miércoles, 19 de febrero de 2014

hace treinta y cinco años



A principios de año Gastón empezó a trabajar de repartidor en una rotisería muy conocida de Las cañitas que se llamaba Don Alfredo. Repartía pollos al spiedo trozados y pizzas y empanadas y también sánguches de milanesa, entre otras cosas, en un barrio donde la mayoría de la gente tenía mucha plata, y donde prácticamente no había problemas de inseguridad. Eso fue una de las cosas que más le llamó la atención. Él tranquilamente podía dejar la moto en la vereda, acercarse a la puerta del edificio y volver, sin estar pendiente de las personas que andaban por ahí. La explicación era evidente: A dos cuadras de la rotisería había un destacamento militar, y los gendarmes no solamente iban y venían todo el tiempo por la calle, sino que también, y esto lo notó apenas empezó a trabajar en la zona, había mucha circulación policial. Lo otro que le sorprendió, a medida que se iba adaptando a las costumbres del nuevo barrio, fue que las propinas no estuvieran a la altura de lo que él esperaba cuando le dijeron que iba a empezar a trabajar en Las cañitas. Al contrario, él, que había repartido pizzas y helados en lugares bastante más modestos, incluso en barrios bajos del conurbano, notó que en sus anteriores trabajos en estos lugares las propinas eran por lo general más generosas.

Había un solo señor, un tipo de unos cincuenta y pico, sesenta años, que cada vez que iba le daba de propina como mínimo diez pesos. Aunque no fue así la primera noche que le tocó llevarle un pedido a su casa. El hombre esa vez salió, vio la bolsa con la comida envuelta en papel de cartón, y le dijo: ¿Y el pan, flaquito? ¿Qué me hiciste con el pan? Gastón sintió una ráfaga de olor a vino viniendo de la boca del viejo. ¿Usted pidió pan? No, le contestó el tipo, ¿pero cómo es que te pido pastas y no me traes pan? El tipo entonces se largó a reír y le dio un pellizcón a Gastón en la mejilla: Tenelo en cuenta para la próxima. Y después de pagarle pegó media vuelta y volvió a entrar al edificio.

Gastón se fijó bien en cuál era la dirección del tipo. Entonces para cuando lo volvieron a mandar ahí, a los pocos días, un viernes que llovía a cántaros, Gastón llegó con el pedido y cuatro panes grandes. Tocó el timbre: Salió el viejo, en musculosa y pantalón corto, despeinado, descalzo, con cara de recién haberse terminado de despertar, aunque eran alrededor de las nueve de la noche. Buenas noches, dijo Gastón. Buenas noches, dijo el tipo. Gastón le alcanzó la bolsa: Acá está su pedido, dijo, pan con empanadas. El hombre se lo quedó mirando. Gastón sonrió y el viejo, aunque se demoró unos segundos en hacerlo, también terminó sonriendo. Pagó con un billete de cien, Gastón tenía que darle de vuelto dieciséis pesos, pero el tipo, mientras empezaba a cerrar la puerta, le dijo: Buenas noches, pendejo.

Y de ahí en adelante, cada vez que Gastón iba a su casa, el hombre le daba como mínimo diez pesos de propina.

En la rotisería lo conocían; era un cliente asiduo desde hacía años. Gastón le preguntó por él a uno de sus compañeros y su colega le contestó: Está medio loco, pero es macanudo. Gastón dudó un segundo en si le convenía comentar o no lo pobres que le parecían las propinas que le daban en el barrio, salvo por las de ese tipo. Pero después pensó que recién empezaba a trabajar en ese lugar y que no sabía todavía de qué madera estaba hecho su compañero, así que prefirió quedarse callado y no dar lugar a especulaciones, no quejarse, solamente trabajar.

A todo esto, el hombre, cada vez que él llegaba con el pedido, lo saludaba siempre de una manera diferente. Gastón, por la sola forma en que lo veía caminar hasta el umbral, podía adivinar si el viejo estaba de buen humor o si, de lo contrario, más le convenía ser parco y discreto. Pero el hombre por lo general estaba de buen humor, y le sacaba conversación, aunque sea de unas dos o tres frases, mientras él le entregaba el pedido. Una noche le preguntó el nombre y Gastón dijo: Gastón, y el hombre dijo: Fernando. Mucho gusto, Gastón. Y a veces le daba un pellizco o un palmadita despacio en la mejilla, y le decía: Portate bien con las minas.

Gastón ya llevaba varios meses de trabajar ahí, quizás cinco, o seis, cuando una noche Fernando tardó más que de costumbre en salir a buscar el pedido. Tocó el timbre de nuevo. Nada. Tocó otra vez. Esperó. En la caja de la moto se estaba enfriando otro pedido más. Gastón no sabía qué hacer. Su jefa, una gorda teñida de rubio que no tenía más vida que la del trabajo, y por lo mismo, pensaba Gastón, poco capacitada para manejar gente, ya lo había retado más de una vez por haberse demorado en las entregas. Si tardan más de cinco minutos en atenderte, le había dicho en una de esas veces, avisanos por teléfono y andate. Seguí entregando.

En eso pensaba Gastón, con el pedido de Fernando en una mano, mientras tocaba el timbre por tercera vez. Nunca hasta esa noche Fernando había dejado de salir. Pero era un hecho que estaba tardando mucho. Y que la relación con su jefa iba cada vez peor. Y que lo menos que tenía ganas de escuchar esa noche era a una de esas rubias platinadas de voz difónica que lo atendían en Las cañitas quejándose por lo mucho que él había tardado en entregarles el pedido.

Así que ya iba pegando la vuelta, subiéndose de nuevo a su moto, cuando vio que la luz del pasillo se encendía y aparecía Fernando. El tipo cruzaba el pasillo poniendo mucha fuerza en cada paso, como si el cuerpo le pesara de más. Estaba en musculosa, a pesar del frío que hacía, y tenía ojeras y el pelo revuelto, aceitoso y aplastado, como si se hubiera pasado horas dando vueltas en la cama, revolviéndose en su propio sudor.

Qué haces, pendejo, dijo Fernando, no bien abrió la puerta. Lo saludó con un beso, le mantuvo un brazo apretado alrededor del cuello; Gastón sintió un olor a alcohol viscoso, fermentado, transpirado de uno o dos días. Le traigo el oxígeno, sonrió Gastón, levantando la bolsa con el pedido. Pero Fernando no le soltaba el cuello, no dejaba de abrazarlo. ¿Todo bien?, preguntó Gastón. Todo bien, dijo Fernando, nada más que hoy llegaste en un día especial. Todos los días son especiales, dijo Gastón, algo incómodo, intentando mover un poco el cuello abajo del brazo del otro. No, pero hoy es el aniversario. ¿El aniversario? Sí, hoy, justo hoy, hace treinta y cinco años me secuestraron los milicos.

Gastón miró a Fernando buscando algún indicio acerca de cómo le convenía reaccionar. ¿Estaba hablando en serio? ¿Estaba hablando en broma? No, quién haría una broma sobre eso, pensó enseguida. Pero le sorprendía la forma en que Fernando se lo contaba.

Sí, hace treinta y cinco años estos hijos de puta, dijo Fernando -y señaló el destacamento militar que había del otro lado de la calle- entraron a mi casa y se violaron a mi mujer y le metieron a mi hijo la cabeza en el inodoro. ¿Sabés por qué, Gastón? ¿Sabés por qué? Porque creían que yo era zurdo. ¿Yo zurdo? ¿Te parece a vos? ¿En serio?, dijo Gastón. Entonces Fernando le soltó el cuello y levantó los hombros, estirando los brazos a los costados: ¿Te parece que te voy a joder con esto, pendejo?

Gastón hizo una mueca. No era sonrisa. No era nada.

Pero Fernando parecía de buen humor, sentirse cómodo con el asunto: Sí que es verdad, Gastón. Vos parecés un buen pibe. Por eso te lo cuento. En esa època yo tenía una fábrica en Rosario y varios de los pendejos que laburaban ahí eran montoneros. Yo no tenía la más puta idea de eso, la más puta idea, decía Fernando. Y movía la cabeza para un lado y para el otro, y también movía mucho las manos, parado enfrente de Gastón, sacudiendo mientras lo hacía la bolsa del pedido que Gastón ya le había dado. Entonces me vinieron a buscar y a mi mujer se la violaron dos veces, macho, dos veces, estos mismos negros que vos ves llegar y laburar acá enfrente. Me pusieron una bolsa en la cabeza, y yo los escuchaba cómo la verdugueaban, còmo mi mujer chillaba; a veces cierro los ojos y todavía lo escucho, pendejo, a veces todavía lo escucho. De eso hace treinta y cinco años, Gastón.

Pero vos tenés que seguir laburando, dijo Fernando de golpe, viendo que Gastón sostenía la moto encendida. Andá, pibe, andá. 

Gastón, enfrente de él, no se movía. No es eso, dijo, disculpame, pasa que no sé qué decir. Y no bien lo dijo, apagó la moto.

Vos pensarás que yo estoy re loco, pendejo, y no te culpo, pero todo es verdad. Me secuestraron. Me llevaron a la Tablada y fui el único que sobrevivió; de cuarenta y cuatro tipos que encerraron, fui el único. Googlealo. Poné mi nombre y apellido: Fernando Brarda. Se pensaron que yo era la cabeza, porque los pibes que laburaban en la fábrica eran todos comunistas y andaban en cosas raras. Pero nada que ver, nada que ver. Todavía me siguen llamando: Vas a ser boleta, forro. A veces está mi nieta en casa y atiende y son estos hijos de puta, que le dicen cualquier cosa. Al pedo, Gastón, al pedo. Vos me conocés. Yo no soy un tipo rencoroso. Hace un par de años juzgaron al tipo que me había torturado, y vino un cana, te lo juro, vino un cana y me dijo: Te lo dejo ahí en la pieza; vos hacé lo que quieras. Y me mostró por una ventana y el tipo estaba ahí; lo hizo hablar, y yo le reconocí la voz; la voz del tipo no me la olvido más. La cara nunca se la había visto, me tenían siempre encapuchado, pero la voz no me la olvido más. Y el cana que me dice eso, te lo dejo ahí, entrá y hacé lo que quieras; ¿vos qué hubieras hecho? ¿Le diste murra?, dijo Gastón. No, pendejo, ni ahí. No entré. Si lo hacía me convertía en lo mismo que él. ¿Así que para qué? ¿Así que para qué? Yo le hubiera dado murra, dijo Gastón. Vos sos muy joven todavía, sos muy joven y sos un buen pibe, dijo Fernando, pero no, cuando crezcas te vas a dar cuenta de que no vale la pena.

Los ojos de Fernando estaban como salidos. Como un par de centímetros más afuera de lo que soportaban sus párpados. Y la parte salida de los ojos, por esta misma presión, se movía temblando. Como una gelatina, o como una grasa gelatinosa toda colorada apretada en sus bordes por dos tiras de cuero.

Quisiera entenderte, pero no puedo, dijo Gastón, no me tocó vivir algo así. Mejor que no te haya tocado vivir algo así, dijo Fernando. Yo durante muchos años chupé. No podía salir de mi casa. Venir hasta acá -y Fernando señaló la baldosa en la que estaba parado- era una tortura. No podía salir.

En ese momento apareció en la esquina un grupo de pibes vestidos de gendarmes, que debían tener dieciocho, diecinueve años. Pibes que se tomaban el tren todos los lunes para venir desde barrios humildes del conurbano a estudiar y prepararse en el destacamento que había enfrente del edificio donde vivía Fernando. Hubo un silencio tenso mientras pasaban alrededor del círculo diminuto que habían formado en su conversación Fernando y Gastón. Gastón pensó en el miedo de Fernando de salir a la calle.

Fue el viejo al final el que dijo, no bien los pibes pasaron: Mejor, mejor que estudien. Más vale gendarmes que chorros.

Gastón escuchó el comentario al mismo tiempo que escuchaba un llamado de su celular. Lo sacó del bolsillo: Era Marta, su jefa.

Antes de atender le preguntó a Fernando: ¿Estás bien, usted? Se dio cuenta de la manera torpe en que había formulado la pregunta, pero no se corrigió.

Andá a laburar, pendejo, vos, dijo Fernando, mientras sacaba la plata del bolsillo. ¿Cuánto te debo? Ochenta y cuatro, dijo Gastón. Otro día la seguimos, le dijo Fernando, y le dio un billete de cien y le pellizcó despacio la mejilla antes de cruzar la puerta del edificio y cerrarla.

Recién entonces Gastón atendió. ¿Dónde estabas?, dijo su jefa, llamó Gabriel, el de Báez, preguntando por el pedido. Tuve un quilombo, le contestó Gastón, mientras movía la moto desde la vereda hasta la calle sin encenderla. ¿Qué quilombo?, preguntó su jefa. Gastón encendió la moto. Empezó a soplar su celular, como para simular una interferencia. ¿Qué, Marta?, no te escucho, ¿qué?, decía Gastón.

Después le cortó.

Fue a llevar su siguiente pedido. Era en Báez al doscientos, en pleno corazón de Las cañitas. Cuando tocó el timbre bajó un tipo enseguida. Gastón le calculó alrededor de cuarenta años. Ya le había llevado algún que otro pedido, alguna vez. El tipo, como Gastón lo preveía, bajó mal predispuesto.

Hace una hora y media que llamé, hermano. Una hora y media.

El tipo se quedó con los hombros hinchados, mirándolo. Era alto, apenas un poco más alto que Gastón, aunque mucho más fornido y con toda la luz del umbral a sus espaldas.

Disculpá, master, dijo Gastón, la calle está complicada.

Se lo dijo mirándolo muy fijo a los ojos, sosteniendo la bolsa con el pedido en la mano. El tipo le mantuvo la mirada durante varios segundos. Pero al final fue él el primero en moverse. Se acercó hasta la moto y estiró la mano como para que Gastón le alcanzara la bolsa, pero en ningún momento Gastón hizo el ademán como para alcanzársela. Solamente dejó la mano ahí, a un costado de su cuerpo, y en el movimiento que el tipo hizo para poder levantarla Gastón supo que le había ganado.

Es la última vez que los llamo, dijo el tipo, después de pagarle con un billete de cien. 

Sobraban doce pesos, pero el flaco no los esperó. Se volvió a meter al edificio y después de cerrar la puerta Gastón escuchó que el tipo murmuraba en voz baja: Bochita de mierda.

Gastón lo miró hasta que el otro se subió al ascensor. Entonces se dio vuelta, volvió a encender la moto y arrancó, arrancó rápido, sabiendo mientras lo hacía que ese probablemente había sido el último pedido que entregaba en ese barrio.








2 comentarios:

A girl called María dijo...

wow, muy bueno y muy distinto a lo que leo siempre de vos.
Es loco porque mi novio trabajó años en las cañitas como repartidor, así que pude imaginarme todo tu relato mechado con los relatos que me hace siempre él de su trabajo ahí

Un desvarío por jueves dijo...

mirá vos che, qué casualidad
espero que le haya ido mejor jee

abrazooo