre en un pintoresco pueblito danés rodeado de lagos y bosques. En este pueblito, mirando la película, podemos apercibirnos de una realidad económica que desde el contexto de un país como el nuestro resulta inverosímil. ¿Un tipo que labura de maestro en un jardín de infantes tiene una casa de dos pisos? No solo eso: en este pueblo todas las casas son lindas, sólidas, espaciosas y espaciadas; las calles son pulcras, los autos nuevos y brillan. Cuando el cine viene de países como Dinamarca la comparación con la propia realidad choca. La propia realidad, en este caso, es la de un país del tercer mundo donde la plata no alcanza nunca. Entre lo que misteriosamente desaparece de las arcas del Estado; entre que son muy pocos los que se quedan con la porción más grande de la torta de oro; entre que somos muchos, cada vez más, en un país de infraestructura casi colonial, no, la plata, los autos, las casas y la comida no alcanzan para todos. Ergo, la delincuencia, el crimen y la inestabilidad social son moneda de todos los días y el estrés por las situaciones que el desequilibrio genera un elefante en la pieza con el cual uno ya se acostumbró a convivir. Nada de esto pasa en Dinamarca, país edulcorado en el imaginario colectivo global por el prestigio de ser "el más feliz del mundo".

Y en el pueblito danés de la película, en efecto, la vida parece ser así, plena y feliz, hasta que a Lucas le pasa lo que le pasa. Entonces el pueblo decide cazarlo. “Decide”: ese me parece el punto fuerte al que apuesta Vinterberg en esta historia. La dueña del jardín de infantes, la madre de Klara, y la sociedad en general del pueblo, deciden que Lucas es culpable antes de comprobar por medio de la justicia o el raciocinio que realmente lo es.

Esta decisión viene de la mano de otros ítems o prejuicios muy arraigados que la película cuestiona: la lealtad absoluta entre dos amigos que se conocen de toda la vida; el concepto infantil de que los chicos siempre dicen la verdad; una sociedad bienaventurada por la abundancia o si se quiere la templanza económica está exenta del conflicto social; tres máximas que Vinterberg desmorona o al menos pone en tela de juicio: el mejor amigo de Lucas no duda en amenazarlo de muerte, instigado por una esposa con la que convive en permanente conflicto y a la que hacia el final (en el desenlace de la película) ya no vemos con él; Klara, una nena, miente con absoluta consciencia de estar haciéndolo, aunque inconsciente quizás del daño que esa mentira va a provocarle a Lucas; en este pueblito danés a nadie le falta nada, no hay chorros, no hay desigualdad, son todos miembros de una misma clase sin jerarquías (como en una especie de country), pero parece que la violencia está en la columna de la reacción humana, de forma latente o manifiesta, subterránea o explícita: alcanza con que alguien trastabille para que esta violencia brote como una lava, y arda el pueblo, y Lucas se convierta en el ciervo que todos quieren sacrificar. 

Casualmente (o no), a los dos días de ver la película alguien que tiene un pariente viviendo allá me contó aspectos bastante interesantes de la vida en Dinamarca. Un país de esos nórdicos que dos por tres la gente en Argentina nombra como ejemplos a seguir. Me habló del tema del sol, por ejemplo. En Dinamarca tienen muy pocas horas de sol al día, así que como consecuencia de estar casi siempre en la oscuridad un gran porcentaje de la población vive deprimida. Que por eso el Estado les solventa a los daneses un año sabático para que viajen a otros países y puedan de esa forma mantener la salud física y mental. Un año sabático cada dos de trabajo: un año trabajás, al otro no, un año trabajás, y al otro no. Sí, así. Los daneses se sienten orgullosos de su Estado de Bienestar.

Suena al paraíso, pero es tema serio el de la falta de sol. Los daneses no solamente viven deprimidos, sino también allá -según me contó esta persona- es muy común que la gente, quizás por la depresión misma, padezca miastenia gravis. Párpados caídos. A mí estas cosas me remitieron enseguida a lo que vi en la película. Es una película oscura, donde se ve poco el sol. Es una película invernal. Y el tema de la enfermedad, esos párpados sin fuerzas, al punto de máxima tensión de la película. Cuando Lucas, en la escena de la iglesia, le dirige a su mejor amigo sin lugar a dudas una de las miradas más punzantes de la historia del cine. 











martes, 14 de enero de 2014




Los tres polvos de Beckett







En alguna de sus novelas García Márquez escribió que uno nace con los polvos contados. Encontrar esa frase fue para mí en su momento como para el que se está ahogando en el mar encontrar una balsa. En el mar hay muchos peces, dicen, dicen. Bueno: yo no podía pescar ni uno. Por timidez, por desidia, o quizás nada más por temor a exponerme al rechazo, las mujeres iban y venían y yo nunca me daba la chance de intentar, aunque sea solamente de intentar, que viniera una a quedarse conmigo. Y cuando sí lo empecé a hacer, a medida que me iba haciendo más grande y entrar en el negocio ya no era tanto un mandato social como una propia imposición interna, no me alcanzaría toda esta madrugada para contar la cantidad de veces que me tocó chocar con la pena inolvidable de una media sonrisa, de una mirada fugaz clavada en el piso, y esta respuesta lapidaria, lapidaria: Pasa que no te quiero perder como amigo.

Osito, me decían los pibes, cuando les contaba que había salido tal noche o tal otra con tal mujer sin después haberle tocado una mano.

Así que esa frase de García Márquez fue para mí como una especie de balsa balsámica: si uno nace con los polvos contados, eso quiere decir que puede haber muchas cosas que hacer, pero en realidad no tantas. No importa lo que te esfuerces en gustarle a tal mina o lo que te esfuerces en que tal otra te guste. A la hora de la verdad, el choque depende de algo que uno no puede controlar y que ya está determinado de antemano.

Gracias, García Márquez, dije. Gracias.

Que la buena literatura y la autoayuda se lleven bien es algo que en cualquier oportunidad yo no dejo de agradecer.

Ahora, todo esto no quiere decir que cada polvo que no sea después no se termine canalizando por otro lado. Una ex novia de Ronaldo (no Cristiano, sino el brasilero) declaró una vez que acostarse con el máximo goleador histórico de los mundiales había sido como estar con “siete gorilas juntos”. La poesía está en todos lados. Y a uno no le sorprende para nada la declaración, porque viendo en Youtube cómo ese tipo jugaba es inevitable no pensar en una energía sexual desbocada. Hoy viniste pito parado, te dicen los vagos en la canchita donde juego los sábados cuando estás en un día inspirado. Así que, sea a través del fútbol, del trabajo o de los vaivenes del humor; por algún lado hay que exorcizar la sabia no derramada.

Y es en este sentido, entonces, que aparece la escritura. Así como Ronaldo, uno de los grandes referentes del espectáculo más popular que hoy existe a nivel mundial, era dueño de una libido semejante a la de siete gorilas, calculo que también los grandes escritores, referentes de una práctica mucho más sectaria que la del fútbol pero también a la larga mucho más trascendente, son tipos que tienen una sexualidad muy amplia.

Esa libido se extrapola a lo que transmiten en sus escritos. Hay largos novelones a los que uno lee porque son cómodos, pero sin llegar nunca a sentirlos una experiencia. No te patean. No te violan, moral o espiritualmente hablando. Ese tipo de textos podría decirse que son los de un tipo que coje con mucho esfuerzo pero sin ganas. Que escribe sin deseo. Sin el hálito sanguinolento de la pasión. Que escribe sin haber experimentado previamente en el cuerpo el impulso de destrozarse contra una mujer o una pared de ladrillos.

En cambio, cuando un texto es tirante, personal, cuando la tensión del que lo escribió se transmuta en la tensión del que del otro lado del universo lo está leyendo, entonces sí, entonces sí se puede hablar de que ese libro es un polvazo inmenso que al tipo no le quedó otra que volcar como sea en la braceada sintáctica.

Porque es la sintaxis. Porque es el ritmo. Es el vacío que hay entre los signos. El blanco entre las letras. El aliento que se retiene. La fricción apretada del músculo que empuja. Esa música que va subiendo de a poco, bien de a poco, como la deben sentir los flacos que tocan el tambor en una orquesta inflada de instrumentos de viento. Esperando el pum. Pum. El sonido como un golpe al organismo. El ruido que provocó el primer hombre interactuando con las herramientas que este bendito planeta supo proveerle. Así nació la música, como un accidente del trabajo. Y así también nació la literatura, en toda su dimensión y honestidad. Una desesperada verbalización de la música.


Polvos creativos. Así podríamos nombrar al concepto que refiere que se nota, que simplemente se nota, cuándo un escritor escribe como raptado por un deseo que él mismo no puede comprender. Como alucinado, como desterrado, como desorientado dentro del éxtasis del que hablaba Bolaño. Se nota.

Creo que era Pizarnik la que decía que en la obra de todo gran poeta solamente hay dos o tres poemas que realmente valgan la pena. Suscribo. Así como todos nacemos con los polvos contados, también los escritores más sentidos nacen con sus obras maestras contadas. Incluso algunos tienen una pulsión tan urgente que se agotan enseguida. Aunque en esos pocos espasmos puedan quizás alcanzar la cima del delirio verbal (Rulfo, Rulfo; Salinger, Salinger).

Lo más notorio que en este sentido encontré durante el año que termina de pasar fue la trilogía de novelas de Beckett. ¿Qué me llevó a leerla? Su cuento “Primer amor”. Sin lugar a dudas fue uno de los que más me conmovió en la vida. Tanto, que lo marqué por todos lados, como solamente hago con los textos que me enervan, que me descomponen, y que durante muchas noches releí una y otra vez, inflado por la levitación de un solo orgasmo intelectual espaciado, dosificado.

Así que cuando vi que en una librería estaba Molloy, la primera novela de su famosa trilogía -y asimismo la menos renombrada-, no dudé un segundo en engrosar las arcas de sus editores locales.

Molloy fue una de las experiencias literarias más profundas que me haya tocado abordar. Profundas. No estoy diciendo nada con ese adjetivo. Empezá de nuevo, decilo: mientras leía Molloy, cada vez que avanzaba una página sentía una nostalgia inmensa por la que terminaba de dejar atrás. La misma voz cínica, lúcida, amoral del personaje de “Primer amor”, en esta novela estaba llevada al paroxismo de una narración de largo aliento. La magia más absoluta. Absoluta. Magia. No, empezá otra vez, pero ahora de verdad: leyendo Molloy yo era feliz. No quería que se me termine el libro nunca. Quería alargarlo, postergar releyendo una y otra vez la misma oración la llegada de la oración siguiente. Mierda que era un pito duro este Beckett, pensaba a veces. Mierda que sabía sangrar. Dejar cada fibra, cada filamento de pelo en lo que escribía; mierda que podían sentirse las uñas con las que el tipo había apretado y rasguñado el cosmos que traducía desde el cuerpito lleno de sangre de su materia grisácea hacia la pura y áspera virginidad de la hoja.

De eso se trata la literatura, toda, cualquiera, pensé: de conexión. Algo que cae. Algo que recibe. Algo que sube. Algo que abraza. La literatura honesta es intimidad. Desnudez. El polvo de dos espíritus amalgamados cuyos dos cuerpos no están cojiendo. Un polvo hermoso y verbal. Sí, Molloy me hizo feliz.

Y cuando lo terminé al libro, la inercia de ese estado de ánimo me hizo hacer todo lo posible para encontrar los otros dos libros que cerraban la trilogía. Eran inconseguibles. Tuve que bajármelos de Internet. Los leí. Durante el lapso de uno o dos meses. Pero fui comprobando una cosa, a medida que los leía. Que Molloy tenía tal extensión, que Malone muere tenía tanta, y que también tanta tenía El innombrable. Los tres libros Beckett los escribió consecutivamente en dos años. Y era un hecho: el primero era el más largo, el segundo tenía muchas menos páginas que el primero, y el tercero muchas menos que el segundo. Pero no solamente de un libro a otro bajaba la extensión, sino también lo que a mí me pareció la pulsión. La temperatura. El compromiso hacia la comunicación.

Y fue entonces, después de haber leído la trilogía completa, cuando deduje qué era lo que había pasado. Molloy fue un polvo tan inmenso, tan sublime y siniestro, que cayeron por decantación los otros dos. Solamente residuos de la implosión de libido que Molloy había significado. Es notorio: argumentarlo excede no solo los límites de este trabajo, sino también probablemente los de mis capacidades. Pero cualquiera que se anime a la aventura de leer las tres novelas podría notar el declive hormonal que, a pesar de sus momentos brillantes (a no olvidar que se trata de un escritor cumbre), se hace evidente en las dos novelas que le siguieron a la primera.

Así que me sorprendió encontrar, hace poco, que la crítica académica, quiero decir, el tupper de la Facultad de Filosofía y Letras, valoraba más la tendencia vanguardista de la obra de Beckett, sus divagues formalmente precisos pero emocionalmente nulos, antes que el humor y la pasión y el cinismo y el sentimentalismo magistralmente solapado de la voz del narrador de Molloy. Eso me dio la pauta de que en Puán, como en general pasa en cualquier ámbito de la vida, es posible analizar todo, menos la emoción. La sensación espontánea de lo que un conjunto determinado de palabras armónicamente engarzadas produce. Molloy es el efecto de un cuerpo ansioso por conectarse con otro. Las otras dos novelas delirios bellos pero inconexos de la mente de un borracho en todo caso genial aunque sin la potencia necesaria para sublimar aquel estado que ya había conseguido con la primera de las novelas de la trilogía.

(A no olvidar el alcoholismo recalcitrante de Beckett. A no olvidar que siempre está vivo el autor.)

Todos nacemos con los polvos contados: Beckett, desde el punto de vista de la novela, tuvo tres en dos años. Pero solamente uno transpira verdadero deseo. Solamente uno transmite un miedo hondo a dejar de existir. Solamente uno parece rezarte, casi escupiéndote al oído: todo lo que hagas, sea lo que sea, hacelo con bronca. Hagas lo que hagas, cualquier cosa, hacelo con una enérgica pátina de furia. Que no se note en ningún momento la apasionada ternura que atrás del cinismo te impulsa. Que en ningún momento se note. Eso es Molloy. Y aunque uno nunca sea siete gorilas en la cama, aunque uno nunca alcance a echarse un polvo tan magistral como el de Beckett, de lo que hacia el final se trata todo esto es de comunicarse con honestidad. Sin reprimir la propia locura. De comunicarse con eso de lo que cada uno a su manera está hecho.



Fragmentos de Molloy

- Molloy, el mendigo casi convaleciente que protagoniza y narra la primera parte de la novela, se debate por salir de una zanja y les da mientras lo hace un consejo a los que escriben:

“[…] ahora tengo que salir de esta zanja. De buena gana desaparecería en ella, hundiéndome cada vez más bajo el influjo de las lluvias. Probablemente volveré algún día a esta zanja o a otra parecida, para esto me fío de mis piernas, del mismo modo que estoy seguro de que algún día volveré a encontrarme con el comisario y sus secuaces. Y si he cambiado demasiado para reconocerlos y no llego a precisar que son los mismos, no os dejéis engañar por ello, serán los mismos aunque hayan cambiado. Pues conocer a una persona, conocer un lugar, iba a decir conocer una hora, pero no quisiera ofender a nadie, y luego no darle ningún papel más en la vida de uno, es como si, no sé cómo decirlo. No querer decir, no saber lo que se quiere decir, no poder decir lo que se cree querer decir, y decirlo siempre, o casi, esto es lo que importa no perder de vista, en el calor de la redacción.”

- Molloy reflexiona sobre la dificultad de tomar decisiones y conoce a Lousse tras asesinar de forma trágica a su perro:

“Incapaz de recordar el nombre de mi ciudad, tomé la resolución de detenerme al borde de la acera, en espera de un transeúnte de aspecto agradable e instruido, para quitarme el sombrero y decirle con mi mejor sonrisa: «Dispense, señor, perdone, señor, por favor, ¿cómo se llama esta ciudad?» Pues una vez pronunciada la palabra, yo recordaría si era o no la palabra que había estado buscando en mi memoria. Con lo cual sabría de una vez a qué atenerme. Un absurdo y desgraciado percance impidió que ejecutara esta resolución, tomada mientras iba pedaleando. Pues mis resoluciones tenían la particularidad de que una vez tomadas surgía un incidente incompatible con su puesta en práctica. Sin duda hay que atribuir a esto que ahora tome muchas menos resoluciones que en la época a que me refiero y que entonces tomara menos que algún tiempo atrás. Pero a decir verdad (ja decir verdad!) nunca me he distinguido por ser particularmente resuelto, quiero decir dispuesto a tomar resoluciones, sino más bien dispuesto a hundirme con la cabeza gacha en la mierda, sin saber quién se me estaba cagando encima ni de qué lado me convenía recostarme. Pero tampoco esta predisposición me procuraba muchas satisfacciones, y aunque nunca he llegado a liberarme de ella, no vayáis a creer que no lo haya intentado. El hecho es, según parece, que a lo máximo que puede aspirar uno es a ser al final algo menos de lo que era al principio, y así sucesivamente. Pues apenas había establecido mentalmente mi plan, cuando me di de manos a boca con un perro, según supe más tarde, y caí al suelo, torpeza tanto más imperdonable cuanto que el perro, atado con un lazo, no estaba en la calzada, sino en la acera, paseando juiciosamente al lado de su dueña. Hay que tomar las precauciones con precaución, ocurre como con las resoluciones. Aquella señora debía creer que no dejaba nada al azar, en lo que respecta a la seguridad de su perro, cuando lo que hacía en realidad era desafiar a toda la naturaleza, como yo con mis disparatadas pretensiones de poner algo en claro. Pero en vez de humillarme, haciendo valer mi avanzada edad y mis defectos físicos, agravé mi situación con una intentona de huida. No tardé en ser alcanzado por una jauría de justicieros de ambos sexos y de todas las edades, ya que divisé barbas blancas y caritas casi en plena edad de la inocencia, y ya se disponían a hacerme picadillo cuando intervino la señora. Vino a decir en resumen, según me dijo más tarde y yo creí: «Dejad en paz a este pobre viejo. Desde luego mató a Teddy, a quien amaba como a mi propio hijo, pero la cosa no es tan grave como parece, porque precisamente le llevaba a casa del veterinario, para que pusiera término a sus sufrimientos. Porque Teddy era viejo, sordo, ciego, baldado por el reuma y se hacía sus necesidades encima a cada paso, día y noche, tanto en casa como en el jardín. De modo que este pobre viejo me ha evitado un itinerario penoso, para no hablar de un gasto que no tengo muchos recursos para sufragar, pues mi único medio de subsistencia es la pensión de guerra de mi querido difunto, muerto por lo que llaman su patria, de la que en vida no obtuvo provecho alguno, solo afrentas y bastonazos a discreción.» La aglomeración empezaba ya a disiparse, había pasado el peligro, pero la señora no paraba el carro. «Me objetarán ustedes -prosiguió- ha obrado mal al darse a la fuga, que hubiera debido presentarme sus excusas, darme explicaciones. De acuerdo. Pero salta a la vista que no está totalmente en sus cabales, por razones que ignoramos y que quizá nos avergonzarían a todos, caso de conocerlas. Llegó a preguntarme incluso si se habrá dado cuenta de lo que ha hecho.» Aquélla voz monótona originaba tal hastío, que ya me disponía a proseguir mi camino cuando apareció ante mi vista el indispensable sargento de Policía. Dejó caer pesadamente sobre el manillar de mi bicicleta su manaza roja y velluda, lo noté por mí mismo, y, según parece, sostuvo con la señora la siguiente conversación: «Al parecer, este individuo ha aplastado a su perro, señora.» «Exactamente, ¿y qué?» No, renuncio a transcribir aquel diálogo estúpido. Me limitaré a decir que también el sargento de Policía terminó dispersándose, espero no emplear una palabra demasiado fuerte, refunfuñando, seguido por los últimos mirones que habían perdido ya toda esperanza de que las cosas se me pusieran feas. Pero de pronto se volvió y dijo: «Llévese a su perro inmediatamente.» Como ya era libre de partir, adopté la posición de partida. Pero la señora, una tal señora Loy, más vale decirlo cuanto antes, o Lousse, ya no me acuerdo, un nombre de pila que sonaba como Sofia, me retuvo, cogiéndome los faldones y diciendo, en el supuesto de que la última frase fuera igual que la primera: «Señor, le necesito.» Y me figuro que al ver en mi expresión, siempre reveladora, que la había comprendido, debió de decirse: «Si ha comprendido esto, puede comprender lo demás.» Y no andaba equivocada, pues al cabo de un rato me encontraba en posesión de algunas ideas o puntos de vista que solo podían provenir de ella, a saber, que, ya que había matado a su perro, tenía que ayudarla a llevarlo a su casa y enterrarlo, que ella no quería querellarse por lo que yo le había hecho, pero que no siempre uno deja de hacer lo que quiere, que yo le resultaba simpático pese a mi aspecto repugnante y que sería para ella un placer el ayudarme, y no sé cuántas cosas más. Conque, al parecer, yo también la necesitaba a ella. Ella me necesitaba para que la ayudase a hacer desaparecer a su perro y yo la necesitaba no sé para qué. Sin duda me dijo los motivos, pues se trataba de una insinuación que no podía pasar decorosamente por alto como había pasado decorosamente por alto lo anterior, y no vacilé en decirle que yo no la necesitaba ni a ella ni a nadie, bueno, quizá decir esto era un poco exagerado, porque necesitaba a mi madre, porque si no la necesitaba, ¿a qué venia aquel empeño en ir a verla? Esta es una de las razones que me impulsan a hablar lo menos posible. Y es que siempre digo demasiado o demasiado poco, lo que me apena, pues soy muy amante de la verdad”.

- Molloy reflexiona sobre el amor y el sexo:

“Pero no vale la pena de que extienda más el relato de este período de mi existencia, porque no me parece que tenga significación alguna. Ampollas y pústulas es todo lo que encuentro por más hondo que hurgue. Me limitaré, pues, a añadir las observaciones siguientes, la primera de las cuales es que Lousse era una mujer extremadamente lisa, hasta tal punto que aún esta noche me pregunto, en el silencio, tan relativo, de mi última morada, si no sería más bien un hombre o al menos un andrógino. ¿Tenía el rostro ligeramente velludo o soy yo quien lo imagina para facilitar el relato? A la pobre la he visto tan poco y la he mirado menos aún. Y el timbre de su voz, ¿no era dudosamente grave? Así la recuerdo ahora. Molloy, deja de atormentarte, ¿qué importancia tiene que fuera un hombre o una mujer? Pero no puedo dejar de formularme la pregunta siguiente: ¿Una mujer hubiera podido cortar el impulso que me dirigía hacia mi madre? Sin duda. Mejor dicho, ¿era posible un encuentro semejante, quiero decir, entre una mujer y yo? Sí, me he rozado con algunos hombres, pero, ¿y las mujeres? Bueno, no voy a seguir ocultándolo, sí, rocé a una mujer. No me refiero a mi madre, a ella hice más que rozarla. Aparte de que más vale dejar a mi madre fuera de todo este asunto, si ustedes me lo permiten. No, me refiero a otra, que hubiera podido ser mi madre, y creo que hasta mi abuela, si el azar no hubiera dispuesto otra cosa. Mira, ahora el tío habla del azar. Aquella mujer me hizo conocer el amor. Creo que respondía al apacible nombre de Ruth, pero no puedo certificarlo. A lo mejor se llamaba Edith. Tenía un agujero entre las piernas, no el agujero de tonel que siempre había imaginado, sino una hendidura, y yo introducía, mejor dicho, ella se introducía mi llamado miembro viril, no sin dificultad, y empujaba y jadeaba hasta eyacular o renunciar a ello o ser invitado a desistir. Una idiotez de juego, creo yo, y además fatigoso a la larga. Pero me prestaba a él de bastante buen talante, sabiendo que aquello era el amor, porque ella me lo había dicho. Se inclinaba por encima del diván, a causa de su reumatismo, y yo le daba por detrás. Era la única posición que podía soportar, a causa de su lumbago. A mí me parecía natural, porque se lo había visto hacer a los perros, y quedé sorprendido cuando me confió que podía hacerse de otro modo. Me pregunto qué quería decir exactamente. Quizá a fin de cuentas me introducía en su recto. Como ustedes podrán suponer, me daba exactamente igual. Pero en el recto ¿puede hablarse de verdadero amor? Esto es lo que me inquieta. ¿Y si después de todo no hubiera conocido nunca el amor? Era también una mujer extremadamente lisa y avanzaba a pasitos rígidos, apoyada en un bastón de ébano. Quién sabe si también ella era un hombre, otro más en la lista. Pero si lo era, ¿no hubieran entrechocado nuestros testículos con tanto meneo? Quizá ella se sujetaba los suyos con la mano, para evitar que esto ocurriese. Vestía faldas amplias y tumultuosas y otras prendas interiores que no sabría nombrar. El conjunto se encrespaba en un oleaje de frufrú, para, establecida la ligazón, abatirse sobre nosotros en lentas cascadas. De modo que yo no veía nada más que aquella nuca amarillenta y tirante a punto de romperse, que mordisqueaba de vez en cuando, tal es el poder del instinto”.









miércoles, 8 de enero de 2014

 
 
 
 
 
 
Humor
 
No podía
dejar de pensar en ella.
En cada esquina
me estaba esperando ella.
 
Una tarde le dije
que la quería
y ella
me abrazó.
 
No siento, dijo,
lo mismo por vos.
 
Fue ahí cuando me di cuenta
de que el amor
de carne y hueso
de saliva y de
día
es siempre
otra.
 
La otra
que aparece en silencio,
que te hace una broma
y que se queda.
 
 
 
 
 
 
***
 
 
 
 
 

Ayer
 
Ayer decidí
que estaba enamorado de vos.
Había una vela en una mesa en un bar
y yo me hacía muchas preguntas
mientras escuchaba hablar a una mujer
que me gustaba
de las cosas
que le gustaban a ella.
 
Había muchos amigos,
vasos, cigarrillos;
pero yo
miraba esa vela,
esa
sola llama solitaria
prendida en una mesa sin nadie
a un costado nuestro.
 
Con los codos
en la mesa
la miraba.
 
Bueno, yo cambio tu silencio, tu humor
por el de todas las bocas
interesantes de la tierra.
 
 
 
 
 
 
***
 
 
 
 
 
 
Primer amor
 
A los nueve años ese día
mi prima del campo Marilina
con su fina espalda desnuda
cada vez
que le levantaba la remera el viento
se acercó a la laguna saltando
y los pájaros de las orillas despegaron
girando en espiral
como un tornado de cruces blancas
hacia arriba.
 
En la camioneta
cuando a la vuelta se sienta
a mi lado Marilina
mi corazón está lleno de pájaros
que vuelan y giran
hacia ella.
 
 
 
 
 
 
 
***
 
 
 
 
 
 

Boliche
 
Amo la tristeza de la vida en el boliche.
Amo cada bocanada de alcohol.
Amo la cumbia
que repite los latidos
de mis huesos.
Amo cómo la luz
en el boliche
toca a cada mujer
que pasa y que te
mira. Que te
besa.
Que sigue.
Que se
va.
 
Ojalá la vida
fuera como en el boliche.
 
Ojalá en los subtes y los bancos
uno pudiera amar
con tanta
impunidad.
 
Ojalá
viviera el mundo
atragantado de vino
y de amor
y de deseo revuelto
y juventud.
 
Todos dentro
del útero
de la oscuridad.
 
Sobre esta brea bien negra
bailando
con el corazón virgen
hacia el vicio de la luz.
 
 
 
 
 
 
***
 
 
 
 
 
 
Sea
 
Lo más lindo del mundo es meter un gol.
De puntín o con la tráquea.
Con lo que sea.
Querer algo y que salga.
Que sea.
Meter un gol y no gritar.
No sonreír. No
mirar a nadie al lado tuyo a los ojos.
Solamente apretar el puño
y decirse uno adentro de uno mismo: Sí.
Loco que ahora se me venga quien quiera.