martes, 14 de enero de 2014




Los tres polvos de Beckett







En alguna de sus novelas García Márquez escribió que uno nace con los polvos contados. Encontrar esa frase fue para mí en su momento como para el que se está ahogando en el mar encontrar una balsa. En el mar hay muchos peces, dicen, dicen. Bueno: yo no podía pescar ni uno. Por timidez, por desidia, o quizás nada más por temor a exponerme al rechazo, las mujeres iban y venían y yo nunca me daba la chance de intentar, aunque sea solamente de intentar, que viniera una a quedarse conmigo. Y cuando sí lo empecé a hacer, a medida que me iba haciendo más grande y entrar en el negocio ya no era tanto un mandato social como una propia imposición interna, no me alcanzaría toda esta madrugada para contar la cantidad de veces que me tocó chocar con la pena inolvidable de una media sonrisa, de una mirada fugaz clavada en el piso, y esta respuesta lapidaria, lapidaria: Pasa que no te quiero perder como amigo.

Osito, me decían los pibes, cuando les contaba que había salido tal noche o tal otra con tal mujer sin después haberle tocado una mano.

Así que esa frase de García Márquez fue para mí como una especie de balsa balsámica: si uno nace con los polvos contados, eso quiere decir que puede haber muchas cosas que hacer, pero en realidad no tantas. No importa lo que te esfuerces en gustarle a tal mina o lo que te esfuerces en que tal otra te guste. A la hora de la verdad, el choque depende de algo que uno no puede controlar y que ya está determinado de antemano.

Gracias, García Márquez, dije. Gracias.

Que la buena literatura y la autoayuda se lleven bien es algo que en cualquier oportunidad yo no dejo de agradecer.

Ahora, todo esto no quiere decir que cada polvo que no sea después no se termine canalizando por otro lado. Una ex novia de Ronaldo (no Cristiano, sino el brasilero) declaró una vez que acostarse con el máximo goleador histórico de los mundiales había sido como estar con “siete gorilas juntos”. La poesía está en todos lados. Y a uno no le sorprende para nada la declaración, porque viendo en Youtube cómo ese tipo jugaba es inevitable no pensar en una energía sexual desbocada. Hoy viniste pito parado, te dicen los vagos en la canchita donde juego los sábados cuando estás en un día inspirado. Así que, sea a través del fútbol, del trabajo o de los vaivenes del humor; por algún lado hay que exorcizar la sabia no derramada.

Y es en este sentido, entonces, que aparece la escritura. Así como Ronaldo, uno de los grandes referentes del espectáculo más popular que hoy existe a nivel mundial, era dueño de una libido semejante a la de siete gorilas, calculo que también los grandes escritores, referentes de una práctica mucho más sectaria que la del fútbol pero también a la larga mucho más trascendente, son tipos que tienen una sexualidad muy amplia.

Esa libido se extrapola a lo que transmiten en sus escritos. Hay largos novelones a los que uno lee porque son cómodos, pero sin llegar nunca a sentirlos una experiencia. No te patean. No te violan, moral o espiritualmente hablando. Ese tipo de textos podría decirse que son los de un tipo que coje con mucho esfuerzo pero sin ganas. Que escribe sin deseo. Sin el hálito sanguinolento de la pasión. Que escribe sin haber experimentado previamente en el cuerpo el impulso de destrozarse contra una mujer o una pared de ladrillos.

En cambio, cuando un texto es tirante, personal, cuando la tensión del que lo escribió se transmuta en la tensión del que del otro lado del universo lo está leyendo, entonces sí, entonces sí se puede hablar de que ese libro es un polvazo inmenso que al tipo no le quedó otra que volcar como sea en la braceada sintáctica.

Porque es la sintaxis. Porque es el ritmo. Es el vacío que hay entre los signos. El blanco entre las letras. El aliento que se retiene. La fricción apretada del músculo que empuja. Esa música que va subiendo de a poco, bien de a poco, como la deben sentir los flacos que tocan el tambor en una orquesta inflada de instrumentos de viento. Esperando el pum. Pum. El sonido como un golpe al organismo. El ruido que provocó el primer hombre interactuando con las herramientas que este bendito planeta supo proveerle. Así nació la música, como un accidente del trabajo. Y así también nació la literatura, en toda su dimensión y honestidad. Una desesperada verbalización de la música.


Polvos creativos. Así podríamos nombrar al concepto que refiere que se nota, que simplemente se nota, cuándo un escritor escribe como raptado por un deseo que él mismo no puede comprender. Como alucinado, como desterrado, como desorientado dentro del éxtasis del que hablaba Bolaño. Se nota.

Creo que era Pizarnik la que decía que en la obra de todo gran poeta solamente hay dos o tres poemas que realmente valgan la pena. Suscribo. Así como todos nacemos con los polvos contados, también los escritores más sentidos nacen con sus obras maestras contadas. Incluso algunos tienen una pulsión tan urgente que se agotan enseguida. Aunque en esos pocos espasmos puedan quizás alcanzar la cima del delirio verbal (Rulfo, Rulfo; Salinger, Salinger).

Lo más notorio que en este sentido encontré durante el año que termina de pasar fue la trilogía de novelas de Beckett. ¿Qué me llevó a leerla? Su cuento “Primer amor”. Sin lugar a dudas fue uno de los que más me conmovió en la vida. Tanto, que lo marqué por todos lados, como solamente hago con los textos que me enervan, que me descomponen, y que durante muchas noches releí una y otra vez, inflado por la levitación de un solo orgasmo intelectual espaciado, dosificado.

Así que cuando vi que en una librería estaba Molloy, la primera novela de su famosa trilogía -y asimismo la menos renombrada-, no dudé un segundo en engrosar las arcas de sus editores locales.

Molloy fue una de las experiencias literarias más profundas que me haya tocado abordar. Profundas. No estoy diciendo nada con ese adjetivo. Empezá de nuevo, decilo: mientras leía Molloy, cada vez que avanzaba una página sentía una nostalgia inmensa por la que terminaba de dejar atrás. La misma voz cínica, lúcida, amoral del personaje de “Primer amor”, en esta novela estaba llevada al paroxismo de una narración de largo aliento. La magia más absoluta. Absoluta. Magia. No, empezá otra vez, pero ahora de verdad: leyendo Molloy yo era feliz. No quería que se me termine el libro nunca. Quería alargarlo, postergar releyendo una y otra vez la misma oración la llegada de la oración siguiente. Mierda que era un pito duro este Beckett, pensaba a veces. Mierda que sabía sangrar. Dejar cada fibra, cada filamento de pelo en lo que escribía; mierda que podían sentirse las uñas con las que el tipo había apretado y rasguñado el cosmos que traducía desde el cuerpito lleno de sangre de su materia grisácea hacia la pura y áspera virginidad de la hoja.

De eso se trata la literatura, toda, cualquiera, pensé: de conexión. Algo que cae. Algo que recibe. Algo que sube. Algo que abraza. La literatura honesta es intimidad. Desnudez. El polvo de dos espíritus amalgamados cuyos dos cuerpos no están cojiendo. Un polvo hermoso y verbal. Sí, Molloy me hizo feliz.

Y cuando lo terminé al libro, la inercia de ese estado de ánimo me hizo hacer todo lo posible para encontrar los otros dos libros que cerraban la trilogía. Eran inconseguibles. Tuve que bajármelos de Internet. Los leí. Durante el lapso de uno o dos meses. Pero fui comprobando una cosa, a medida que los leía. Que Molloy tenía tal extensión, que Malone muere tenía tanta, y que también tanta tenía El innombrable. Los tres libros Beckett los escribió consecutivamente en dos años. Y era un hecho: el primero era el más largo, el segundo tenía muchas menos páginas que el primero, y el tercero muchas menos que el segundo. Pero no solamente de un libro a otro bajaba la extensión, sino también lo que a mí me pareció la pulsión. La temperatura. El compromiso hacia la comunicación.

Y fue entonces, después de haber leído la trilogía completa, cuando deduje qué era lo que había pasado. Molloy fue un polvo tan inmenso, tan sublime y siniestro, que cayeron por decantación los otros dos. Solamente residuos de la implosión de libido que Molloy había significado. Es notorio: argumentarlo excede no solo los límites de este trabajo, sino también probablemente los de mis capacidades. Pero cualquiera que se anime a la aventura de leer las tres novelas podría notar el declive hormonal que, a pesar de sus momentos brillantes (a no olvidar que se trata de un escritor cumbre), se hace evidente en las dos novelas que le siguieron a la primera.

Así que me sorprendió encontrar, hace poco, que la crítica académica, quiero decir, el tupper de la Facultad de Filosofía y Letras, valoraba más la tendencia vanguardista de la obra de Beckett, sus divagues formalmente precisos pero emocionalmente nulos, antes que el humor y la pasión y el cinismo y el sentimentalismo magistralmente solapado de la voz del narrador de Molloy. Eso me dio la pauta de que en Puán, como en general pasa en cualquier ámbito de la vida, es posible analizar todo, menos la emoción. La sensación espontánea de lo que un conjunto determinado de palabras armónicamente engarzadas produce. Molloy es el efecto de un cuerpo ansioso por conectarse con otro. Las otras dos novelas delirios bellos pero inconexos de la mente de un borracho en todo caso genial aunque sin la potencia necesaria para sublimar aquel estado que ya había conseguido con la primera de las novelas de la trilogía.

(A no olvidar el alcoholismo recalcitrante de Beckett. A no olvidar que siempre está vivo el autor.)

Todos nacemos con los polvos contados: Beckett, desde el punto de vista de la novela, tuvo tres en dos años. Pero solamente uno transpira verdadero deseo. Solamente uno transmite un miedo hondo a dejar de existir. Solamente uno parece rezarte, casi escupiéndote al oído: todo lo que hagas, sea lo que sea, hacelo con bronca. Hagas lo que hagas, cualquier cosa, hacelo con una enérgica pátina de furia. Que no se note en ningún momento la apasionada ternura que atrás del cinismo te impulsa. Que en ningún momento se note. Eso es Molloy. Y aunque uno nunca sea siete gorilas en la cama, aunque uno nunca alcance a echarse un polvo tan magistral como el de Beckett, de lo que hacia el final se trata todo esto es de comunicarse con honestidad. Sin reprimir la propia locura. De comunicarse con eso de lo que cada uno a su manera está hecho.



Fragmentos de Molloy

- Molloy, el mendigo casi convaleciente que protagoniza y narra la primera parte de la novela, se debate por salir de una zanja y les da mientras lo hace un consejo a los que escriben:

“[…] ahora tengo que salir de esta zanja. De buena gana desaparecería en ella, hundiéndome cada vez más bajo el influjo de las lluvias. Probablemente volveré algún día a esta zanja o a otra parecida, para esto me fío de mis piernas, del mismo modo que estoy seguro de que algún día volveré a encontrarme con el comisario y sus secuaces. Y si he cambiado demasiado para reconocerlos y no llego a precisar que son los mismos, no os dejéis engañar por ello, serán los mismos aunque hayan cambiado. Pues conocer a una persona, conocer un lugar, iba a decir conocer una hora, pero no quisiera ofender a nadie, y luego no darle ningún papel más en la vida de uno, es como si, no sé cómo decirlo. No querer decir, no saber lo que se quiere decir, no poder decir lo que se cree querer decir, y decirlo siempre, o casi, esto es lo que importa no perder de vista, en el calor de la redacción.”

- Molloy reflexiona sobre la dificultad de tomar decisiones y conoce a Lousse tras asesinar de forma trágica a su perro:

“Incapaz de recordar el nombre de mi ciudad, tomé la resolución de detenerme al borde de la acera, en espera de un transeúnte de aspecto agradable e instruido, para quitarme el sombrero y decirle con mi mejor sonrisa: «Dispense, señor, perdone, señor, por favor, ¿cómo se llama esta ciudad?» Pues una vez pronunciada la palabra, yo recordaría si era o no la palabra que había estado buscando en mi memoria. Con lo cual sabría de una vez a qué atenerme. Un absurdo y desgraciado percance impidió que ejecutara esta resolución, tomada mientras iba pedaleando. Pues mis resoluciones tenían la particularidad de que una vez tomadas surgía un incidente incompatible con su puesta en práctica. Sin duda hay que atribuir a esto que ahora tome muchas menos resoluciones que en la época a que me refiero y que entonces tomara menos que algún tiempo atrás. Pero a decir verdad (ja decir verdad!) nunca me he distinguido por ser particularmente resuelto, quiero decir dispuesto a tomar resoluciones, sino más bien dispuesto a hundirme con la cabeza gacha en la mierda, sin saber quién se me estaba cagando encima ni de qué lado me convenía recostarme. Pero tampoco esta predisposición me procuraba muchas satisfacciones, y aunque nunca he llegado a liberarme de ella, no vayáis a creer que no lo haya intentado. El hecho es, según parece, que a lo máximo que puede aspirar uno es a ser al final algo menos de lo que era al principio, y así sucesivamente. Pues apenas había establecido mentalmente mi plan, cuando me di de manos a boca con un perro, según supe más tarde, y caí al suelo, torpeza tanto más imperdonable cuanto que el perro, atado con un lazo, no estaba en la calzada, sino en la acera, paseando juiciosamente al lado de su dueña. Hay que tomar las precauciones con precaución, ocurre como con las resoluciones. Aquella señora debía creer que no dejaba nada al azar, en lo que respecta a la seguridad de su perro, cuando lo que hacía en realidad era desafiar a toda la naturaleza, como yo con mis disparatadas pretensiones de poner algo en claro. Pero en vez de humillarme, haciendo valer mi avanzada edad y mis defectos físicos, agravé mi situación con una intentona de huida. No tardé en ser alcanzado por una jauría de justicieros de ambos sexos y de todas las edades, ya que divisé barbas blancas y caritas casi en plena edad de la inocencia, y ya se disponían a hacerme picadillo cuando intervino la señora. Vino a decir en resumen, según me dijo más tarde y yo creí: «Dejad en paz a este pobre viejo. Desde luego mató a Teddy, a quien amaba como a mi propio hijo, pero la cosa no es tan grave como parece, porque precisamente le llevaba a casa del veterinario, para que pusiera término a sus sufrimientos. Porque Teddy era viejo, sordo, ciego, baldado por el reuma y se hacía sus necesidades encima a cada paso, día y noche, tanto en casa como en el jardín. De modo que este pobre viejo me ha evitado un itinerario penoso, para no hablar de un gasto que no tengo muchos recursos para sufragar, pues mi único medio de subsistencia es la pensión de guerra de mi querido difunto, muerto por lo que llaman su patria, de la que en vida no obtuvo provecho alguno, solo afrentas y bastonazos a discreción.» La aglomeración empezaba ya a disiparse, había pasado el peligro, pero la señora no paraba el carro. «Me objetarán ustedes -prosiguió- ha obrado mal al darse a la fuga, que hubiera debido presentarme sus excusas, darme explicaciones. De acuerdo. Pero salta a la vista que no está totalmente en sus cabales, por razones que ignoramos y que quizá nos avergonzarían a todos, caso de conocerlas. Llegó a preguntarme incluso si se habrá dado cuenta de lo que ha hecho.» Aquélla voz monótona originaba tal hastío, que ya me disponía a proseguir mi camino cuando apareció ante mi vista el indispensable sargento de Policía. Dejó caer pesadamente sobre el manillar de mi bicicleta su manaza roja y velluda, lo noté por mí mismo, y, según parece, sostuvo con la señora la siguiente conversación: «Al parecer, este individuo ha aplastado a su perro, señora.» «Exactamente, ¿y qué?» No, renuncio a transcribir aquel diálogo estúpido. Me limitaré a decir que también el sargento de Policía terminó dispersándose, espero no emplear una palabra demasiado fuerte, refunfuñando, seguido por los últimos mirones que habían perdido ya toda esperanza de que las cosas se me pusieran feas. Pero de pronto se volvió y dijo: «Llévese a su perro inmediatamente.» Como ya era libre de partir, adopté la posición de partida. Pero la señora, una tal señora Loy, más vale decirlo cuanto antes, o Lousse, ya no me acuerdo, un nombre de pila que sonaba como Sofia, me retuvo, cogiéndome los faldones y diciendo, en el supuesto de que la última frase fuera igual que la primera: «Señor, le necesito.» Y me figuro que al ver en mi expresión, siempre reveladora, que la había comprendido, debió de decirse: «Si ha comprendido esto, puede comprender lo demás.» Y no andaba equivocada, pues al cabo de un rato me encontraba en posesión de algunas ideas o puntos de vista que solo podían provenir de ella, a saber, que, ya que había matado a su perro, tenía que ayudarla a llevarlo a su casa y enterrarlo, que ella no quería querellarse por lo que yo le había hecho, pero que no siempre uno deja de hacer lo que quiere, que yo le resultaba simpático pese a mi aspecto repugnante y que sería para ella un placer el ayudarme, y no sé cuántas cosas más. Conque, al parecer, yo también la necesitaba a ella. Ella me necesitaba para que la ayudase a hacer desaparecer a su perro y yo la necesitaba no sé para qué. Sin duda me dijo los motivos, pues se trataba de una insinuación que no podía pasar decorosamente por alto como había pasado decorosamente por alto lo anterior, y no vacilé en decirle que yo no la necesitaba ni a ella ni a nadie, bueno, quizá decir esto era un poco exagerado, porque necesitaba a mi madre, porque si no la necesitaba, ¿a qué venia aquel empeño en ir a verla? Esta es una de las razones que me impulsan a hablar lo menos posible. Y es que siempre digo demasiado o demasiado poco, lo que me apena, pues soy muy amante de la verdad”.

- Molloy reflexiona sobre el amor y el sexo:

“Pero no vale la pena de que extienda más el relato de este período de mi existencia, porque no me parece que tenga significación alguna. Ampollas y pústulas es todo lo que encuentro por más hondo que hurgue. Me limitaré, pues, a añadir las observaciones siguientes, la primera de las cuales es que Lousse era una mujer extremadamente lisa, hasta tal punto que aún esta noche me pregunto, en el silencio, tan relativo, de mi última morada, si no sería más bien un hombre o al menos un andrógino. ¿Tenía el rostro ligeramente velludo o soy yo quien lo imagina para facilitar el relato? A la pobre la he visto tan poco y la he mirado menos aún. Y el timbre de su voz, ¿no era dudosamente grave? Así la recuerdo ahora. Molloy, deja de atormentarte, ¿qué importancia tiene que fuera un hombre o una mujer? Pero no puedo dejar de formularme la pregunta siguiente: ¿Una mujer hubiera podido cortar el impulso que me dirigía hacia mi madre? Sin duda. Mejor dicho, ¿era posible un encuentro semejante, quiero decir, entre una mujer y yo? Sí, me he rozado con algunos hombres, pero, ¿y las mujeres? Bueno, no voy a seguir ocultándolo, sí, rocé a una mujer. No me refiero a mi madre, a ella hice más que rozarla. Aparte de que más vale dejar a mi madre fuera de todo este asunto, si ustedes me lo permiten. No, me refiero a otra, que hubiera podido ser mi madre, y creo que hasta mi abuela, si el azar no hubiera dispuesto otra cosa. Mira, ahora el tío habla del azar. Aquella mujer me hizo conocer el amor. Creo que respondía al apacible nombre de Ruth, pero no puedo certificarlo. A lo mejor se llamaba Edith. Tenía un agujero entre las piernas, no el agujero de tonel que siempre había imaginado, sino una hendidura, y yo introducía, mejor dicho, ella se introducía mi llamado miembro viril, no sin dificultad, y empujaba y jadeaba hasta eyacular o renunciar a ello o ser invitado a desistir. Una idiotez de juego, creo yo, y además fatigoso a la larga. Pero me prestaba a él de bastante buen talante, sabiendo que aquello era el amor, porque ella me lo había dicho. Se inclinaba por encima del diván, a causa de su reumatismo, y yo le daba por detrás. Era la única posición que podía soportar, a causa de su lumbago. A mí me parecía natural, porque se lo había visto hacer a los perros, y quedé sorprendido cuando me confió que podía hacerse de otro modo. Me pregunto qué quería decir exactamente. Quizá a fin de cuentas me introducía en su recto. Como ustedes podrán suponer, me daba exactamente igual. Pero en el recto ¿puede hablarse de verdadero amor? Esto es lo que me inquieta. ¿Y si después de todo no hubiera conocido nunca el amor? Era también una mujer extremadamente lisa y avanzaba a pasitos rígidos, apoyada en un bastón de ébano. Quién sabe si también ella era un hombre, otro más en la lista. Pero si lo era, ¿no hubieran entrechocado nuestros testículos con tanto meneo? Quizá ella se sujetaba los suyos con la mano, para evitar que esto ocurriese. Vestía faldas amplias y tumultuosas y otras prendas interiores que no sabría nombrar. El conjunto se encrespaba en un oleaje de frufrú, para, establecida la ligazón, abatirse sobre nosotros en lentas cascadas. De modo que yo no veía nada más que aquella nuca amarillenta y tirante a punto de romperse, que mordisqueaba de vez en cuando, tal es el poder del instinto”.









3 comentarios:

Rocío dijo...

¡Excelente!

Un desvarío por jueves dijo...

Gracias por leer Rocío ! abrazo

Hernan dijo...

EsA frase que se atribuye a García Márquez, la dijo Ernest Hemingway muchos años antes.¡Qué pronto olvidamos las cosas y qué falsedades e
inexactitudes se publican en la red!
Hernán Rodríguez Ocampo. Costa Rica.