jueves, 30 de enero de 2014

boceto de un cuento que tengo que escribir sobre mi viejo

 

Tengo ganas de escribir un cuento que hable sobre mi viejo. Escribir, por ejemplo, sobre cómo él a los once años salía en el verano a vender helados a la ruta aunque en su casa nadie se lo hubiera pedido. Sobre cómo salía cada tarde, después del mediodía, abajo del sol que prendía fuego el aire, a desfilar entre los coches que frenaban de cara al semáforo en rojo con una caja de telgopor atada al pecho y ahí se quedaba hasta que empezaba a oscurecer.

Tengo ganas de escribir sobre cómo después juntaba la plata de lo que vendía y la guardaba, día a día, semana a semana, mes a mes, anotando en una libreta los ingresos de cada jornada, ahorrando, juntando. Sobre cómo con lo que ganó ese primer verano pudo comprarse una bicicleta, con la que después, durante el invierno, cada vez que salía del colegio, iba a repartir el correo en el barrio, juntando más plata, ahorrando más todavía. Sobre cómo mi nona lo veía llegar a la casa con las manos moradas del frío y los labios agrietados, descascarados en tiritas, y le decía: Mañana mejor descansá; pero él al otro día salía a repartir cartas igual. Sobre cómo a los quince años mis nonos pudieron pagarle el ingreso a un colegio privado, y sobre cómo él se desesperó al notar que sus compañeros sabían cosas que él no sabía, sobre cómo esa desesperación que lo angustiaba lo impulsaba cada noche a quedarse estudiando horas de más, leyendo por su cuenta, hasta conseguir algo lo más parecido al equilibrio entre su bagaje y el de los más aplicados de sus compañeros.

Tengo ganas de escribir un cuento sobre cómo mi viejo conoció a mi vieja a los diecinueve años. Sobre cómo se enamoraron. Sobre cómo se casaron.

Tengo ganas de escribir sobre mi viejo entrando a la universidad. Sobre su trabajo de doble turno en una tornería de la zona para mantenerse los estudios. Sobre sus odiseas periódicas desde Podestá hasta capital en dos colectivos y un tren. Sobre cómo cuando yo era un chico de dos años él llegaba a la casa pasando la una de la madrugada, y estudiaba dos horas más para el examen del día siguiente, y sobre cómo a veces interrumpía sus estudios y se acercaba a mi cama, y me miraba dormir, durante un rato largo, me miraba dormir. Tengo el vago recuerdo de abrir los ojos y ver el contorno de su cara mirándome en la oscuridad.
Yo quiero escribir sobre eso.

Quiero escribir un cuento sobre cómo mi viejo después se recibió y pasó por distintos trabajos hasta por fin encontrar uno a la altura de sus expectativas. Tengo ganas de escribir sobre el poco tiempo que por esos trabajos él estaba en la casa. Lo que lo llevaría, muchos años después, a decirme: Cuando eras chico pasé poco tiempo con vos; por eso te cuesta tanto confiar en vos mismo.

Tengo ganas de escribir sobre cómo a medida que empezó a progresar profesional y económicamente, también empezó a tomar vino. Y después a tomar más vino. Y después a tomar cada vez más y más vino, y whisky, y a fumar habanos en la cocina de la casa. Tengo ganas de escribir sobre los muchos años en los que él y yo convivimos bajo el mismo techo sin dirigirnos la palabra. Sobre cómo no podía mirarlo a los ojos. Sobre cómo me sentía avergonzado de mí mismo frente a él y sobre lo mucho que sospechar que él me despreciaba me llevó, a su vez, a despreciarlo. Tengo ganas de escribir sobre la época en que él dudaba de mi sexualidad, por mi resistencia a la hora de llevar mujeres a la casa. Por mi negativa a reírme de sus chistes machistas. Por mi falta de complicidad cuando, estando mi vieja a un lado, celebraba la belleza del culo o de las tetas de una mujer que aparecía en la tele, o en cumpleaños o reuniones les tiraba piropos a otras mujeres que hubiera en la casa. Tengo ganas de escribir sobre cómo a los doce años me preguntó: ¿Ya te saltó la leche? Y sobre cómo a los nueve o diez me dio la única paliza que me iría a dar en la vida, según él -como también me lo iba a decir muchos años después, con varios vasos de vino encima- para que yo no me hiciera puto.

Tengo ganas de escribir sobre la vez que le presenté a mi primera novia, sobre las discusiones que ella y él a la larga después tuvieron; sobre cómo una vez mi viejo me sugirió que mi novia era una chica poco atractiva, de un cuerpo escuálido, esquelético.

Tengo ganas de escribir sobre cómo esta chica, feminista, autoritaria, una tarde me dijo: Vos vas a terminar siendo igual a tu papá.

Tengo ganas de escribir sobre cómo una vez mi viejo, cuando yo tenía diecisiete, dieciocho años, me encontró borracho en mi pieza, escribiendo un cuento del que él solamente alcanzó a leer el título en negrita y mayúscula: “La muerte de mi padre”. ¿Estás escribiendo sobre mí?, me preguntó. Y yo le contesté: No, es todo ficción. Y entonces sobre qué escribís. Sobre la vida. Y él, mirándome desde la puerta: Pero si vos todavía sos muy chico para escribir sobre la vida.

Tengo ganas de escribir sobre la energía con la que después de escuchar esa frase me puse a escribir. Sobre la adicción que escribir se volvió para mí. Me gustaría escribir sobre eso.

Quiero escribir también sobre cómo mi viejo solventó mis estudios durante años. Sobre cómo durante mi época de experimentación con drogas él sabía lo que estaba pasando, pero decidía mirar para otro lado. Tengo ganas de escribir sobre cómo una vez, con los ojos mojados, me dijo: Por qué ya no podés mirarme a los ojos. Tengo ganas de escribir sobre las noches en que se sentaba en su sillón frente a la tele a mirar boxeo. Sobre el vaso de whisky en una mano. Sobre el habano en la otra. Sobre su hermetismo. Sobre su reconcentración en sí mismo. Sobre su mirada autista fijada como ausente en la insistencia de dos hombres que se mataban; como ausente: como si sus ojos miraran más para adentro que para afuera; como si adentro de él hubiera un mundo lleno de imágenes y ensoñaciones y recuerdos o ideas que a nunca nadie le iba a estar permitido conocer.

Tengo ganas de escribir sobre los domingos a la tarde. Sobre las tardes de domingo en que él ponía en el equipo la canción de Perales “Y cómo es él”, a muy alto volumen, y se recostaba en el sillón del comedor y durante horas se repetía una y otra vez la misma canción, mientras él dormía o pensaba con los ojos cerrados, y la canción de Perales llenaba toda la casa, y el viento tibio del verano entraba por la ventana del comedor abierta empujando las cortinas y las flores en los floreros y el sonido de la música, llevándolo a todas las habitaciones de la casa.

Tengo ganas de escribir sobre cómo mi viejo estaba en desacuerdo con la leve gordura de mi vieja. Sobre cómo mi vieja después se vengaba injuriando su virilidad enfrente de todos: Todo lo que aprendiste de las mujeres te lo enseñé yo. Vos solamente estuviste conmigo.

Tengo ganas de escribir sobre lo joven que se casó mi viejo. Sobre lo joven que fue padre. Sobre su absoluta dependencia de mi vieja. Tengo ganas de escribir sobre cómo dos personas de origen humilde se unieron siendo todavía humildes, pero con el propósito de dejar de serlo, y funcionaron bien, consiguieron eso que querían, una casa grande, hijos burgueses, autos caros, mejores vinos que los que sus padres pudieran tomar jamás; nada más que cuando llegaron a eso no supieron qué hacer.
Mi deseo es escribir sobre ese tema.

Sobre cómo mi abuela materna, aludiendo a las discusiones que mis viejos tenían, una vez me dijo: ¿Toda la gente con plata será así?
Sobre cómo se mezquinaban los ingresos entre ellos.
Sobre cómo nunca tuvieron un fondo en común.

Tengo ganas de escribir sobre cómo a mi viejo a los cincuenta y siete años lo echaron del trabajo. Sobre la depresión de mi viejo al notar que no podía conseguir otra cosa. Sobre cómo un tipo adicto al trabajo, un tipo que nunca se había tomado vacaciones desde el momento en que a los once años había empezado a vender helados, se encontró de pronto frente al goteo lento de los minutos de un día de semana en el que no hay nada qué hacer. Sobre cómo a mi vieja se le volvió intolerable verlo tirado todo el día en la cama. Sobre cómo la distancia entre ellos creció. Sobre cómo se divorciaron.

Quiero escribir sobre las largas jornadas de sábado que mi viejo pasaba en el gimnasio. Sobre cómo cuando yo todavía vivía ahí lo veía salir a la mañana y volver a las ocho. Sobre las veces que mi vieja me dijo: No tengo la menor idea de lo que va a hacer tantas horas a ese lugar. Sobre las veces que conjeturé opciones acerca de lo que realmente mi viejo hacía cuando salía de casa. Sobre las veces en que me detuve a pensar que ese hombre en el fondo era un extraño, al que siempre había visto muy pocas horas, y del que bien mirado sabía muy poco.

Tengo ganas de escribir sobre los viajes en auto. Sobre las veces en que él, cuando yo todavía no sabía manejar, me iba a buscar a fiestas o la casa de algún amigo. Tengo ganas de escribir sobre esos viajes en silencio. Sobre las noches en que frenaba frente a un semáforo en rojo, en una calle vacía, sin un alma ni de un lado ni del otro, pero él igual esperando, a las dos de la madrugada, con los vidrios perlados de un rocío helado, a que se pusiera de nuevo en verde el semáforo. Tengo ganas de escribir sobre esos viajes y sobre las pocas palabras que él, de vez en cuando, mientras yo estaba acurrucado en el asiento del acompañante, me decía.

¿Vos qué elegís: plata o prestigio? Pienso unos pocos segundos: Prestigio. Nuevo silencio. Lo que vos tenés que contestar es plata, me dice: Con plata al prestigio ya lo tenés.
Alguna vez yo tengo que escribir sobre eso.

Alguna vez tengo que escribir sobre cómo a eso de los once o doce años él me despertaba cada mañana de sábado y me hacía trabajar. Cortar el pasto del parque inmenso que había atrás de casa. Lijar. Pintar. Juntar las hojas. Limpiar la basura de la vereda. Sobre cómo los vecinos del barrio de clase media alta al que nos habíamos mudado después de su ascenso laboral me felicitaban al verme trabajar desde tan temprano, haciendo cosas que en sus casas solamente hacían jardineros. Sobre cómo los hijos de estos vecinos después me miraban con recelo, sabiendo que sus padres les imponían mi esfuerzo como ejemplo a la hora de castigarlos. Sobre cómo mi viejo durante esa, mi temprana adolescencia, no me daba plata nunca, a pesar de que la tenía, solamente para que cortando el pasto o haciendo cualquier otra cosa yo me la pudiera ganar por mi cuenta. Sobre cómo aprendí a detestar lo que en esos momentos yo consideraba un acto de mezquindad de su parte. Sobre cómo lo detestaba cuando veía que ninguno de mis compañeros de colegio trabajaba en su casa de la forma en que yo lo hacía en la mía.

Tengo ganas de escribir sobre cómo esa casa se vino abajo cuando mi viejo y mi vieja se divorciaron. Sobre cómo mi vieja dejó de pagarles al jardinero y a la chica que la limpiaba. Sobre cómo mi viejo negó la posibilidad de seguir pagándoles a los empleados de su propio bolsillo, después de que lo echaran de su trabajo y dejara de tener ingresos. Sobre cómo una tarde de sábado que fui de improviso a visitarlo, me encontré con él, un hombre grande ya, de casi sesenta años, cortando el pasto abajo del sol, el mismo pasto que él me obligaba a cortar, que tanto me costaba cortar, empujando la máquina caliente y pesada, cuando yo tenía once años. Sobre cómo cuando lo vi le dije: ¿Qué estás haciendo, pa? Y sobre cómo él se dio vuelta, y a pesar de tener ahorros como para poder vivir tranquilo el resto de su vida, pagándole a un jardinero o no, me dijo: Las cosas cambian.
Y sobre cómo cuando lo vi así pensé: Algunas no.

Tengo ganas de escribir sobre cómo la casa gradualmente se vino abajo. Sí. Sobre cómo esa casa siempre llena de amigos y de gente que iba y venía, siempre luminosa y brillante y ruidosa, empezó a llenarse de polvo, mugre, telarañas, a descascararse, a volverse fría y silenciosa y solitaria. Sobre cómo los yuyales crecieron. Sobre cómo llegaba de repente un martes a las ocho, nueve de la noche, y lo encontraba a mi viejo acostado, durmiendo, y sobre cómo él se levantaba al verme, se pegaba una ducha y se sentaba conmigo en la cocina, y descorchaba un vino y me convidaba una copa, y cada vez que yo terminaba un trago él se tomaba dos, y cómo a medida que tomaba crecía su entusiasmo hablándome de proyectos alucinados o de política, y al final siempre nos quedábamos callados, mirando cualquier partido de fútbol en el televisor, y yo a veces lo miraba en el reflejo de una de las ventanas de la cocina, miraba su cara, quieta y dura en la oscuridad azulada, titilante por las sombras del televisor, y era como si por un segundo su cara fuera la misma de la que yo tenía un muy vago recuerdo, esa cara posada encima de la cama en la que yo dormía, cuando todavía era casi un bebé de pecho y mi viejo tenía, no sé, veintidós, veintitrés años, y él venía de estudiar, de trabajar todo el día, y la vida era todavía algo nuevo, una marea cargada de cosas por descubrir todavía.

Bueno, quiero escribir sobre eso

Quiero escribir sobre cómo cada vez que salía de esa casa para volver a la mía, donde mi mujer me estaba esperando, volvía pensando en él. Quiero escribir sobre lo que pensaba en esos viajes. Por ejemplo: que en la mirada de mi viejo no había una sola sombra de su antigua mirada. Quiero escribir sobre cómo mi sensación de que nunca realmente lo había conocido empezaba a acentuarse. 

Quiero escribir sobre cómo cada vez que volvía de ver a mi viejo le hacía el amor a mi mujer y ella me decía angustiada: No me mirés así. No me gusta cuando me mirás así.

Todos a mi alrededor se volvían extraños.

Tengo ganas de escribir sobre cómo una noche me llamó Hemilse, mi antigua vecina, la vecina de la casa en la que mi viejo había decidido envejecer solo. Tenés que pasar por acá, me dijo. El otro día se olvidó la llave puesta en la puerta de la calle. Es un peligro que esté solo, hijo. Algo tenés que hacer.

Hacía varios meses que yo había dejado de verlo.
A eso lo voy a escribir.

Como también tengo que escribir, por estos deseos que tengo de hacerlo, deseos que siempre postergo, sobre las rejas que había en la puerta de mi casa. Esas rejas altas, que terminaban en puntas afiladas como cuchillos. Tengo ganas de escribir sobre cómo siempre pasaba un pibe de siete o de ocho años y nos tocaba el timbre y nosotros le dábamos comida. Sobre cómo dos por tres la gente que venía de las villas que rodeaban el barrio pasaban por la vereda y veían del otro lado de las rejas los autos y la casa enorme, cercada de árboles, y les gritaban cosas a mis viejos o les pedían trabajo o ayuda. Tengo que escribir sobre cómo mi viejo una noche en que se quisieron meter salió de la casa con una carabina y empezó a tirar tiros al aire, en la oscuridad, y yo me desperté enseguida asustado y corrí por el pasillo y me asomé a la ventana y lo vi a mi viejo rodeado del humo de los tiros, con el arma en la mano, gritando, y no había nadie del otro lado de las rejas.
Nadie.

Tengo ganas de escribir sobre cómo mi viejo odiaba a los negros, y yo una vez le dije que todos esos tipos eran tan negros como él, nada más que no tenían plata; yo, que había leído y estudiado tanto solamente gracias a él, mi viejo, que había vendido helados en la ruta. Y también tengo que escribir sobre cómo mi viejo respetaba a la gente que trabajaba; sobre cómo cuando salíamos a comer dejaba propina de más, o le regalaba vinos o plata porque sí a los empleados a los que contrataba, y me decía: Siempre tenés que reconocer al tipo que labura.

Es un peligro que esté solo. Algo tenés que hacer, hijo, me había dicho Hemilse.

Pero yo no hice nada. No sé por qué.
Debería escribir sobre eso.

Debería también escribir sobre esa noche, hace un año, ya. Un año. Debería escribir que en medio de la madrugada me desperté con náuseas. Miré a un lado. Mi mujer dormía. Miré al otro. En el despertador eran las dos. Entonces vi que en la puerta de la pieza había un nene. Solamente vi su contorno. Su sombra se destacaba en la oscuridad más clara del pasillo. Cerré los ojos. Me los restregué. Los volví a abrir. La sombra ya no estaba.

Tengo ganas de escribir sobre cómo al otro día me llamaron por teléfono. Yo estaba en el trabajo. Tengo ganas de escribir sobre cómo atendí y sobre cómo escuché la voz, la voz de mi vieja, y enseguida, antes de que me lo dijera, lo supe. Enseguida. Tengo ganas de escribir sobre eso.

Sobre el momento en que me enteré -quizás algún día lo haga; algún día, quizás- de cómo durante la noche anterior, a los sesenta y un años de edad, solo, aplastado en un rincón, mi viejo había fallecido.







2 comentarios:

A girl called María dijo...

el final me erizó todo el cuerpo y me llenó los ojos de lágrimas. no sé como explicar lo que me produce tu escritura. capaz esa reacción física lo explicó mejor que las palabras.

Un desvarío por jueves dijo...

grandeee !! gracias por leer muchacha