miércoles, 26 de marzo de 2014

las cosas mortales



Era la primera vez que Leandro iba a viajar en avión. Estaba por cumplir los treinta años, y mucha de la gente que recién lo conocía se sorprendía cuando por tal cosa o tal otra salía el tema de conversación, y se enteraban de que él nunca se había subido a un avión en su vida. Pero no era algo que le molestara. Al contrario, dependiendo el círculo en el que estuviera, Leandro hasta sentía cierto orgullo de no haberlo hecho. Quizás por el sentimiento de pertenencia a la clase social de sus orígenes, su empatía con esa gente para la que viajar en avión no era una experiencia debida, sino inaccesible. Pero ahora inevitablemente le iba a tocar. Ya tenía los pasajes. Ya estaba en el aeropuerto. En pocos minutos se iba a subir a un avión con destino a Bariloche en compañía de su novia Cecilia.

Por eso mismo Leandro se sentía lleno de entusiasmo. En las escaleras mecánicas, después de despachar las valijas, le acariciaba la mejilla a su novia y la besaba sin parar. Hermosa, le decía al oído. Vos sos la más hermosa de todas.

Pero un pequeño incidente alteró el panorama de lo que parecía que iba a ser una jornada feliz. Después de preembarcar, después de recorrer un rato junto a Cecilia el freeshop, siempre entre mimos y comentarios cariñosos, la pareja se separó un instante: Cecilia tenía que ir al baño.

Leandro entonces se sentó frente al inmenso ventanal que daba a la pista de Aereoparque, a contemplar los aviones que iban y venían, los operarios que manejaban los carros con escaleras o portaequipajes, todo un mundo nuevo para él. 

Hasta que en el bolso de Cecilia sonó el celular.

Nunca antes lo había hecho. Nunca antes. Pero mierda, me estoy por subir a un avión.

Sacó el celular, era un mensaje. Un tal "Tingler trab" le escribía a su novia: Quiero verte. Por qué no me contestás más.

Un avión, del otro lado del ventanal, despegaba. Leandro sintió que con ese avión se iba toda la mañana de un día que podría haber sido perfecto, y que ahora lo que empezaba a vivir más bien era el residuo de ese día, su revés, su costado putrefacto. 

Vio que Cecilia volvía. Leandro se apuró en guardar el celular en el bolso de nuevo. Al fin volviste, le dijo a su novia, y en tono de broma: Ya me estaba costando respirar. Ella sonrió. Le dio un beso en la boca. Leandro tragó saliva y se levantó: Ahora voy al baño yo. Y le dijo: No te vayas. ¿Adónde me voy a ir, gordito? A ningún lado, sonrió él. No se le ocurrió otra respuesta y se fue apurado.

Aunque sentía muy hinchada la vejiga, de cara al inodoro Leandro no podía mear. Bueno. Bueno. Tingler trab. "Trab" de trabajo. Seguro. Ahora, ¿"Tingler"? ¿Un apellido? ¿O se trataba más bien de una especie de código? (Pensó, por un instante, en la opción de que "Tin" viniera de Tincho y solo el "Gler" fuera el apellido.) Hacía unos pocos meses que salía con Cecilia así que no conocía a todos sus amigos del trabajo. Pero, de cualquier manera, ni Tingler ni Gler le sonaban. Salieron dos o tres gotitas. Después el resto en caravana. Ya está, se dijo. Olvidate. En cualquier caso, Cecilia a este Tingler ya no le contesta más.

Mientras volvía a donde lo esperaba su novia, dos francesas (en francés hablaban) pasaron en sentido inverso al de él y una le miró la entrepierna y le sonrió con picardía. Mirá vos las francesitas, se dijo. Se dio vuelta para verlas pasar, y una, no la que le había sonreído, sino la otra, vista desde atrás era algo maravilloso que podía arruinarle el día a cualquiera. Vos también, vos también te mandaste un par de macanas en estos meses. Pero siempre inocentes. ¿No? Siempre inocentes. Picoteos en algún boliche, quizás. Nunca nada de un "Tingler trab". 

¿Un ex? ¿O un amigo? ¿O un simple admirador? 

"Quiero verte". ¿Cuándo fue la última vez que este Tingler la vio?

Mi amor, le sonrió Cecilia apenas lo vio llegar, tenés la bragueta desabrochada. Leandro chasqueó los labios. Después se sentó a un lado de ella y se abrochó los botones con disimulo. Hubo algunos segundos de silencio, quizás minutos. ¿Te pasa algo? No, mi vida, dijo Leandro, ¿por? Cecilia levantó las cejas y las bajó. Estoy medio dormido, nada más. Y le acarició un mechón de pelo, uno que a ella siempre se le caía encima de los ojos: Estaba pensando en si no me habré olvidado alguna luz encendida en casa. Imposible, dijo Cecilia, no te preocupes. ¿Imposible?, la miró de reojo Leandro, ¿y cómo sabés, si cerré yo? Mi amor, mi amor: A vos nunca se te olvida nada.

Ya habían abierto las compuertas del vuelo que les tocaba tomar a ellos. Se escuchó un llamado. Primero en español. Después en inglés. Leandro y Cecilia se levantaron y después levantaron sus bolsos y empezaron a cruzar la alfombra del sector de embarque hasta las compuertas de la plataforma en forma de ele que llevaba hacia el avión. Minutos antes un aparato extraño, una especie de túnel con paredes en forma de acordeón que se inflaban por un compresor de aire, se había aferrado a la puerta del avión, estableciendo una conexión entre la nave y la plataforma de embarque. Mientras el acordeón gigante se inflaba, apretándose poco a poco al avión, Cecilia, que ya había volado varias veces, dijo: Mirá, ahora se lo va a chapar. Y así fue: cuando ya se había expandido al máximo de sus límites, la boca del acordeón se cerró sobre la puerta del avión como un beso apasionado sobre la boca del amante. Tingler trab. Tingler trab. "Chapar". "Chapar".

Eu, colgado, dijo Cecilia de golpe. Ya estaban en el túnel, a punto de entrar al avión. Sí, contestó Leandro. Que nos saquemos una foto, dijo su novia, dale. Atrás venía otra pareja joven. Cecilia le pidió a la chica si no le hacía el favor de sacarles una foto. Es la primera vez que viaja en avión, le explicó, señalándolo a Leandro. Dale, ningún problema, contestó la chica, y Cecilia se acomodó al lado de la puerta del avión y Leandro se acomodó a un lado de ella, y flash, la azafata sonriente que estaba en la puerta quedó congelada para siempre atrás de los novios.

Fue algo decepcionante para Leandro comprobar que por dentro el avión no era el ensueño que esperaba encontrar. Al contrario, las paredes un poco amarillentas, desteñidas, las butacas muy chicas, apretadas entre sí, parecidas a las de un micro de larga distancia económico; la alfombra con marcas de suelas antiguas, raspadas, de Tingler trab. De Tingler trab. 

Bueno, le había tocado en suerte una nave vieja. Nada más que eso.   

¿Y?, preguntó Cecilia, ¿qué te parece? Los novios ya estaban sentados en sus respectivos asientos. Bueno, contestó Leandro, es como dice mi tío, esto es un tubo, nada más. Cecilia sonrió. Le dio un beso en el mentón. Después le pasó una mano por el pelo. No me toques el pelo, se enderezó Leandro en su butaca. Te dije mil veces que no me gusta. Cecilia se reía: Tranquilo, tranquilo. Estoy perfectamente tranquilo, solamente que no me gusta, dijo, acomodándose el peinado otra vez. Y después: Y otra cosa, ¿hace falta que le digas a todo el mundo que es la primera vez que viajo en avión? ¿De qué hablás? De lo que le dijiste a la chica recién. ¿Te molesta? Sí. Pensé que te sentías orgulloso de no haber viajado. En otro contexto puede ser, pero no en este: estoy arriba de un avión. Está bien, no lo comento más, no comento más que es la primera vez que viajás en avión, dijo Cecilia, levantando la voz lo suficiente como para que las personas que en ese momento desfilaban por el pasillo giraran la mirada primero hacia ella, y después hacia él. Treinta años, tenés, dijo Leandro, treinta. Estoy contenta de que por fin viajemos juntos, le dijo Cecilia.

Una azafata y un azafato iban y venían respondiendo las consultas de los pasajeros y verificando a su vez que se colocaran correctamente el cinturón de seguridad. La azafata, observó Leandro, era  preciosa. Una rubia delicada, inglesita, suave como una pluma. El azafato también, rubio, mejillas impecables, coloradas, tan hermoso como ella. Si estos dos tuvieran un pibe sería un ejemplar bellísimo. ¿Y Tingler? ¿Sería también un ejemplar de postal? ¿Sabrá este Tingler cómo "chapar"? ¿Desde cuándo Cecilia usaba esa palabra? Nunca se la había sentido decir hasta ese día. ¿Será una palabra que use este Tingler? ¿Qué otras cosas le contagió? ¿Le habrá tocado algún pecho, o los dos, o una nalga? ¿Cómo? ¿Moviendo de qué forma las manos? ¿Y dónde? ¿En qué lugar? ¿Un sillón? ¿Una cama? ¿Una pared? 

Cuando se encendieron los motores del avión y, con los motores, el aire acondicionado, la hermosa azafata se acomodó en el centro del pasillo y el hermoso azafato en el sector delantero, cerca de la puerta por la que los pasajeros habían entrado, y empezaron, los dos, una especie de coreografía notablemente sincronizada en la que les graficaban a los pasajeros del avión cómo utilizar los elementos de seguridad dispuestos en los asientos, a la vez que les señalaban también dónde se encontraban las salidas de emergencia. En lugar de música, lo que guiaba la presentación era una voz en off (Leandro al menos no pudo ver en ningún momento la cara de la mujer que hablaba), la voz muy seductora de una mujer indicando lo que tanto la azafata como el azafato enseñaban en su coreografía. Después el procedimiento se repitió una vez más, en esta oportunidad en inglés, y fue recién entonces cuando a Leandro se le reveló de forma cabal que eso que estaba atravesando era una experiencia nueva y milagrosa que nunca antes había vivido: sí, él, por primera vez en su vida, estaba a punto de volar. La experiencia tantas veces postergada, tantas veces inaccesible. Se le puso la piel de gallina, bajo el influjo de esa coincidencia de elementos: el idioma inglés en los parlantes, viniendo como desde otra galaxia, desde otros tiempos remotos ubicados allá, en el futuro, mientras la azafata y su compañero ejecutaban movimientos mecánicos, bellos y simultáneos. Se sintió como dentro de una película, nada más que en este caso el protagonista era él. 

Fue Cecilia la que rompió el hechizo: Abrochate bien el cinturón, amor. Lo tenés suelto.

Chapar. Tingler. Abrochate. Tingler. Abrochate. Chapar. Leandro se abrochó el cinturón. Disimuló una repentina humedad en los ojos, mirando hacia la ventanilla. ¿Emoción por el inminente despegue? ¿Terrible emoción por...? ¿Por qué? El avión había empezado a moverse, empujado por un carro. Según lo que Leandro había observado en el sector de embarque, el carro desplazaba el avión empujándolo por la punta hasta ubicarlo en la pista, donde la nave se posicionaba y preparaba para el despegue ya por sus propios medios. Lo mismo esta vez. Ya en la pista, el avión dobló una curva rebotando en las ondulaciones del piso como si fuera un colectivo enorme con alas, y después, y de repente, frente a una ancha y extensa recta, se inmovilizó. 

Bueno. Bueno. Es ahora. Llegó el momento. Leandro miró por la ventanilla. Después miró a Cecilia. Después de nuevo volvió a mirar la ventanilla. La tensión que había en la quietud del avión era también la que había en su propia quietud. No se movía una aguja ahí adentro. Como si el tiempo se hubiera estancado. A Leandro le había tocado sentarse unos pocos metros atrás del ala izquierda. De repente vio que un panel del ala se movía, se abría hacia abajo. Tan flexible esa cosa. Como de goma. De eso dependía todo. El avión, salvo por ese panel, seguía quieto. Hasta que algo fue creciendo de a poco, muy de a poco; se sentía como una energía que se movía en ese silencio, como un animal rabioso persiguiéndose la cola dentro de una jaula a oscuras. 

Después estalló.

Pum. Las turbinas. Son las turbinas: acaban de explotar. Pero no. Es el avión. El avión de golpe sale disparado como si dos manos enormes de humo y fuego le hubieran dado un empujón. La sangre empieza a circular en reversa. El ruido de los motores ensordece. Leandro aprieta los pies. Siente un temblor en la garganta. Todo tiembla. Todo se sacude. El avión se mueve hacia adelante como un rayo agrietando el aire. Cada vez más rápido. Cada vez más. Toneladas y toneladas de furia y de metal desplazándose hacia, ¿hacia dónde? ¿Y si esta lata sigue de largo hasta el río? Echando chispas, escupiendo fuego. Dios. Dios. El pasto del descampado que hay a un lado de la pista se empieza a ver borroso. Difuso. Como aguado. Como si ellos, todos, metidos en esa grieta en el tiempo, estuviesen trasgrediendo alguna ley esencial, y las cosas allá afuera les respondieran así, volviéndose monstruosas, indiscernibles, mortales.

Miró a Cecilia. Cecilia tenía los ojos cerrados. Estaba derecha, dura en su asiento, con las manos agarradas a los apoyabrazos. El mismo mechón de siempre se le sacudía encima de los ojos con una violencia inusual. Toda ella temblaba con aspecto de estar sufriendo. Su novia. ¿Estás bien? Pero ella no podía escucharlo. Demasiado ruido. Demasiado poder. La energía debatiéndose en las turbinas y en la resistencia del aire y la nave cada vez más cerca de ser arrasada por sus propias barreras físicas. Las ruedas, las rueditas del avión van a flaquear. Sí, van a ceder. Leandro piensa: Tingler. Dice en voz alta: Tingler. Casi lo grita. ¿Qué?, dice Cecilia. ¿Qué? Pero él no la escucha. Estas rueditas de mierda no van a poder soportarnos. Se va a ir todo al carajo. 

Pero entonces, justo entonces, cuando el avión está a punto de desbarrancar, pasa. 

Es un toque. Es un saltito, nada más. Una onda en la materia que la nave encuentra, un rulo que sigue. El avión se deja de sacudir. ¿Qué pasa? Una bola de presión tibia y placentera asciende desde el vientre de Leandro, le toca el pecho, la garganta, la boca. Sí, ¿qué pasa? Entonces ve por la ventanilla que todo se está alejando. Los bordes de la pista. El descampado. El aeropuerto. Los edificios de la ciudad. El río. Se alejan, se achican por la ventanilla a una velocidad que él solo había conocido en las películas o en los sueños. Serán cinco segundos. Diez. Leandro piensa con la garganta seca: Nunca en toda mi vida me moví tan rápido. Nunca en toda mi vida había estado tan alto. Tan alejado de todo. Tan cerca de lo que cuando era chico y levantaba la mirada hacia el cielo veía. Las nubes. Dios. La muerte. Con los pibes saludábamos a los aviones que cada tanto pasaban. Todo se veía chico desde su ventanilla. Todo podía entrar en la palma de su mano.

Y cuando se dio vuelta, medio mareado todavía, Cecilia seguía dura, con los ojos apretados, las manos agarradas a los apoyabrazos. Tenía los nudillos pálidos. Esto es espectacular, dijo Leandro. 

Y después volvió a mirar la ventanilla: Tingler. Tingler. Todo esto es espectacular. 

El avión se sacudía para un lado y para el otro. Cruzaba las primeras nubes. Había turbulencias. Cecilia se dobló en el asiento, entornó los ojos. Abrió la bolsa de papel.

Leandro miró las nubes suspendidas que el avión cruzaba. Mirá la ventanilla, sonrió. Todo esto es espectacular.

Me siento capaz de perdonarlo todo, dijo.


jueves, 20 de marzo de 2014

no me gustan tus pies


Yamila abrió los ojos cuando escuchó los aplausos. Vio el techo oscuro, la luz parpadeante del sol en los agujeros de la persiana, y el contorno de su madre durmiendo a un lado de ella.
Má, dijo.
Se inclinó en la cama: Má.
Le empujó el hombro y la espalda: Má. Má.
Pero su madre no dejaba de roncar.
Yamila se puso su remera. Después tanteó el piso con los pies buscando el short. Pero mientras lo hacía empujó una botella y la botella vaciló un segundo y al final cayó haciendo un estruendo, aunque no se llegó a romper. Un olor agrio subíó desde el piso. Yamila se inmovilizó un instante; miró para atrás: su madre seguía durmiendo.
Al final salió al frente de la casa así como estaba.
Eran las dos de la tarde y cuando se paró en el yuyal el sol le dio de lleno en los ojos. Miró hacia la tranquera. Entonces la vio, más allá, del otro lado de la tranquera. Se dio vuelta y se agachó y levantó una piedra pesada y filosa. Después empezó a cruzar el descampado, acercándose a ella.
Se sentía medio dormida todavía. Quizás por eso cuando la tapa de un balde de pintura se le clavó en un pie, el dolor tardó uno o dos segundos en contaminar su cuerpo. Entonces soltó la piedra y dijo ay y levantó su pie derecho con la mano derecha, y se miró el pie lastimado girando la cabeza hacia atrás, mientras al mismo tiempo también levantaba el brazo izquierdo para ejercer contrapeso, y a la mujer que miraba la escena desde el otro lado de la tranquera le pareció una pequeña bailarina, Yamila, un pequeño movimiento de danza que la nena hacía para ella.
Después Yamila volvió a pisar y a levantar los ojos y las dos miradas, la suya y la de la mujer, se encontraron.
Hola, dijo. Sonreía rascando la cartera en sus brazos. Yamila no contestó. Se había quedado quieta a pocos metros de la tranquera. El sol le seguía dando de lleno en los ojos.
¿Te lastimaste? Yamila siguió en silencio. Nada más miraba las piernas de la mujer. Tenía las piernas gordas y pálidas, con las venas hinchadas. Gusanos azules que subían y bajaban. Y tenía los dedos de los pies también gordos, y blancos, con las uñas amarillentas y sucias en las puntas.
La mujer sonrió: ¿Vos sos Yamila, no, bonita? Yamila tosió. Podés contestarme, dijo la mujer. Y sacó un caramelo: ¿Te gustan los caramelos? ¿Sí, te gustan?
Tomá, dijo la mujer, estirando el caramelo en el aire, por encima de la tranquera.
Tomá, bonita, dijo, lo traje para vos.
Yamila entonces inclinó su pie derecho, doblándolo en el piso, y volvió a mirarse la lastimadura. Después se agachó, se mojó los dedos con saliva y se los pasó por encima de la herida del pie. Al final se levantó y, rengueando todavía, se acercó hasta la tranquera y agarró el caramelo.
Se pasó una mano por la cara. El flequillo se le quedó pegado en la frente.
La mujer le preguntó: ¿Te lastimaste mucho? Yamila no contestó. ¿Me dejás que te vea?
Pero Yamila seguía sin abrir la boca.
La mujer sonrió. Imitando a la nena, se secó la transpiración de la frente y después se limpió la mano en el vestido. Una nueva aureola oscura se sumó a las otras aureolas oscuras de sudor que la vieja ya tenía en las partes en que su vestido se apretaba demasiado a la grasa.
Espero que no te hayas lastimado mucho, dijo.
Yamila apretó el caramelo en su mano. Miró un auto que pasaba por la ruta. Después dijo: No me gustan tus pies.
La mujer, abriendo mucho los ojos, se miró las sandalias. Por un segundo los dedos de sus pies se encogieron, retrocediendo dentro de las sandalias como babosas dentro de sus caparazones.
Linda. Linda, ¿por qué me decís eso? Mirame. ¿No te acordás de mí? Bonita, oíme, ¿no sabés quién soy?
Son muy feos tus pies.
Dale. Dale. Mirame.
Mirame un segundo, linda.
¿No te acordás de mí?
Pero Yamila abrió los brazos y bostezó y se dio vuelta sin mirarla. Empezó a caminar hacia la casa. Avanzaba mirando con atención los lugares del descampado que pisaba.
Abrió la puerta. El calor que hacía adentro le hizo apretar los ojos. Vio, antes de cerrar la puerta, los pechos pálidos de su madre, doblados uno encima del otro, iluminados por la luz del sol. Después cerró la puerta y todo volvió a quedar oscuro.
Cruzó despacio la oscuridad. En cierto punto uno de sus pies rozó la botella tirada; se quedó quieta, la corrió a un costado con ese mismo pie, estirando los brazos en el aire para hacer equilibrio.
Después se acercó a la cama y pegó un salto que la dejó a un lado de su madre.
Afuera se seguían escuchando gritos. De vez en cuando aplausos. Yamila se inclinó en la cama, puso la boca en el oído de su madre. Má, dijo. Má.
Má.
Es la abuela.
Má.
Es la abuela.
Pero su madre no contestó. Yamila entonces se volvió a recostar, abrió el caramelo, se lo puso en la boca, lo guardó ahí, abajo de la lengua.
Cerró los ojos.
Hacía unos pocos segundos afuera habían dejado de gritar.






lunes, 17 de marzo de 2014

no tengas miedo


Mario ya había tomado la decisión. Esa noche iba a tratar de besar a Silvina después de más de diez años de amistad. Sabía que una vez que diera ese paso ya no iba a haber forma de que las cosas volvieran a ser las mismas entre ellos. Pero Mario estaba pasando una etapa en su vida en la que el futuro le había dejado de importar.

Se despidió de Verónica, su mujer, después de decirle que iba a jugar al poker con sus amigos. La mayoría de las veces de verdad se trataba de eso; otras, en cambio, Mario se tomaba un colectivo a pocas cuadras de su casa y se iba a encontrar con Silvina en el bar de siempre.

La había conocido cursando la carrera de diseño gráfico. Solamente en esa época Mario se había sentido algo atraído por ella. Pero al final nunca se lo hizo saber. Los hombres con los que Silvina andaba eran pintores, escritores, o mismo profesionales que le llevaban diez o hasta veinte años. A esas alturas Mario tenía veinticinco, y, cuando al poco tiempo conoció a Verónica, la atracción que sentía por Silvina se fue aplacando, al punto de que ya no podía imaginársela desnuda o en una actitud sensual sin sentir un fuerte rechazo.

El noviazgo de Mario con Verónica se fue consolidando a medida que pasaba el tiempo. Silvina, por su parte, frecuentó durante todos esos años a distintos hombres de los que siempre le hablaba a Mario. Hombres de los que nunca se llegaba a enamorar o que no se enamoraban de ella. El amor les sonríe a los exitosos, le dijo una noche ella, con algunas copas de más.

Hasta que varios años después, cuando Silvina, a fuerza de contactar gente y trabajar, ya se había vuelto una fotógrafa muy conocida en Buenos Aires (les vendía sus fotos a muchas de las revistas de moda y diseño más importantes de la ciudad), conoció a Fernando, un arquitecto español que tenía un piso para él solo sobre Avenida Libertador. 

Ya para esa época Silvina tenía una agenda colmada de compromisos, pero nunca, al menos una o dos veces por mes, dejaba de escribirle largos o breves mails a Mario (dependiendo su humor) en los que le daba detalles de su vida afectiva y laboral. Y cuando podían, también cada tanto, se veían en el mismo bar de siempre, donde los mozos ya los conocían y los trataban como si fueran marido y mujer. 

Fue en uno de estos encuentros, pasado algún tiempo, cuando Silvina le contó a Mario que las cosas ya no estaban tan bien con Fernando. Que en el día a día empezaba a notar cierta distancia por parte de él. Que le hacía preguntas, buscando aprehender algo de su interioridad, y que el tipo por un segundo se quedaba pensando, pero después cambiaba de tema enseguida. Y que cuando ella le recriminaba ese hermetismo, el tipo le contestaba: Lo sé. Lo asumo. Pero vengo de relaciones muy tormentosas. 

Eso me contesta, le decía Silvina a Mario: Fijate. Estoy conviviendo con un boludo.

Y cuando Mario volvía a su casa, después de escuchar los problemas de Silvina, se encontraba con que su mujer dormía en paz en un lado de la cama. Entonces Mario pensaba que nunca había visto dormir a Silvina como en ese momento miraba dormir a su mujer. Pensaba que había todo un mundo en la vida de su amiga que él no conocía. Cómo ella dormía. Cómo se duchaba. Cómo después entraba a la pieza con gotas de agua en la espalda. Cómo se peinaba de cara al espejo. Ensimismada. El pelo en una mano. El cepillo en la otra. 

Entonces se acostaba, intentando hacer el menor ruido posible, y la abrazaba a Verónica en la oscuridad.

Fue por esa época cuando su decisión empezó a tomar forma, aunque él recién lo asimilara un miércoles. 

Esa tarde él estaba mirando un partido de fútbol. Tenía un vaso de cerveza al alcance de la mano. En un momento sonó su celular. Cuando lo quiso levantar, con el codo se llevó por delante el vaso y el vaso trastabilló un segundo en el borde de la mesa. Él entonces podría haberlo agarrado; pero no lo hizo. Tuvo el tiempo suficiente como para saltar de la silla y evitar que el vaso cayera; pero decidió no hacerlo. Fue una operación consciente: mientras el vaso estaba ahí, vacilando en el borde, se dijo: Si se quiere caer, que se caiga. 

Cuando su mujer volvió del trabajo, una media hora después, él todavía estaba agachado, juntando las astillas empapadas con un trapo de piso.

Hacía dos meses que Mario había decidido renunciar a su trabajo como administrativo en una metalúrgica, convencido de que con tiempo a disposición iba a poder destinar todas sus energías a la tarea de conseguir un trabajo mejor. Muchas discusiones había tenido con Verónica por ese motivo. No voy a ser un cagatintas toda mi vida, le decía él. Necesito un cambio. Y su mujer, finalmente, cedió. Lo terminó apoyando. Iba a sostener la casa hasta que él consiguiera un trabajo donde pudiera explotar todo lo que había estudiado. Algo que estimulara su creatividad, adormecida por todos esos años encadenado a una oficina. Pero las semanas pasaban y pasaban y él todavía seguía sin encontrar un trabajo como el que quería.

En todo eso pensaba Mario mientras esa tarde de miércoles juntaba arrodillado las astillas del vaso. 

Y cuando al otro día se subió al colectivo que lo iba a llevar al bar de siempre, él ya estaba decidido. No importaba sacrificar la amistad. No importaba la diferencia que había entre sus vidas. No importaban las muchas veces en que la llamaban por teléfono a Silvina mientras estaban en el bar juntos y ella contestaba: Estoy con una amiga. 

Mario pensó: Tengo que hacer que me vea como a un hombre. Tengo que hacer que las cosas cambien como sea. 

El colectivo iba casi vacío. Mario se sentó en el fondo. Miró la noche. Los postes de luz. Los semáforos. La gente que pasaba por las veredas. En uno de los asientos de adelante una mujer con el pelo entre negro y canoso dormía abrazada a una bolsa de consorcio. En un momento la mujer se despertó y se encontró con que Mario la estaba mirando. Qué pasa, le dijo la mujer, con prepotencia. Mario desvió la mirada enseguida, revolviéndose en el asiento. Pensó: Loca de mierda. Intentó que el incidente no le tocara el ánimo.

Cuando se bajó en la avenida San Juan y caminó hasta el bar vio por la ventana que Silvina todavía no había llegado. Decidió esperarla afuera, apoyado en la esquina, fumando. Pero apenas dio dos o tres pitadas sintió que el estómago se le empezaba a mover. Tiró el cigarrillo; enfrente había un kiosco; se cruzó y compró un agua. Mario entendió que todavía le duraba la resaca del vino barato que le había fiado al chino la noche anterior.

Volvió a la esquina. Silvina se demoraba; se sentó en el escalón de una puerta. Era una linda noche. El viento suave y fresco lo ayudaba a sentirse mejor. Entonces vio que se acercaba una sombra. Pensó que era ella, se levantó, pero no, era un tipo con una bolsa de casa deportiva en una mano y un par de medias en la otra. Buenas noches, caballero, dijo el tipo. ¿Puedo molestarlo un segundo? Mario le contestó de mala gana que no. No tengo plata, dijo. Un segundo, caballero, nada más. No le vengo a pedir plata. Únicamente quería mostrarle unas medias. Unas medias de primera calidad. Mire, mire. Mire, nada más. No, te agradezco, pero no tengo plata, volvió a contestar Mario.

Pero era un hecho que la tenía. Estaba cambiado, y perfumado, y el tipo a eso lo podía oler. ¿Y una ayudita, caballero? ¿Una monedita? Para comer esta noche. Para que coman mis hijos.

Mario sabía que no tenía monedas en ninguno de sus bolsillos. Acababa de dejar las últimas en el kiosco, y tampoco quería sacar la billetera para buscar un billete de dos o cinco pesos ahí, en la oscuridad, sin nadie a su alrededor, adelante de ese tipo.

Así que volvió a decir: En serio, perdoná, pero no tengo plata. 

Se lo dijo pensando que ya había sido suficiente. Que el tipo se iba a ir. Pero el tipo no se iba: Caballero, disculpe, pero solamente le pido una ayudita. Lo que usted pueda. Una monedita o cinco pesos. Lo que usted pueda me va a venir bien.

Mario escuchó la voz grave y serena del tipo. No parecía estar drogado. No tenía la voz raspada de esos pibes que de vez en cuando le pedían algo en las esquinas del barrio o en las plazas. Parecía la voz de un tipo común. Mario entonces dio medio paso a un costado y el tipo dio medio paso con él, siguiéndolo. Recién ahí lo vio, a la luz de uno de los postes. Tenía puesta una chomba. Era algo gordo, morocho, un poco más bajo que él, pero mucho más fornido. De unos treinta años. Tenía los pómulos bien marcados y la nariz ancha y la piel toda poceada, como por un acné mal curado. 

Dos pesos, nada más, caballero, para comer esta noche.

Mario miró a su alrededor, y vio que en la manzana de enfrente, a unos cincuenta, sesenta metros, había un par de policías charlando. Entonces el tipo giró la mirada y vio lo mismo que Mario había mirado, y después volvió a mirarlo a él. De repente su tono de voz cambió. Se acercó. Mario sintió una bocanada de olor a vino. Tranquilo, amigo. Tranquilo, le dijo el tipo. No tengas miedo. Estoy laburando, nada más, amigo. No tengo nada, dijo Mario. ¿Nada?, dijo el tipo. Tosió. Lo miró de arriba abajo. 

¿Y un traguito de tu agua, pá? ¿Y un traguito de tu agua? Estuve pateando todo el día, pá.

Mario miró la botella que el tipo le señalaba. Todavía no la había abierto. Entonces apoyó todo el peso de su cuerpo en el otro pie. Dijo: Che. Y parecía que iba a decir algo más, pero ahí se quedó. ¿Qué?, le dijo el tipo. Se acercó otro paso. ¿Qué me decías? ¿Qué pasa, amigo? ¿No me convidás un poquito de tu agua? Un traguito te estoy pidiendo, nada más.

Pero cuando Mario le dio la botella, el tipo señaló la bolsa que sostenía en un brazo: Perdoná, amigo, pero no puedo. ¿No me la destapás vos? ¿No me hacés el favor? Dale, ¿qué onda, amigo?, dijo el tipo, viendo que Mario de repente miraba para donde estaban los policías. ¿Te estoy molestando? Perdoná. Te estoy pidiendo un poquito de agua, nada más. No tengas miedo, que somos hombres, dijo. ¿Somos hombres o no? Sí. Dale, entonces, destapamelá.

Y Mario, sintiendo como si le volcaran cemento en los hombros, se la destapó.

El tipo entonces levantó el agua y se tomó de un solo sorbo tres cuartos de la botella, apretándola mientras lo hacía, al punto de que Mario podía escuchar cómo se retorcía el plástico en la oscuridad. ¿Seguro que no querés un par de medias, amigo?, le dijo el tipo después. No, contestó Mario. El tipo entonces le devolvió la botella y escupió a un costado con fuerza. Un rocío de saliva alcanzó a tocar la mano derecha de Mario. Buenas noches, pá, dijo el tipo, mientras se iba. Que Dios te bendiga.

Cuando el tipo desapareció en la esquina de enfrente, Mario tiró la botella en un tacho de basura. Aunque había acercado bastante la mano al momento de soltarla, la botella rebotó en el borde del tacho y Mario tuvo que agacharse para levantarla de nuevo. Entonces vio que llegaba Silvina. Llegó caminando apurada. ¿Qué pasó?, dijo. Te estaba viendo desde la cuadra de enfrente. ¿Te quisieron robar? Yo ya estaba yendo a buscar a los policías. No, dijo Mario, no pasó nada. Era un negro drogado, nada más. Me quiso vender unas medias. Pero no pasó nada. ¿Seguro? Sí. No me robó. No pasó nada. Mario se puso las manos en los bolsillos. ¿Vamos al bar? Silvina levantó las cejas. Después las bajó. Dijo: Dale.

Mario y Silvina caminaron hasta el bar en silencio. Entraron. Se sentaron en la mesa de siempre. El mozo que por lo general los atendía les sonrió desde la barra. ¿Te pasa algo?, preguntó Mario, mientras esperaban a que trajeran la primera cerveza. Pensé que ibas a estar contenta. Hace mucho que no venimos para acá. Estoy contenta, sí, varón, lo estoy. Solo te quería pedir disculpas. No sé. Esta situación. Te vi, pero no me animé a acercarme. ¿De qué hablás? ¿De lo de este tipo? No fue nada, ya está, olvidate, Silvi. ¿Pero vos estás bien? ¿Seguro? Seguro, dijo Mario, y por el tono con que ella se lo había preguntado intuyó que debía estar todavía algo pálido. 

Recién después de tomar el primer vaso de cerveza Mario sintió que las cosas se volvían a acomodar. Y con el segundo ya se sintió mareado por la misma borrachera de la noche anterior. Pensó por un segundo que al día siguiente no iba a tener nada que hacer. Pensó que todas sus anécdotas, en relación con las que esa mujer que estaba enfrente suyo podía contarle, eran aburridas, rutinarias, demasiado cotidianas. Una mujer como esa, que viajaba todo el tiempo y que conocía a mucha gente como para retener algunos datos de su vida (como el de que había renunciado a su trabajo dos meses atrás), y que siempre tenía novedades extravagantes que contarle.

Y después pensó en Verónica, la simple recepcionista de una empresa que vendía teléfonos, y al mismo tiempo que pensaba en ella la vio durmiendo, tranquila en su lado de la cama, descansando antes del día siguiente tener que ir trabajar. Y después vio el vaso de cerveza en su mano, y pensó en el otro vaso que él había dejado caer en su casa, ese vaso que él había permitido que se astillara en el piso, y pensó también en que Silvina había visto, claramente había visto, cómo él le destapaba la botella de agua al tipo en la esquina.

¿Todo bien?, le preguntó Silvina en cierto punto. Mario miraba la ventana callado. Todo bien, sí, contestó. Y cuando salieron del bar, a la hora, hora y media, el mozo vio cómo los dos se despedían con un beso en la mejilla en la puerta y después se iba cada uno por su lado.