miércoles, 12 de febrero de 2014

lo que en su casa me olvidé




Conocí a Mariel hace un par de semanas en un boliche. Era morocha y bajita y bailaba muy bien, y tenía el tic de acomodarse el pelo todo el tiempo atrás de la oreja. De entrada me gustó y parece que yo también le gusté a ella. Cuando ya nos habíamos besado en un rincón de la pista le conté que estaba de novio hacía casi dos años y ella entonces cerró los ojos, sonriendo, y después tomó un sorbo del Fernet que yo le había convidado y dijo, como hablando con algo invisible en el aire o como hablando con ella misma: No puede ser que siempre me termine pasando lo mismo.

Después de esa noche nos estuvimos mensajeando algunos días, hablando del clima o de nuestros trabajos o de cómo le estaba yendo a Boca (a Mariel le encantaba hablar de fútbol), hasta que al final nos terminamos citando en un bar. Era jueves. Cuando la vi sobrio, no me pareció tan atractiva como me lo había parecido en el boliche, ni en las fotos que ella subía a su muro de Facebook. Para que Mariel no notara mi decepción, empecé a concentrarme en sus virtudes, las mismas que le habían encontrado los muchachos la noche en que la conocí (tiene unos re pechos, esa mina, me decían, dale para adelante, vos), y así fue como después de la segunda cerveza que nos tomamos y de conversar un rato bien distendidos volví a sentir que sí, que esa chica era lo que yo estaba buscando.

Se lo dije: Vos sos lo que estaba buscando.

Hacía casi dos años que yo no me acostaba con nadie que no fuera mi novia, y cuando salimos del bar pensaba en eso y en que esta Mariel parecía ser una mujer con más experiencia que yo en este tipo de asuntos (tenía treinta y tres, yo veintiocho), y que si terminábamos acostándonos esa noche yo no podía darme el lujo de decepcionarla. ¿Querés venir a mi casa?, dijo. Sí, pero mirá que no va a haber sexo. Ella sonrió: Boludazo. Y después nos tomamos un taxi y nos fuimos para su casa.

El gato de Mariel se llamaba Bruno. Mientras estábamos a los besos en el sillón, sacándonos la ropa, Bruno nos miraba desde la mesa. Intentamos cojer ahí pero no encontrábamos la pose adecuada para amoldarnos y mutuamente nos empezábamos a sentir incómodos por eso. Vamos mejor a la cama, me terminó diciendo Mariel. Así que Bruno se perdió la larga noche de amor entre su dueña y yo.

Cuando nos quisimos dar cuenta ya eran las cuatro de la madrugada y Mariel me dijo que no tenía problema si yo me quedaba a dormir: Andate a trabajar desde acá. Fumamos un porrito. Después Mariel me contó que escribía (trabajaba en un banco, pero había estudiado Letras algunos años) y me preguntó si no quería que me leyera un poema. Le contesté que sí, pero que no iba a poder darle una opinión muy elaborada. Tampoco te estoy pidiendo eso, me contestó, y sacó un cuaderno de su mesita de luz y me leyó su poema. De fondo sonaba el ventilador, sacudiendo para un lado y para el otro las cortinas. Cuando terminó de leer, la miré de reojo y Mariel tenía los ojos mojados. No supe si era una emoción sincera o si el porro, combinado con todo lo que habíamos chupado en el bar, le había empezado a hacer efecto. ¿Te gustó?, me preguntó. Le contesté que sí, que su poema transmitía mucha emoción. Después le dije: Yo nunca había hecho esto. ¿A qué te referís? A esto, le dije a Mariel. A estar acá, con otra chica. Entiendo, me dijo ella. Entiendo. Mariel me dio un beso en la boca. Otro en la mejilla. Después nos quedamos dormidos.

Cuando abrí los ojos al otro día tardé varios segundos en darme cuenta de dónde estaba. Me dolía la cabeza y sentía en la boca un sabor agrio, como a pasto. Miré a un lado y vi el contorno de una mujer a contraluz. Vi su pelo. Sus hombros. Su espalda. Su culo. Todo a la vez, lo vi. Entonces sí. Entonces me acordé de que estaba en la casa de Mariel.

La alarma de mi celular hacía rato que estaba sonando. Pero Mariel recién se despertó cuando le toqué el hombro. Por unos segundos me miró con los ojos apretados, como desperezándose o como reconociéndome. Hasta que vio la hora y se despabiló de repente. Pegó un salto. Se me está haciendo tarde, dijo. Y trotó desnuda por la pieza y se encerró en el baño.

Mientras sentía el ruido de la ducha me cambié. Me comí un chicle. Esperé a Mariel sentado en la cocina, respondiendo los mensajes que no le había respondido a mi novia la noche anterior. Enroscado a un lado de la estufa apagada, Bruno me miraba. Mariel salió del baño enseguida. ¿Nos tomamos un taxi? Sí. Por suerte los dos trabajábamos en el microcentro, bastante cerca.

En el taxi Mariel me acariciaba la mano. Me gustó lo de anoche, me dijo. Mariel me hablaba como si el taxista no estuviera ahí. Me gustó estar con vos. A esas alturas yo ya estaba decidido a no volver a verla, pero no me pareció que tuviera ningún sentido decírselo en ese momento. Quizás Mariel tampoco tenía ganas o expectativas de volverme a ver. Quizás este tipo de cosas son las que se dicen dos personas que intiman una noche, sabiendo cada una por su lado que ese fue su último encuentro: A mí también me gustó verte, Mariel. Escribime, me dijo ella. Te escribo, le contesté, mientras me bajaba del taxi.

A media mañana en la oficina se me acercó una compañera de trabajo. Me convidó una medialuna y me preguntó qué me había pasado que había llegado tarde a trabajar. La vida, le contesté: La vida es complicada. Pero ella se me quedó mirando. ¿Anoche anduviste de joda? No, le dije, ¿por? Mi compañera hizo un gesto con la mano, sacudiéndola de arriba para abajo a la altura de la boca. Yo entonces le hice otro gesto, también con la mano, moviéndola como quien lustra un mueble, para darle a entender que quería que me dejara en paz. Y esperé hasta que se fuera para comerme otro chicle de menta.

A esta misma compañera la volví a ver al mediodía. Nos cruzamos en el ascensor, cuando los dos íbamos a la calle a comprar comida. ¿Se te pasó el mal humor?, me dijo. No estaba de mal humor, le contesté, lo que me pone de mal humor es que me pregunten si estoy de mal humor. La vida no es complicada, me dijo ella, sos vos el complicado: ¿qué te pasó? ¿Te peleaste con tu chica? No, por suerte con ella todo está bien. Y en la esquina le dije: Yo me cruzo acá. Y la dejé a mi compañera con la palabra en la boca.

Apenas estuve solo de nuevo saqué mi celular y empecé a revisar los mensajes que le había mandado a mi novia mientras estaba en la cocina de la casa de Mariel. Le había mandado cuatro, adormecido por la modorra pegajosa de la resaca. En uno le pedía disculpas por no haberle contestado los mensajes de la noche anterior, explicándole que se me había quedado el celular sin batería. En otro le ponía que la extrañaba. En otro que la quería. En el último le preguntaba si iba a venir a mi casa esa tarde, cuando los dos saliéramos del trabajo. Mi novia no me había contestado ninguno. Pero no era eso lo que me preocupaba. Podía pasar. Un breve enojo por mi silencio de ayer. O mismo que estuviera con mucho laburo. No. Lo que me preocupaba era otra cosa. Era la sensación de que me estaba faltando algo.

¿Pero qué?

Encendí un cigarrillo, después de salir del local chino donde había comprado mi almuerzo, y empecé a caminar por Tribunales como con una piedra en el zapato. La resaca no me dejaba pensar con claridad todavía. Sentía en la frente como un zumbido. ¿Qué es lo que me está faltando? ¿Por qué tengo esta sensación?

Y me seguía preguntando lo mismo cuando una chica en la esquina de mi trabajo se me acercó para pedirme fuego. Era una chica preciosa, demasiado, demasiado linda, de esas que caminan por la calle como por atrás de una vitrina, y me miraba desde sus ojos grandes y celestísimos, casi fosforescentes, con un cigarrillo apagado en la mano. Entonces, cuando me palpé los bolsillos buscando el encendedor, supe qué era lo que estaba pasando. ¿Cómo no me había dado cuenta antes? Las llaves. Mientras la chica encendía su cigarrillo y me devolvía el fuego y me daba las gracias y se iba, yo me palpaba y revisaba los bolsillos una y otra vez. La billetera. Sí. Los puchos. Sí. Chicles. Sí. Algunas monedas. Sí. Pero las llaves no. No tenía las llaves de mi casa. Yo siempre las tenía en el bolsillo.  

Cuando volví a la oficina revisé los cajones. Busqué también por las dudas en el baño. En los escritorios por los que había andado durante la mañana. Y también le pregunté a mis compañeros: ¿No vieron unas llaves? No encuentro mis llaves.

No, me dijeron todos. No las vimos.

Después de meditarlo mucho, al final le terminé mandando un mensaje a Mariel: Creo que me olvidé mis llaves en tu casa. Las necesito. No tengo ninguna copia acá. Se lo mandé a eso de las dos. Se lo mandé cuando ya no había chances de que las llaves aparecieran en otro lado. Cada cinco minutos yo revisaba el celular. Pero no había respuesta. Me imaginaba a Bruno, jugando con el llavero, en el piso de la pieza. Me imaginaba a Mariel, leyendo mi mensaje en su trabajo, con concentración o distraída, ilusionada o hastiada, pensando: Qué es lo que le pasará por la cabeza a este tipo.

Recién a la hora, hora y media, la pantalla de mi celular sobre el escritorio se alumbró. En la fracción de segundo que tardé en desbloquearlo alcancé a imaginar qué respuestas podía llegar a darme Mariel. En su reacción cordial, la imaginaba respondiendo: Uy, qué macana. Ahora cuando vuelvo a casa te aviso. En su reacción hostil, en cambio, ella me escribía: Jodete. 

No sabía qué esperar, de una mujer que apenas conocía.

Pero cuando apreté los botones necesarios para desbloquear mi celular, me encontré con que el mensaje no era de ella, de Mariel, sino de mi novia.

Dale, hoy nos vemos, mi amor, me decía. A eso de las seis, seis y media, más o menos, estoy por tu casa.






2 comentarios:

blas isaguirres dijo...

Venía a mirar un poco y me enganché con este. Muy entretenido. ¿Tendrá continuación?

Un saludo.

Un desvarío por jueves dijo...

jaa, no, quedó ahí el espasmo,

gracias por leer loco !!