martes, 28 de enero de 2014


La cacería




Vale la pena ver La cacería, de Thomas Vinterberg, por varios motivos. Pero quizás el central es la actuación de Mads Mikkelsen. De una sobriedad estoica, conmovedora. Bien nórdica. De sangre helada para tolerar todas las que al tipo que interpreta (Lucas) le hacen pasar. Lucas es como el ciervo que merodea el bosque sin saber que una fuerza oscura que él no gobierna está por hundirlo. Lucas es el ciervo pacífico, inocente, que durante toda la película sus vecinos en el pueblo -incluso su mejor amigo- pretenden cazar.

La cacería transcurre en un pintoresco pueblito danés rodeado de lagos y bosques. En este pueblito, mirando la película, podemos apercibirnos de una realidad económica que desde el contexto de un país como el nuestro resulta inverosímil. ¿Un tipo que labura de maestro en un jardín de infantes tiene una casa de dos pisos? No solo eso: en este pueblo todas las casas son lindas, sólidas, espaciosas y espaciadas; las calles son pulcras, los autos nuevos y brillan. Cuando el cine viene de países como Dinamarca la comparación con la propia realidad choca. La propia realidad, en este caso, es la de un país del tercer mundo donde la plata no alcanza nunca. Entre lo que misteriosamente desaparece de las arcas del Estado; entre que son muy pocos los que se quedan con la porción más grande de la torta de oro; entre que somos muchos, cada vez más, en un país de infraestructura casi colonial, no, la plata, los autos, las casas y la comida no alcanzan para todos. Ergo, la delincuencia, el crimen y la inestabilidad social son moneda de todos los días y el estrés por las situaciones que el desequilibrio genera un elefante en la pieza con el cual uno ya se acostumbró a convivir. Nada de esto pasa en Dinamarca, país edulcorado en el imaginario colectivo global por el prestigio de ser "el más feliz del mundo".

Y en el pueblito danés de la película, en efecto, la vida parece ser así, plena y feliz, hasta que a Lucas le pasa lo que le pasa. Entonces el pueblo decide cazarlo. “Decide”: ese me parece el punto fuerte al que apuesta Vinterberg en esta historia. La dueña del jardín de infantes, la madre de Klara, y la sociedad en general del pueblo, deciden que Lucas es culpable antes de comprobar por medio de la justicia o el raciocinio que realmente lo es.

Esta decisión viene de la mano de otros ítems o prejuicios muy arraigados que la película cuestiona: la lealtad absoluta entre dos amigos que se conocen de toda la vida; el concepto infantil de que los chicos siempre dicen la verdad; una sociedad bienaventurada por la abundancia o si se quiere la templanza económica está exenta del conflicto social; tres máximas que Vinterberg desmorona o al menos pone en tela de juicio: el mejor amigo de Lucas no duda en amenazarlo de muerte, instigado por una esposa con la que convive en permanente conflicto y a la que hacia el final (en el desenlace de la película) ya no vemos con él; Klara, una nena, miente con absoluta consciencia de estar haciéndolo, aunque inconsciente quizás del daño que esa mentira va a provocarle a Lucas; en este pueblito danés a nadie le falta nada, no hay chorros, no hay desigualdad, son todos miembros de una misma clase sin jerarquías (como en una especie de country), pero parece que la violencia está en la columna de la reacción humana, de forma latente o manifiesta, subterránea o explícita: alcanza con que alguien trastabille para que esta violencia brote como una lava, y arda el pueblo, y Lucas se convierta en el ciervo que todos quieren sacrificar. 

Casualmente (o no), a los dos días de ver la película alguien que tiene un pariente viviendo allá me contó aspectos bastante interesantes de la vida en Dinamarca. Un país de esos nórdicos que dos por tres la gente en Argentina nombra como ejemplos a seguir. Me habló del tema del sol, por ejemplo. En Dinamarca tienen muy pocas horas de sol al día, así que como consecuencia de estar casi siempre en la oscuridad un gran porcentaje de la población vive deprimida. Que por eso el Estado les solventa a los daneses un año sabático para que viajen a otros países y puedan de esa forma mantener la salud física y mental. Un año sabático cada dos de trabajo: un año trabajás, al otro no, un año trabajás, y al otro no. Sí, así. Los daneses se sienten orgullosos de su Estado de Bienestar.

Suena al paraíso, pero es tema serio el de la falta de sol. Los daneses no solamente viven deprimidos, sino también allá -según me contó esta persona- es muy común que la gente, quizás por la depresión misma, padezca miastenia gravis. Párpados caídos. A mí estas cosas me remitieron enseguida a lo que vi en la película. Es una película oscura, donde se ve poco el sol. Es una película invernal. Y el tema de la enfermedad, esos párpados sin fuerzas, al punto de máxima tensión de la película. Cuando Lucas, en la escena de la iglesia, le dirige a su mejor amigo sin lugar a dudas una de las miradas más punzantes de la historia del cine. 











1 comentario:

oh nikita dijo...


excelentes comentarios, una joyita más de las tuyas, me da ganas de verla, casi me da miedo de que no pueda ser tan buena como lo que vos escribiste,
nos vemos pronto!!!