miércoles, 26 de marzo de 2014

las cosas mortales



Era la primera vez que Leandro iba a viajar en avión. Estaba por cumplir los treinta años, y mucha de la gente que recién lo conocía se sorprendía cuando por tal cosa o tal otra salía el tema de conversación, y se enteraban de que él nunca se había subido a un avión en su vida. Pero no era algo que le molestara. Al contrario, dependiendo el círculo en el que estuviera, Leandro hasta sentía cierto orgullo de no haberlo hecho. Quizás por el sentimiento de pertenencia a la clase social de sus orígenes, su empatía con esa gente para la que viajar en avión no era una experiencia debida, sino inaccesible. Pero ahora inevitablemente le iba a tocar. Ya tenía los pasajes. Ya estaba en el aeropuerto. En pocos minutos se iba a subir a un avión con destino a Bariloche en compañía de su novia Cecilia.

Por eso mismo Leandro se sentía lleno de entusiasmo. En las escaleras mecánicas, después de despachar las valijas, le acariciaba la mejilla a su novia y la besaba sin parar. Hermosa, le decía al oído. Vos sos la más hermosa de todas.

Pero un pequeño incidente alteró el panorama de lo que parecía que iba a ser una jornada feliz. Después de preembarcar, después de recorrer un rato junto a Cecilia el freeshop, siempre entre mimos y comentarios cariñosos, la pareja se separó un instante: Cecilia tenía que ir al baño.

Leandro entonces se sentó frente al inmenso ventanal que daba a la pista de Aereoparque, a contemplar los aviones que iban y venían, los operarios que manejaban los carros con escaleras o portaequipajes, todo un mundo nuevo para él. 

Hasta que en el bolso de Cecilia sonó el celular.

Nunca antes lo había hecho. Nunca antes. Pero mierda, me estoy por subir a un avión.

Sacó el celular, era un mensaje. Un tal "Tingler trab" le escribía a su novia: Quiero verte. Por qué no me contestás más.

Un avión, del otro lado del ventanal, despegaba. Leandro sintió que con ese avión se iba toda la mañana de un día que podría haber sido perfecto, y que ahora lo que empezaba a vivir más bien era el residuo de ese día, su revés, su costado putrefacto. 

Vio que Cecilia volvía. Leandro se apuró en guardar el celular en el bolso de nuevo. Al fin volviste, le dijo a su novia, y en tono de broma: Ya me estaba costando respirar. Ella sonrió. Le dio un beso en la boca. Leandro tragó saliva y se levantó: Ahora voy al baño yo. Y le dijo: No te vayas. ¿Adónde me voy a ir, gordito? A ningún lado, sonrió él. No se le ocurrió otra respuesta y se fue apurado.

Aunque sentía muy hinchada la vejiga, de cara al inodoro Leandro no podía mear. Bueno. Bueno. Tingler trab. "Trab" de trabajo. Seguro. Ahora, ¿"Tingler"? ¿Un apellido? ¿O se trataba más bien de una especie de código? (Pensó, por un instante, en la opción de que "Tin" viniera de Tincho y solo el "Gler" fuera el apellido.) Hacía unos pocos meses que salía con Cecilia así que no conocía a todos sus amigos del trabajo. Pero, de cualquier manera, ni Tingler ni Gler le sonaban. Salieron dos o tres gotitas. Después el resto en caravana. Ya está, se dijo. Olvidate. En cualquier caso, Cecilia a este Tingler ya no le contesta más.

Mientras volvía a donde lo esperaba su novia, dos francesas (en francés hablaban) pasaron en sentido inverso al de él y una le miró la entrepierna y le sonrió con picardía. Mirá vos las francesitas, se dijo. Se dio vuelta para verlas pasar, y una, no la que le había sonreído, sino la otra, vista desde atrás era algo maravilloso que podía arruinarle el día a cualquiera. Vos también, vos también te mandaste un par de macanas en estos meses. Pero siempre inocentes. ¿No? Siempre inocentes. Picoteos en algún boliche, quizás. Nunca nada de un "Tingler trab". 

¿Un ex? ¿O un amigo? ¿O un simple admirador? 

"Quiero verte". ¿Cuándo fue la última vez que este Tingler la vio?

Mi amor, le sonrió Cecilia apenas lo vio llegar, tenés la bragueta desabrochada. Leandro chasqueó los labios. Después se sentó a un lado de ella y se abrochó los botones con disimulo. Hubo algunos segundos de silencio, quizás minutos. ¿Te pasa algo? No, mi vida, dijo Leandro, ¿por? Cecilia levantó las cejas y las bajó. Estoy medio dormido, nada más. Y le acarició un mechón de pelo, uno que a ella siempre se le caía encima de los ojos: Estaba pensando en si no me habré olvidado alguna luz encendida en casa. Imposible, dijo Cecilia, no te preocupes. ¿Imposible?, la miró de reojo Leandro, ¿y cómo sabés, si cerré yo? Mi amor, mi amor: A vos nunca se te olvida nada.

Ya habían abierto las compuertas del vuelo que les tocaba tomar a ellos. Se escuchó un llamado. Primero en español. Después en inglés. Leandro y Cecilia se levantaron y después levantaron sus bolsos y empezaron a cruzar la alfombra del sector de embarque hasta las compuertas de la plataforma en forma de ele que llevaba hacia el avión. Minutos antes un aparato extraño, una especie de túnel con paredes en forma de acordeón que se inflaban por un compresor de aire, se había aferrado a la puerta del avión, estableciendo una conexión entre la nave y la plataforma de embarque. Mientras el acordeón gigante se inflaba, apretándose poco a poco al avión, Cecilia, que ya había volado varias veces, dijo: Mirá, ahora se lo va a chapar. Y así fue: cuando ya se había expandido al máximo de sus límites, la boca del acordeón se cerró sobre la puerta del avión como un beso apasionado sobre la boca del amante. Tingler trab. Tingler trab. "Chapar". "Chapar".

Eu, colgado, dijo Cecilia de golpe. Ya estaban en el túnel, a punto de entrar al avión. Sí, contestó Leandro. Que nos saquemos una foto, dijo su novia, dale. Atrás venía otra pareja joven. Cecilia le pidió a la chica si no le hacía el favor de sacarles una foto. Es la primera vez que viaja en avión, le explicó, señalándolo a Leandro. Dale, ningún problema, contestó la chica, y Cecilia se acomodó al lado de la puerta del avión y Leandro se acomodó a un lado de ella, y flash, la azafata sonriente que estaba en la puerta quedó congelada para siempre atrás de los novios.

Fue algo decepcionante para Leandro comprobar que por dentro el avión no era el ensueño que esperaba encontrar. Al contrario, las paredes un poco amarillentas, desteñidas, las butacas muy chicas, apretadas entre sí, parecidas a las de un micro de larga distancia económico; la alfombra con marcas de suelas antiguas, raspadas, de Tingler trab. De Tingler trab. 

Bueno, le había tocado en suerte una nave vieja. Nada más que eso.   

¿Y?, preguntó Cecilia, ¿qué te parece? Los novios ya estaban sentados en sus respectivos asientos. Bueno, contestó Leandro, es como dice mi tío, esto es un tubo, nada más. Cecilia sonrió. Le dio un beso en el mentón. Después le pasó una mano por el pelo. No me toques el pelo, se enderezó Leandro en su butaca. Te dije mil veces que no me gusta. Cecilia se reía: Tranquilo, tranquilo. Estoy perfectamente tranquilo, solamente que no me gusta, dijo, acomodándose el peinado otra vez. Y después: Y otra cosa, ¿hace falta que le digas a todo el mundo que es la primera vez que viajo en avión? ¿De qué hablás? De lo que le dijiste a la chica recién. ¿Te molesta? Sí. Pensé que te sentías orgulloso de no haber viajado. En otro contexto puede ser, pero no en este: estoy arriba de un avión. Está bien, no lo comento más, no comento más que es la primera vez que viajás en avión, dijo Cecilia, levantando la voz lo suficiente como para que las personas que en ese momento desfilaban por el pasillo giraran la mirada primero hacia ella, y después hacia él. Treinta años, tenés, dijo Leandro, treinta. Estoy contenta de que por fin viajemos juntos, le dijo Cecilia.

Una azafata y un azafato iban y venían respondiendo las consultas de los pasajeros y verificando a su vez que se colocaran correctamente el cinturón de seguridad. La azafata, observó Leandro, era  preciosa. Una rubia delicada, inglesita, suave como una pluma. El azafato también, rubio, mejillas impecables, coloradas, tan hermoso como ella. Si estos dos tuvieran un pibe sería un ejemplar bellísimo. ¿Y Tingler? ¿Sería también un ejemplar de postal? ¿Sabrá este Tingler cómo "chapar"? ¿Desde cuándo Cecilia usaba esa palabra? Nunca se la había sentido decir hasta ese día. ¿Será una palabra que use este Tingler? ¿Qué otras cosas le contagió? ¿Le habrá tocado algún pecho, o los dos, o una nalga? ¿Cómo? ¿Moviendo de qué forma las manos? ¿Y dónde? ¿En qué lugar? ¿Un sillón? ¿Una cama? ¿Una pared? 

Cuando se encendieron los motores del avión y, con los motores, el aire acondicionado, la hermosa azafata se acomodó en el centro del pasillo y el hermoso azafato en el sector delantero, cerca de la puerta por la que los pasajeros habían entrado, y empezaron, los dos, una especie de coreografía notablemente sincronizada en la que les graficaban a los pasajeros del avión cómo utilizar los elementos de seguridad dispuestos en los asientos, a la vez que les señalaban también dónde se encontraban las salidas de emergencia. En lugar de música, lo que guiaba la presentación era una voz en off (Leandro al menos no pudo ver en ningún momento la cara de la mujer que hablaba), la voz muy seductora de una mujer indicando lo que tanto la azafata como el azafato enseñaban en su coreografía. Después el procedimiento se repitió una vez más, en esta oportunidad en inglés, y fue recién entonces cuando a Leandro se le reveló de forma cabal que eso que estaba atravesando era una experiencia nueva y milagrosa que nunca antes había vivido: sí, él, por primera vez en su vida, estaba a punto de volar. La experiencia tantas veces postergada, tantas veces inaccesible. Se le puso la piel de gallina, bajo el influjo de esa coincidencia de elementos: el idioma inglés en los parlantes, viniendo como desde otra galaxia, desde otros tiempos remotos ubicados allá, en el futuro, mientras la azafata y su compañero ejecutaban movimientos mecánicos, bellos y simultáneos. Se sintió como dentro de una película, nada más que en este caso el protagonista era él. 

Fue Cecilia la que rompió el hechizo: Abrochate bien el cinturón, amor. Lo tenés suelto.

Chapar. Tingler. Abrochate. Tingler. Abrochate. Chapar. Leandro se abrochó el cinturón. Disimuló una repentina humedad en los ojos, mirando hacia la ventanilla. ¿Emoción por el inminente despegue? ¿Terrible emoción por...? ¿Por qué? El avión había empezado a moverse, empujado por un carro. Según lo que Leandro había observado en el sector de embarque, el carro desplazaba el avión empujándolo por la punta hasta ubicarlo en la pista, donde la nave se posicionaba y preparaba para el despegue ya por sus propios medios. Lo mismo esta vez. Ya en la pista, el avión dobló una curva rebotando en las ondulaciones del piso como si fuera un colectivo enorme con alas, y después, y de repente, frente a una ancha y extensa recta, se inmovilizó. 

Bueno. Bueno. Es ahora. Llegó el momento. Leandro miró por la ventanilla. Después miró a Cecilia. Después de nuevo volvió a mirar la ventanilla. La tensión que había en la quietud del avión era también la que había en su propia quietud. No se movía una aguja ahí adentro. Como si el tiempo se hubiera estancado. A Leandro le había tocado sentarse unos pocos metros atrás del ala izquierda. De repente vio que un panel del ala se movía, se abría hacia abajo. Tan flexible esa cosa. Como de goma. De eso dependía todo. El avión, salvo por ese panel, seguía quieto. Hasta que algo fue creciendo de a poco, muy de a poco; se sentía como una energía que se movía en ese silencio, como un animal rabioso persiguiéndose la cola dentro de una jaula a oscuras. 

Después estalló.

Pum. Las turbinas. Son las turbinas: acaban de explotar. Pero no. Es el avión. El avión de golpe sale disparado como si dos manos enormes de humo y fuego le hubieran dado un empujón. La sangre empieza a circular en reversa. El ruido de los motores ensordece. Leandro aprieta los pies. Siente un temblor en la garganta. Todo tiembla. Todo se sacude. El avión se mueve hacia adelante como un rayo agrietando el aire. Cada vez más rápido. Cada vez más. Toneladas y toneladas de furia y de metal desplazándose hacia, ¿hacia dónde? ¿Y si esta lata sigue de largo hasta el río? Echando chispas, escupiendo fuego. Dios. Dios. El pasto del descampado que hay a un lado de la pista se empieza a ver borroso. Difuso. Como aguado. Como si ellos, todos, metidos en esa grieta en el tiempo, estuviesen trasgrediendo alguna ley esencial, y las cosas allá afuera les respondieran así, volviéndose monstruosas, indiscernibles, mortales.

Miró a Cecilia. Cecilia tenía los ojos cerrados. Estaba derecha, dura en su asiento, con las manos agarradas a los apoyabrazos. El mismo mechón de siempre se le sacudía encima de los ojos con una violencia inusual. Toda ella temblaba con aspecto de estar sufriendo. Su novia. ¿Estás bien? Pero ella no podía escucharlo. Demasiado ruido. Demasiado poder. La energía debatiéndose en las turbinas y en la resistencia del aire y la nave cada vez más cerca de ser arrasada por sus propias barreras físicas. Las ruedas, las rueditas del avión van a flaquear. Sí, van a ceder. Leandro piensa: Tingler. Dice en voz alta: Tingler. Casi lo grita. ¿Qué?, dice Cecilia. ¿Qué? Pero él no la escucha. Estas rueditas de mierda no van a poder soportarnos. Se va a ir todo al carajo. 

Pero entonces, justo entonces, cuando el avión está a punto de desbarrancar, pasa. 

Es un toque. Es un saltito, nada más. Una onda en la materia que la nave encuentra, un rulo que sigue. El avión se deja de sacudir. ¿Qué pasa? Una bola de presión tibia y placentera asciende desde el vientre de Leandro, le toca el pecho, la garganta, la boca. Sí, ¿qué pasa? Entonces ve por la ventanilla que todo se está alejando. Los bordes de la pista. El descampado. El aeropuerto. Los edificios de la ciudad. El río. Se alejan, se achican por la ventanilla a una velocidad que él solo había conocido en las películas o en los sueños. Serán cinco segundos. Diez. Leandro piensa con la garganta seca: Nunca en toda mi vida me moví tan rápido. Nunca en toda mi vida había estado tan alto. Tan alejado de todo. Tan cerca de lo que cuando era chico y levantaba la mirada hacia el cielo veía. Las nubes. Dios. La muerte. Con los pibes saludábamos a los aviones que cada tanto pasaban. Todo se veía chico desde su ventanilla. Todo podía entrar en la palma de su mano.

Y cuando se dio vuelta, medio mareado todavía, Cecilia seguía dura, con los ojos apretados, las manos agarradas a los apoyabrazos. Tenía los nudillos pálidos. Esto es espectacular, dijo Leandro. 

Y después volvió a mirar la ventanilla: Tingler. Tingler. Todo esto es espectacular. 

El avión se sacudía para un lado y para el otro. Cruzaba las primeras nubes. Había turbulencias. Cecilia se dobló en el asiento, entornó los ojos. Abrió la bolsa de papel.

Leandro miró las nubes suspendidas que el avión cruzaba. Mirá la ventanilla, sonrió. Todo esto es espectacular.

Me siento capaz de perdonarlo todo, dijo.


1 comentario:

Jorge Ramiro dijo...

Es un placer encontrar historias diversas y esta informacion en internet. Por eso cuando tengo tiempo libre esta bueno disfrutar de encontrar paginas como estas. Si logro obtener pasajes baratos lan espero poder disfrutar de historias pero en otro país