martes, 25 de febrero de 2014

solamente un mal día



La parte del día que más disfrutaba Rubén eran esas horas a la mañana, después del desayuno, en las que salía de la cerrajería a fumar un cigarrillo y miraba a la gente pasar. De vez en cuando la gente que iba y venía por el centro comercial de Primero de Mayo, o mismo los que atendían en los locales vecinos, lo podían ver fumando despacio, con placer, soplando el humo como silbando, y a veces desperezándose, parado en la puerta de su negocio, con los brazos estirados en el aire.

Una de esas mañanas una mujer se acercó mientras él estaba ahí y miró por la vidriera. ¿Usted trabaja acá? Así es, ¿en qué puedo ayudarle? Ando necesitando una copia de esta llave, dijo la mujer, mostrándole un llavero, ¿puede ser? No hay problema: adelante, y abrió la puerta y dejó que la mujer entrara primero y después él se acomodó del otro lado del mostrador.

¿Cuánto sale cada copia? Treinta pesos cada una. Entonces me harías dos, por favor. Cómo no.

Mientras Rubén caminaba entre los estantes hacia el fondo del local, donde tenía la máquina de copiar llaves, escuchó que la mujer le decía: ¿Cuánto demorarías en hacerlas? Nada, en cinco minutos están. Bueno, yo igual salgo un segundito que tengo que hacer una compra acá al lado y vuelvo, ¿está bien? Vaya nomás, dijo Rubén, antes de empezar a hacer su trabajo.

Es una linda mujer, sí, pensó el cerrajero, con el ruido de la máquina ya encendida como música de fondo de sus pensamientos. La mujer, había notado Rubén, no tenía ningún anillo de compromiso en sus manos. Pensó en que tenía buen cuerpo y en que se vestía con sencillez. Y cuando la mujer había sonreído al momento de preguntarle: “¿Usted trabaja acá?”, él no había dejado de notar también sus hermosos dientes, delicados y simétricos.

Cuando terminó de copiar las llaves las dejó sobre el mostrador y se sentó a esperar a que volviera la mujer. Una de sus piernas se sacudía con un tic inconsciente, mientras hacía algunas cuentas en su libreta. Al final miró la hora. Ya habían pasado varios minutos. Entonces Rubén abrió el diario y decidió que lo mejor era terminar de leer la sección de política que había empezado a mirar más temprano. Que ella entrara de improviso y lo descubriera concentrado en una lectura respetable, de hombre preocupado por las circunstancias de su país.

Pero hacía rato que él ya había pasado a la sección deportiva y la mujer todavía no había vuelto.

Salió a la vereda. Miró para un lado. Miró para el otro. Nada. Encendió un cigarrillo, repitió el ritual que tanto placer le daba cada mañana. Pero en esta oportunidad no se puede decir que realmente disfrutara de la contemplación. A cada mujer que veía acercarse sentía en su interior como si se encendiera una alarma, como si de repente le hubieran volcado cemento en los hombros, y el corazón le empezaba a latir con fuerza.

Una clienta. Nada más. Nada más que una clienta.

Terminó el cigarrillo. Miró la hora de nuevo. Eran las once y diez. Lamentó no haberse fijado en la hora en el momento en que la mujer había decidido abandonar el local. ¿Cuánto había pasado ya? ¿Media hora? ¿Cuarenta y cinco minutos? ¿Más? ¿Menos? La mujer le había dicho que enseguida volvía. Que iba a comprar una cosa en un local vecino. ¿Se habría referido a la ferretería? ¿O a la verdulería? ¿O a la casa de electrodomésticos? ¿O a la agencia de quiniela? ¿Adónde habría ido? ¿Por qué se demoraba?

Rubén volvió a sonreírse, y entró al local dispuesto a terminar de leer la sección deportiva. Mientras leía detenidamente noticias sobre tenis, noticias de un deporte que él no consumía y sobre las que jamás se detenía al momento de leer el diario, podía notar a un lado sobre el mostrador las copias de las llaves que le había pedido la mujer. Aunque su vista estuviera fijada en las noticias, podía notar la presencia de esas llaves en un ángulo de su campo de visión: manchas poco nítidas, pero que lograban distraerlo de la lectura. Tras una ardua batalla en Basilea, Nadal ha ganado ella se fue y no sé hace cuánto la final frente a su compatriota Ferrer porque no creo que alguien venga y deje sus llaves así como así por 6-3, 6-7, 6-4.

Eran las once y treinta y seis minutos cuando Rubén terminó de leer hasta el final la sección de deportes. Ya era llamativo. Salió a la vereda. Sacó un cigarrillo del atado, lo puso en su boca, sacó el encendedor. Pero después volvió a guardar el cigarrillo en el atado y el encendedor en su bolsillo, y se acercó hasta la ferretería, el negocio vecino al suyo.

Horacio, el ferretero, era el único de los comerciantes de Primero de Mayo por el que Rubén sentía cierta simpatía. Esperó hasta que Horacio terminara de atender a un cliente para acercarse y comentarle lo linda y soleada que estaba la mañana. Horacio lo miró levantando las cejas. Linda mañana, sí. Rubén se apoyó en el mostrador. Horacio pensó que, a pesar de que hacía más de un año que eran vecinos, era la primera vez que Rubén entraba a su negocio y le hacía un comentario irrelevante de ese tipo. Más considerando que, hasta ese momento, la única costumbre visible de Rubén había sido la de salir a la vereda a fumar solo, mirando la calle, sin conversar con ninguno de los comerciantes de la cuadra. 

¿Todo bien, Rubén?, preguntó Horacio. Todo bien, por suerte, contestó el cerrajero. Tragó saliva. Horacio notó cómo la nuez de Rubén bajaba y subía. En realidad vengo a preguntarte una cosa. Sí, decime. ¿Vino acá una mujer a comprarte algo, hará eso de una hora, hora y media? Horacio entornó los ojos. ¿Una mujer? Sí. Una mujer de pelo castaño, con un vestido azul. De unos treinta y cinco, cuarenta años, más o menos. Horacio miró un punto en el aire. No, la verdad que no. Pero Rubén lo miraba con insistencia y Horacio, al notarlo, se dedicó unos segundos más, no a pensar -ya que estaba seguro de que ninguna mujer como esa había entrado a su local esa mañana-, sino a simular que seguía pensando. No, repitió finalmente, la verdad es que no vino ninguna mujer como la que me decís. Ah, dijo Rubén, con decepción. ¿Por?, preguntó Horacio, ¿pasó algo? No, no te preocupes, dijo Rubén, no pasó nada. No pasó nada de gravedad, quiero decir. Y aprovechó que un cliente acababa de entrar para salir de la ferretería sin despedirse y volver a su negocio.

Se acercaba la hora del almuerzo. Mientras revisaba los estantes buscando una cerradura Candex que un cliente (un viejo de boina algo gordo) que acababa de entrar a la cerrajería le había pedido, Rubén tomó una decisión. Apenas el viejo se fuera, en vez de cerrar su local, almorzar sánguche de salame y queso y dormir una breve siesta tirado sobre una colchoneta entre los estantes del fondo -que era lo que siempre hacía-, en esta oportunidad iba a salir a dar vueltas por el centro comercial a ver si en el camino se encontraba con la mujer de las llaves. Se prometió a sí mismo que el recorrido iba a ser breve y rápido, apenas algunas cuadras, para estar de nuevo en la cerrajería en el caso de que la mujer hubiera vuelto de hacer lo que sea que estuviera haciendo a buscar sus copias.

Guardó las llaves en el bolsillo de su pantalón y salió. Primero dio una vuelta de manzana, inspeccionando a través de las vidrieras el interior de los locales que se cruzaba, así como también intentando prestar atención a la gente que pasaba por la vereda. En cierto punto le pareció ver a la mujer frente a la vidriera de un negocio que vendía ropa para bebés. Pero no. Al acercarse, notó que la mujer en cuestión era mucho más joven que la mujer de las llaves, y que tenía el pelo negro. Solamente lo había confundido el vestido, de un color parecido al de la otra. Pensó: Quizás la vieja tenía razón. Quizás me convenga de una buena vez hacerme anteojos.

Después estiró su recorrido hacia el resto de las manzanas del centro comercial. Eran unas cuatro o cinco, plagada de locales de todo tipo. Rubén caminaba rápido, tal como se lo había propuesto, y por ese mismo apuro a veces se llevaba por delante codos y carteras. Algunos se daban vuelta y lo miraban con enojo. Más al notar que el hombre ni siquiera tenía el gesto de pedir disculpas después de haberlos atropellado. Pero no le decían nada. Solo una chica de dieciséis, diecisiete años, a la que Rubén casi derriba en una de las esquinas, alcanzó a decirle: Fijate lo que hacés, viejo de mierda. Pero Rubén, concentrado en su objetivo, no llegó a escucharla.

Recién cuando se encontró en los bordes de Primero de Mayo, donde los negocios empezaban a escasear, Rubén supo que ya no valía seguir andando. Mientras emprendía el regreso, medio por la decepción, medio por el cansancio, su paso era mucho más lento. La mayoría de los negocios ya habían cerrado. Sentía un silbido en los pulmones y pensó que quizás su madre tenía razón no solo en el punto de los anteojos, sino también en el de que debía dejar de fumar. Podía escuchar la voz de su madre, mientras retornaba con lentitud a su negocio: Deberías dejar de fumar, Rubén. Deberías. Deberías. 

Eso siempre le decía su madre.

A las dos o tres cuadras, sin embargo, recordó que era posible todavía que la mujer lo estuviera esperando en la cerrajería y esa esperanza le hizo recobrar fuerzas. Aceleró el paso y, en la medida que caminaba más rápido, también con más velocidad y lucidez podía pensar. Entonces se dio cuenta de que no haberla cruzado en el camino había sido una suerte. Ridículamente, nunca se había puesto a pensar en que ella hubiera podido considerarlo un loco, un comerciante excesivamente preocupado por la ausencia de una simple cliente, o, muchísimo más grave, un tipo mezquino, dispuesto a salir a perseguirla con tal de cobrarle por el trabajo que había hecho.

Sobre estas cuestiones reflexionaba Rubén mientras caminaba agitado, abajo del sol. Sonrió para sus adentros: Si ahora la encuentro en la puerta, ¿qué le voy a decir? Sin embargo, cuando por fin llegó a la esquina de la cuadra donde estaba su negocio, pudo comprobar desde lejos que la mujer no estaba.

Fueron sesenta largos metros los que Rubén recorrió desde ese punto hasta su local. Trastabilló en el escalón de la puerta. Después dejó las llaves de la mujer sobre el mostrador, cerró su negocio y se recostó sin almorzar en la colchoneta que tenía guardada bajo uno de los estantes del fondo. Tenía el cuerpo empapado en transpiración. Se durmió diciéndose: Es un mal día. Nada más que eso. Solamente un mal día.

Lo despertó, varios minutos después, un golpe en la puerta del local. Rubén se inclinó y espió a través del breve espacio que había entre los estantes y el mostrador: era Horacio. Rubén se levantó, dobló la colchoneta, la guardó, y se acercó a la puerta. Mientras caminaba sintió una punzada de dolor en sus muslos y en los huesos de la espalda. Cuando abrió la puerta, Horacio le dijo: ¿Todo bien, Rubén? ¿Qué pasó que no abriste? Entonces Rubén miró la hora en su reloj y se dio cuenta de que no habían pasado unos pocos minutos, como al momento de despertarse había creído, sino que eran las tres de la tarde. Había dormido más de dos horas sin darse cuenta.

Me quedé dormido, dijo Rubén, algo avergonzado. Gracias por despertarme; no sé qué bicho me picó. Horacio sonrió y le palmeó el hombro: No te preocupes, macho, dijo, puede pasar. Y después: Igual no venía por eso. Ah ¿no?, dijo Rubén, pensando en la palabra “macho”. ¿Qué pasó? Nada, le contestó Horacio, que hace un rato vino una mujer a la ferretería, creo que la misma que estabas buscando esta mañana. Rubén apoyó una mano en el marco de la puerta. Ah, ¿sí? Sí, me dijo que había visto que abrías a las dos de la tarde y que esperó un rato pero que nunca abriste. Que te había dejado una llave, para que le copies, ¿puede ser? Me dejó una llave, dijo Rubén, esta mañana, sí. Bueno, me preguntó qué pasaba y yo le dije que seguramente ibas a abrir enseguida, que siempre abrís a la misma hora, pero ella me dijo que se tenía que ir, que se daba una vuelta mañana. Bueno, listo, dijo Rubén. Gracias por avisar, Horacio. Y antes de que el otro pudiera decir algo más, Rubén se despidió con un nos vemos y cerró la puerta.

Y el cerrajero ya estaba caminando entre los estantes del fondo, dispuesto a lavarse en el baño antes de abrir nuevamente el local, cuando Horacio volvió a golpearle la puerta. Rubén giró la mirada. Retrocedió sobre sus pasos. Abrió la puerta de nuevo. Oíme, Rubén, dijo Horacio. Sé que quizás no es el mejor momento, y el ferretero se rascó entre las cejas, porque, bueno, sé todo lo que pasó con tu vieja. Lo siento mucho. De verdad. Pero, bueno, espero que no te ofenda que te lo diga, la semana que viene es navidad y acá con los comerciantes de la cuadra íbamos a hacer un brindis, mañana a la tarde. Se me ocurrió que podías venir. Acá en lo de Jorge, lo vamos a hacer. ¿Qué te parece? Se me ocurría que podías venir.

Rubén siguió con la mirada el recorrido de una moto que pasaba por la calle. Gracias, dijo. Gracias por la invitación. Pero dejame que te confirme más tarde. Seguro, dijo Horacio, confirmame cuando quieras. Si tenés ganas, vení. Pensalo. Acá en la cuadra vamos todos. Es un rato, nada más. A brindar por el año que viene. A brindar por que sea un año mejor. Espero que no te ofenda que te invite. No, ningún problema, dijo Rubén, te lo agradezco. ¿Pero vas a tratar de estar?, dijo Horacio. Bueno, dijo Rubén, calculo que sí. 

Voy a tratar de estar, dijo.

Y después de despedirse del ferretero, Rubén cerró la puerta, miró un instante las llaves de la mujer sobre el mostrador, y avanzó hacia el baño entre los estantes del fondo para lavarse la cara.





miércoles, 19 de febrero de 2014

hace treinta y cinco años



A principios de año Gastón empezó a trabajar de repartidor en una rotisería muy conocida de Las cañitas que se llamaba Don Alfredo. Repartía pollos al spiedo trozados y pizzas y empanadas y también sánguches de milanesa, entre otras cosas, en un barrio donde la mayoría de la gente tenía mucha plata, y donde prácticamente no había problemas de inseguridad. Eso fue una de las cosas que más le llamó la atención. Él tranquilamente podía dejar la moto en la vereda, acercarse a la puerta del edificio y volver, sin estar pendiente de las personas que andaban por ahí. La explicación era evidente: A dos cuadras de la rotisería había un destacamento militar, y los gendarmes no solamente iban y venían todo el tiempo por la calle, sino que también, y esto lo notó apenas empezó a trabajar en la zona, había mucha circulación policial. Lo otro que le sorprendió, a medida que se iba adaptando a las costumbres del nuevo barrio, fue que las propinas no estuvieran a la altura de lo que él esperaba cuando le dijeron que iba a empezar a trabajar en Las cañitas. Al contrario, él, que había repartido pizzas y helados en lugares bastante más modestos, incluso en barrios bajos del conurbano, notó que en sus anteriores trabajos en estos lugares las propinas eran por lo general más generosas.

Había un solo señor, un tipo de unos cincuenta y pico, sesenta años, que cada vez que iba le daba de propina como mínimo diez pesos. Aunque no fue así la primera noche que le tocó llevarle un pedido a su casa. El hombre esa vez salió, vio la bolsa con la comida envuelta en papel de cartón, y le dijo: ¿Y el pan, flaquito? ¿Qué me hiciste con el pan? Gastón sintió una ráfaga de olor a vino viniendo de la boca del viejo. ¿Usted pidió pan? No, le contestó el tipo, ¿pero cómo es que te pido pastas y no me traes pan? El tipo entonces se largó a reír y le dio un pellizcón a Gastón en la mejilla: Tenelo en cuenta para la próxima. Y después de pagarle pegó media vuelta y volvió a entrar al edificio.

Gastón se fijó bien en cuál era la dirección del tipo. Entonces para cuando lo volvieron a mandar ahí, a los pocos días, un viernes que llovía a cántaros, Gastón llegó con el pedido y cuatro panes grandes. Tocó el timbre: Salió el viejo, en musculosa y pantalón corto, despeinado, descalzo, con cara de recién haberse terminado de despertar, aunque eran alrededor de las nueve de la noche. Buenas noches, dijo Gastón. Buenas noches, dijo el tipo. Gastón le alcanzó la bolsa: Acá está su pedido, dijo, pan con empanadas. El hombre se lo quedó mirando. Gastón sonrió y el viejo, aunque se demoró unos segundos en hacerlo, también terminó sonriendo. Pagó con un billete de cien, Gastón tenía que darle de vuelto dieciséis pesos, pero el tipo, mientras empezaba a cerrar la puerta, le dijo: Buenas noches, pendejo.

Y de ahí en adelante, cada vez que Gastón iba a su casa, el hombre le daba como mínimo diez pesos de propina.

En la rotisería lo conocían; era un cliente asiduo desde hacía años. Gastón le preguntó por él a uno de sus compañeros y su colega le contestó: Está medio loco, pero es macanudo. Gastón dudó un segundo en si le convenía comentar o no lo pobres que le parecían las propinas que le daban en el barrio, salvo por las de ese tipo. Pero después pensó que recién empezaba a trabajar en ese lugar y que no sabía todavía de qué madera estaba hecho su compañero, así que prefirió quedarse callado y no dar lugar a especulaciones, no quejarse, solamente trabajar.

A todo esto, el hombre, cada vez que él llegaba con el pedido, lo saludaba siempre de una manera diferente. Gastón, por la sola forma en que lo veía caminar hasta el umbral, podía adivinar si el viejo estaba de buen humor o si, de lo contrario, más le convenía ser parco y discreto. Pero el hombre por lo general estaba de buen humor, y le sacaba conversación, aunque sea de unas dos o tres frases, mientras él le entregaba el pedido. Una noche le preguntó el nombre y Gastón dijo: Gastón, y el hombre dijo: Fernando. Mucho gusto, Gastón. Y a veces le daba un pellizco o un palmadita despacio en la mejilla, y le decía: Portate bien con las minas.

Gastón ya llevaba varios meses de trabajar ahí, quizás cinco, o seis, cuando una noche Fernando tardó más que de costumbre en salir a buscar el pedido. Tocó el timbre de nuevo. Nada. Tocó otra vez. Esperó. En la caja de la moto se estaba enfriando otro pedido más. Gastón no sabía qué hacer. Su jefa, una gorda teñida de rubio que no tenía más vida que la del trabajo, y por lo mismo, pensaba Gastón, poco capacitada para manejar gente, ya lo había retado más de una vez por haberse demorado en las entregas. Si tardan más de cinco minutos en atenderte, le había dicho en una de esas veces, avisanos por teléfono y andate. Seguí entregando.

En eso pensaba Gastón, con el pedido de Fernando en una mano, mientras tocaba el timbre por tercera vez. Nunca hasta esa noche Fernando había dejado de salir. Pero era un hecho que estaba tardando mucho. Y que la relación con su jefa iba cada vez peor. Y que lo menos que tenía ganas de escuchar esa noche era a una de esas rubias platinadas de voz difónica que lo atendían en Las cañitas quejándose por lo mucho que él había tardado en entregarles el pedido.

Así que ya iba pegando la vuelta, subiéndose de nuevo a su moto, cuando vio que la luz del pasillo se encendía y aparecía Fernando. El tipo cruzaba el pasillo poniendo mucha fuerza en cada paso, como si el cuerpo le pesara de más. Estaba en musculosa, a pesar del frío que hacía, y tenía ojeras y el pelo revuelto, aceitoso y aplastado, como si se hubiera pasado horas dando vueltas en la cama, revolviéndose en su propio sudor.

Qué haces, pendejo, dijo Fernando, no bien abrió la puerta. Lo saludó con un beso, le mantuvo un brazo apretado alrededor del cuello; Gastón sintió un olor a alcohol viscoso, fermentado, transpirado de uno o dos días. Le traigo el oxígeno, sonrió Gastón, levantando la bolsa con el pedido. Pero Fernando no le soltaba el cuello, no dejaba de abrazarlo. ¿Todo bien?, preguntó Gastón. Todo bien, dijo Fernando, nada más que hoy llegaste en un día especial. Todos los días son especiales, dijo Gastón, algo incómodo, intentando mover un poco el cuello abajo del brazo del otro. No, pero hoy es el aniversario. ¿El aniversario? Sí, hoy, justo hoy, hace treinta y cinco años me secuestraron los milicos.

Gastón miró a Fernando buscando algún indicio acerca de cómo le convenía reaccionar. ¿Estaba hablando en serio? ¿Estaba hablando en broma? No, quién haría una broma sobre eso, pensó enseguida. Pero le sorprendía la forma en que Fernando se lo contaba.

Sí, hace treinta y cinco años estos hijos de puta, dijo Fernando -y señaló el destacamento militar que había del otro lado de la calle- entraron a mi casa y se violaron a mi mujer y le metieron a mi hijo la cabeza en el inodoro. ¿Sabés por qué, Gastón? ¿Sabés por qué? Porque creían que yo era zurdo. ¿Yo zurdo? ¿Te parece a vos? ¿En serio?, dijo Gastón. Entonces Fernando le soltó el cuello y levantó los hombros, estirando los brazos a los costados: ¿Te parece que te voy a joder con esto, pendejo?

Gastón hizo una mueca. No era sonrisa. No era nada.

Pero Fernando parecía de buen humor, sentirse cómodo con el asunto: Sí que es verdad, Gastón. Vos parecés un buen pibe. Por eso te lo cuento. En esa època yo tenía una fábrica en Rosario y varios de los pendejos que laburaban ahí eran montoneros. Yo no tenía la más puta idea de eso, la más puta idea, decía Fernando. Y movía la cabeza para un lado y para el otro, y también movía mucho las manos, parado enfrente de Gastón, sacudiendo mientras lo hacía la bolsa del pedido que Gastón ya le había dado. Entonces me vinieron a buscar y a mi mujer se la violaron dos veces, macho, dos veces, estos mismos negros que vos ves llegar y laburar acá enfrente. Me pusieron una bolsa en la cabeza, y yo los escuchaba cómo la verdugueaban, còmo mi mujer chillaba; a veces cierro los ojos y todavía lo escucho, pendejo, a veces todavía lo escucho. De eso hace treinta y cinco años, Gastón.

Pero vos tenés que seguir laburando, dijo Fernando de golpe, viendo que Gastón sostenía la moto encendida. Andá, pibe, andá. 

Gastón, enfrente de él, no se movía. No es eso, dijo, disculpame, pasa que no sé qué decir. Y no bien lo dijo, apagó la moto.

Vos pensarás que yo estoy re loco, pendejo, y no te culpo, pero todo es verdad. Me secuestraron. Me llevaron a la Tablada y fui el único que sobrevivió; de cuarenta y cuatro tipos que encerraron, fui el único. Googlealo. Poné mi nombre y apellido: Fernando Brarda. Se pensaron que yo era la cabeza, porque los pibes que laburaban en la fábrica eran todos comunistas y andaban en cosas raras. Pero nada que ver, nada que ver. Todavía me siguen llamando: Vas a ser boleta, forro. A veces está mi nieta en casa y atiende y son estos hijos de puta, que le dicen cualquier cosa. Al pedo, Gastón, al pedo. Vos me conocés. Yo no soy un tipo rencoroso. Hace un par de años juzgaron al tipo que me había torturado, y vino un cana, te lo juro, vino un cana y me dijo: Te lo dejo ahí en la pieza; vos hacé lo que quieras. Y me mostró por una ventana y el tipo estaba ahí; lo hizo hablar, y yo le reconocí la voz; la voz del tipo no me la olvido más. La cara nunca se la había visto, me tenían siempre encapuchado, pero la voz no me la olvido más. Y el cana que me dice eso, te lo dejo ahí, entrá y hacé lo que quieras; ¿vos qué hubieras hecho? ¿Le diste murra?, dijo Gastón. No, pendejo, ni ahí. No entré. Si lo hacía me convertía en lo mismo que él. ¿Así que para qué? ¿Así que para qué? Yo le hubiera dado murra, dijo Gastón. Vos sos muy joven todavía, sos muy joven y sos un buen pibe, dijo Fernando, pero no, cuando crezcas te vas a dar cuenta de que no vale la pena.

Los ojos de Fernando estaban como salidos. Como un par de centímetros más afuera de lo que soportaban sus párpados. Y la parte salida de los ojos, por esta misma presión, se movía temblando. Como una gelatina, o como una grasa gelatinosa toda colorada apretada en sus bordes por dos tiras de cuero.

Quisiera entenderte, pero no puedo, dijo Gastón, no me tocó vivir algo así. Mejor que no te haya tocado vivir algo así, dijo Fernando. Yo durante muchos años chupé. No podía salir de mi casa. Venir hasta acá -y Fernando señaló la baldosa en la que estaba parado- era una tortura. No podía salir.

En ese momento apareció en la esquina un grupo de pibes vestidos de gendarmes, que debían tener dieciocho, diecinueve años. Pibes que se tomaban el tren todos los lunes para venir desde barrios humildes del conurbano a estudiar y prepararse en el destacamento que había enfrente del edificio donde vivía Fernando. Hubo un silencio tenso mientras pasaban alrededor del círculo diminuto que habían formado en su conversación Fernando y Gastón. Gastón pensó en el miedo de Fernando de salir a la calle.

Fue el viejo al final el que dijo, no bien los pibes pasaron: Mejor, mejor que estudien. Más vale gendarmes que chorros.

Gastón escuchó el comentario al mismo tiempo que escuchaba un llamado de su celular. Lo sacó del bolsillo: Era Marta, su jefa.

Antes de atender le preguntó a Fernando: ¿Estás bien, usted? Se dio cuenta de la manera torpe en que había formulado la pregunta, pero no se corrigió.

Andá a laburar, pendejo, vos, dijo Fernando, mientras sacaba la plata del bolsillo. ¿Cuánto te debo? Ochenta y cuatro, dijo Gastón. Otro día la seguimos, le dijo Fernando, y le dio un billete de cien y le pellizcó despacio la mejilla antes de cruzar la puerta del edificio y cerrarla.

Recién entonces Gastón atendió. ¿Dónde estabas?, dijo su jefa, llamó Gabriel, el de Báez, preguntando por el pedido. Tuve un quilombo, le contestó Gastón, mientras movía la moto desde la vereda hasta la calle sin encenderla. ¿Qué quilombo?, preguntó su jefa. Gastón encendió la moto. Empezó a soplar su celular, como para simular una interferencia. ¿Qué, Marta?, no te escucho, ¿qué?, decía Gastón.

Después le cortó.

Fue a llevar su siguiente pedido. Era en Báez al doscientos, en pleno corazón de Las cañitas. Cuando tocó el timbre bajó un tipo enseguida. Gastón le calculó alrededor de cuarenta años. Ya le había llevado algún que otro pedido, alguna vez. El tipo, como Gastón lo preveía, bajó mal predispuesto.

Hace una hora y media que llamé, hermano. Una hora y media.

El tipo se quedó con los hombros hinchados, mirándolo. Era alto, apenas un poco más alto que Gastón, aunque mucho más fornido y con toda la luz del umbral a sus espaldas.

Disculpá, master, dijo Gastón, la calle está complicada.

Se lo dijo mirándolo muy fijo a los ojos, sosteniendo la bolsa con el pedido en la mano. El tipo le mantuvo la mirada durante varios segundos. Pero al final fue él el primero en moverse. Se acercó hasta la moto y estiró la mano como para que Gastón le alcanzara la bolsa, pero en ningún momento Gastón hizo el ademán como para alcanzársela. Solamente dejó la mano ahí, a un costado de su cuerpo, y en el movimiento que el tipo hizo para poder levantarla Gastón supo que le había ganado.

Es la última vez que los llamo, dijo el tipo, después de pagarle con un billete de cien. 

Sobraban doce pesos, pero el flaco no los esperó. Se volvió a meter al edificio y después de cerrar la puerta Gastón escuchó que el tipo murmuraba en voz baja: Bochita de mierda.

Gastón lo miró hasta que el otro se subió al ascensor. Entonces se dio vuelta, volvió a encender la moto y arrancó, arrancó rápido, sabiendo mientras lo hacía que ese probablemente había sido el último pedido que entregaba en ese barrio.








miércoles, 12 de febrero de 2014

lo que en su casa me olvidé




Conocí a Mariel hace un par de semanas en un boliche. Era morocha y bajita y bailaba muy bien, y tenía el tic de acomodarse el pelo todo el tiempo atrás de la oreja. De entrada me gustó y parece que yo también le gusté a ella. Cuando ya nos habíamos besado en un rincón de la pista le conté que estaba de novio hacía casi dos años y ella entonces cerró los ojos, sonriendo, y después tomó un sorbo del Fernet que yo le había convidado y dijo, como hablando con algo invisible en el aire o como hablando con ella misma: No puede ser que siempre me termine pasando lo mismo.

Después de esa noche nos estuvimos mensajeando algunos días, hablando del clima o de nuestros trabajos o de cómo le estaba yendo a Boca (a Mariel le encantaba hablar de fútbol), hasta que al final nos terminamos citando en un bar. Era jueves. Cuando la vi sobrio, no me pareció tan atractiva como me lo había parecido en el boliche, ni en las fotos que ella subía a su muro de Facebook. Para que Mariel no notara mi decepción, empecé a concentrarme en sus virtudes, las mismas que le habían encontrado los muchachos la noche en que la conocí (tiene unos re pechos, esa mina, me decían, dale para adelante, vos), y así fue como después de la segunda cerveza que nos tomamos y de conversar un rato bien distendidos volví a sentir que sí, que esa chica era lo que yo estaba buscando.

Se lo dije: Vos sos lo que estaba buscando.

Hacía casi dos años que yo no me acostaba con nadie que no fuera mi novia, y cuando salimos del bar pensaba en eso y en que esta Mariel parecía ser una mujer con más experiencia que yo en este tipo de asuntos (tenía treinta y tres, yo veintiocho), y que si terminábamos acostándonos esa noche yo no podía darme el lujo de decepcionarla. ¿Querés venir a mi casa?, dijo. Sí, pero mirá que no va a haber sexo. Ella sonrió: Boludazo. Y después nos tomamos un taxi y nos fuimos para su casa.

El gato de Mariel se llamaba Bruno. Mientras estábamos a los besos en el sillón, sacándonos la ropa, Bruno nos miraba desde la mesa. Intentamos cojer ahí pero no encontrábamos la pose adecuada para amoldarnos y mutuamente nos empezábamos a sentir incómodos por eso. Vamos mejor a la cama, me terminó diciendo Mariel. Así que Bruno se perdió la larga noche de amor entre su dueña y yo.

Cuando nos quisimos dar cuenta ya eran las cuatro de la madrugada y Mariel me dijo que no tenía problema si yo me quedaba a dormir: Andate a trabajar desde acá. Fumamos un porrito. Después Mariel me contó que escribía (trabajaba en un banco, pero había estudiado Letras algunos años) y me preguntó si no quería que me leyera un poema. Le contesté que sí, pero que no iba a poder darle una opinión muy elaborada. Tampoco te estoy pidiendo eso, me contestó, y sacó un cuaderno de su mesita de luz y me leyó su poema. De fondo sonaba el ventilador, sacudiendo para un lado y para el otro las cortinas. Cuando terminó de leer, la miré de reojo y Mariel tenía los ojos mojados. No supe si era una emoción sincera o si el porro, combinado con todo lo que habíamos chupado en el bar, le había empezado a hacer efecto. ¿Te gustó?, me preguntó. Le contesté que sí, que su poema transmitía mucha emoción. Después le dije: Yo nunca había hecho esto. ¿A qué te referís? A esto, le dije a Mariel. A estar acá, con otra chica. Entiendo, me dijo ella. Entiendo. Mariel me dio un beso en la boca. Otro en la mejilla. Después nos quedamos dormidos.

Cuando abrí los ojos al otro día tardé varios segundos en darme cuenta de dónde estaba. Me dolía la cabeza y sentía en la boca un sabor agrio, como a pasto. Miré a un lado y vi el contorno de una mujer a contraluz. Vi su pelo. Sus hombros. Su espalda. Su culo. Todo a la vez, lo vi. Entonces sí. Entonces me acordé de que estaba en la casa de Mariel.

La alarma de mi celular hacía rato que estaba sonando. Pero Mariel recién se despertó cuando le toqué el hombro. Por unos segundos me miró con los ojos apretados, como desperezándose o como reconociéndome. Hasta que vio la hora y se despabiló de repente. Pegó un salto. Se me está haciendo tarde, dijo. Y trotó desnuda por la pieza y se encerró en el baño.

Mientras sentía el ruido de la ducha me cambié. Me comí un chicle. Esperé a Mariel sentado en la cocina, respondiendo los mensajes que no le había respondido a mi novia la noche anterior. Enroscado a un lado de la estufa apagada, Bruno me miraba. Mariel salió del baño enseguida. ¿Nos tomamos un taxi? Sí. Por suerte los dos trabajábamos en el microcentro, bastante cerca.

En el taxi Mariel me acariciaba la mano. Me gustó lo de anoche, me dijo. Mariel me hablaba como si el taxista no estuviera ahí. Me gustó estar con vos. A esas alturas yo ya estaba decidido a no volver a verla, pero no me pareció que tuviera ningún sentido decírselo en ese momento. Quizás Mariel tampoco tenía ganas o expectativas de volverme a ver. Quizás este tipo de cosas son las que se dicen dos personas que intiman una noche, sabiendo cada una por su lado que ese fue su último encuentro: A mí también me gustó verte, Mariel. Escribime, me dijo ella. Te escribo, le contesté, mientras me bajaba del taxi.

A media mañana en la oficina se me acercó una compañera de trabajo. Me convidó una medialuna y me preguntó qué me había pasado que había llegado tarde a trabajar. La vida, le contesté: La vida es complicada. Pero ella se me quedó mirando. ¿Anoche anduviste de joda? No, le dije, ¿por? Mi compañera hizo un gesto con la mano, sacudiéndola de arriba para abajo a la altura de la boca. Yo entonces le hice otro gesto, también con la mano, moviéndola como quien lustra un mueble, para darle a entender que quería que me dejara en paz. Y esperé hasta que se fuera para comerme otro chicle de menta.

A esta misma compañera la volví a ver al mediodía. Nos cruzamos en el ascensor, cuando los dos íbamos a la calle a comprar comida. ¿Se te pasó el mal humor?, me dijo. No estaba de mal humor, le contesté, lo que me pone de mal humor es que me pregunten si estoy de mal humor. La vida no es complicada, me dijo ella, sos vos el complicado: ¿qué te pasó? ¿Te peleaste con tu chica? No, por suerte con ella todo está bien. Y en la esquina le dije: Yo me cruzo acá. Y la dejé a mi compañera con la palabra en la boca.

Apenas estuve solo de nuevo saqué mi celular y empecé a revisar los mensajes que le había mandado a mi novia mientras estaba en la cocina de la casa de Mariel. Le había mandado cuatro, adormecido por la modorra pegajosa de la resaca. En uno le pedía disculpas por no haberle contestado los mensajes de la noche anterior, explicándole que se me había quedado el celular sin batería. En otro le ponía que la extrañaba. En otro que la quería. En el último le preguntaba si iba a venir a mi casa esa tarde, cuando los dos saliéramos del trabajo. Mi novia no me había contestado ninguno. Pero no era eso lo que me preocupaba. Podía pasar. Un breve enojo por mi silencio de ayer. O mismo que estuviera con mucho laburo. No. Lo que me preocupaba era otra cosa. Era la sensación de que me estaba faltando algo.

¿Pero qué?

Encendí un cigarrillo, después de salir del local chino donde había comprado mi almuerzo, y empecé a caminar por Tribunales como con una piedra en el zapato. La resaca no me dejaba pensar con claridad todavía. Sentía en la frente como un zumbido. ¿Qué es lo que me está faltando? ¿Por qué tengo esta sensación?

Y me seguía preguntando lo mismo cuando una chica en la esquina de mi trabajo se me acercó para pedirme fuego. Era una chica preciosa, demasiado, demasiado linda, de esas que caminan por la calle como por atrás de una vitrina, y me miraba desde sus ojos grandes y celestísimos, casi fosforescentes, con un cigarrillo apagado en la mano. Entonces, cuando me palpé los bolsillos buscando el encendedor, supe qué era lo que estaba pasando. ¿Cómo no me había dado cuenta antes? Las llaves. Mientras la chica encendía su cigarrillo y me devolvía el fuego y me daba las gracias y se iba, yo me palpaba y revisaba los bolsillos una y otra vez. La billetera. Sí. Los puchos. Sí. Chicles. Sí. Algunas monedas. Sí. Pero las llaves no. No tenía las llaves de mi casa. Yo siempre las tenía en el bolsillo.  

Cuando volví a la oficina revisé los cajones. Busqué también por las dudas en el baño. En los escritorios por los que había andado durante la mañana. Y también le pregunté a mis compañeros: ¿No vieron unas llaves? No encuentro mis llaves.

No, me dijeron todos. No las vimos.

Después de meditarlo mucho, al final le terminé mandando un mensaje a Mariel: Creo que me olvidé mis llaves en tu casa. Las necesito. No tengo ninguna copia acá. Se lo mandé a eso de las dos. Se lo mandé cuando ya no había chances de que las llaves aparecieran en otro lado. Cada cinco minutos yo revisaba el celular. Pero no había respuesta. Me imaginaba a Bruno, jugando con el llavero, en el piso de la pieza. Me imaginaba a Mariel, leyendo mi mensaje en su trabajo, con concentración o distraída, ilusionada o hastiada, pensando: Qué es lo que le pasará por la cabeza a este tipo.

Recién a la hora, hora y media, la pantalla de mi celular sobre el escritorio se alumbró. En la fracción de segundo que tardé en desbloquearlo alcancé a imaginar qué respuestas podía llegar a darme Mariel. En su reacción cordial, la imaginaba respondiendo: Uy, qué macana. Ahora cuando vuelvo a casa te aviso. En su reacción hostil, en cambio, ella me escribía: Jodete. 

No sabía qué esperar, de una mujer que apenas conocía.

Pero cuando apreté los botones necesarios para desbloquear mi celular, me encontré con que el mensaje no era de ella, de Mariel, sino de mi novia.

Dale, hoy nos vemos, mi amor, me decía. A eso de las seis, seis y media, más o menos, estoy por tu casa.