martes, 25 de febrero de 2014

solamente un mal día



La parte del día que más disfrutaba Rubén eran esas horas a la mañana, después del desayuno, en las que salía de la cerrajería a fumar un cigarrillo y miraba a la gente pasar. De vez en cuando la gente que iba y venía por el centro comercial de Primero de Mayo, o mismo los que atendían en los locales vecinos, lo podían ver fumando despacio, con placer, soplando el humo como silbando, y a veces desperezándose, parado en la puerta de su negocio, con los brazos estirados en el aire.

Una de esas mañanas una mujer se acercó mientras él estaba ahí y miró por la vidriera. ¿Usted trabaja acá? Así es, ¿en qué puedo ayudarle? Ando necesitando una copia de esta llave, dijo la mujer, mostrándole un llavero, ¿puede ser? No hay problema: adelante, y abrió la puerta y dejó que la mujer entrara primero y después él se acomodó del otro lado del mostrador.

¿Cuánto sale cada copia? Treinta pesos cada una. Entonces me harías dos, por favor. Cómo no.

Mientras Rubén caminaba entre los estantes hacia el fondo del local, donde tenía la máquina de copiar llaves, escuchó que la mujer le decía: ¿Cuánto demorarías en hacerlas? Nada, en cinco minutos están. Bueno, yo igual salgo un segundito que tengo que hacer una compra acá al lado y vuelvo, ¿está bien? Vaya nomás, dijo Rubén, antes de empezar a hacer su trabajo.

Es una linda mujer, sí, pensó el cerrajero, con el ruido de la máquina ya encendida como música de fondo de sus pensamientos. La mujer, había notado Rubén, no tenía ningún anillo de compromiso en sus manos. Pensó en que tenía buen cuerpo y en que se vestía con sencillez. Y cuando la mujer había sonreído al momento de preguntarle: “¿Usted trabaja acá?”, él no había dejado de notar también sus hermosos dientes, delicados y simétricos.

Cuando terminó de copiar las llaves las dejó sobre el mostrador y se sentó a esperar a que volviera la mujer. Una de sus piernas se sacudía con un tic inconsciente, mientras hacía algunas cuentas en su libreta. Al final miró la hora. Ya habían pasado varios minutos. Entonces Rubén abrió el diario y decidió que lo mejor era terminar de leer la sección de política que había empezado a mirar más temprano. Que ella entrara de improviso y lo descubriera concentrado en una lectura respetable, de hombre preocupado por las circunstancias de su país.

Pero hacía rato que él ya había pasado a la sección deportiva y la mujer todavía no había vuelto.

Salió a la vereda. Miró para un lado. Miró para el otro. Nada. Encendió un cigarrillo, repitió el ritual que tanto placer le daba cada mañana. Pero en esta oportunidad no se puede decir que realmente disfrutara de la contemplación. A cada mujer que veía acercarse sentía en su interior como si se encendiera una alarma, como si de repente le hubieran volcado cemento en los hombros, y el corazón le empezaba a latir con fuerza.

Una clienta. Nada más. Nada más que una clienta.

Terminó el cigarrillo. Miró la hora de nuevo. Eran las once y diez. Lamentó no haberse fijado en la hora en el momento en que la mujer había decidido abandonar el local. ¿Cuánto había pasado ya? ¿Media hora? ¿Cuarenta y cinco minutos? ¿Más? ¿Menos? La mujer le había dicho que enseguida volvía. Que iba a comprar una cosa en un local vecino. ¿Se habría referido a la ferretería? ¿O a la verdulería? ¿O a la casa de electrodomésticos? ¿O a la agencia de quiniela? ¿Adónde habría ido? ¿Por qué se demoraba?

Rubén volvió a sonreírse, y entró al local dispuesto a terminar de leer la sección deportiva. Mientras leía detenidamente noticias sobre tenis, noticias de un deporte que él no consumía y sobre las que jamás se detenía al momento de leer el diario, podía notar a un lado sobre el mostrador las copias de las llaves que le había pedido la mujer. Aunque su vista estuviera fijada en las noticias, podía notar la presencia de esas llaves en un ángulo de su campo de visión: manchas poco nítidas, pero que lograban distraerlo de la lectura. Tras una ardua batalla en Basilea, Nadal ha ganado ella se fue y no sé hace cuánto la final frente a su compatriota Ferrer porque no creo que alguien venga y deje sus llaves así como así por 6-3, 6-7, 6-4.

Eran las once y treinta y seis minutos cuando Rubén terminó de leer hasta el final la sección de deportes. Ya era llamativo. Salió a la vereda. Sacó un cigarrillo del atado, lo puso en su boca, sacó el encendedor. Pero después volvió a guardar el cigarrillo en el atado y el encendedor en su bolsillo, y se acercó hasta la ferretería, el negocio vecino al suyo.

Horacio, el ferretero, era el único de los comerciantes de Primero de Mayo por el que Rubén sentía cierta simpatía. Esperó hasta que Horacio terminara de atender a un cliente para acercarse y comentarle lo linda y soleada que estaba la mañana. Horacio lo miró levantando las cejas. Linda mañana, sí. Rubén se apoyó en el mostrador. Horacio pensó que, a pesar de que hacía más de un año que eran vecinos, era la primera vez que Rubén entraba a su negocio y le hacía un comentario irrelevante de ese tipo. Más considerando que, hasta ese momento, la única costumbre visible de Rubén había sido la de salir a la vereda a fumar solo, mirando la calle, sin conversar con ninguno de los comerciantes de la cuadra. 

¿Todo bien, Rubén?, preguntó Horacio. Todo bien, por suerte, contestó el cerrajero. Tragó saliva. Horacio notó cómo la nuez de Rubén bajaba y subía. En realidad vengo a preguntarte una cosa. Sí, decime. ¿Vino acá una mujer a comprarte algo, hará eso de una hora, hora y media? Horacio entornó los ojos. ¿Una mujer? Sí. Una mujer de pelo castaño, con un vestido azul. De unos treinta y cinco, cuarenta años, más o menos. Horacio miró un punto en el aire. No, la verdad que no. Pero Rubén lo miraba con insistencia y Horacio, al notarlo, se dedicó unos segundos más, no a pensar -ya que estaba seguro de que ninguna mujer como esa había entrado a su local esa mañana-, sino a simular que seguía pensando. No, repitió finalmente, la verdad es que no vino ninguna mujer como la que me decís. Ah, dijo Rubén, con decepción. ¿Por?, preguntó Horacio, ¿pasó algo? No, no te preocupes, dijo Rubén, no pasó nada. No pasó nada de gravedad, quiero decir. Y aprovechó que un cliente acababa de entrar para salir de la ferretería sin despedirse y volver a su negocio.

Se acercaba la hora del almuerzo. Mientras revisaba los estantes buscando una cerradura Candex que un cliente (un viejo de boina algo gordo) que acababa de entrar a la cerrajería le había pedido, Rubén tomó una decisión. Apenas el viejo se fuera, en vez de cerrar su local, almorzar sánguche de salame y queso y dormir una breve siesta tirado sobre una colchoneta entre los estantes del fondo -que era lo que siempre hacía-, en esta oportunidad iba a salir a dar vueltas por el centro comercial a ver si en el camino se encontraba con la mujer de las llaves. Se prometió a sí mismo que el recorrido iba a ser breve y rápido, apenas algunas cuadras, para estar de nuevo en la cerrajería en el caso de que la mujer hubiera vuelto de hacer lo que sea que estuviera haciendo a buscar sus copias.

Guardó las llaves en el bolsillo de su pantalón y salió. Primero dio una vuelta de manzana, inspeccionando a través de las vidrieras el interior de los locales que se cruzaba, así como también intentando prestar atención a la gente que pasaba por la vereda. En cierto punto le pareció ver a la mujer frente a la vidriera de un negocio que vendía ropa para bebés. Pero no. Al acercarse, notó que la mujer en cuestión era mucho más joven que la mujer de las llaves, y que tenía el pelo negro. Solamente lo había confundido el vestido, de un color parecido al de la otra. Pensó: Quizás la vieja tenía razón. Quizás me convenga de una buena vez hacerme anteojos.

Después estiró su recorrido hacia el resto de las manzanas del centro comercial. Eran unas cuatro o cinco, plagada de locales de todo tipo. Rubén caminaba rápido, tal como se lo había propuesto, y por ese mismo apuro a veces se llevaba por delante codos y carteras. Algunos se daban vuelta y lo miraban con enojo. Más al notar que el hombre ni siquiera tenía el gesto de pedir disculpas después de haberlos atropellado. Pero no le decían nada. Solo una chica de dieciséis, diecisiete años, a la que Rubén casi derriba en una de las esquinas, alcanzó a decirle: Fijate lo que hacés, viejo de mierda. Pero Rubén, concentrado en su objetivo, no llegó a escucharla.

Recién cuando se encontró en los bordes de Primero de Mayo, donde los negocios empezaban a escasear, Rubén supo que ya no valía seguir andando. Mientras emprendía el regreso, medio por la decepción, medio por el cansancio, su paso era mucho más lento. La mayoría de los negocios ya habían cerrado. Sentía un silbido en los pulmones y pensó que quizás su madre tenía razón no solo en el punto de los anteojos, sino también en el de que debía dejar de fumar. Podía escuchar la voz de su madre, mientras retornaba con lentitud a su negocio: Deberías dejar de fumar, Rubén. Deberías. Deberías. 

Eso siempre le decía su madre.

A las dos o tres cuadras, sin embargo, recordó que era posible todavía que la mujer lo estuviera esperando en la cerrajería y esa esperanza le hizo recobrar fuerzas. Aceleró el paso y, en la medida que caminaba más rápido, también con más velocidad y lucidez podía pensar. Entonces se dio cuenta de que no haberla cruzado en el camino había sido una suerte. Ridículamente, nunca se había puesto a pensar en que ella hubiera podido considerarlo un loco, un comerciante excesivamente preocupado por la ausencia de una simple cliente, o, muchísimo más grave, un tipo mezquino, dispuesto a salir a perseguirla con tal de cobrarle por el trabajo que había hecho.

Sobre estas cuestiones reflexionaba Rubén mientras caminaba agitado, abajo del sol. Sonrió para sus adentros: Si ahora la encuentro en la puerta, ¿qué le voy a decir? Sin embargo, cuando por fin llegó a la esquina de la cuadra donde estaba su negocio, pudo comprobar desde lejos que la mujer no estaba.

Fueron sesenta largos metros los que Rubén recorrió desde ese punto hasta su local. Trastabilló en el escalón de la puerta. Después dejó las llaves de la mujer sobre el mostrador, cerró su negocio y se recostó sin almorzar en la colchoneta que tenía guardada bajo uno de los estantes del fondo. Tenía el cuerpo empapado en transpiración. Se durmió diciéndose: Es un mal día. Nada más que eso. Solamente un mal día.

Lo despertó, varios minutos después, un golpe en la puerta del local. Rubén se inclinó y espió a través del breve espacio que había entre los estantes y el mostrador: era Horacio. Rubén se levantó, dobló la colchoneta, la guardó, y se acercó a la puerta. Mientras caminaba sintió una punzada de dolor en sus muslos y en los huesos de la espalda. Cuando abrió la puerta, Horacio le dijo: ¿Todo bien, Rubén? ¿Qué pasó que no abriste? Entonces Rubén miró la hora en su reloj y se dio cuenta de que no habían pasado unos pocos minutos, como al momento de despertarse había creído, sino que eran las tres de la tarde. Había dormido más de dos horas sin darse cuenta.

Me quedé dormido, dijo Rubén, algo avergonzado. Gracias por despertarme; no sé qué bicho me picó. Horacio sonrió y le palmeó el hombro: No te preocupes, macho, dijo, puede pasar. Y después: Igual no venía por eso. Ah ¿no?, dijo Rubén, pensando en la palabra “macho”. ¿Qué pasó? Nada, le contestó Horacio, que hace un rato vino una mujer a la ferretería, creo que la misma que estabas buscando esta mañana. Rubén apoyó una mano en el marco de la puerta. Ah, ¿sí? Sí, me dijo que había visto que abrías a las dos de la tarde y que esperó un rato pero que nunca abriste. Que te había dejado una llave, para que le copies, ¿puede ser? Me dejó una llave, dijo Rubén, esta mañana, sí. Bueno, me preguntó qué pasaba y yo le dije que seguramente ibas a abrir enseguida, que siempre abrís a la misma hora, pero ella me dijo que se tenía que ir, que se daba una vuelta mañana. Bueno, listo, dijo Rubén. Gracias por avisar, Horacio. Y antes de que el otro pudiera decir algo más, Rubén se despidió con un nos vemos y cerró la puerta.

Y el cerrajero ya estaba caminando entre los estantes del fondo, dispuesto a lavarse en el baño antes de abrir nuevamente el local, cuando Horacio volvió a golpearle la puerta. Rubén giró la mirada. Retrocedió sobre sus pasos. Abrió la puerta de nuevo. Oíme, Rubén, dijo Horacio. Sé que quizás no es el mejor momento, y el ferretero se rascó entre las cejas, porque, bueno, sé todo lo que pasó con tu vieja. Lo siento mucho. De verdad. Pero, bueno, espero que no te ofenda que te lo diga, la semana que viene es navidad y acá con los comerciantes de la cuadra íbamos a hacer un brindis, mañana a la tarde. Se me ocurrió que podías venir. Acá en lo de Jorge, lo vamos a hacer. ¿Qué te parece? Se me ocurría que podías venir.

Rubén siguió con la mirada el recorrido de una moto que pasaba por la calle. Gracias, dijo. Gracias por la invitación. Pero dejame que te confirme más tarde. Seguro, dijo Horacio, confirmame cuando quieras. Si tenés ganas, vení. Pensalo. Acá en la cuadra vamos todos. Es un rato, nada más. A brindar por el año que viene. A brindar por que sea un año mejor. Espero que no te ofenda que te invite. No, ningún problema, dijo Rubén, te lo agradezco. ¿Pero vas a tratar de estar?, dijo Horacio. Bueno, dijo Rubén, calculo que sí. 

Voy a tratar de estar, dijo.

Y después de despedirse del ferretero, Rubén cerró la puerta, miró un instante las llaves de la mujer sobre el mostrador, y avanzó hacia el baño entre los estantes del fondo para lavarse la cara.





2 comentarios:

nele b dijo...

che qué buen relato. me encanta la menera de escribir hablando que tenés, lo cual con esa argentinidad queda genial.
a veces uno no es que espera algo que nunca va a llegar, tal vez tan solo se detuvo a esperar un rato antes, para perder las ilusiones más temprano.
besos :)
un placer leerte.

Un desvarío por jueves dijo...

qué buena onda nele, con tu argentinidad...

un placer tu lectura... gracias por pasar,

abrazo !!